Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Intelectuales en Acción
Leonardo Girondella Mora
9 octubre 2007
Sección: LIBERTAD GENERAL, Sección: Asuntos
Catalogado en:


José María Marco escribió una idea que es bueno recordar —no es original de él, pero la reitera de una manera que me parece genial. Es un texto en La Ilustración Liberal, Num. 4, Oct-Nov 1999, titulado Los Intelectuales y el Capitalismo.

La idea que quiero resaltar es una de contradicción —y egoísmo, si no ignorancia— de los intelectuales que piden para sí lo que no desean dar a los demás. Solicitan para ellos y están dispuestos a la defensa absoluta de sus libertades, pero nos las de los demás. A lo que se añade que, muchos de ellos, usan sus libertades para limitar las del resto.

Marco lo expresa de manera inmejorable —hablando del mercado de las ideas que es el terreno de los intelectuales, dice:

En el siglo XX, los intelectuales han defendido con todas sus fuerzas las libertades que les son propias: libertad plena de información y de expresión, y libertad de expresarse como les venga en gana. Nada puede obstaculizar la libre difusión y circulación de las ideas y nadie tiene el menor derecho a plantear siquiera sea una mínima restricción… En lo que respecta al mercado de las ideas, los intelectuales se declaran adeptos fanáticos del laissez-faire, libertarios auténticos, mucho más radicales que cualquier ultra o neoliberal confeso.

No creo que haya dificultad en aceptar esa observación —pocas cosas tan temibles puede haber como la reacción de un intelectual que sospecha que sus libertades están siendo atacadas. Y, sin embargo, ese mismo celo y valor, no surge cuando se habla de las libertades del resto:

En cuanto tocan los mercados de bienes corrientes, los intelectuales se declaran partidarios de los controles, el intervencionismo, las censuras y las barreras… En este mundo soez, nadie sabe lo que quiere, ni por qué le gusta lo que le gusta, ni por qué produce lo que produce, ni por qué compra lo que compra. Hace falta una autoridad que imponga unas pautas de conducta, palie los errores y prevenga los efectos catastróficos, inevitables cuando se deja a la gente ordinaria hacer lo que le apetece hacer.

Marco lo resume: “… los intelectuales, espíritus libres y libertarios en su esfera, suelen ser enemigos encarnizados de la libertad en cuanto se sale de ésta”.

La contradicción y falta de lógica de la posición de los intelectuales es apreciable a simple vista —la libertad que quieren para sí no la desean en los demás. Esa posición sólo podría ser defendida suponiendo que la libertad de los intelectuales no posea defectos, que sus elucubraciones sean perfectas, que sus exposiciones no tengan errores, que sus propuestas siempre tengan éxito.

Ni el mercado de los intelectuales ni el de los productores de bienes son perfectos y si por eso uno es intervenido, el otro también debe serlo por las mismas razones —o bien, ninguno debe serlo y así las libertades serán iguales para todos. A esto, Marco añade que:

Para salvar esta incongruencia entre ultraliberalismo y laissez-faire de un lado y desconfianza e intervencionismo del otro, los intelectuales distinguen entre mercado de las ideas y mercados de bienes corrientes. En primer lugar, hay una diferencia de origen: la libertad en el mercado de las ideas se basa en la libertad individual, mientras que la libertad en los demás mercados se basa en una nueva forma de explotación, cuando no de esclavitud, como es la que establece el empresario -antiguo “capitalista”- con los empleados -antes “trabajadores”-. Y hay una diferencia más en cuanto a los efectos, porque así como la libertad en el mercado de las ideas es el origen de la democracia, que es la forma política de la igualdad, la libertad en el mercado de bienes corrientes es el fundamento de la desigualdad social.

La justificación no resulta válida como lo puede mostrar cualquier análisis del marxismo —lo que explica un fenómeno más o menos reconocido: los intelectuales tienden a ser de izquierda y presuponer que existe la explotación propugnada por Marx. Si no se cree en Marx, el intelectual debería apoyar la libertad de todos, no la suya solamente.

