Cuatro columnas de colaboradores del Acton Institute sobre temas de globalización: iglesia, bienes importados, Brexit y demás.

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Una idea de Lord Brian Griffiths. El título original es «The Church and globalization». Originalmente publicada el 6 de junio de 2007.

La Iglesia y la globalización

La Iglesia tiene el potencial de enfrentar la pobreza del mundo y cambiar la cultura de la globalización de maneras en las que los gobiernos y las instituciones internacionales no pueden.

No es muy fácil, al considerar los retos de la globalización y del desarrollo internacional, entrar en un debate secular —usando términos seculares— acerca de la globalización y el desarrollo internacional en los que la fe Cristiana tiene en apariencia una importancia limitada y es puesta al margen.

Sin embargo, Jesús no se hacía ilusiones con los reclamos que hacía cuando dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida».

Mientras que Cristo «no es de este mundo», la Escritura es clara en que el Reino de Cristo es aún así importante en cada aspecto de nuestra vida en este mundo. La Iglesia es un testigo de ese reino y, por eso, tiene gran potencial para influir mejorando el mundo.

Quiero dar dos ejemplos concretos de lo que eso podría significar: la Iglesia en África y el liderazgo en los negocios.

La Iglesia en África

Todas las iniciativas propuestas por los países del G8 para ayudar al África del sub-Sahara —tratando con deuda, ayuda, comercio y demás— son propuestas de-arriba-a-abajo. Las decisiones tomadas en Gleneagles, en 2005, fueron todas de-arriba-a-abajo.

El reporte de la Comisión sobre África hizo 80 recomendaciones. De estas, 78 fueron dirigidas exclusivamente a los gobiernos africanos, los gobiernos de países donantes, o una combinación de ambos.

La pregunta que debe hacerse respecto a esas propuestas de-arriba-a-abajo es sobre la vida de las personas comunes en las villas y pequeñas ciudades del África rural. Tristemente, no se hace.

Es aquí donde la Iglesia resulta vital. Si tomamos al África del sub-Sahara como un ejemplo, la Iglesia Cristiana contaba con 60 millones en 1960. Esa cifra es ahora de 350 o 400 millones. La Iglesia en África está en más cercano contacto con los pobres —esos que viven con menos de un dólar al día— que cualquier otra institución.

Más aun, la Iglesia tiene una infraestructura administrativa estable a través de provincias, diócesis y parroquias, que no tiene rival y contrasta con las a menudo fallidas estructuras de los gobiernos locales. La Iglesia tiene un liderazgo altamente respetado (muy diferente al de la clase gobernante en África), que tiene entrenamiento, experiencia y vive permanentemente en las comunidades a las que sirve.

El contraste es muy vívido con los trabajadores sociales y los oficiales de las instituciones internacionales. Mediante la provisión de escuelas, hospitales, clínicas, despensarios y, más recientemente, iniciativas de micro financiamiento, la Iglesia tiene un récord probado de ayuda a los pobres.

No debe sorprendernos esto. En Deus Caritas Est, el Papa Benedicto XVI dijo,

«para la Iglesia, la caridad no es una actividad de bienestar que podría ser dejada a otros, sino parte de su naturaleza, una expresión indispensable de su mismo ser».

La Iglesia en África es un gigante dormido con enorme potencial. El reto que enfrentamos los cristianos en los países ricos es como podemos servir a la Iglesia en África para que ella a su vez ayude con efectividad a su gente.

Liderazgo de negocios

Otra área de influencia potencial enorme es el liderazgo de negocios. Hemos argumentado que el sine qua non del desarrollo económico es un floreciente sector privado en los países en desarrollo. Compañías exitosas privadas proveen empleos, entrenamiento, exportaciones y compromiso comunitario.

Los cristianos deben comprometerse a formar empresas de maneras que permitan a la gente desarrollarse y alcanzar la excelencia. En los países del G7, hay millares de cristianos en posiciones de liderazgo de negocios, no menos que en esas empresas que son el corazón de la globalización. Habrá otros, quizá de otras religiones o sin religión, que tienen iguales altos ideales para la vida corporativa.

