Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Bondad de las Esferas Rotas
Eduardo García Gaspar
29 agosto 2007
Sección: POLITICA, Sección: Análisis
Catalogado en:


Un intento de definición

Para tratar de comprender la idea de la distribución del poder, hay que establecer la distinción respecto a las actividades de tipo económico, político y cultural dentro de una sociedad.

Como principio general de equilibrio, estas tres esferas deben mantenerse separadas, de manera que quien detenta gran poder en una de ellas no lo tenga también en otra.

¿Qué significa eso de gran poder? Tiene gran poder la persona o la institución con potencial para limitar o disminuir la existencia presente o futura de opciones de selección para el ciudadano. Por tanto, una situación de poder equilibrado es aquélla en la que la actuación de una persona o una institución no impide el desarrollo de opciones de selección por parte de otras personas e instituciones en los campos económicos, políticos y culturales.

Imaginemos que una cierta empresa privada funda un museo de arte moderno que ella financia y que ofrece a la comunidad de una ciudad que pague un cierto precio por el boleto de entrada. No hay en esta situación nada que no sea loable, pues la nueva opción de un museo adicional a los demás de esa ciudad no significa la anulación de otras posibilidades de elección.

Esa empresa no ha alterado la libertad de selección de opciones culturales a pesar de ser una empresa muy grande en la esfera económica. Cosa contraria sucedería en el caso de que el gobierno impidiera a los particulares la apertura de museos, pues así limita la oferta de opciones culturales de la ciudadanía y el gran poder político del gobierno se une a un gran poder en la esfera cultural. Los únicos museos serían los permitidos por la autoridad y esto es una limitación de opciones culturales.

Desde luego, hay gran parecido entre esta manera de pensar y la separación entre las cuestiones políticas y las religiosas. En la realidad es la misma manera de ver las cosas.

Esta forma de pensar tiene muy serias repercusiones, pues por principio de cuentas nos manda a un arreglo gubernamental que en su estructura misma evita la tiranía, lo que coincide con la propuesta de una autoridad que no limite opciones de selección del ciudadano, es decir, que no altere su poder de elección (Popper Karl, The Open Society and its Enemies, Princeton University Press, Princeton, 1971, p. 120- 125.).

Más aún, bajo esta estructura será inconcebible la existencia de actividades reservadas en exclusiva a cualquier institución o persona. Es un sistema, por definición sin exclusividades, o bien las mínimas indispensables para hacer respetar los derechos de las personas.

Una de las funciones principales de un gobierno es la de mantener abiertas opciones de selección para el ciudadano, desde explotar un pozo petrolero hasta fundar una religión, y no limitar esas opciones reservándose, a sí mismo o a otros, actividades que bien podrían ser campos de acción deseables para muchos ciudadanos.

No significa esto quitarle importancia al gobierno, sino lo contrario, reconocer que el gobierno es una institución de enorme importancia, pues debe mantener libres las opciones y cancelar las exclusividades.

La misión de la autoridad política es en verdad grave y seria, tanto que sin el gobierno sería imposible el bienestar general. La extraordinaria labor del gobierno radica en aspectos muy importantes, como la conducción de la política exterior, la labor legislativa, la administración de justicia y en lo general, la defensa de los intereses y derechos de sus ciudadanos; y todo eso en esencia significa mantener opciones abiertas de selección y la cancelación de exclusividades.

Son éstas y no otras las razones de ser de un gobierno y persiguen dar al ciudadano un ambiente de razonable tranquilidad, en el que él pueda trabajar y luchar por su felicidad personal.

El punto principal, hasta aquí, es el de evitar la acumulación de poder entre las esferas económica, política y cultural.

Ya que la principal figura de la esfera política es el gobierno, un régimen de Equilibrio del Poder debe tener especial énfasis en cuidar que el gobierno no pase a las otras esferas con grandes poderes, por ejemplo, con monopolios estatales en algún sector de la economía, o bien dictando preceptos que limiten la libertad religiosa.

El principio del Equilibrio del Poder se opone a toda medida gubernamental o privada que tenga como efecto limitar la iniciativa personal, pues eso es un desequilibrio del poder y afecta el bienestar general. Si un gobierno decide ser el único banquero, o el único petrolero, estará violando ese equilibrio, aunque en lo individual sólo unos pocos de los ciudadanos tengan intención de fundar un banco o una petrolera. No importa las razones que se esgriman para eso, pues esas razones serán más emocionales y su efecto real será la caída del bienestar de todos.

La esfera económica

Estamos hablando de la existencia de opciones de selección de diversos satisfactores y de las condiciones en las que esa diversidad puede ser mayor también dentro de cada esfera.

Se parte del supuesto, que es razonable, de que perseguimos la existencia de muchos medios o satisfactores que usamos para la consecución de nuestra felicidad personal, de lo que se sigue que deben existir mercados en los que se produzcan, ofrezcan y demanden opciones diversas para los ciudadanos en nuestros papeles de consumidores y productores. Es el deseo de contar con disponibilidad de amplias opciones entre las que seleccionamos las que más conveniente creamos para elevar nuestra felicidad.

Alguno de nosotros puede gustar de los frijoles refritos, otro de la pasta italiana. Hay quien prefiere cierto tipo de hojas de afeitar, ciertas marcas de tabaco, ciertos sistemas de computación, ciertas plumas, ciertas decoraciones, ciertos libros.

Esta es una cantidad de objetos materiales y de servicios que necesitamos y deseamos para ser más felices, entre los que seleccionamos los que más se acomodan a nosotros mismos. Así actuamos en nuestro papel de clientes y consumidores, como requisitosas personas que escogen lo que más quieren.

