Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Creatividad del Panadero
Leonardo Girondella Mora
21 agosto 2007
Sección: EFECTOS NO INTENCIONALES, Sección: Asuntos
Catalogado en: ,


En junio de 2006, fue publicada una columna de Russell Roberts titulada Incentives Matter —cuyo tema, el de los incentivos, ha recibido gran énfasis en esta página, incluyendo el muy asociado tópico de efectos colaterales imprevistos. Russell Roberts es profesor de Economía en George Mason University y editor de Features Editor en la Library of Economics and Liberty.

La columna inicia con la referencia obligada en estos casos, el de una situación real que ilustra cómo funcionan los estímulos. Roberts lo narra caso como una obra de teatro en tres actos:

• Fines del siglo 18. El gobierno inglés envía convictos a Australia. Emplea un servicio privado de transportación, cuyos costos se cubren con dinero público.

• Durante el trayecto muchos presos mueren por hacinamiento y enfermedad sin tratamiento médico. Más o menos el 12% en promedio fallecen. En una ocasión los muertos son casi el 40% de los presos. Eso ocasiona inquietud: se trata de cumplir una condena, no de sufrir la pena de muerte. ¿Qué hacer?

• Podría darse un curso de moral a los transportistas, o capacitarlos en medicina, o forzarlos a dedicar parte del pago recibido para llevar doctores, o emitir una ley que prohibiera más de cierto número de prisioneros según el tamaño del barco. Nada de eso se hizo. El gobierno inglés decidió hacer algo más práctico: pagar un bono por cada prisionero que llegara vivo a Australia.  Funcionó: la mortalidad en los viajes siguientes fue de casi cero.

Ante esta historia real, habrá dos formas de reaccionar —los idealistas quizá se retorcerán hablando de la falta de compasión y de responsabilidad de los transportistas, de lo bajo de los incentivos económicos en relación con la vida humana y en general se sentirán decepcionados de la falta de altos valores en todo el asunto. Por su parte, los realistas verán una historia ingeniosa que muestra una faceta real humana: los incentivos son importantes y los humanos los usamos.

La palabra clave es “usamos” —los consideramos, los tomamos en cuenta e incorporamos en los resultados de nuestras acciones: no actuamos como perros que salivan ante el sonido de una campana, como reflejo condicionado, sino que los valoramos como un elemento de nuestros proceso de decisión. Los estímulos son condiciones externas a nosotros y que tienen efectos en la decisión tomada.

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Un ejemplo extremo servirá para ilustrar esto. Supóngase que en una sociedad no existe una ley que castigue el robo y compárese con otra sociedad en la que cualquier robo sea penalizado con la muerte.

Será lógico esperar que en la primera sociedad se realicen muchos más robos que en la segunda —todo esto causado por incentivos: en la primera sociedad el ladrón tiene el incentivo positivo de tener una ganancia con el producto del hurto, pero en la segunda el ladrón tiene ese mismo incentivo positivo en adición a uno negativo muy grande, el pagar con su vida.

En una situación más realista es posible ver matices de esas conductas extremas si se examinan los movimientos de los precios. Roberts explica eso admirablemente con el ejemplo del precio de la gasolina —con una ventaja adicional, la de explicar lo que muchos parecen no entender: el efecto neto en la cantidad demandada de un producto cuyo precio sube. Uso el ejemplo de Roberts, pero hago añadidos míos:

El precio de un bien sube, no importa el bien de que se trate —la cantidad demandada de ese bien se verá reducida. No son pocos los que entienden erróneamente esto. Si por ejemplo, la gasolina sube de precio, ellos dirán que mantienen sus compras de gasolina y piensan que la cantidad demandada total de gasolina se mantiene siempre sin importar el precio.

Cuando el precio sube algunos pueden comprar igual cantidad, otros más y otros menos —lo que predice la elevación del precio es que la cantidad total demandada será menos que la tenida con el precio anterior.

Pequeñas y grandes reacciones ante la subida del precio originarán ese efecto neto, la reducción del total de cantidad demandada. Esas acciones pueden ser de muchos tipos: menos viajes en coche, más viajes conjuntos, más uso de transporte público, cambio de coche por uno más eficiente, y muchas acciones más.

La clave es entender que no todas las personas actuarán bajo la ridícula idea de homo economicus haciendo cálculos fríos —cada persona en lo individual estará reaccionando ante el estímulo de un precio más elevado de la gasolina y esas reacciones serán diferentes en cantidad y calidad, pero es posible prever el efecto neto de ellas: la cantidad demandada se reducirá. El precio es un incentivo que las personas consideran en sus decisiones, una por una.