Pero queda una pregunta, la de entender quién es el intelectual —Marco lo define así:

El intelectual es aquel que, siendo o no especialista, asume la función de intermediario y divulgador de un saber o unas ideas. Habiendo aparecido en el siglo XVIII, o a finales del XVII, el intelectual encuentra su razón de ser cuando se impone la educación obligatoria y se crean las condiciones que harán posible el establecimiento de un mercado lo bastante amplio como para que el intelectual pueda vivir de su labor de intermediario.

… el intelectual, intermediario de la información, es imprescindible para que un sistema basado en la circulación permanente de la información funcione correctamente. De ahí que muchos intelectuales, sobre todo hasta principios del siglo xx, consideraran inseparables la libertad en el mercado de las ideas y la libertad en los mercados de bienes corrientes, y se adscribieran por tanto al liberalismo en el sentido más amplio y común del término.

Pero desde otra perspectiva, el intelectual, al no ser un especialista, y siendo por tanto ajeno al conocimiento práctico y sin responsabilidad directa sobre la realidad, queda colocado en un disparadero peligroso, del que sólo le rescatarán la sensatez y la rectitud moral. Éstas no son corrientes en el gremio, a causa de la propia naturaleza del intelectual, especialista en nada. Entonces el intelectual se identifica con una visión idealizada de la sociedad en la que él encarna una nueva clase, sin propiedad, ni patria, ni especialización: una suerte de encarnación viva de la humanidad pura, sin ataduras ni responsabilidades…

La descripción del intelectual es ahora más vívida —un consagrado a la salvación de la humanidad por medio de la implantación de sus ideas y sin la responsabilidad de que ellas fracasen si llegan a ser realidad. “Rousseau, Marx, Tolstoi y Sartre son figuras egregias de este santoral… En la ingeniosa hipótesis de Robert Nozick, los intelectuales, que suelen ser buenos alumnos en la escuela, no suelen tener éxito en el mundo no reglado y abierto del capitalismo: su aversión a la economía de mercado expresaría su inconsolable nostalgia de aquel mundo ordenado y jerarquizado en el que brillaron de jóvenes…”

Esto, por cierto, explicaría el por qué de la inclinación de izquierda como tradición académica y con un nefasto efecto: la comunidad académica es el último de los refugios del intelectual de izquierda, en donde cumple su misionera actividad y permite lograr seguidores. Una misión que necesita ser financiada por los productores despistados, pero sobre todo por el gobierno:

Reclaman que las instituciones o el Estado intervengan financiando y promocionando productos que no le interesan a nadie: cine que nadie va a ver, música que nadie escucha, libros que nadie lee. Por supuesto que en una sociedad abierta cada cual es muy libre de producir y poner en circulación productos nuevos, creando una demanda para ofertas hasta ahí inexistentes. Pero el problema no es ese, sino cómo se llega a justificar la paradoja de que esa libertad no existiría de no mediar la intervención de una autoridad superior.

¿El negocio del intelectual? Existe y no es diferente al de otros productores —el intelectual tiene un producto que intercambia. Ese producto es, dice Marco:

….el desprecio hacia la sociedad que lo acoge y lo aplaude. De profesional en la intermediación y la divulgación del conocimiento, el intelectual pasa a ser profesional de la crítica de aquellos valores de libertad, de independencia y autonomía que hacen posible su propia existencia. Los intelectuales aprendieron pronto lo rentable que es este mecanismo. Probablemente fue Rousseau el primero en aprovecharlo, cuando comprobó que cuanto más insultaba a sus protectores, mejor le trataban éstos.

Me quedo con una impresión en dos aspectos. Primero, esa contradicción en la defensa de libertades y justificada en razonamientos equivocados. Y, segundo, la soberbia del intelectual que se piensa sin defectos ni fallas —un rol que le hace insustituible para señalar el rumbo de una sociedad que lo ha perdido por su causa. No puedo dejar de recordar mi reacción ante algunos de los escritos de dos intelectuales mexicanos —Monsiváis y Fuentes: maravillosos escritores de opiniones de nada.


ContraPeso.info fue lanzado en enero de 2005 y es un proveedor de ideas e información  para lectores que buscan explicaciones.





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