Pero también actuamos como productores de esos objetos y servicios, es decir, creamos esas opciones para otros con la esperanza de que ellos seleccionen las opciones que nosotros creamos y así podamos realizar intercambios. Para lograr mi felicidad, por tanto, el único camino que se me presenta es el de producir objetos y servicios que sean muy deseables para otros, lo que significa que mi felicidad va a depender de mis contribuciones a la felicidad de los otros.

Tal arreglo social es fértil campo a la producción de todo género de bienes y productos, pues mueve a los ciudadanos que con facilidad encuentran una relación entre el esfuerzo por dar gusto a los demás y su propia felicidad.

La clave está en la amplia posibilidad de acción que permite el uso del talento y el ingenio de los ciudadanos y que es más grande allí donde se vive y trabaja con un mínimo de restricciones y un máximo de facilidades; donde no hay exclusividades que impongan limitaciones innecesarias a la acción humana. Quien quiera trabajar, pues, debe encontrar facilidades a su actividad: legislación simple, fácil de entender, sin grandes trámites, escasos permisos, pequeños gastos, disponibilidad de proveedores, bajos impuestos, que todo eso lo beneficiará a él, pero también a sus semejantes.

La necesidades existen en número infinito. No necesitan de promoción alguna; ¿de qué sirve dar dinero de más a alguien si no existe nada que comprar y lo único que se logra es elevar los precios de lo que ya existe?

En cambio, los bienes y productos deben ser creados y requiere esfuerzo producirlos. Tiene mucho sentido, por tanto, facilitar e impulsar la producción de los satisfactores, sin preocuparse por hacer dar un empuje a las necesidades. No son razonables, por tanto, las propuestas de quienes fomentan el consumo, pues bien claro es que lo que debe fomentarse es la creación de bienes y servicios.

Pero lo principal es que el principio del Equilibrio del Poder es una propuesta de mercados fáciles, sencillos que den oportunidad a la iniciativa de las personas, que permitan el uso máximo posible de nuestros talentos y habilidades, con impuestos mínimos.

Y ya que tocamos el tema de los impuestos, debemos entender que ellos son costos como cualquier otro: cuanto más bajos sean, más barato saldrá el producto y más accesible será para el consumidor. Consecuentemente, al mantenerse bajos los impuestos, se permiten costos de manufactura y venta más bajos, de los que saldrán productos a precios atractivos.

Otra forma de entender el Equilibrio del Poder en la esfera económica es la fragmentación de la propiedad de las empresas en los mercados de acciones, cosa que ataca la concentración del poder en este campo. La concentración de la propiedad de las empresas en unas pocas personas es aminorada por medio del fomento de los mercados accionarios, donde el ciudadano común no solamente tiene acceso a una parte de la propiedad total de las empresas, sino que también pasa por un valioso curso de aprendizaje que le enseña los riesgos de las empresas.

Ahora, romper la esfera política

Una vez tratada brevemente la fragmentación dentro de la esfera económica, vamos ahora a la esfera política, donde el Equilibrio del Poder tiene la más conocida aplicación, que es la famosa división de los poderes de la autoridad política (Montesquieu, Del Espíritu de las Leyes, Altaya, Grandes Obras del Pensamiento, Barcelona, 1993, pp. 113-121).

Para evitar el abuso del poder, hay que enfrentarlo consigo mismo: el poder puede frenar al poder y lograr así un gobierno de tales características que ningún ciudadano tema nada de otro, lo que se obtiene haciendo que el que legisla sea diferente del que ejecuta y ambos del que aplica la ley.

Pero hay otras formas de dividir al poder del gobierno, que es el que más recelo y sospecha nos debe producir, como las elecciones de gobernantes y el federalismo, que fragmentan el poder en el tiempo y en el espacio, respectivamente.

Este Equilibrio del Poder en la esfera política tiene un efecto vital para la consecución de la felicidad personal, pues produce tranquilidad de ánimo y seguridad en cada ciudadano.

Mucha de nuestra desconfianza y desgano proviene en buena parte del no saber qué es lo que va a decidir el gobierno, qué nuevos impuestos decretará, qué es lo que se le ocurrirá a la autoridad.

Al no tener una razonable seguridad sobre lo que sucederá en el futuro, desaparecen las razones que mueven a los ciudadanos a ejecutar todo lo que no dé un resultado inmediato y rápido. Las motivaciones de fondo para estudiar, investigar, construir, plantar y fundar, están centradas en la esperanza de una cierta seguridad futura, que es la confianza que en buena parte da la limitación del poder gubernamental.

Por tanto, hay una correlación positiva entre un poder equilibrado y el bien común, pues así existirán menores probabilidades de abusos de autoridad por parte del gobierno, lo que producirá certeza razonable sobre el futuro en los ciudadanos y ellos usarán sus talentos y habilidades motivados por el logro de su felicidad personal.

Desde luego esto se refiere a los abusos del gobierno, pero también deben mencionarse los abusos por parte de otros ciudadanos, pues quien sabe que tiene un buen gobierno confiará en que los delincuentes serán castigados, lo que también produce tranquilidad.

El ciudadano sosegado y calmado, sin miedos ni temores, puede dedicarse con el esfuerzo del que es capaz a trabajar y producir así los medios que le llevarán a elevar su felicidad personal, sabiendo que esos mismos medios son causa de la felicidad en los demás.

El Equilibrio del Poder logra un arreglo social de tal naturaleza que hace posibles los máximos razonables de esfuerzo y trabajo en nosotros, moviéndonos a emprender tareas de largo plazo, grandes obras y proyectos, cuya realización será de beneficio para todos.

