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Impuestos al Mal
Selección de ContraPeso.info
21 mayo 2007
Sección: Sección: Asuntos, SOCIALISMO
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ContraPeso.info presenta un texto de James Sadowsky, S.J., titulado “La Economía de los Impuestos al Vicio”. Agradecemos al Acton Institute el gentil permiso de traducción y reproducción.

El tema tratado por el autor es el de los sin taxes y fue originalmente publicado en el  volumen 2,  Número 2, de Marzo-Abril de 1994, en Religion & Liberty. El tema, además, permite examinar a los impuestos y su real efecto, que no es el de retirar dinero del bolsillo del contribuyente. Los énfasis han sido añadidos por el editor.

Los impuestos al vicio [sin taxes] son así llamados porque son aplicados a esos bienes, como el tabaco y el alcohol, que son objeto de amplia desaprobación.“Esos impuestos”, dice Paul Samuelson, “son a menudo tolerados porque la mayoría de las personas —incluyendo muchos fumadores y bebedores moderados— sienten que hay algo vagamente inmoral en el tabaco y el alcohol.

Piensan que esos sin taxes matan dos pájaros con una pedrada: el gobierno obtiene ingresos y el vicio se hace más caro”.

Los impuestos al vicio no son un término técnico en Economía. Simplemente son una forma de impuesto especial a productos, excise tax. ¿Qué es entonces un impuesto de ese tipo? Es un impuesto aplicado a algunos bienes, pero no a todos.

Así es como difieren de los impuestos generales de venta, que son cargados a todos los productos (con algunas excepciones menores). Esto significa que se aplica en adición al impuesto a la venta.

Los impuestos especiales tienen una larga historia. ¿Se recuerda el infame impuesto a la sal bajo la monarquía francesa? Hubo el notorio impuesto al té que fue aplicado a las colonias americanas de Inglaterra, lo que originó la Boston Tea Party y preparó el camino a la Revolución Americana.

Los estudiosos de la historia de EEUU recordarán la Insurrección del Whisky, ocurrida durante el gobierno de George Washington. Esta rebelión surgió del resentimiento por el impuesto especial al esa bebida.

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El efecto de largo plazo de un impuesto especial a un bien es una reducción en la oferta del bien al que es aplicado ese impuesto. Esto a su vez tiende a un aumento en el precio que los consumidores tienen que pagar. ¿Cómo funciona esto?

Si esos que venden el artículo continúan produciéndolo en la misma cantidad, no serán capaces de soportar el precio. Si los consumidores hubiesen sido capaces de pagar el precio original más el impuesto, los productores podrían haber cargando exitosamente ese monto en ausencia del impuesto.

Esto mostraría que ellos habían estado cargando menos de lo que el comercio soportaba. ¿Y por qué no cargar más por el producto? Después de todo, ¿acaso no habrían estado ellos aprovechándose de las ventajas de las inelasticidades de la demanda antes de la imposición del impuesto?

Así que, si ellos continúan vendiendo el mismo monto del producto en el mercado con el nuevo impuesto, no serán capaces de obtener nada más que el viejo precio original. Ya que este precio no les compensará por los ahora mayores costos de hacer negocio, algunas firmas tendrán que reducir la oferta de los productos en cuestión.

Las salidas de la industria de las firmas marginales contribuyen a la reducción de la demanda. Esto enfatiza el hecho de que los productores no controlan directamente los precios a los que se venderán sus productos. La oferta y la demanda determinan los precios de venta.

Es sólo por medio de la alteración de la oferta o la demanda que ellos son capaces de modificar los precios. Y para todo propósito práctico podemos descartar la elevación de la demanda como un medio para amortiguar los costos más altos de producción. ¿Por qué?

Porque si manipular la demanda fuese posible, ellos lo hubieran hecho antes de la elevación de los costos de producción. Así que lo que cambia el precio es la disminución de la oferta del bien. Y, desde luego, este decremento de la oferta significa que menos del bien será consumido.

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¿Qué, entonces, debemos pensar de esos impuestos? Eso depende, no en grado menor, de lo que pensemos de los impuestos en general. ¿Cuál es su propósito? Generalmente es elevar el ingreso del gobierno. En este caso debemos preguntarnos a nosotros mismos si queremos que el gobierno tenga ese ingreso. El propósito de este ingreso es financiar el gasto del gobierno.

Es ese gasto del gobierno más que el retiro del dinero de nuestros bolsillos lo que constituye el principal problema. Así es como lo puso Milton Friedman en Tiranny of the Status Quo: “Como sea que el gobierno obtenga el dinero que él mismo gasta, los bienes y servicios que compra o que son comprados por la gente a la que él transfiere ese dinero, ya no están por ese hecho disponibles para otro uso. Esos bienes y servicios —no los pedazos de papel que pagaron por ellos— son el real costo del gobierno a los contribuyentes”.

