Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Felicidad Personal
Eduardo García Gaspar
26 septiembre 2007
Sección: POLITICA, Sección: Análisis
Catalogado en:


Un intento de comprensión

La felicidad personal puede ser definida como el nivel de satisfacción de las necesidades y aspiraciones personales de cada ciudadano, una especie de satisfacción perdurable y justificada de la vida propia como un todo (Murray, Charles, In Pursuit of Happiness and Good Government, Simon and Schuster, New York, 1988, p. 44.).

Esta definición es simplemente la de un nivel general de satisfacción de diferentes necesidades y aspiraciones dentro de una jerarquía individual.

La felicidad personal es en su esencia misma un concepto individual y particular, diferente para cada uno de nosotros y en extremo difícil de ser articulado objetivamente. Cada persona posee un conjunto distinto de necesidades, aspiraciones, gustos, aficiones, inquietudes y opiniones, en diferentes prioridades; cada persona tiene su peculiar definición de la felicidad y ningún hombre tiene la misma idea de la felicidad que otro (Spencer, Herbert, Social Statics, Robert Schalkenbach Foundation, New York, 1985, p. 6).

Más, esa definición sufre cambios en el tiempo para cada persona. La definición puede ser mejor entendida si la vemos en alguno de los más pedestres niveles: quien guste de comer platillos picantes, apreciará la existencia de pimientos, especies y chiles de diversas clases; quien guste de la lectura de obras clásicas satisfará esa afición en la medida que dentro de su comunidad existan libros de Cervantes, Shakespeare y otros.

La felicidad personal, por tanto, incluye niveles tan básicos como la disponibilidad de agua y tan elevados como la consagración personal a alguna orden religiosa.

La felicidad personal es el nivel de satisfacción de miles de necesidades personales, que en cada persona son diferente en cantidad, calidad, dinámica y jerarquía. En un país con cien millones de habitantes hay cien millones de felicidades personales, cada instante, todas distintas, imposibles de ser explicadas en términos objetivos y totales.

En cierto momento para una sola persona es vital la existencia de un teléfono, mientras que la disponibilidad de tribunales eficientes es la menor prioridad; para otra persona en ese mismo instante, ambas necesidades son cuestión de vida o muerte, cosa que en dos semanas será totalmente diferente. Cada persona en cada instante varía en prioridades de necesidades, además de variar en términos de estilos, preferencias y gustos.

Necesariamente algo muy personal

Este individualismo de la felicidad personal provoca que sea inútil intentar alcanzarla por otra persona que no sea la misma que la decide, por la sencilla razón que ella es la única que la conoce en su totalidad, urgencia y complejidad.

La implicación necesaria de esta individualidad de la felicidad personal es la imposibilidad de todo intento de decidir por parte de terceros la felicidad de una persona. Es la noción de la individualidad y de la determinación de los fines personales para hacer un plan personal y propio, sin que los demás lo puedan impedir, a menos de que ellos se vean perjudicados (Mill, John Stuart, Sobre la Libertad, Sarpe, Madrid, 1984 páginas 40 y 41).

Es tan compleja, tan cambiante y tan detallada la felicidad personal que no puede ser definida ni conocida en específico, ni siquiera por el mismo ciudadano en lo individual.

Por ejemplo, en un momento de lucidez quizá alguna persona pueda darnos decenas de esas necesidades, incluso con sus prioridades, pero es casi seguro que esa persona olvidará cuestiones que toma como gratuitas, como la existencia de una moneda estable, la llegada a tiempo del estado de cuenta de su tarjeta de crédito y la resistencia del cosido de la camisa que viste.

Intentar conocer a la felicidad personal es una tarea imposible para terceros, lo que significa necesariamente que ningún hombre puede intentar lograrla en otros fuera de sí mismo.

Por tanto, si queremos ser felices nosotros mismos y hacer felices a los demás, la única posibilidad real es la de lograr condiciones que hagan posible esa felicidad decidida individualmente y con responsabilidad personal única. Nada más allá de propiciar la abundancia de bienes puede intentarse colectivamente con éxito.