Es razonable suponer que ante igualdad de condiciones, progresará más el país que cuente con el gobierno de conducta futura confiable. Es razonable comprender que la conducta de un gobierno grande, centralista y desequilibrado tiene más probabilidades de volverse inestable que la del gobierno limitado, por su tendencia a intervenir cada vez en mayor proporción; los ciudadanos perciben esa tendencia intervencionista y actúan con menos confianza.

Una espiral de errores e intervencionismo

Estas cuestiones pueden ser mejor sustentadas señalando que la probabilidad de errores en los gobiernos centralistas es mayor que la de los gobiernos limitados, lo que hace que con el tiempo sea seguro algún error grave de las decisiones del gobierno, con sus consecuencias negativas para la sociedad. Esas consecuencias negativas provocan que el gobierno tome más decisiones para corregir dichas consecuencias.

Al tomar más decisiones y tener un alto margen de error en ellas, es muy probable que las nuevas medidas causen nuevos efectos negativos. Los nuevos efectos negativos, de esta segunda ola de decisiones, son atacados con nuevas medidas centralistas que mantienen las mismas grandes probabilidades de error.

La tercera ola de decisiones, consecuentemente, presenta errores con efectos negativos, los que hacen que el gobierno intervenga más todavía, con una cuarta ola de medidas y decisiones, las que a su vez tendrán efectos negativos que darán causa a una quinta ola de medidas gubernamentales.

Esto es equivalente a hablar de un ciclo de emisión de leyes, que en el primer paso consiste en la emisión de una ley, la que tiene fallas y errores, a lo que sigue una modificación y otro fracaso, para dar cabida a otros intentos y más fallas (Spencer Herbert, Social Statics, Robert Schalkenbach Foundation, New York, 1985, p. 12).

Esta espiral intervencionista es fácilmente percibida por los ciudadanos y provoca una creciente falta de confianza en la conducta del gobierno, lo que repercute negativamente en la consecución del bien común.

El Equilibrio del Poder presenta mecanismos para detener esa espiral. Cuando varios partidos luchan por ser elegidos para ocupar el gobierno de una nación, ellos saben que no detentarán el poder por siempre y que si lo quieren mantener, deben trabajar por conseguir el bienestar de los ciudadanos.

Esos partidos tienen un incentivo para realizar un buen trabajo de gobierno. Cuando sube un nuevo partido al poder, entra en funcionamiento un mecanismo de corrección de errores. Este nuevo partido, con sus nuevas decisiones, podrá corregir, actualizar y afinar las decisiones del partido anterior.

La sociedad se beneficia de este hecho que no se da en las naciones donde un mismo gobernante, o partido permanece indefinidamente en el poder, ya que ese partido tenderá a no corregir las medidas que él mismo propuso y ejecutó. El continuismo gubernamental evita que entre en operación la renovación del poder político y hace que los errores cometidos no sean corregidos con la rapidez que es conveniente.

De seguro se preguntará sobre la inconsistencia de un gobierno en constante cambio, donde hoy hay un gobernante con una ideas y mañana otro con intenciones diferentes. Desde luego, la inconsistencia de medidas gubernamentales, tomadas por diferentes partidos, dentro de un régimen democrático no permite ver con facilidad el principio subyacente de la operación del mecanismo de corrección de errores.

Se perciben las diferencias en las decisiones de varios gobiernos, pero no la corrección de las equivocaciones. Y no sólo corrección de errores, también actualización de decisiones y afinación de medidas.

Debe considerarse que el nuevo gobierno también cometa errores y tome malas decisiones, pero el hecho es que, gracias a la posibilidad de elegir a diferentes partidos, en poderes divididos, se presenta la oportunidad de corregir lo mal hecho y mejorar lo decidido. Además, desde luego, un gobierno con poderes divididos impedirá el ejercicio de un poder desmedido, por ejemplo, del Poder Ejecutivo, pues diputados y jueces lo impedirán. Entonces, sucede que una democracia dará la impresión de una sociedad que siempre está en movimiento. Será una visión de un aparente caos de actividades en el que nadie parece ponerse de acuerdo.

La sociedad regida por un sistema de poder desequilibrado, por el contrario, se observará tranquila y pasiva, poco inclinada a intentar cambios y nada dispuesta a corregir errores, aunque en la realidad esté sujeta a los errores del gobierno.

Será tentación de demasiadas personas el rechazar esa apariencia de desorden en los regímenes democráticos que continuamente están cambiando el estado de cosas. Bajo la superficie de esa aparente inconsistencia, sin embargo, está ese poderoso mecanismo de corrección de errores y limitación del poder que permite a la sociedad operar bajo mejores condiciones la búsqueda de su bienestar.

¿Cómo romper la espiral intervencionista?

La inconsistencia entre diversas administraciones gubernamentales corrige errores, evita abusos, pone incentivos para un mejor gobierno y, también, paradójicamente, produce consistencia y confianza en la sociedad. Los ciudadanos saben que lo que ellos ven como una mala decisión de gobierno no será convertida en un acto irreversible.

Las elecciones periódicas de nuevos gobernantes incrementan la confianza de la ciudadanía en el futuro, lo que provoca mayores niveles de bien común. La ciudadanía percibe y siente que gracias a esas elecciones las probabilidades de abusos de poder y de errores son menores. El ciudadano sabe que una mala ley emitida por un gobierno, o una reglamentación inconveniente, no son realidades inmutables, pues comprende que esas disposiciones pueden desaparecer en poco tiempo, al cambiar de partido gobernante.

Entonces, cada voto emitido por cada ciudadano tiene esas grandes ventajas de romper el poder, que no son con frecuencia conocidas.

