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Selección de ContraPeso.info
9 enero 2007
Sección: Sección: Asuntos, SOCIALISMO
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ContraPeso.info presenta un texto de Samuel Gregg. Agradecemos al Acton Institute el gentil permiso de reproducción.

Este texto es un fragmento del nuevo libro de Gregg, “The Commercial Society – Foundations and Challenges in a Global Age”. Samuel Gregg es director of research en el Acton Institute.

Cualquier sistema social y económico de vida que aspira a ser verdaderamente humano necesita reflejar la naturaleza de los seres humanos. El comunismo cayó desde dentro, al menos en parte, porque negó ciertas verdades sobre los seres humanos, muy notablemente el hecho que poseemos la habilidad única de seleccionar libremente.

Al intentar reemplazar a los mecanismos de oferta y demanda del mercado con un enfoque de arriba a abajo, ambas, las teorías económicas socialista y comunista adjudicaron a los humanos habilidades que no poseen las personas ni sus grupos.

Una fue el suponer que cada uno de nosotros puede ver hacia adelante y prever todas las posibles necesidades de una sociedad entera en cualquier momento del futuro lejano o cercano. No importa qué tan sofisticados sean los modelos de economía, esa previsión está más allá de la inteligencia humana. Hay buenas razones por las que el pronóstico económico es descrito más como un arte que como una ciencia.

Otra falla del socialismo real para comprender a la naturaleza humana fue su inhabilidad para percibir el hecho observable que la mayor parte del tiempo, la vasta mayoría de las personas prefiere colocar la propiedad de las cosas en manos privadas.

No es esto afirmar que la gente nunca está dispuesta a asignar la propiedad de ciertas cosas a asociaciones más amplias de personas (como las empresas con accionistas múltiples). En algunos casos, como en tiempos de guerra, las personas están dispuestas a aceptar restricciones a su propiedad.

No obstante, la propiedad privada permanece como la norma preferida en virtualmente todas las sociedades. Con su oposición de principio a la propiedad privada, el comunismo fue incapaz de dar cuenta de esta realidad.

¿Por qué entonces la gente tiende a favorecer a la propiedad privada sobre la comunal? Una razón es que la persona esta consciente, como Aristóteles y Tomás de Aquino atestiguaron hace largo tiempo, que cuando las cosas son de propiedad común, desaparece la responsabilidad y la rendición de cuentas por su uso, precisamente porque pocos están dispuestos a asumir la responsabilidad de cosas de las que no son propietarios.

Nuestra experiencia diaria nos recuerda la tragedia de los comunes. Los defensores tempranos del socialismo estaban muy conscientes de estas objeciones. Su respuesta fue sostener que todo lo que se necesitaba era un cambio de mentalidad y de corazón por parte de la gente, como también un profundo cambio estructural: un cambio que no sólo produciría un nuevo sistema de propiedad, sino también un “nuevo hombre” —el hombre socialista tan anunciado por la ex Unión Soviética.

La sociedad comercial rechaza esta visión del hombre como también los medios propuestos para implantar ese orden económico. Porque el entendimiento de los humanos que penetra a la sociedad comercial es uno de realismo.

No presupone que los seres humanos pueden siempre tener consideración de los otros cuando se realizan acciones de intercambio económico. Mucho de las estructuras legales y económicas de la sociedad comercial son por tanto predicadas sobre un entendimiento no altruista de los humanos y su mundo.

Los contratos existen, en parte, porque siempre habrá algunas personas que no razonablemente decidirán no cumplir sus promesas. Igualmente, la red de intercambios libres presupone que la gente normalmente se involucra en intercambios para satisfacer sus propias necesidades más que por motivos de preocupación por el bienestar de esos con los que intercambian bienes y servicios.

El tipo de intercambio característico de la sociedad comercial por tanto, difiere del sistema de obligación mutua, de ése que existía en algunas sociedades medievales en las que los campesinos, por ejemplo, eran obligados a pagar dinero a la nobleza a cambio de la protección acordada por esa nobleza en contra de bandoleros e invasores extranjeros. La sociedad comercial requiere intercambios libres en los que las personas entran en concesión de sus intereses propios.

La sociedad comercial, por tanto, no intenta eliminar la falibilidad humana. Por el contrario, sostiene que el interés propio es natural. Hablar de interés propio, como señala el filósofo político Pierre Manent es “acudir a un poderoso y universal estímulo de la acción humana”.

No es un principio abstracto sin conexión a la realidad. Aquellos que siguieron el desarrollo temprano de la sociedad comercial notaron su habilidad para alinear las debilidades humanas y la consideración personal con el progreso general de la sociedad hacia un más próspero estado de dicha.

La referencia de Adam Smith a la “mano invisible” causa perplejidad en algunos, pero es simplemente una metáfora de la idea de que permitiendo a la gente satisfacer su propio interés, seguirán para otros consecuencias benéficas pero no intencionales .

Mientras los individuos buscan ganancias, ellos sin intención contribuyen a la suma total de la riqueza en la sociedad; sin intención permiten conocerse a las personas de diferentes naciones; sin intención promueven la civilidad y la paz; sin intención permiten a otros beneficiarse de más y mejores trabajos; y sin intención contribuyen al desarrollo tecnológico.

Nada de esto significa que la sociedad comercial no dé oportunidad a la gente para realizar acciones altruistas. Más bien, es precisamente porque gran número de personas en actividades comerciales son capaces de  acumular sumas de capital, que ellas exceden sus necesidades inmediatas y responsabilidades adquiridas, para empezar a desarrollar oportunidades de ser generosos a otros.


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