Una vez más, creo que la Iglesia está en una posición única para movilizar a sus miembros y tomar responsabilidad y liderazgo. Citando de nuevo a Benedicto XVI en Deus Caritas Est:

«En la compleja situación actual, no menor por el crecimiento de una economía globalizada, la doctrina social de la Iglesia se ha convertido en un conjunto de guías fundamentales ofreciendo enfoques que son válidos más allá de los confines de la Iglesia».

Si la globalización no está para detenerse, ella necesita con urgencia legitimidad en términos de un marco moral que explique y promueva no sólo la creación de riqueza como un imperativo moral, sino también las maneras en las que los países pobres puedan beneficiarse y el medio ambiente pueda ser protegido.

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Una idea de Anthony B. Bradley, con el título original de «Global goods for the anti-globalization movement». Originalmente publicada 18 mayo 2005.

Bienes globales y antiglobalización

Un grupo anti-globalización llamado «anti-marketing» define a la globalización como «el proceso de explotación de los países económicamente débiles mediante su conexión con las economías del mundo, forzando su dependencia (y al final servidumbre) de la máquina occidental capitalista».

Mientras que esta definición puede sonar extrema, el mismo esencial entendimiento viciado de la globalización ha envenenado las mentes de muchos. En un mundo de escasez, las economías más avanzadas tienen a las economías más conectadas internacionalmente. Siempre ha sido verdad esto.

En las naciones antiguas de África del norte, el mundo greco-romano, y más tarde en Holanda, Bretaña, España y los EEUU, las naciones que comerciaban ampliamente eran las que prosperaban. Las naciones que comercian tienden también a ser sociedades abiertas.

Las Escrituras hablan de la gente siendo proclive en cualquier sistema a ser «amantes de sí mismos, amantes del dinero, orgullosas, arrogantes, abusivas…» (2 Tim, 3:2-3).

Pero la idea de que las sociedades aisladas del mundo promueven la dignidad humana y elevan la libertad humana mejor que las abiertas, es históricamente falsa. Las nacionales aislacionistas se quedan atrás del mundo en términos de libertad humana y estándar de vida.

No es accidental que las naciones desarrolladas de Occidente ofrezcan más libertad y protección a mujeres y ciudadanos comunes. Al conectar a las economías débiles con las más fuertes, se tienen beneficios mutuos y se da poder a las naciones en desarrollo para el logro de la real independencia de sus ciudadanos.

Esto es exactamente lo que sucedió con Japón, cuando conectó su economía con el resto del mundo. El aislamiento de Japón del Occidente lo hizo tecnológica y económicamente raquítico. Después de abrir su comercio con el Occidente en 1854, los líderes japoneses y académicos de la era Meiji estudiaron en los EEUU y sus personajes formativos fueron Abraham Licoln, Benjamínn Franklin y otros.

En tres generaciones, Japón pasó de ser una nación aislada, atrasada y agraria a ser la segunda economía mayor del mundo —en una isla con relativos escasos recursos naturales.

Dentro del contexto del comercio mundial, los innovadores japoneses tomaron los productos de Occidente e hicieron los suyos —de hecho mejorándolos para venderlos más baratos que los originales al resto del mundo.

En 1958, unos cien años después de abrir su comercio con Occidente, la primera agencia Nissan abrió en San Diego, ofreciendo el Datsun sedán PL210 de cuatro puertas a 1,695 dólares. Vendió sólo 83 vehículos.

En ese tiempo, los analistas pensaron que los autos japoneses nunca serían un competidor de importancia en el mercado de los EEUU. Al final de los años 80, los autos japoneses constituyeron más del 30% del mercado de EEUU. La nación de esa isla continúa siendo líder mundial en avances electrónico, robóticos y de transportación. Japón se convirtió en la segunda más grande economía al conectarse con el resto del mundo.