Más pensamos en el voto como un derecho de elección de gobernantes que como un mecanismo que produce estabilidad y confianza al equilibrar el poder en el tiempo. Difícilmente puede hacerse responsable al voto popular de la selección de los mejores gobernantes, o de los mejores partidos, pero sí es causa de tranquilidad en el ciudadano y de buen gobierno en el funcionario público.

El voto rompe al poder en el tiempo y es una forma de Equilibrio del Poder que introduce oportunidades también de corrección de errores del gobierno. La elección democrática de gobernantes da la primera impresión de colocar la mayor importancia en la buena elección de los más aptos para gobernar, cuando en el fondo pone atención no en el que gobierna, sino en el cómo gobierna.

Otra de las maneras en las que es posible fragmentar la esfera política es el federalismo. Varios estados o provincias, dentro de una misma nación, poseen autonomía en su gobierno, es decir, el poder se equilibra en el espacio.

Imaginemos que dentro de una república federal uno de los estados toma una cierta medida respecto al cultivo de un vegetal y que esa decisión fracasa. En este caso el resto del país no sufrirá las consecuencias de ese fracaso, cosa que sí sucedería en una república centralista cuyo gobierno hubiera aplicado esa decisión a nivel nacional.

Digamos que el gobierno de un país centralista emite un plan nacional cuyo propósito sea el aprovechamiento de los recursos pesqueros del país y aceptemos que ese plan tiene una probabilidad de error del 15%. Comparemos esto con la situación de un país descentralizado, que no emite planes nacionales, y que tiene solamente cuatro empresas pesqueras que toman decisiones independientes, cada una con 20% de probabilidades de estar equivocada: la probabilidad conjunta de una equivocación de todas esas empresas independientes es de 0.16%, que se compara muy favorablemente con el 15% del gobierno centralista.

Además, una estructura política federal reduce la cobertura geográfica de la autoridad civil, lo que significa que acerca el gobierno a los ciudadanos. Ellos podrán gozar de una autoridad más accesible y más conocedora de los problemas de cada región, cosa que es parte del bienestar de la nación.

Mal está la nación con habitantes que tienen que viajar grandes distancias para tratar asuntos de gobierno en su capital y con gobernantes que no ven más allá de los límites de esa capital. Al igual que la fragmentación de la autoridad en diversos poderes y la división del poder en el tiempo, por medio de la elección periódica de gobernantes, el federalismo torna confiable a la autoridad civil y da al ciudadano ese sentimiento de confianza que es causa de tanto progreso y adelanto.

Rompiendo la tercera esfera

Pasemos ahora a la esfera cultural, para ver cómo opera aquí el principio del Equilibrio del Poder para lograr la existencia de varias personas y grupos de ellas que ofrecen opciones y satisfactores de ese tipo, sin monopolios de clase alguna.

El principio dice que no debe centralizarse, ni concentrarse ninguna actividad cultural cuando se provoca una limitación a las opciones culturales, pues hacerlo sería igual a arriesgar que los ciudadanos no pudiesen entrar a hacer disponibles sus aportaciones para beneficio del resto de los ciudadanos; y equivaldría a que los ciudadanos no tuvieran opciones culturales en las cantidades posibles para la satisfacción de sus necesidades.

Sucede aquí algo que es muy similar a lo ya explicado en la esfera económica, donde es de beneficio para la felicidad personal la existencia de numerosas opciones de artículos de diferentes proveedores. También en la esfera cultural es de beneficio el contar con diferentes opciones de selección para los bienes culturales o espirituales.

Si existiera en algún país un monopolio periodístico, por ejemplo, ello significaría que esa sociedad no estaría tan bien informada como la de un país en el que existieran varios periódicos independientes (Tocqueville, Alexis de, La Democracia en América, Aguilar, I, 1988, pp. 177-183).

Con buena, o con mala voluntad, en un único periódico pueden ignorarse sucesos importantes que merecen llegar a la luz pública. Lo mismo acontecería si existiese un único sistema educativo, o una sola religión, ya que el ciudadano vería limitado el crecimiento de su felicidad personal, pues tal vez sus creencias personales sean distintas a las de esa religión única, o a los principios de ese sistema educativo.

La misma idea subyacente es aplicable a los demás terrenos de la cultura, como el de la investigación, la educación, la religión, la información, las artes y todos lo formativo e informativo.

Es la misma aplicación de la tesis del Equilibrio del Poder, destinada a producir pluralidad de opciones entre las que cada ciudadano selecciona las que le conviene para la consecución de su felicidad personal de entre las que ofrecen los demás ciudadanos. Lo mismo que en la esfera económica, en la esfera cultural el bien común consiste en lograr una pluralidad de opciones para la satisfacción de necesidades espirituales.

Es tal la naturaleza humana que a ella no satisfacen totalmente los bienes para la satisfacción corporal. Si quiere ser feliz, también necesita satisfacer sus inquietudes más elevadas, mentales y espirituales.

Esta satisfacción se da en dos planos, muy similares a los de ser consumidor y productor en la esfera económica. El ciudadano necesita opciones de selección para este nivel de necesidades: libros, museos, música, iglesias, medios de comunicación, teatros, escuelas y demás.

Estas opciones son producidas por ciudadanos que satisfacen sus iniciativas ofreciéndolas en un sistema de intercambios libres. Deben existir, por ejemplo, opciones de conventos y claustros, para que quien lo desea pueda optar por fundar y atender a pobres y enfermos; esta posibilidad no puede sino ser bienvenida en la sociedad y entorpecerla con reglamentaciones y trámites es una violación del Equilibrio del Poder.

En el fondo, la existencia de opciones culturales quizá pueda entenderse como las libertades de creencia y de expresión. Una sin la otra carecería de sentido.

