Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Imagogia, Demofobia, Hortimista
ContraPedia ContraPedia
25 abril 2007
Sección: Sección: Listas, Y CONTRAPEDIA
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Imagogia

Palabra muy usada entre los expertos teóricos de la Ciencia Política, esta palabra hace referencia al tipo de régimen que se basa en la imagen de los gobernantes y que por lo general aísla otras variables como la efectividad de su desempeño real.

Técnicamente es una de las variables no previstas por Aristóteles en su tipología de los gobiernos, pero que pertenece a la categoría de la democracia, pues supone la necesidad de imagen pública para la obtención de votos.

Es decir, la democracia supone como uno de sus principios fundamentales la existencia de un voto por cada uno de los habitantes de un país, lo que puede degenerar en una especie de concurso de popularidad personal o de imagen individual de los candidatos a gobernar. Si bien en la democracia más tradicional los votos son dirigidos por los habitantes hacia las propuestas de gobierno que cada uno evalúa como mejores, la ausencia de planes de gobierno y de ideas claras en los gobernantes ha ocasionado que los ciudadanos no tengan otra base para decidir su voto que la imagen que ellos se forman de los candidatos.

Esto significa que las plataformas políticas han sido sustituidas por las imágenes de los candidatos. En esa democracia más tradicional, los partidos políticos que siempre están formados por elites pensantes proponen programas de gobierno y los ciudadanos seleccionan a la que mejor consideran; eso ha cambiado en la actualidad, cuando las masas votantes ya no cuentan con propuestas de planes de gobierno, sino con discursos vacíos y vagos por parte de personas que tiene como único atributo una imagen que proyectar y que poco está relacionada con su desempeño posible como gobernantes.

Fue durante la campaña política del alcalde de Mocomoco, Bolivia, que siendo observada por Ben-hadad González, éste último creó este concepto de imagogia. La supuesta plataforma política del candidato a alcalde estaba basada en el hecho de reducir los impuestos y elevar el gasto público, cosa que fue ignorada por los ciudadanos, quienes votaron masivamente por él a causa de los trajes regionales que él uso durante sus giras electorales.

La base de la elección fue exclusivamente la de la imagen y apariencia personal del candidato. Desde luego, en Mocomoco, a los pocos meses la ciudad se encontraba fuertemente endeudada y el alcalde desapareció con todo y sus trajes regionales.

Son factores importantes de la imagogia todos aquellos que están relacionados con la apariencia física y la imagen atribuida al candidato o gobernante. Uno de ellos, quizá el más importante, es el de aparecer como proveniente de la clase media o idealmente de la clase baja, cosa que se sabe hace al candidato mucho más atractivo pues se da una especie de identificación personal con la mayoría de los votantes; es muy poco aconsejable que el candidato enfatice una imagen basada en su origen de clase alta.

Otro factor es la vestimenta, la que debe adecuarse a las ocasiones y los estilos más probables de los votantes, vistiendo hasta donde sea posible algunas prendas regionales; el uso de corbata, por ejemplo, debe ser lo más limitado posible, al igual que arreglos de pelo que impliquen descuido o suciedad. Y, desde luego, nada sustituye al convertirse en fanático de algún deporte muy popular, ir a los partidos y hacerse ver entre los aficionados, pero cuidando de no ser fanático de alguno de los equipos que aunque populares sea odiado por parte importante de los ciudadanos.

Siendo tan importante la imagogia, ésta se convierte en el lado más débil de todo candidato: si uno de los candidatos en competencia por un puesto de elección pública logra que su oponente sea identificado con alguna idea que es odiosa para los votantes, es casi segura su victoria. Por ejemplo, uno de los candidatos puede acusar a su contrario de ser rico, de despreciar las causas nacionales, de querer vender al país, de desinterés en las causas populares, de extranjerizante, de querer subir los impuestos, de cualquier otra cosa que sin ser cierta ni probada de inmediato puede causar una reacción negativa.

