Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Excesos Democráticos
Leonardo Girondella Mora
24 septiembre 2007
Sección: LIBERTAD POLITICA, Sección: Asuntos
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Cuando los puntos de partida son diferentes, sin duda existen altas probabilidades de desacuerdos —si yo defino al gobierno de una manera y otro de otra, de seguro nuestra conversación estará llena de dificultades. Tal vez nada tan representativo de esto como las discusiones entre liberales y socialistas, pues ambos piensan en un gobierno de manera diferente.

Un socialista piensa en un gobierno y contempla a un padre que cuida a sus hijos, impidiéndoles tomar decisiones propias y dueño de recursos que no está dispuesto a compartir con ellos —les obliga a hacer ahorros que el padre guarda, les hace estudiar lo que él quiere, les dice qué producir, los cuida como si fuesen menores. Regula sus actividades, les pone horas a sus diversiones y a sus trabajos. Poco de la vida de esos hijos está fuera de la vigilancia del estado socialista.

Un liberal piensa en un gobierno y contempla a una institución de la que hay que recelar, pues demasiado poder ya tiene y puede abusar de él —se trata de especializar a esa institución en unas pocas tareas muy importantes, porque del resto se encargan las personas a las que se ve como capaces, libres y responsables de sus propias decisiones —que cada persona sea la que decida por sí misma lo que ella quiera hacer con su vida y el gobierno se encargará de resolver los problemas que se presenten entre ellos.

Si las personas son libres es inevitable que se presenten disputas entre ellas —pueden robarse, pueden dañarse y en general entrar en conflicto, ante lo cual se necesitan reglas obligatorias para todos. Las reglas son hechas por el gobierno, pero no a su capricho, sino por representantes de los ciudadanos mismos —sería demasiado riesgoso que los gobernantes las hicieran.

Bajo esas leyes, el estado liberal arregla las disputas entre los ciudadanos y nada más —sus decisiones son finales y las toman los jueces, que no son los mismos que los legisladores. Y bajo circunstancias muy específicas el gobierno está autorizado para usar la fuerza en contra de los ciudadanos —contra aquellos que han usado primero la fuerza o violado las leyes.

Si el gobierno es el único que puede usar la fuerza, quien tiene ideas liberales de inmediato piensa que existe un riesgo, el del uso excesivo de esa fuerza. La experiencia acompaña este temor, pues quien detenta un poder tan grande suele con frecuencia ampliarlo saliendo de sus límites, que son los de arreglar conflictos entre ciudadanos —y convertirse en el gobierno que el socialista desea, comenzando a reglamentar la vida de las personas quitándoles libertades, por ejemplo, prohibiendo que los particulares exploten el petróleo, el que es reservado al gobierno.

Es decir, un gobierno socialista y uno liberal parten ambos de la misma base: deben ser considerados gobiernos reconocidos como tales, es decir, legítimos, en los que los ciudadanos confían y a los que pueden modificar sin necesidad de una revolución.

Otra cosa muy distinta son los gobiernos autoritarios y totalitarios que no llegan al poder por vías de elección, pero que pueden aplicar medidas económicas socialistas o liberales —Cuba, por ejemplo, es un caso de un gobierno totalitario que ha implantado medidas socialistas y contrasta con China, otro gobierno totalitario, que aplica medidas liberales de economía.

Para vivir con tranquilidad, el ciudadano debe sentir que su gobierno no abusará del poder que tiene en exclusiva y que, si es víctima de la violencia de otros, el gobierno estará de su lado. Esa tranquilidad de vida sólo puede darse en arreglos políticos con ciertas características:

• Gobiernos posibles de cambiar sin necesidad de violencia.

• Gobiernos con poderes divididos, dentro de un estado de derecho.

• Gobiernos con el monopolio legítimo del uso de la fuerza.

Esto último, repito, es la preocupación central del liberal —el poder es abusado consistentemente por quien lo detenta. De allí que la democracia integre esos mecanismos de control, el de poder cambiar de gobierno con elecciones periódicas y el de los poderes divididos.

Pero aún así, el gobierno tenderá inevitablemente a salirse de los límites que he comentado —dejar de ser un agente de solución de conflictos entre ciudadanos libres para volverse un agente que busca implantar modos de vida entre los ciudadanos y así convertirse en un gobierno socialista.