La ironía del movimiento en contra de la globalización es que sus miembros mismos son los beneficiarios de la globalización y la usan para morder la mano que los alimenta.

Quienes protesta contra la globalización tienen la libertad y los recursos para usar teléfonos móviles de Nokia y saber la hora con relojes digitales Seiko, mientras conducen sus Subaru Outbacks con letreros de protesta a sus marchas, donde usan cámaras digitales Canon (o una Nikkon de 35mm con película Fuji) para fotografías lo que será visto en Internet o en las noticias que pasarán en televisiones Sony o Toshiba.

En realidad, mucho de la ira de la anti-globalización no es nada más que la vieja escuela del paternalismo disfrazado ahora de preocupación por otras culturas. Quienes protestan suponen que solo los occidentales tienen la fortaleza para pedir, recibir y manejar productos importados.

Su lógica es esta: una franquicia de Guatemala como Pollo Campero Fried Chicken es buena para Los Ángeles, pero la ropa GAP y Coca-Cola son destructivas para otros países. Los Saab, Volkswagen, Volvo y otros productos extranjeros solo puede beneficiar a quien son lo suficientemente refinados para comprarlos de tal manera que no se lastimen sus frágiles culturas.

Los europeos y norteamericanos sí pueden cómodamente rodearse de bienes importados, pero las naciones en desarrollo deben permanecer encadenadas a la esclavitud de los programas occidentales de ayuda internacional.

Es verdad que la suciedad y la maldad son a veces exportados en el proceso de conectar a las economías, una realidad que señala la necesidad de tener una cultura moral sólida sin la que las estructuras políticas y económicas funcionan sin eficiencia y produciendo daños. Es esto lo que debía preocupar a la globalización.

Mientras tanto, los desorientados se quejan de MTV alrededor del mundo sin decir nada de Reggaeton, la más reciente locura musical latina que contamina las frecuencias de todo EEUU y América Latina. El verdadero enemigo no es conectar a las economías de la prosperidad sino a las economías de la maldad.

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Una idea de Jordan Ballor, cuyo título original es «Contagious community», originalmente publicada el 23 mayo de 2012.

Comunidad contagiosa

El año pasado la película Contagion (Contagio), que contó con un elenco estelar, en gran parte fue exitosa debido a que retrata, de una manera concreta, realista y creíble, algunos de los miedos más profundos de los seres humanos.

Todos nosotros reconocemos, en un grado u otro, que la vida es un don precioso, y también reconocemos la fragilidad inherente a la vida. Esta comprensión humana compartida es una de las cosas que hacen en particular tan populares las historias de las películas de desastres.

Ellas se relacionan con un sentimiento universal de la fragilidad de la vida social humana y de las amenazas reales, como las recientes alarmas que rodearon posibles pandemias, por ejemplo, el brote de gripe aviar asiática de 2005 o la preocupación por la gripe porcina de 2009.

Mientras la enfermedad se vuelve incontrolable a escala mundial, la película muestra lo débiles que son de los lazos de la civilización, cuando la gente, desesperada por la supervivencia, desciende rápidamente a violencia callejera, disturbios y saqueos.

Una vez más, aquí hay algo que resuena profundamente en nosotros, ya que todos somos conscientes de lo rápido que pueden llegar a parecerse las cosas a un «estado de naturaleza» hobbesiano, en el que la vida es «solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta».

Lo que hace tan poderosa a Contagio es que integra con éxito en la historia la compleja dinámica de la globalización, que muestra con qué rapidez las enfermedades pueden propagarse dados los viajes internacionales y el comercio.

De manera muy real, esta película nos muestra qué tan interconectado está el mundo en realidad, como cuando algo que ocurre en Hong Kong (a diferencia de Las Vegas, tal vez) no se queda en Hong Kong, sino que se extiende por todo el mundo en un periodo muy corto de tiempo.