Para que existan esas dos libertades es necesario que la esfera cultural se encuentre fragmentada, de manera que no haya impedimentos en la producción y selección de opciones de este tipo.

Cuando al ciudadano se le limita su derecho para creer, actuar, o pensar de cierta forma y se le limita su derecho a hacer públicos los resultados de esas tareas, la sociedad desperdicia las capacidades de sus ciudadanos para crear satisfactores culturales y decrecen los niveles de la felicidad cultural.

Dentro de la esfera cultural, que apela a los intereses más nobles del espíritu humano, también operan los mismos principios de la esfera económica. En las dos, el poder debe estar equilibrado, con libertades individuales que permitan hacer depender la felicidad de unos de la felicidad de otros.

Innovar, crear, investigar, comunicar… eso requiere recursos

Hay una consideración adicional al señalar que la pluralidad de creación, innovación , investigación, expresión y estudio, plantea la necesidad de una situación económica positiva.

Se requiere de un cierto nivel de bienestar general para emprender toda esa serie de actividades que toman recursos de tiempo y dinero y que no tienen un pronto impacto en el bien común.

Se propone, por tanto, una correlación positiva entre el bien común cultural y el bien común económico, que permite pronosticar que la actividad cultural será mayor y más intensa en los países de mayor bienestar económico y que, más aún, ese mayor desarrollo cultural alimentará un aún mayor adelanto económico.

Es el caso de una nación con una situación económica pujante que le permitiera ejecutar labores de investigación científica de largo plazo, la que al cabo del tiempo le produjera aplicaciones tecnológicas que hicieran posible la producción de satisfactores mejores y más baratos.

Esto equivale al establecimiento de la idea de que el bien común cultural de un país es una función de la libertad de estudio, análisis y creación y de la apertura de la comunicación de esas realizaciones. El bien común es la disponibilidad de opciones de selección para el individuo y esto aplica en el campo de lo espiritual.

Es por medio de la iniciativa de acción que cada persona tiene, que es posible multiplicar las opciones de satisfactores materiales y culturales, dentro de un sistema de intercambios de esos satisfactores.

Sería ridículo el tener, por ejemplo, una sola escuela de pintura, obligatoria para todos esos artistas, pues lo que así se ocasiona es el éxodo de artistas que preferirían ir a esos lugares en los que se premia y celebra la innovación. Los monopolios culturales, que limitan la disponibilidad de opciones, aniquilan el espíritu de la aventura y de la creación entre quienes así se educa, pues de ellos solicitará no sus talentos, sino su sumisión y ciega obediencia.

Igualmente, en el terreno de la educación el principio del Equilibrio del Poder propone que se deje en libertad al ciudadano que desee abrir una institución educativa, lo que dará como resultado un mercado de educación rico en opciones.

Cada ciudadano seleccionará la institución de ese tipo que más puede ayudarle a alcanzar su felicidad personal. Conforme disminuyan las oportunidades de entrada de los ciudadanos a las actividades educativas, la parte del bien común correspondiente a esta actividad disminuirá por la sencilla razón de que el número de opciones educativas a seleccionar será menor.

Hasta el punto en el que los gobiernos impiden la entrada de los particulares a las tareas de la educación, están en la realidad violando derechos humanos, pero también están manejando la educación con altos riesgos de fracaso, los que no se detectarán de inmediato, sino en el desempeño de las generaciones futuras.

En la educación, como en otros campos, el monopolio hace que ese terreno sea dominado por criterios que persiguen el bien de los miembros del monopolio con el perjuicio del resto de la sociedad. Por el contrario, si prevaleciera el equilibrio en el establecimiento de las actividades educativas, las instituciones de ese tipo convertirán el talento gastado en rivalidades internas en actividades destinadas a satisfacer al usuario, con el resultado lógico de un incremento en los estándares de educación.

Repitiendo, esto es ver a la esfera cultural también como un mercado rico en opciones, producido por la iniciativa de pensamiento, expresión y reunión, donde se hace accesible al ciudadano la amplia gama de alternativas de satisfactores culturales y espirituales.

Medios de comunicación y asociaciones

Dentro de la esfera cultural juegan un papel vital los medios de comunicación y los grupos espontáneos formados por ciudadanos.

El intento de control de esos medios y de las asociaciones ciudadanos debe verse, desde luego, como una violación a los derechos de los hombres, pero también como una forma de incrementar los riesgos del fracaso en la consecución del bien común. Las actividades de formación e información son herramientas para la consecución de la felicidad personal.

Gracias a la libertad de asociación, los ciudadanos viven mejor, son más felices. Pueden reunirse sin limitaciones para realizar, por ejemplo, actos de adoración a Dios en la iglesia que ellos seleccionaron.

Pueden asociarse para formar clubes deportivos, cámaras industriales, asociaciones profesionales, sociedades teatrales, juntas de vecinos. Pueden fundar editoriales, museos, televisoras, periódicos, clubes culturales, estaciones de radio, revistas. Este es el ejercicio de la libertad de expresión, o en términos más actuales del derecho a la información.

Profundicemos un poco en estas cuestiones. Si la libertad de expresión en su origen se refirió a la posibilidad de hablar sobre la autoridad, es decir, criticar al gobernante sin necesidad de permiso previo o consecuencias posteriores, el derecho a la información en la actualidad se refiere a la consecución de la felicidad personal.