Un gobierno que rebasa esos límites, entonces, impondrá sus ideas sobre cómo deben vivir los ciudadanos —podrá cerrar las fronteras para evitar la entrada de mercancía extranjera, emitir moneda para gastar más, decretar precios máximos de bienes y servicios, reservarse la producción de ciertos bienes, repartir dinero de los ciudadanos, obligar a usar sus servicios de salud, impedir fumar en restaurantes, forzar el ahorro para jubilaciones y muchas otras cosas que bajo un gobierno liberal hubieran sido dejadas libres.

Es decir, aún dentro de un sistema democrático de poderes divididos existe el riesgo de violar las libertades de los ciudadanos —tal vez el ejemplo más patético de esto sea el uso obligatorio de cinturones de seguridad, forzado en personas que de no hacerlo no estarían lastimando a nadie más que a ellas mismas.

El gobierno liberal, limitado a resolver conflictos entre ciudadanos, posee una tendencia natural a extralimitar sus funciones y tornarse en ese gobierno socialista que ve al ciudadano como un hijo de escasa edad y nulo talento que no puede valerse por sí mismo.

Se ha avanzado sin duda en limitar los abusos del gobierno —estamos muy lejos de los regímenes que eran déspotas representantes de los intereses del gobernante vitalicio. Eso es causa de bienestar, pero debe reconocerse el otro riesgo, el de la democracia sustituyendo con disfraz benévolo al tirano de antes y, peor incluso, con la credencial de legitimidad que da el voto electoral.

Creo que estamos en un momento en el que debe crearse un mecanismo nuevo de control de poder gubernamental que impida esa invasión de las libertades personales. Tiempo atrás fueron creados mecanismos que fragmentaban el poder gubernamental: los poderes fueron divididos, las elecciones podían cambiar a los gobiernos pacíficamente y las autonomías regionales balanceaban el poder central. Ya no son suficientes.

Aún dentro de esos mecanismos, los gobiernos han encontrado las maneras para crecer, ampliarse, extenderse e invadir las vidas de las personas. Ignoro la solución y me limito a señalar el problema: las democracias de hoy, incluso las más avanzadas y estables, están amenazadas por el exceso de gobierno —demasiadas leyes, impuestos elevados, organismos numerosos, burocracia excesiva, todos trabajando en maneras para limitar las libertades de los gobernados.

Dicho de otra manera, lo que he dicho significa levantar una bandera de peligro y decir que la democracia está produciendo regímenes autoritarios que violan libertades de los ciudadanos.

La democracia, es absolutamente cierto, ha sido enormemente exagerada y se le ha confundido: no es un valor, sino una tosca herramienta no muy efectiva, para defender las libertades personales. Todo ha sucedido con el beneplácito de los ciudadanos y la felicidad de los gobernantes que sólo ansían acumular poder.

Dije que ignoro la solución del exceso gubernamental que la democracia ha producido —pero quizá hay formas de evitar ese exceso, como por ejemplo, limitando el tamaño del gobierno por ley: no más de cierto número de burócratas y no más allá de un presupuesto dependiente del PIB, prohibición de déficit público, privatización de empresas estatales y otras medidas con el mismo espíritu. También podría pensarse en la limitación de leyes y reglamentos bajo el principio de subsidiariedad.

No, no tengo la respuesta al exceso de gobierno —solamente me he limitado a levantar la mano y señalar que existe y es grave. El gobierno democrático socialista tiene sin dudarlo objetivos admirables, pero crea en realidad una autoridad que socava las libertades que presupone —su hipótesis de partida es entender al gobierno como un solucionador de problemas, los que sean. Con esa manera de pensar es natural que el gobierno crezca sin límites.

Por el contrario, el gobierno liberal parte de otra hipótesis —no es un solucionador de problemas, sino un solucionador de conflictos entre ciudadanos que son capaces de solucionar problemas. La diferencia es gigantesca.


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No hay comentarios en “Excesos Democráticos”
  1. javier Dijo:

    sin duda la injerencia del gobierno sea cual fuere su tipo, es derivada de la poca capacidad de los gobernados para frenar esta, ya que en ocasiones vulnera los derechos fundamentales de los gobernados, yo considero que los organos de control de gobierno que actulamente existen deben de ser revisados para guardar a las personas de los actos de gobierno autoritarios y despoticos; es decir poner estos al dia





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