Pero mientras que la película es clara sobre los peligros de las relaciones humanas globalizadas, contiene también una lección más sutil.

A pesar de que la enfermedad muestra un peligro que puede tener un impacto en todo el mundo, esos peligros siguen siendo la excepción y no la regla. De hecho, la película retrata muy bien cómo las redes mundiales de información y el intercambio son absolutamente fundamentales en nuestro mundo contemporáneo.

Es cierto que en la película hay fallas institucionales y humanas, muchas de las cuales son muy plausibles, e incluso probables. Pero también está claro que la interconexión global no es simplemente negativa, a pesar de que solemos pasar por alto los beneficios positivos.

Leonard Read, ilustró con fuerza esta dinámica global positiva en el ensayo, «Yo, el lápiz», en el que un lápiz común narra la historia de antecedentes, una «genealogía» de su producción y su difusión a un nivel de familiaridad casi universal, «para todos los niños y niñas y adultos que saben leer y escribir».

Lester Dekoster nos invita por igual a considerar la construcción de las sillas en las que nos sentamos todos los días, y la compleja red de la acción humana que se debe aplicar a estas cosas para que se acomoden a nuestro uso.

«Es obvio que somos físicamente incapaces», concluye, «de proveernos desde cero los artículos para el hogar que ahora podemos ver, usted y yo, desde donde estamos sentados, por no hablar de la construcción y equipamiento de toda la casa».

No se trata simplemente de las enfermedades que los seres humanos en todo el mundo «contagiamos» y «pescamos» entre unos y otros, se trata también de bienes y servicios. Igualmente esto muestra algo únicamente humano.

Ciertos tipos de animales migran, sin duda, a veces en una escala impresionante. Considérense, por ejemplo, los patrones de movimiento de las aves migratorias, o los viajes de una amplia gama de diferentes ballenas.

Pero la naturaleza social de la persona humana, creada a imagen de Dios con la obligación moral de servir a los demás a través del uso de la razón y el esfuerzo, es única en el orden creado.

Así que incluso mientras nuestros cuerpos materiales están sujetos a la enfermedad y el peligro, muy a menudo por medio de nuestras interacciones con otras personas, también son servidos esos cuerpos por el esfuerzo espiritual (como en la oración) y el esfuerzo mental (como en la investigación científica) para encontrar el consuelo en medio del sufrimiento y las mejores soluciones posibles a la amplia gama de enfermedades humanas.

De esta manera, las ideas también son contagiosas, la razón por la que a menudo se habla análogamente de «viral». Ciertamente hay buenas ideas y malas ideas que se difunden, así como hay bienes y servicios, y también enfermedades y aflicciones que se comunican en todo el mundo.

Pero en última instancia, debemos darnos cuenta de que no estamos de ninguna manera mejor solos , «ni solitarios» como dice Hobbes, lo que él muy bien reconoce como una vida que también es «pobre, desagradable, brutal y corta».

Conforme la comunidad humana se desarrolla más en una escala global, puede verse empíricamente, así como en la práctica, que la vida es más a menudo y cada vez más rica, civilizada agradable y prolongada (aunque con notables y lamentables excepciones).

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Una idea de Samuel Gregg. El título original de la columna es «”Brexit” and the Failure of Europe».

Brexit y el fracaso de Europa

El continente que alguna vez gobernó el mundo parece estar a la deriva con su alma consumida por la burocracia y la corrección política.

Es difícil para la mayoría de los no europeos entender la magnitud de la devastación que dos veces afectó a Europa en el siglo XX. Después de haber descendido hasta el abismo entre 1914 y 1918, las naciones europeas cayeron en lo mismo 20 años después. En consecuencia, ellas soportaron un apocalipsis de muerte y destrucción desde Normandía en el Oeste hasta Stalingrado en el Este.

