Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Falsedades Repetidas
Eduardo García Gaspar
3 julio 2007
Sección: EDUCACION, FALSEDADES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Usted lo conoce, me imagino. Es el Sentido Común, ese hombre vestido de gris con zapatos negros relucientes y una camisa muy blanca. Lo suelo encontrar en ocasiones, generalmente en algún bar por las tardes, cerca de la noche. Lo busqué varios días hasta ese jueves afortunado.

Bebía una cerveza oscura y fumaba un Camel sin filtro, A su lado había un Zippo de muchos años. Fui hasta su mesa y me senté frente a él. Nos saludamos y me dijo que seguramente yo no tenía tema para la columna del día siguiente y que por eso lo buscaba. Asentí y comenzó la conversación.

— Ya que usted no tiene tema y eso confirma que posee una mente obtusa, le voy a sugerir uno, el de las falsedades repetidas. Esas cosas que demasiadas personas repiten sin pensar y que por eso terminan siendo verdades aceptadas. Son fáciles de encontrar. Por ejemplo, de seguro usted ha escuchado eso de inversión extranjera moviéndose donde la mano de obra sea más barata, no importa de qué país se trate.

Le dije que efectivamente sí había escuchado eso muchas veces. Que continuamente se repite en los medios y en las conversaciones. Lo que eso afirma es que la inversión extranjera se va de un sitio a otro buscando los costos más baratos de mano de obra que puede encontrar y sin considerar nada más que eso, el costo de la mano de obra.

— Y además —siguió diciendo— las personas, no todas, sostienen que la inversión extranjera tiene como propósito explotar a las naciones subdesarrolladas porque les conviene mantenerlas en la pobreza. Eso lo hemos escuchado todos, pero es falso y le diré un par de razones.

Se detuvo, tomó la cerveza, brindamos. Encendimos un cigarro ambos y me dijo que para comprobar eso debía tenerse una prueba física, por ejemplo cifras de inversión. Por ejemplo, ver el porcentaje de inversión extranjera por tipo de país y ver si esa idea podía sostenerse.

— Y si toma usted esa cifra, verá que unas tres cuartas partes de la inversión extranjera directa no se realiza en naciones en desarrollo, sino en países industrializados. Si fuese mejor invertir en los países en desarrollo, entonces sucedería lo opuesto. La mayoría de las transnacionales invertirían en países no industrializados. Pero aunque haya probado lo opuesto, muchos seguirán en el error.

Le dije que había comprendido su punto y que su argumento era muy difícil de rebatir. Le pedí ahora que me diera otro ejemplo de falsedades repetidas. Se puso pensativo unos segundos y me dijo que quizá me sirviera un ejemplo, el de las manipulaciones de precios de las empresas.

— Es otro caso interesante. Creo que todos protestaríamos si nos encontramos frente a un caso de elevación artificial de precios. En su país hace tiempo protestaron por el precio de la tortilla y se dedicaron a buscar acaparadores. La verdad es que no hay que ir muy lejos para encontrarlos: Pemex acapara el petróleo y la empresa de electricidad hace lo mismo en su campo. Pero los socialistas se quejan de Exxon o de Shell, no de Pemex. Son curiosos los socialistas.

Su punto era interesante: nos quejamos de acciones monopólicas de empresas privadas, pero toleramos la existencia de monopolios reales. Contento porque ya tenía tema para la columna del día siguiente, le di las gracias y estuve dispuesto a irme.

—No se vaya —me dijo—, ponga atención en esto. Si hubiera un cártel internacional que manipulara el precio de algún bien, la gente protestaría con arrebato y tendrían razón. Pero al mismo tiempo, allí está la OPEP que es un cártel que hace reuniones públicas y nadie dice nada. Son cosas muy graciosas las que suceden en este mundo. Critican a las empresas petroleras privadas por ganancias excesivas, pero dejan hacer a la OPEP eso mismo sin que nadie diga ni pío.

No estaba enojado. Al contrario. El Sentido Común hablaba con calma extrema, incluso a veces sonrió durante la plática. Parecía que el tema le divertía y se regodeaba encontrando contradicciones y falta de sentido en las ideas que los ciudadanos tenemos. Quería yo continuar hablando, pero la cerveza había tenido efecto y le dije que me esperara, que iba a los baños.

Como de costumbre, al regresar ya no estaba el Sentido Común. Me había dejado la cuenta, pero también un tema para la columna.


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