Si el gobierno fuese a tomar el dinero para arrojarlo a un horno, el efecto principal (suponiendo impuestos homogéneos) sería un decremento en la oferta de dinero. El dinero remanente sería suficiente para comprar la misma cantidad de bienes y servicios por razón de la consecuente reducción en precios.

Lo que importa, por tanto, es la parte del gobierno en términos reales: los bienes y servicios que ya no están disponibles y su consecuente elevación de precio. Todo lo que el economista puede hacer es señalar estos costos. Si vale la pena tenerlos es una llamada a juicios de otro tipo.

Pero aquí hay un hecho que escapa a la atención de la mayoría de la gente. No es que los bienes y servicios ofrecidos por el gobierno sean en adición a los bienes y servicios que estaban disponibles antes del gasto de gobierno. Sustituyen a los bienes y servicios que de otra forma estarían disponibles. Incluso las personas que no pagan impuestos se encontrarían pagando estos costos en la forma de precios más altos en los bienes que quieren.

Los políticos típicamente no informan a sus ciudadanos del costo que los beneficios tienen. Al preguntársenos si en verdad queremos estas cosas, siempre debemos preguntarnos a nosotros: “¿en lugar de qué?” Si la gente hiciera esto, ella estarían mucho menos dispuesta a apoyar el monto actual de gasto gubernamental.

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Como mencionamos antes, las personas están a veces dispuestas a aceptar a los impuestos especiales a artículos de vicio, como el tabaco y el alcohol, por un sentimiento de ser castigos legítimos a esos excesos. Por eso no es sorprendente que el gobierno con entusiasmo aplique impuestos a esos artículos particulares.

Algunas veces, desde luego, el propósito anunciado de esos impuestos en el desalentar el uso del producto. En verdad lo hacen si sólo en reducir la cantidad del bien.

Muchos se preguntarán si es debida esa acción paternalista de parte de las autoridades. Se preguntarán qué es lo que hace a los políticos mejores jueces de lo que es bueno para nosotros, o esas personas en cuyo juicio tenemos confianza.

No sólo eso —¿se detendrá el gobierno allí? Lo más probable es que no. El gobierno ahora amenaza entrar en el uso de las vitaminas y otros artículos alimenticios. Hemos andado un largo camino desde los días cuando se aceptaba que el sólo propósito del gobierno era proteger los derechos que estaban enumerados en la Declaración de Independencia.

En ocasiones, los impuestos al vicio son defendidos porque supuestamente elevan el ingreso y desalientan el uso del producto. Como lo dijo el director de política de la American Cancer Society, John Bloom: “Canadá ha demostrado que los impuestos al tabaco han salvado vidas y elevado ingresos”. Pero uno puede preguntarse si hay un curso de colisión inminente aquí.

Los impuestos al vicio no elevan el ingreso a menos que las personas usen el producto y no salvan vidas a menos que la gente evite el producto. ¿No querrán esos que quieren elevar el ingreso que la gente mantenga el vicio de usar el producto?

Podemos sentir alivio por el hecho de que un efecto opuesto parece al final estar sucediendo. De acuerdo al New York Times del 9 de febrero de 1994, el primer ministro de Canadá, Jean Chretien, anunció que su país iba a reducir impuestos a los cigarrillos para tratar de detener el amplio contrabando desde los EEUU, donde los impuestos son la quinta parte.

Quizá los grandes logros de Thatcher-Reagan no sean sus éxitos legislativos, sino el cambio del deber de la demostración, del sector privado al gobierno.

NOTA DEL EDITOR

Si bien puede sentirse un tanto fuera de época el escrito de Sadowsky, no cabe duda que sus puntos centrales son universales:

• Uno es el cuestionamiento del gasto gubernamental, que presiona los precios por causa de la demanda adicional de bienes que consume o que otros consumen usando los fondos distribuidos por la autoridad. Un caso citado con frecuencia es la presión en las tasas de interés por causa de préstamos al gobierno; o bien la presión en los precios de los bienes raíces por causa de la demanda para oficinas gubernamentales.

• Otro es la sustitución de bienes: el dinero recolectado por la autoridad se usa para ofrecer bienes y servicios que no son los mismos que se hubieran ofrecido sin los impuestos cobrados. El ejemplo a usar sería el de los fondos dedicados a la oferta de servicios artísticos por parte del gobierno, como museos, conciertos y similares, que no necesariamente serían los mismos si no se hubieran cobrado los impuestos dedicados a esa oferta gubernamental.

• Y tercero, el problema básico de la autoridad paternalista que eleva su autoridad bajo la pretensión de cuidar a los ciudadanos de productos dañinos según su criterio.


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1 comentario en “Impuestos al Mal”
  1. Contrapeso » El Impuesto Perfecto




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