«¡Nunca más!» se convirtió en el lema de numerosos políticos europeos, muy notablemente hombres de Estado católicos como Konrad Adenauer de Alemania, Alcide de Gasperi de Italia y Robert Schuman de Francia (actualmente siendo considerado para beatificación por parte de la Iglesia Católica), todos los cuales dirigieron gobiernos demócrata-cristianos en los años inmediatos posteriores a la guerra.

Fue en este contexto que la unificación europea llegó a ser vista como una forma segura para garantizar la paz y contener los fuegos del nacionalismo. Y desde una cierta perspectiva, eso tenía sentido. Porque a pesar de todas sus diferencias, las naciones europeas tenían mucho en común.

Estas iban desde su arraigo en el cristianismo y una influencia judía sustancial hasta los legados de los griegos, romanos y de las varias Ilustraciones. También estaba el hecho el comercio interior europeo que había existido por siglos, forjando lazos no fáciles de romper.

El Tratado de Roma que buscaba crear un mercado común para asegurar la libre circulación de bienes, capitales, servicios y mano de obra entre los seis países firmantes originales, se firmó el 25 de marzo de 1957. No es casualidad que la ceremonia se celebrará en el Palacio de los Conservadores, en la colina Capitolina de Roma.

Construido encima de un templo pagano del siglo VI de la era cristiana y reformado por nada menos que Miguel Angel, el palazzo funcionó como un centro de negocios y empresarios de toda la Europa medieval reuniéndose y participando en comercio pacífico. Considerando que el continente europeo había sido devastado por la guerra tan sólo 12 años antes, el establecimiento de la entonces comunidad económica europea (CEE) fue vista como un gran logro y una causa de celebración.

Todo esto parece estar muy alejado de la actual Unión Europea. Ciertamente existe el Mercado Común e incluso este se ha expandido a 28 países. Sin embargo, el continente está inundado de movimientos políticos y partidos que tienen muchas diferencias pero comparten una desconfianza profunda de —y un antagonismo creciente hacia— la Unión Europea.

Es una hostilidad que trasciende las más tradicionales divisiones como la derecha y la izquierda, los empleados y los empleadores, o el norte y el sur de Europa. Ahora ha cobrado su primera gran victoria, cuando Gran Bretaña —la segunda más grande economía de la Unión Europea— ha votado, con un margen relativamente cómodo, salir formalmente de la unión supranacional.

Seria fácil descartar todo esto como resultado de un nacionalismo creciente y del miedo a los inmigrantes, algo que fue acentuado por el inepto manejo de la UE de la crisis de inmigrantes de 2015 y el estallido de la violencia yihadista islámica. Ciertamente, hay algo de esto. Pero también eso distrae de una fuente aún mayor de alienación: es decir, la forma asumida por la UE contemporánea, especialmente su dirección política y su burocracia.

Estos grupos son, en la opinión de muchos europeos, profundamente antidemocráticos, francamente despectivos de cualquiera que expresa dudas acerca de su agenda e inclinados a insistir que cualquier problema puede ser resuelto dando a la UE —y por tanto a los funcionarios de la UE— más poder.

La gente en Gran Bretaña votó por el Brexit por muchas y a menudo diferentes razones. Sin embargo, es difícil negar que el enfoque de arriba a abajo de la UE para la vida social, su oculta suplantación de leyes nacionales y, quizá por encima de todo, la suprema arrogancia de un liderazgo político-burocrático, jugó un papel importante haciendo que el 52% de los votantes británicos dijeran que ya era suficiente.

El profeta economista

En estos días cualquier visitante en Bruselas estará sorprendido por el gran número de agencias y organismos de la UE alojados en la ciudad. Haciendo de lado la arquitectura estéticamente cuestionable de muchos de los edificios habitados por esas organizaciones, la UE da un nuevo significado a la palabra ‘burocracia’.

Bruselas está llena cientos de políticos y representantes de los estados miembros así como miles de asesores de diversos tipos, funcionarios civiles y ONGs (invariablemente financiadas por los gobiernos). Sólo un puñado de estas personas han sido realmente elegidas por ciudadanos normales.

