Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Gobierno Por Marchas
Eduardo García Gaspar
6 febrero 2007
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Da la impresión que más que democracia México tiene un tipo de gobierno un tanto especial, el de la marchocracia. En una democracia normal, las discusiones de política se realizan casi todas en los ámbitos de gobierno, especialmente entre los poderes, y con un cierto espacio para manifestaciones y marchas.

El orden ha sido invertido en México, donde las discusiones políticas son realizadas por medio de marchas y los poderes tienen un papel secundario. Es un gobierno, por tanto, que está en la calle, es decir, pertenece en buena medida a los grupos que tienen capacidad de organización callejera. Hay un buen ejemplo de esto.

Es el reciente caso de la autodenominada Jornada Nacional por la Soberanía Alimentaria y en Defensa del Trabajo y del Empleo. La fuerza de esta marcha, como la de todas, no es la lógica de sus argumentos, ni la validez de sus reclamos.

La fuerza se mide en términos de los asistentes a la manifestación, cuanto más mejor, sin importar nada más. La legitimidad se mide por cuánto espacio es llenado en el zócalo de la capital. Lo demás no importa.

La historia del país ha tenido períodos de violencia grave, llenos de esa palabra que describe el surgimiento de alguien que hace un “levantamiento” en contra de la autoridad y tiene éxito en la medida de la cantidad de personas que lo sigan.

Ya no hay levantamientos en México. Ahora hay marchas. Marchas en la capital, el resto de los lugares no importan (lo que permite una mejor vida fuera del DF). Los levantamientos perseguían quitar al gobierno. Las marchas buscan cambiar las decisiones de gobierno.

Y entonces sucede algo apetitoso de examinar: el gobierno toma una decisión, la que sea, buena o mala, y ella de inmediato es opuesta por el grupo afectado al que se suman grupos de oposición al gobierno. Entonces se da un duelo de fuerza entre gobierno y los marchistas.

El resto de la sociedad no importa. Los votos ciudadanos tampoco. Todo es ahora una cuestión de fuerzas, lo que en una paradoja hace surgir menciones de diálogo para arreglar el conflicto.

Y entonces comienza ese proceso en el que se dan conatos de mesas de negociación pero nada se concreta por una razón: los marchistas en realidad no quieren negociar, sino imponerse. Por eso se dan condiciones de diálogo requeridas por los manifestantes. Y así se llega a un impasse en el que nada se arregla y todo sigue como antes, o mejor dicho, peor de lo que estaba.

En parte el fenómeno del estancamiento de las negociaciones se debe a otro fenómeno, el de la expansión de la agenda de los marchistas. Por ejemplo, esa jornada mencionada antes tuvo un origen simple, el de una elevación del precio del maíz en el mundo, lo que afecta el precio de la tortilla mexicana.

Pero ese punto se magnifica y se convierte en una petición de soberanía alimentaria, una meta imposible, a la que se le añaden otros reclamos, como la defensa del salario y del empleo, más la declaración de una elevación de emergencia de los salarios y, créamelo, la petición de no alterar el sistema de educación pública, ni de los sistemas de salud, que son pésimos.

Un punto concreto se ha convertido en una marcha que reclama el cambio del modelo económico, un nuevo pacto social y cosas similares de difícil definición. Y resulta así que unos miles de personas cobran poder desproporcionado frente a un gobierno de poderes divididos y elegido democráticamente.

A esto debe añadirse otro fenómeno: la influencia política de las marchas está en proporción al número de asistentes y a su agresividad, factores que dependen de las habilidades de organización de los marchistas, no de lo razonable de sus reclamos.

Y ya que los grupos pequeños son más fáciles de organizar que los grandes, una marcha de cien mil personas puede influir en una decisión grave a pesar de ser el 0.001 por ciento de la población.

Con otro efecto no mencionado antes: los problemas de las marchas distraen la atención de los reales problemas a resolver y eso ocasiona pérdidas que no son diferentes a los de la desatención de los territorios del norte en el siglo 19 y que se perdieron. Antes perdimos territorios por problemas políticos. Ahora perdemos oportunidades de vivir mejor. Todo por ambiciones políticas de grupos minoritarios bien organizados.


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