Y es que existen variables que todo candidato debe saber, como siempre, responder a la pregunta de cuál es su platillo favorito con el nombre de un platillo local y de gran nacionalismo; sería muy remoto que un candidato que dice que su platillo favorito es el Filete Wellington sea electo en la ciudad de Motozintla de Mendoza, en México. Es obvio que debía haber respondido con el nombre de un platillo local o nacional, como “huevos rancheros con frijoles y mucho picante”.

Demofobia

Con obvias raíces en las palabras demos y fobia, ésta hace referencia principal al asco y la repulsión que padecen quienes van al cine en las últimas funciones y que enfrentan la vista, el olor y el tacto de los restos que han dejando quienes asistieron al cine en funciones más tempranas.

Se trata, pues, de la aversión y el odio que se siente hacia las personas que, por ejemplo, tiraron al suelo una parte del hot-dog que ingirieron mientras veían la película, sin tomarse la molestia de recoger ese desperdicio, el que obviamente será pisado por alguien que va a la siguiente función, lo que le producirá una sensación que puede llegar al vómito, cuando vea la asquerosa apariencia que presenta en el suelo la mezcla gelatinosa del catsup, la mostaza y los fragmentos de salchicha.

La demofobia llega a extremos en los casos en los que son los asientos los que reciben porciones de esos espantosos restos. Sin sospecharlo siquiera, el inocente que toma asiento está sujeto a las más crueles posibilidades, pues su bien planchada ropa recién comprada puede acabar siendo manchada por innombrables sustancias de origen desconocido, incluso parecidos a los caldos primordiales en los que por primera vez se registró la vida.

Azúcar pegajosa de negros refrescos, restos de mantequilla, posiblemente mezclada con mugre de uñas de escasa higiene, gotas grasosas de queso amarillo que se mantiene líquido por su contenido de grasa y que fue chorreado de labios desconocidos, pañales usados por bebés cuyos padres sostienen la teoría de que un bebé no entiende una película clasificada para adultos, servilletas con desconocidas sustancias que las crispan y hacen quebradizas, desconocidos fluidos de terrorífico origen con pantanosa textura, manchas que a su vez han sido manchadas mil veces en un remolino de suciedad y elementos constituyentes que pueden muy bien representar un rompecabezas para la ciencia más avanzada. Todo eso y más enfrenta quienes van a muchos cines  a su última función.

Pero la demofobia, según ha sido recientemente demostrado, no es privativa de los cines, pues también es padecida por los asistentes a eventos deportivos. Quienes asisten con frecuencia a ellos son testigos de calidad indudable para corroborar lo que aquí se ha dicho sobre los cines. Pero en los estadios la cuestión empeora cuando se tienen necesidades biológicas impostergables y no hay otro remedio que ir a las instalaciones sanitarias.

Es allí donde la demofobia empeora significativamente y los sentidos del olfato, la vista y el tacto sufren shocks difíciles de describir; fétidos aromas de orígenes antiquísimos permanecen allí en una demoniaca mezcla con los más recientes; pisos que aún contienen restos de dignidad arqueológica y escatológica, y que dejan inevitablemente restos microscópicos en los zapatos que llegarán a la recámara; líquidos amarillentos esparcidos por doquier y papeles en el piso cuyo uso atemoriza a los más valientes con solo pensarlo. Y nada es todo esto con quienes en algunos restaurantes y lugares públicos se ven obligados a visitar los baños.

No en balde existen varios cuentos fantásticos de terror que se basan en la pavorosa locura producidas en sus personajes por causa de una desafortunada visita a los baños públicos de casetas de pago en carreteras, aeropuertos, lejanas gasolineras y otros sitios similares. En este aspecto, es digna de ser destacada la novela corta El baño de la caseta de Usher, de Gastolfo Arissmendes, ganadora del certamen de escritores nuevos de La Coronilla, Uruguay, y de la que se cita uno de los pasajes más famosos:

No era esa otra puerta como las muchas que ella había abierto antes en la alejada Hacienda de San Tico Atlixcotl. Había en ella algo diferente. La puerta exudaba maldad más allá de las manchas asquerosas y del moho producido por los climas tropicales. Verde apenas visible, casi maldito, de emanaciones putrefactas, quizá allí anquilosadas desde los salvajes ritos de los indios de la región. No, no eran las manchas ésas que había visto de niña y que le habían enseñado a adivinar cosas viejas de la abuela detrás de ellas.