Fue este mundo de políticos que no rinden cuentas y la percepción (justa o no) de que los únicos intereses que sirven son los propios, lo que llevó a la gente en Gran Bretaña a seleccionar «salir» el 23 de junio. Sin embargo, es un mundo cuyo surgimiento también fue predicho en los años 50 por un economista quien, en este sentido, realmente merece el título «profético».

La mayoría de los primeros opositores a la integración política y económica en Europa fueron los socialistas tradicionales. Les preocupaba que un mercado común pudieran impedir la implantación de las políticas socialistas.

Una rara excepción a esta regla fue el economista alemán Wilhelm Röpke. Hoy, Röpke es conocido como el intelectual más importante del milagro económico alemán de la posguerra. Un luterano devoto profundamente versado en la doctrina social católica, Röpke también fue uno de los muy pocos economistas del libre mercado quien públicamente y con voz alta críticó lo que se convertiría en la UE de hoy, incluso antes de que se firmara el Tratado de Roma en 1957.

El proto euroescepticismo de Röpke no surgió a partir de sentimientos nacionalistas. Sus experiencias como soldado de combate altamente decorado en el ejército alemán en el frente occidental durante la Primera Guerra, le produjo una aversión duradera al militarismo y al nacionalismo, especialmente en sus variedades fascistas —tanto así que Röpke fue uno de los primeros académicos despedidos de las universidades alemanas por los nacionalsocialistas en 1933.

Más aún, como un economista inusualmente bien leído en otras disciplinas, Röpke reconoció que las naciones-estado modernas históricamente hablando no han sido siempre aliadas de la libertad. A pesar de eso, Röpke fue altamente crítico del Tratado de Roma e hizo varias predicciones acerca de cómo probablemente se desarrollaría la CEE.

Es sorprendente lo mucho que Röpke acertó acerca del carácter que ha sido asumido por el proyecto de integración europeo. En 1958, por ejemplo, Röpke pronosticó que eventualmente se enfrentarían naciones fiscalmente irresponsables contra naciones económicamente menos disciplinadas. En nuestros días, esta división se ha convertido en una de las mayores escisiones que, por ejemplo, distingue a las fiscalmente responsables Alemania y Finlandia de desastres económicos como Francia y Grecia.

Sobre el tópico de una moneda única europea, Röpke insistió en que ella funcionaría solamente si los estados miembros seguían políticas fiscales disciplinadas y que existieran mecanismos disponibles para expulsar a cualquier nación que violara reglas estrictas con respecto al gasto.

Sin embargo, dudaba de que tales condiciones se cumplieran en una Europa en la que (1) los gobiernos demostraban su habilidad para saltarse las reglas, (2) se consideraba como derecho humano al estado de bienestar generoso y (3) los partidos políticos habitualmente usaban el poder de los impuestos y el gasto del gobierno para comprar el apoyo electoral de diversos grupos. En retrospectiva, la predicción de Röpke demostró una vez mas dar en el clavo.

Röpke también conjeturó que la CEE agravaría la burocratización de la vida europea. Cada creación de instituciones supra europeas después de la guerra, que él ilustró, ha producido miles de funcionarios públicos predispuestos a ampliar su número e influencia.

Tan solo seis años después de la fundación de la CEE, Röpke observó que esos órganos ejecutivos se habían convertido en «una enorme máquina administrativa», imponiendo miles de regulaciones a los estados miembros.

Aún peor, él añadió que los varios departamentos de la CEE habían sido invadidos por «socialistas e intervencionistas convencidos» los que consideraban a la planificación de arriba a abajo por parte de las élites político burocráticas como algo superior al funcionamiento de los mercados dentro del marco de la ley, con un gobierno constitucionalmente limitado y una red de seguridad básica.

Sin raíces, a la deriva y (tal vez) acabada

Röpke no fue un pesimista acerca de Europa. De hecho, él apoyó a la integración económica del continente. Sin embargo, sostuvo que debía desarrollarse «desde abajo» en lugar de ser impuesto de arriba a abajo.