Y puede ser un incentivo positivo o negativo —negativo cuando representa un costo personal, como el de pagar más por llenar el tanque del coche. Pero también positivo, si es que el precio se reduce y ahora se pueda viajar más por el mismo precio. Reaccionamos ante los precios. Ellos son estímulos para ayudar a tomar una decisión sobre la cantidad demandada de un bien.

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Roberts usa un ejemplo que yo desconocía, el de los panaderos en Chile durante la época de la inflación —para contrarrestarla, el gobierno chileno decretó el control de precios del pan. Cualquiera que conozca un poco de este tema podrá hacer una predicción certera: el control de precios reducirá la cantidad ofrecida y pondrá más presión en los precios.

El control de precios, por lo tanto, creará escasez de pan en las panaderías. No es un fenómeno sorprendente, también sucedió en México hace años cuando se establecieron precios máximos al azúcar.

El panadero en Chile tiene un incentivo negativo, el del control de precios —pero tiene uno positivo, el de seguir haciendo negocio. Lo que aconteció también podía preverse, era una cuestión de ver los incentivos y pensar humanamente: el pan redujo su peso.

Eran las mismas piezas, con los mismos nombres, pero de menor tamaño: el adecuado para mantener utilidades. La siguiente reacción gubernamental ante ese estímulo creado por los panaderos era también previsible: el tamaño o peso mínimo del pan fue decretado por ley.

Ahora el estímulo es el de los panaderos —decidir qué hacer ante tal regulación de un tamaño mínimo. Quizá algunos puedan quitar algunos gramos no muy notorios. En Chile, cuenta Roberts, los panaderos comenzaron a vender el pan con el peso legal y al precio máximo, pero crudo, sin hornear. Abarataron sus costos hasta el momento en el que la inflación fue tanta que perdían dinero incluso así, por lo que decidieron añadir más agua a la masa del pan.

De nuevo surgirá la reacción doble, la de los idealistas escandalizados por la inmoral conducta de los panaderos que tantos trucos emplearon, y no se darán cuenta que tan sólo son reacciones ante los incentivos negativos creados por la autoridad. Los realistas comprenderán que habría resultado ridículo e inútil apelar a la solidaridad de los panaderos para convencerles de trabajar perdiendo dinero.

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Los ejemplos usados para ilustrar a los incentivos son de ese tipo, de los que usan a los precios, al dinero, a los productos y bienes —por una razón, son los más simples de medir: las curvas de oferta y demanda son eso precisamente.

Pero eso no significa que no existan estímulos de otra clase, como por ejemplo, la creencia en el Juicio Final y una vida eterna junto a Dios. Es un gran estímulo, poderoso y fuerte, que explica conductas como las de los mártires. Igualmente habrá estímulos egoístas que altruistas y con esa aclaración desea finalizar.

Es común cometer otro error, el de creer que los estímulos e incentivos son solamente de naturaleza material o pecuniaria, como la de los ejemplos anteriores del pan y la gasolina. Pensar así es una equivocación grave que ignora la naturaleza humana —la que se mueve considerando muchos otros factores adicionales a los estrictamente económicos: compasión, caridad, solidaridad y similares, pero también sus opuestos, como venganza, egoísmo y otros iguales. Es decir, los valores y las creencias son también estímulos.

Pueden recibir otros nombres, como motivaciones o actitudes, pero actúan de la misma manera. La motivación central del Conde de Montecristo era la venganza, algo que vemos como reprobable, pero que no deja de ser un incentivo para algunos —como también es un incentivo el ayudar a otros, como la persona que es voluntaria en un hospital.

Ha sido mi intención proveer una reflexión que ayude a otros a entender correctamente a los incentivos, ampliando su significado —espero haberlo logrado y eso para mí es un ingreso no monetario como dicen los economistas, pero ingreso al fin y causa de una mejora en mi persona.

La historia de los viajes a Australia muestra una faceta de esto: los humanos somos imperfectos y no nos movemos siempre por las más altas motivaciones —ni la bondad ni la benevolencia ni la compasión de los proveedores del papel en el que en esto escribo colocaron ese papel frente a mí. Pero quizá sus creencias les hagan dar una contribución a alguna obra de caridad, o alguno de ellos sea un donador de órganos.


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1 comentario en “La Creatividad del Panadero”
  1. Contrapeso » Costo de Oportunidad




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