Ya no es un mero asunto político, es una cuestión de mejoría individual. El ciudadano que lo desee debe poder estar al día, actualizado sobre lo que sucede a su alrededor. Estando mejor enterado e informado, de lo bueno y de lo malo, el ciudadano será mejor. Más y mejor información permiten hacer mejor las cosas que todos queremos que hacer. Cuanto más conozcamos sobre todo lo que hacemos, o podemos hacer, mejor lo vamos a hacer (Trenchard, John y Gordon, Thomas, Cato´s Letters or Essays on Liberty, Civil and Religious, and Other Important Subjects, No. 15, February 4, 1720, Of freedom of Speech: That the same is inseparable from publick Liberty, Liberty Fund, Indianapolis, 1995, p. 110).

Debe ser muy claro que esta interpretación del derecho a la información es contraria a la idea que lo entiende como un deber de control gubernamental para proteger a la sociedad.

Protección significa esconder información, mientras que derecho significa abrirla. La interpretación del derecho a la información que lo considera como una herramienta de protección y control es una violación del Equilibrio del Poder.

Gracias a los medios de comunicación, los ciudadanos pueden conocer las opciones de selección a su disposición e informarse o formarse. El derecho a la información debe ser interpretado como un mayor flujo de información libre y sin cortapisas y no un menor flujo de ella producto de criterios defensivos y protectores que en su esencia llevan la semilla de la censura previa.

Como en las otras esferas, el panorama que presenta el ejercicio real de la iniciativa de los medios de comunicación es uno de caos aparente, lo que sin duda ha contribuido a hacer surgir la interpretación del derecho a la información como una actividad de control protector en manos de la autoridad.

Esta interpretación limitativa no solamente atrae al gobernante desequilibrado, sino también al inocente preocupado por realidades indeseables, como aquél que se revela en contra de la pornografía, el que protesta contra el consumismo y simplemente el descontento con la prensa de la vida diaria.

Otra justificación usada para utilizar al derecho a la información como un instrumento de control, viene de la idea de evitar las noticias que se evalúan como potencialmente contrarias al interés de la nación, o cuestiones de seguridad nacional.

La vaguedad del argumento de la seguridad nacional es útil para quien desea usar la información en beneficio propio. Cuando la nación es con fundida con interés de gobierno, el derecho a la información se vuelve defensa contra ataques percibidos por esa autoridad, de tal manera que la crítica política llega a ser vista como contraria al interés nacional.

Un ciudadano informado tiene más probabilidades de alcanzar niveles crecientes de felicidad personal que uno que no lo está. Por lo tanto, la censura de los medios informativos, o cualquier otro tipo de impedimento para el libre flujo de la información es considerado una limitante para el bien común. Ese que tenga poder de censura sobre la información tiene más poder del debido, lo que significa que el Equilibrio del Poder ha sido roto.

Otro aspecto relacionado con el anterior es el tema de la propiedad de los medios encargados de la difusión de información. La sociedad enfrenta la disyuntiva entre dar el control de los medios al gobierno o a una serie de personas que poseen el dinero para fundarlos o comprarlos.

Dar los medios de comunicación a las autoridades gubernamentales supone creer que bajo ningún motivo la autoridad usará esos medios para su propio beneficio particular, una hipótesis ingenua en extremo y contraria al Equilibrio del Poder.

En cambio, el balance y la fragmentación de los medios en manos privadas independientes permite pluralidad de fuentes de información como un seguro en contra de visiones parciales y olvidos intencionales, o involuntarios. Lo que un medio no trata, otro lo ve; lo que un medio no discute, otro lo difunde; lo que un medio no investiga, otro lo descubre.

Muchos medios con poco poder cada uno. No es disminuir el poder, sino fragmentarlo en una acción cuya esencia última no es diferente a la idea de la división de poderes, o de la separación iglesias y gobiernos.

Se puede argumentar que la prensa hace política, lo quiera o no, como un efecto inevitable de su función difusora de información libre. Es cierto, la prensa es otra de las instituciones sociales poderosas; en su conjunto, ella es efectivamente poderosa y ese poder debe verse con sospecha. La mejor manera de evitar abusos es evitar concentraciones de ese poder.

No se trata de disminuir el poder de la prensa como institución global, pero sí se trata de dividir el poder de esa institución global entre el mayor número posible de medios independientes, una estrategia de diversificación y del Equilibrio del Poder. Es más probable que un sólo medio sucumba a tentaciones y cometa errores, a que eso suceda a todos o la mayoría. Las fallas de un medio no serían las fallas de todos los medios.

Mas en el fondo, hay algo vital

Veamos ahora una parte importante de la esfera cultural, la que se refiere a la religión. Si las personas somos libres para trabajar en lo que deseemos y también para votar por el candidato que más nos atrae, o menos nos repele, resultaría carente de toda lógica que no pudiésemos también escoger a la religión que más nos convenga según nuestras creencias personales.

Tenemos libertades en esas esferas de la economía, la política y la cultura, que al estar separadas permiten la fragmentación del poder. Es decir, existe separación de poderes dentro y entre esas esferas (Paternot, J. y Veraldi, G., ¿Está Dios contra la economía?, Planeta, 1991, p. 167).

Por ejemplo, se hace un a acción muy poco aconsejable la pertenencia simultánea al clero de cualquier denominación y a partidos políticos o puestos de gobierno. Todo intento de unir a las iglesias y al gobierno debe considerarse una violación a la estrategia del Equilibrio del Poder, pues sería como retroceder a los viejos tiempos en los que ambos poderes estaban unidos y existía esa malévola tendencia a querer hacer a los ciudadanos seres puros según la definición personal de algún ministro religioso.

Una parte de la felicidad personal consiste en la posibilidad de seguir los dictados de la conciencia y unirse así a la iglesia que más consistente sea con las creencias personales, sin que en ello exista intervención estatal alguna. De no existir esa libertad religiosa, una parte importante de nuestra felicidad se perdería y, peor aún, la salvación de cada alma, que es un asunto personal, sería colocada en manos de un tercero.

