Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Felicidad Definida
Eduardo García Gaspar
22 junio 2007
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIALISMO
Catalogado en:


No creo que haya duda en que cada persona quiere ser feliz, un tema que en mis clases suele salir a colación consistentemente. Al respecto comparto con usted algunas ideas.

Primero, su definición personal. Cada persona la define a su manera, lo que no significa que sea relativista, sino subjetiva. Me explico con el ejemplo del que desea ser músico de jazz, del que quiere ingresar a un convento, del que desea abrir un restaurante. La lista puede ser infinita. Cada persona es diferente y, lógico resulta que su felicidad personal sea también distinta a la de otros.

En eso nada hay de malo, pero insisto, no es un enfoque relativista. Mi definición es subjetiva, por ejemplo, deseando ser escritor, pero eso no me aísla de que ella puede ser buena o mala. No veo diferencia en este sentido entre quien quiere ser feliz dirigiendo obras de Mozart y quien desea lo mismo tocando el saxofón. Pero sí veo diferencias entre esos y quien decide ser un ladrón o traficar con drogas o cometer fraudes.

A lo que voy es que efectivamente cada quien decide su felicidad de la manera que más le agrada, pero que esa felicidad sí está sujeta a un juicio ético: puede ser moral o inmoral. Y eso juicio depende de si se va en contra o no de la esencia humana misma. Si la contradice o daña, sería moralmente reprobable. Desde luego, entonces, el problema es definir a la naturaleza humana y lograr un juicio razonable

Segundo que si es personal, cada quien la decide y no está en terceros la capacidad de imponerla. La felicidad es por esencia una ambición individual, definida en sus más mínimos detalles por la persona.

Nadie tiene el derecho de imponer su concepto de felicidad en los demás porque todos somos iguales. El mundo ideal sería uno en el que cada quien pudiera realizar su felicidad personal

Esto tiene repercusiones: de inicio, anula la posibilidad del estado de bienestar que pretende cuidar al individuo desde que nace hasta que muere. Por una razón, las decisiones al respecto son de la persona, no del gobierno. La única posibilidad de intervención estatal es la de acciones violentas por parte de una persona, de tal forma que dañe la posibilidad de felicidad de los demás.

Tercero: incluye muchas dimensiones que son cambiantes. La felicidad personal tiene muchos detalles. Puede incluir cosas tan pequeñas y grandes como la disponibilidad de música de Mozart, la libertad de abrir un negocio de aparatos electrónicos, casarse, comprar ropa y cuanta cosa se le ocurra a usted. Más aún, esos componentes de la felicidad cambian con el tiempo, van y vienen.

La repercusión de esto es la imposibilidad de definir por completo la felicidad de una manera clara y sin vaguedades, lo que a su vez significa que ninguna otra persona puede conocer realmente la felicidad ajena y por ello resulta imposible la idea de hacer felices a los demás. Todo lo que puede hacerse es ayudar a otros a que ellos sean felices a su manera.

¿Cosas abstractas? Desde luego y por eso suceden dos cosas.

Una es que las desechamos, viéndolas como inútiles. La otra es que en realidad tienen consecuencias de muy largo alcance. Por ejemplo, si usted está de acuerdo con los tres puntos anteriores verá que sería incongruente que usted sea socialista: el gobierno no puede hacer felices a las personas y si lo intenta eso será un imposible impuesto por la fuerza con decisiones que no cuentan con información.

De siempre, el gobierno mexicano, como muchos otros, ha adoptado una responsabilidad que le es muy grande, la de lograr hacer felices a los ciudadanos. A lo más que puede aspirar es a crear situaciones propicias para que cada quien sea capaz de lograr por sí mismo la felicidad decidida en lo personal.

Esas situaciones comienzan por el establecimiento de un estado de derecho, que es la aplicación de la ley y volverse un facilitador de las acciones humanas… no un obstáculo.

Pero adicional a eso, es necesario el componente ético, el que guía a la persona a hacer algo digno con su libertad. Algo congruente con la dignidad que posee el género humano. La libertad sola, sin este elemento moral, dejaría de ser libertad y se convertiría en seguir caprichos, instintos y pasiones. En fin, pensar en cosas abstractas ayuda a entender la vida y por dónde la debo llevar.


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