Sería mejor realizarla, según Röpke, con la apertura unilateral de las economías de las naciones europeas no solo entre ellas sino también con el resto del mundo. Dijo Röpke que eso eliminaría la necesidad de burócratas supra europeos y de organizaciones que «administraran» el proceso.

Al mismo tiempo, Röpke no ocultó su convicción de que el núcleo de la identidad europea iba mucho más allá del mundo de la oferta y de la demanda. Argumentó que el ser europeo significaba afirmar aquellas tradiciones específicas religiosas, políticas y culturales que habían hecho a Europa diferente de aquellas otras culturas conformadas por otras herencias.

No era un asunto de denigrar a otras sociedades. Más bien, era un sencillo reconocimiento de aquellas cosas que dieron a Europa, y por tanto más en general a Occidente, su carácter distintivo.

Tales emociones reciben una escasa atención por parte de la burocracia contemporánea de la UE. Cualquier discusión de valores es dominada invariablemente por palabras como «diversidad» y «no discriminación», y una casi obsesión con la igualdad.

Sin duda, esas frases pueden tener un significado positivo, pero solamente si están cimentadas en un entendimiento coherente de la naturaleza del hombre. En una UE cada vez más inclinada a promover agresivamente conceptos sin sentido como «teoría de género» (algo repetidamente condenado por el papa Francisco), todas estas cosas cobran un significado muy diferente.

En un país descristianizado como Gran Bretaña, no sorprende que la preocupación por estos problemas no figurara en el debate del Brexit. Sin embargo, la adopción de esas agendas ideológicas específicas de la UE es sintomática de una tendencia contra la que se rebelaron muchos de los que votaron «salir».

Y esto es la imposición de las ideas simplemente presupuestas como correctas por las clases políticas, las burocracias y los facilitadores intelectuales de la UE. Esto va de la mano con el hábito de etiquetar a cualquiera que cuestiona sus posiciones como un troglodita o palabras a las que el sufijo «fóbico» se acostumbra añadir. En lugar de realmente debatir ideas es mucho más fácil sugerir que las opiniones de alguien son semejantes a alguna enfermedad mental.

Dada la esclerosis económica, la inercia política y la insidiosa burocratización que caracteriza hoy a la UE, es reconfortante darse cuenta que hace 100 años este continente dominó al resto del globo: económica, cultural, política, filosófica e incluso religiosamente.

Sin embargo, el 23 de junio una mayoría de votantes británicos decidió separar a su nación de lo que es, concedido por no menos que el presidente de la Comisión Europea Jean-Claude Juncker, en un discurso de septiembre de 2015, una «Unión Europea [que] no está en buen estado».

En el corto plazo, la negociación de los términos del divorcio —entre los que no serán menores los arreglos comerciales y el desenredo de las leyes inglesas y escocesas el laberinto de la ley de la UE— requerirá considerable destreza del siguiente primer ministro de Gran Bretaña.

Aún así, no es difícil concluir que el Reino Unido se ha separado de un experimento político que alguna vez ofreció esperanza, pero que actualmente parece (1) incapaz de una reforma sustantiva; (2) dispuesta a refugiarse en la negación; (3) ahogada en un pantano de corrección política; (4) acosada por el envejecimiento y la caída demográficas; (5) sufriendo niveles catastróficos de desempleo juvenil; y (6) dominada por una clase política que vive en una caja de resonancia sin reconocer que muchas de sus acciones han ayudado a reavivar las mismas tensiones que el proyecto europeo debía aliviar.

El futuro de Europa no es brillante ahora. Uno puede esperar que el Brexit sirva como una muy tardía llamada de atención. Desafortunadamente, las tendencias presentes no proporcionan muchos motivos para ser optimista. Más bien lo contrario.

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Y solo unas cosas más…

Debe verse:

Globalización: sus elementos y libertades

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