Debe enfatizarse la idea de que al igual que a las empresas y a los partidos políticos, debe dejarse libres a las iglesias para que ellas hagan el proselitismo que crean mejor y así obtengan y mantengan a los miembros de su congregación. Las personas individuales, desde luego, en este caso, deben encontrarse libres y sin ataduras, para que sin influencia alguna de otros, puedan seleccionar la religión que mejor sea en su opinión.

Es necesario entender a las actividades de proselitismo de las iglesias y a sus mandamientos, como factores de beneficio a la sociedad entera. Los valores sostenidos por las iglesias, al difundirse, no pueden sino producir efectos benéficos, pues alimentan el espíritu de los hombres otorgando valor a los más altos sentimientos humanos y recordando al hombre que si bien goza de libertad, ella debe ser usada dentro de las normas morales.

La religión da a cada hombre la certeza de su salvación eterna y a la sociedad le produce ciudadanos con nobles sentimientos y movidos por loables causas. La oportunidad de hablar públicamente de los valores religiosos y de las reglas de un comportamiento moral, gracias a la libertad de expresión y creencia, recuerda con frecuencia al ciudadano sus deberes consigo mismo y con los demás. Esto es un producto de la libertad, que lejos de producir el olvido de los valores morales, los promueve.

La naturaleza misma de las iglesias les otorga un poder desmesurado en la sociedad, pues es natural que goce de alta influencia quien en sus manos tiene las maneras y formas de salvar almas para la eternidad.

En lo general, los hombres vemos con mayor respeto y confianza a un miembro del clero de cualquier denominación que a empresarios y políticos. Les concedemos más respeto, credibilidad y estamos más dispuestos a seguir sus preceptos.

Este gran poder no debe ser unido a otro, pues con ello grandes males vendrían sobre la sociedad al desequilibrarse el poder. Debemos siempre tener en cuenta que los ministros de las iglesias son hombres al fin y al cabo, que ellos son imperfectos y que pueden sucumbir a la ambición del poder.

Dentro de los regímenes democráticos es muy poco probable la alianza entre una iglesia y la autoridad civil, pues hay allí renovaciones de poder y la iglesia que eso hiciera tendría mucho que perder si es que ha decidido aliarse con el gobierno. Pero sí es probable un contubernio entre esos dos poderes dentro de los sistemas sociales con alguna dosis de autoritarismo, pues allí las autoridades permanecen por muy largos períodos en el gobierno.

Por tanto hay que ver con extrema sospecha todo intento de unir a las esferas religiosas y políticas, que nada bueno viene de eso.

Los gobiernos tienen a su cargo una buena parte de nuestro bienestar terrenal y las iglesias se encargan de nuestro bienestar eterno. Ellos nos llaman a respetar los derechos de los demás, ellas a eso y a tratar a los demás con caridad. Ellos nos obligan a no hacer a los demás lo que no quisiéramos que nos hicieran a nosotros, ellas nos invitan a tratar a los demás como quisiéramos ser tratados.

A modo de conclusión

El bien común es la existencia de satisfactores materiales y espirituales que producen los miembros de una sociedad y que son usados por los ellos mismos para producir su felicidad personal.

Existe una correlación positiva entre la cantidad de esos bienes y el bienestar de la comunidad. Por bienes se entiende medios y circunstancias que permiten satisfacer necesidades individuales que pueden ser de índole material, política o espiritual.

De acuerdo con esta definición de bien común, su logro es un problema de producción de satisfactores en cantidades suficientes. Por ejemplo, para satisfacer las necesidades de transporte de los ciudadanos deberán existir autos, trenes, aviones, autobuses, camiones, bicicletas y demás, entre los que es posible seleccionar el que más convenga a cada ciudadano en cada ocasión.

El ciudadano, entonces, podrá aumentar su bienestar si puede seleccionar aquéllos que más se acomoden a sus necesidades particulares.

El problema de producción no posee solamente las connotaciones materiales de una planta industrial fabricante de autos, o del servicio de trenes, pues es también un problema de producción de satisfactores de necesidades más elevadas.

La necesidad de educación, por ejemplo, requiere la existencia de diferentes escuelas entre las que pueda seleccionarse la mejor de acuerdo a las opiniones de cada ciudadano. Eso mismo sucederá en el caso de necesidades culturales, como la música, pues éste es un problema de producción de satisfactores musicales, es decir, de discos, conciertos, cursos de música y demás.

Lo mismo con la satisfacción de necesidades religiosas, donde la disponibilidad de servicios religiosos es un medio para su satisfacción. La oferta de todos estos satisfactores implica costos de producción, uso de recursos y trabajo de personas encargadas de hacer esa oferta. No debe verse mal el incluir aquí a las necesidades religiosas, pues en ellas existe también un problema de producción, ya que requieren altares, edificios, sacerdotes, velas, libros y muchas cosas más que deben ser producidas y puestas a disposición de las personas.

El más deseable arreglo social para el logro del bien común es aquél que promueve la producción de satisfactores. Las necesidades no requieren promoverse ya que ellas se desprenden de la misma naturaleza humana y crecen en cantidad y complejidad conforme se eleva la felicidad personal. Los incentivos al consumo son medidas reprobables.

Para aumentar la producción, la variedad y la accesibilidad de los satisfactores, debe darse libertad al ciudadano para producir y ofrecer esos satisfactores al resto de la sociedad. Cuando trabajar y mantenerse trabajando es sencillo, fácil y barato, la consecuencia lógica es abundancia, variedad y fácil acceso de satisfactores (Folsom, Burt W. Jr., Entrepreneurs vs. the State, Young America\\’s Foundation, 1987, pp. 87 y 106).