No, esto era distinto, la puerta era distinta. Sin ánimo de tocarla siquiera, en esos pocos segundos, tuvo un presentimiento que la estremeció. Quizá no habrá papel de baño en ese oscuro interior tras de la puerta. Aún así, ella misma se dio valor mientras la esperaba Juan en el coche. Movió su mano derecha con lentitud, la acercó a la manija que hacía las veces de cerradura. Su sangre se heló al sentir la áspera superficie de metal que tantas personas habían tocado antes. Oxido, manchas verdes, manchas marrón oscuro, todas afanosamente tratando de ocultar el material original de la manija. Allí, en ese momento, al abrir la puerta, llegó la pesada sensación de atmósferas primordiales…

Hortimista

Dentro de la riqueza de los tipos humanos, hay uno que merece atención especial y que es el hortimista, es decir, la persona que llega puntualmente a una cita bajo la feliz y gratuita hipótesis que el resto de las personas harán lo mismo.

Tal caso de optimismo ha sido objeto de estudios y de burlas sin fin, hasta llegarse a acuñar una palabra que, sin dejo de chunga lo denomina, dando así fin la serie de epítetos que las personas de este tipo reciben.

La situación más clásica es la de una reunión de negocios, acordada para las 10:30 de la mañana de un cierto día; las probabilidades de que esa reunión dé inicio a la hora señalada son astronómicas y esa cifra varía en proporción directa al número de asistentes: cuantos más asistentes haya menores serán las probabilidades de inicio a tiempo.

Otra ocasión muy típica, en la que empeoran significativamente las probabilidades es la de los compromisos sociales, como la invitación a una reunión en la casa o el acuerdo de cierta hora para verse en un restaurante.

Al parecer, en opinión de Joshua Kadesh-Barnea, esto es un fenómeno cultural, es decir, varía sustancialmente por regiones geográficas. En algunas latitudes, donde el hortimista predomina, las citas suelen iniciar con retrasos mínimos, de muy escasos minutos. Pero en otras partes el hortimista es una clara excepción y allí, se supone, existe un rasgo cultural de miedo a aparecer en un sitio solo como el primero de un grupo, lo que se cree produce un complejo; y, ya que ese complejo es común, las personas tratan de evitarlo llegando tarde pues piensan que eso aminora las probabilidades de ser el primero en arribar.

Esto ha sido registrado en los anales de la vida cotidiana en mil ocasiones, cuando se llega por la noche a casa de quien ha convocado a una reunión social en su hogar y se constata que se es el primero, pues no hay coche alguno estacionado fuera de esa casa. En estos casos los invitados acostumbran permanecer en su carro hasta que llegan otros invitados, para  luego bajar del auto aparentando que también acaban de llegar.

En algunas de las interpretaciones más extremas se ha llegado a proponer que en las culturas en las que no se quiere ser el primero en llegar a un lugar y a tiempo existe también miedo a ser el primero en otros aspectos y a destacar en general, con el resultado de una cultura de menor avance y bienestar. Es decir, en esas culturas es preferible confundirse con la normalidad de la población, sin sobresalir en aspecto alguno, lo que es causa de escasos avances empresariales y científicos.


ContraPedia tiene un antecedente en los 80, cuando fueron publicadas una serie de propuestas para palabras que no existían. Eran invenciones muy breves. Esta versión respeta la idea original, jamás publicada, con definiciones más amplias y la incorporación de otros elementos, como personajes e instituciones.





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