Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Gobierno y Moral
Eduardo García Gaspar
10 abril 2007
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Elena Urrutia, en La Jornada, 3 de abril, escribió una breve columna, muy digna de mención. Su tema fue el del aborto y su argumentación en favor de despenalizarlo debe examinarse porque tiene el mérito de ir al fondo de la discusión que se está dando en México.

Urrutia toma como eje de su razonamiento lo sucedido en Francia sobre el mismo tema, en 1974, y la conducta de Valéry Giscard d’Estaing.

Se sabe por narración misma del francés que en entrevista con Juan Pablo II le dijo que él era católico y que como tal no aprobaba el aborto, pero que

“No puedo imponer mis convicciones personales a mis ciudadanos (…) sino (más bien lo) que tengo que (hacer es) velar porque la ley se corresponda con el estado real de la sociedad francesa, para que pueda ser respetada y aplicada”.

A eso, Giscard agregó que

“Juzgo legítimo que la Iglesia católica pida a aquéllos que practican su fe que respeten ciertas prohibiciones. Pero no es la ley civil la que puede imponerlas con sanciones penales, al conjunto del cuerpo social… Como católico estoy en contra del aborto; como presidente de los franceses considero necesaria su despenalización”.

Usando esa historia, Urrutia es sin duda persuasiva en su argumento: el laicismo que ella apoya significa separar a las creencias religiosas de las leyes; las religiones son una cuestión de las personas, dice, y las leyes son una cuestión de todos. La idea central es la independencia total entre los preceptos religiosos y los legales y por eso, según la autora, debe aprobarse la despenalización del aborto para dejar la decisión en manos de la futura madre.

Desafortunadamente para Urrutia, las cosas no son tan fáciles de separar.

• Dividir los preceptos religiosos de las leyes, como ella llama al laicismo, es sencillo de hacer en cuanto a mandatos específicos. Por ejemplo, si el mandato católico es asistir a misa los domingos, o respetar la vigilia en cuaresma, eso es fácil de separar de las leyes. No pueden ni deben ellas obligar esos mandatos. En esto tiene ella toda la razón. Las decisiones en estos mandatos eclesiales son una cuestión personal.

• Pero las cosas se complican notablemente cuando al laicismo se le entiende como una separación entre la moral y las leyes. No pueden ellas ser totalmente independientes una de otra.

Ellas parten de los mismos principios básicos que sostienen una serie de creencias sobre el ser humano: su dignidad y valor, de lo que se deriva el respeto a la vida y las posesiones de la persona. Por eso se castiga penalmente el robo, el fraude, el asesinato y otras faltas. Por eso se considera a las personas iguales y se prohibe la discriminación. La moral y la ley tienen un origen común, creencias acerca de la persona y su dignidad.

Por eso Urrutia comete un error en este campo: cree que laicismo significa que el gobierno pueda independizarse de la moral y la ética. Si lo pudiera hacer, entonces el estado ya no tendría frenos para actuar de la manera más totalitaria posible. Las personas tienen derechos y dignidad independientemente de lo que digan las leyes. Las personas son anteriores al gobierno. Y eso es sano.

Es otra manera de limitar el poder de los gobiernos, no diferente al de la separación de poderes. El gobierno sencillamente no puede ser fuente de moral ni de ética. Cuando lo ha sido el totalitarismo ha llegado. La oposición al aborto es entendida por Urrutia y muchos más, como una confrontación entre iglesias y gobierno. Están equivocados.

Es una confrontación moral y ética acerca de la dignidad de los humanos, en la que las iglesias están siendo más congruentes que los proponentes del aborto. Las iglesias abogan por el respeto a la dignidad de las personas desde que son concebidas y desean aplicar el mismo principio a todos por igual: matar a un anciano es igual a matar a un no nacido. Los proponentes del aborto quieren crear dos tipos de personas, a las que se puede matar y a las que no se puede matar.

Lo que Giscard pensó y lo que Urrutia propone es en realidad terrible: el gobierno debe poseer la autoridad moral para decidir si alguien vive o muere.

Argumentar la separación entre iglesias y gobierno es equivocado de cabo a rabo. Intentan en realidad separar a la moral del gobierno y hacer del estado la fuente de principios éticos y morales.

POST SCRIPTUM

La única argumentación posible de los proponentes del aborto es establecer sin lugar a dudas que un bebé no nacido no es aún una persona digna mientras está dentro del vientre de la madre, una cuestión en extremo compleja.

Ha sido “solucionado” por ellos estableciendo un período de tiempo, de algunas semanas, antes de que se pueda considerar persona con derechos. Justificar que, por ejemplo, hasta las 12 semanas no se es una persona y hacerlo por encima de toda duda, es una tarea con la que deben cumplir. No lo han hecho.


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