Toda dificultad impuesta a la producción, a la diversidad y a la accesibilidad disminuye el bien común. En concordancia con este principio es posible hacer una apuesta en la que siempre saldremos ganadores: el país que imponga dificultades a la producción de los satisfactores, ya sea restringiendo su producción global, la cantidad de fabricantes, o aumentando sus costos, disminuirá el bienestar general de su población.

Los ciudadanos necesitamos satisfactores y servicios. Necesitamos, para nuestra felicidad, servicios de alumbrado público, de calles, carreteras y puentes; de vigilancia policiaca, de recolección de basura y de otros que en muchos casos son ofrecidos por los gobiernos.

Notemos que muchos de estos servicios pueden ser ofrecidos por particulares también, como por ejemplo, no hay nada que impida que existan varias empresas privadas de recolección de basura.

Es menos obvio, pero también forma parte de la felicidad una correcta representación, en el gobierno, de diputados y senadores, es decir, de personas que en nombre del ciudadano eviten abusos de autoridad y que aumenten nuestro bienestar en áreas como la mayor facilidad para producir, el impartir justicia y la representación del país frente a otros.

Si la autoridad política tiene mal servicio de policía, malos tribunales, o poco eficaces sistemas de protección a la propiedad intelectual, la felicidad disminuye para todos.

Todo tiene un costo

Veamos ahora la cuestión del precio de todos esos satisfactores. El significado de precio se da en el sentido más amplio. Va desde el costo de arriesgar la vida en la lucha por satisfacer la necesidad de libertad de expresión que puede hacer un periodista, hasta el precio que alguien paga por comprar un kilo de frijoles.

De cierta manera, el precio es el monto de eso que es mío y de lo que me tengo que desprender para obtener algo que no es mío. Satisfacer necesidades tiene un precio, y cuanto más bajo sea ese precio mayor será el bienestar general.

El problema de la accesibilidad de satisfactores debe atacarse por el lado de las facilidades a la producción, las facilidades a la entrada de nuevos productores, las facilidades a la innovación, la acumulación de capital, las facilidades a la productividad, en una palabra, el Equilibrio del Poder.

Esto provoca un aumento en la oferta de los satisfactores, lo que causa precios más bajos, o sea, mayor acceso a los satisfactores y mayor bienestar. Cuanto más bajos sean los precios mejor, entendiendo por esto el costo total de adquisición del satisfactor.

Y no pensemos que nada más tienen un precio los bienes materiales, pues también puede aplicarse el concepto de accesibilidad aplicado a los satisfactores de necesidades políticas y culturales.

Con facilidad podemos imaginar que el nivel de accesibilidad de la autoridad política es, naturalmente, lo obtenido de ella dividido entre lo que ella cuesta. La accesibilidad de gobierno se refiere, pues, a la calidad de los servicios que de él se esperan y que son parte del bienestar general. La representación ante países extranjeros, la atención a los asuntos de seguridad y justicia internos y la realización de las actividades necesarias que no ejecutan los particulares, son las tres áreas centrales de actividad gubernamental de las que se espera productividad, poco costo y alto rendimiento.

Lo anterior significa trámites escasos, baratos, rápidos y sencillos, impuestos bajos, servicios eficientes de justicia y de los demás que el gobierno preste.

La accesibilidad de la autoridad política es una idea relacionada con la cercanía de la autoridad, que incluye representación adecuada en las cámaras de diputados y senadores, atención eficiente en las instituciones burocráticas, calles en buen estado y, en general, la infraestructura necesaria para vivir dentro de un clima de confianza, comodidad y seguridad.

Todo esto tiene un costo que debe ser pagado por el ciudadano por medio de impuestos que le representan un retiro de recursos, tiempo y dinero, que podría dedicar a la obtención de otros satisfactores.

Así como son fácilmente vistas las ventajas de artículos y bienes de precios bajos, de la misma manera deben verse los impuestos, que no son otra cosa que precios por los servicios que presta la autoridad civil. El gobierno en la realidad no es otra cosa que un productor más, muy importante, pero un productor solamente.

La misma idea puede ser llevada al terreno cultural y es sencillamente la existencia de precios bajos de la variedad de satisfactores culturales. Por ejemplo, una oferta amplia de servicios educativos puede ser lograda por medio de las mismas facilidades dadas a la producción de bienes económicos, lo que provocará abundancia, diversidad y accesibilidad y esto aumentará el bienestar de quienes requieren estos satisfactores.

Lo mismo es aplicable a los medios masivos de comunicación, los servicios religiosos, las actividades artísticas, la investigación científica, el desarrollo de tecnología y similares. Si el costo de la creación de oferta de esos satisfactores es bajo, sus precios también lo serán dentro de una situación de diversidad de satisfactores.

El principio central al que se ha hecho referencia es el que establece que los costos de producción de los satisfactores producidos están en relación inversa al nivel de bienestar general.

A mayor costo de producción, menor bienestar.

El nuestro es un problema de producción y todo lo que se haga por facilitarla y alentarla tendrá resultados inimaginables. Dejemos entonces en libertad a las capacidades y a las esfuerzos humanos para que ellos creen y produzcan todo eso de lo que son capaces, que ésa es la única forma de lograr el bien común. Rechacemos todas esas medidas gubernamentales que, con loables objetivos, no hacen otra cosa que poner límites y obstáculos al trabajo humano.


ContraPeso.info fue lanzado en enero de 2005 y es un proveedor de ideas e información  para lectores que buscan explicaciones.





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