Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Generación de Sordos
Eduardo García Gaspar
6 diciembre 2007
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


El día inició con un un taxi para ir al aeropuerto. Llevaba la radio puesta a todo volumen en una estación grupera y con un locutor gritón que no dominaba el lenguaje. Había algo bueno sin embargo, las voces y la estática del sistema de comunicación con la base de taxis en ocasiones impedía oír esa música. Una vez dentro del avión, se dieron los avisos de rutina y yo caí en un breve sueño.

Sueño que fue interrumpido por el sonido de pantallas de televisión que mostraban a todos un programa de televisión que nadie había pedido y que tenía comerciales. Me desperté y traté de leer sin éxito, la voz que anunciaba el descenso se dejó oír, incluyendo todos los avisos que suelen dar en esos momentos. Pensaba que en el autobús que me llevaría a mi destino final podría descansar sin interrupciones.

Dentro del autobús, antes de arrancar, encendieron la televisión para mostrar una película estadounidense cuyo volumen era atronador. Había ventajas, sin embargo. Los ronquidos del pasajero del otro lado del pasillo acallaban el sonido de la televisión. La conversación ininterrumpida de los pasajeros delante mío cumplía el mismo propósito y, dado el volumen, parecían interesados en que yo me enterara de su vida personal.

Junto a mí, había una persona que varias veces intentó, sin tener éxito, entablar una conversación conmigo sobre la sorpresa de encontrar alguien que leyera un libro. Llegué a mi destino y tomé un taxi hacia la casa en la que pasaría unos días de ocio absoluto, en los que la máxima preocupación sería decidir qué se comería ese día. Arribé encontrando que en la casa de junto se hacían reparaciones y los albañiles martilleaban como si cada golpe les contara para su sueldo.

En la noche dormí profundamente sin enterarme de ruido alguno. Por la tarde fui al cine y al apagarse las luces proyectaron comerciales, lo que no necesariamente es malo, creo, pero sí lo es el hecho de que el volumen de sonido fue ensordecedor, incluso mayor que el de la película. Comencé a sospechar que la mayoría de las personas estaban volviéndose sordas y necesitaban que se les hablara más fuerte… como mi abuela que de ya avanzada edad ponía la televisión a tal volumen que nadie soportaba el ruido.

De regreso en casa y un tanto descansado, me di cuenta de que la construcción de dos casas cercanas a la mía continuaba. Seguían cortando piedra para adornar la fachada. Terrible ruido agudo que no se detiene. Los siguientes días fueron de vida rutinaria, pero afiné mis observaciones y me di cuenta de la gran cantidad de personas que no saben estar en silencio: hablar por un teléfono móvil parece ser un vicio (es común hablar para preguntar dónde se encuentra la otra persona, como si fuese un GPS primitivo). Otros llevaban aparatos de sonido portátiles a volúmenes que permiten escuchar la música al que está junto.

Poco después me negué a ir a un concierto, temiendo que el volumen de la música fuese de los acostumbrados por esos conjuntos que tocan mal pero fuerte, como en algunas bodas en las que la música y los primitivos ritmos que interpretan sustituyen a la conversación.

Quizá sea una reacción mía nada más, pero me parece que se ha perdido en alguna proporción el saber estar en silencio. Hay campañas comerciales dentro de algunas tiendas que consisten en tocar música popular a todo volumen y poner a gente a gritar las cualidades del producto anunciado. Hay gente que lleva un radio a la playa y así acalla el ruido de las olas suponiendo que al resto de las personas les interesa conocer sus gustos musicales y que no son de música barroca generalmente.

Tuve un vecino hace ya tiempo que en su jardín que colindaba con mi casa. por las mañanas de los domingos, como a las siete, solía cortar el césped armando un ruido fenomenal. y por las noches se metía en un jacuzzi con un radio al lado tocando música ranchera mexicana.

Quizá sea, digo de nuevo, que le tenemos miedo al silencio y eso es malo. Es perder los sonidos naturales, pero también es perder la oportunidad de momentos de sosiego y calma.


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