Ante esta complicada y compleja estructura de felicidades personales, la única solución posible para alcanzarla es la de tener un arreglo social propicio a la abundancia y accesibilidad de satisfactores que serán empleados individualmente por cada persona, pues ella es la única que conoce sus necesidades (Hayek, Friedrich, Road to Serfdom, The University of Chicago Press, Chicago, 1972, pp. 58 y 59).

Muy personal y muy amplio

Además, las necesidades deben ser entendidas de la manera más amplia, para incluir aspiraciones, inquietudes, gustos, aficiones, costumbres y demás, donde están incluidas motivaciones de ayuda y colaboración con los demás, obligaciones morales percibidas de amor ante el prójimo y uno mismo. Tan es necesidad el dar una limosna a la iglesia de nuestra preferencia, como el seleccionar el lugar de trabajo, o el vestir algo que proteja contra el frío.

Podemos imaginar, por ejemplo, la existencia de un gusto en una persona, el de tomar una copa de ron antes de comer, algo que forma parte de sus costumbres. Lo mismo podemos imaginar para otra persona que requiere una dieta especial sin azúcares, para quien la disponibilidad de sustitutos de esa sustancia sea parte del bienestar.

Es una lista de una gran cantidad de necesidades, que va desde la disponibilidad de médicos hasta la existencia de coches a escala, pasando por una variedad verdaderamente impresionante de necesidades que son satisfechas por computadoras, misas, periódicos, libros, varilla para construcción, velódromos, servicio de policía, electricidad, discos, detergentes, bolígrafos, cursos de contabilidad de costos, revistas, cemento, teatro, servicios bancarios, correo, telas, universidades, gasolina, juguetes, botanas, museos y millones más.

El bien común

Todos estos satisfactores deben ser creados para la consecución de la felicidad personal; más aún, deben ser creados los medios que crean los medios para crear los medios que crean los medios que hacen esos bienes finales. Esto es el bien común, la existencia de esos medios que sirven para satisfacer necesidades; lo que podemos crear en la sociedad es el bien común, la felicidad personal es una responsabilidad individual.

Cada persona, sin tener una articulación organizada de su felicidad personal, reconoce una serie de necesidades propias a las que asigna prioridades y que trata de satisfacer de acuerdo a las condicionantes personales y a las limitaciones ambientales.

De entre los satisfactores disponibles las personas seleccionan los que más les conviene considerando factores limitantes y circunstanciales, intentando lograr su beneficio, lo que no debe ser interpretado como una conducta fríamente calculadora y racional. Es la idea de un público elector que maneja activamente información y que no puede concebirse como una audiencia pasiva de las comunicaciones que recibe (Bauer, Raymond A., The obstinate audience: the influence process form the point of view of social communication, The Process an Effects of Mass Communication, W. Schramm y D. Roberts, editores, University of Illinois Press, Urbana, 1972).

Es decir, las definiciones propuestas de bien común y de felicidad personal nos han ayudado a entender que el bien común es nuestro objetivo en la sociedad: lograr las condiciones más propicias para la creación de tantos satisfactores como sea posible, dar a las personas la oportunidad de usar sus talentos y su trabajo para crear lo que por medio de intercambios es de beneficio mutuo. El intercambio es lo que transforma al bien común en felicidad personal.

No se trata de optimizar recursos usando un modelo matemático dentro de la mente de las personas, sino del logro de un concepto vago, indefinido, cambiante e impreciso que puede reflejarse en la idea de realización propia.

No es la idea del homo economicus, sino el concepto de un hombre imperfecto, racional, pero limitado, capaz de cometer errores y de satisfacer caprichos. La definición de mi felicidad a los ojos de otros puede parecer tremendamente ridícula y tonta; igual que la de otros a mí me parece idiota o irrelevante. Si fuese absolutamente racional la felicidad encontraríamos sin sentido, por ejemplo, el uso de botones de colores en los vestidos y tal vez hasta la compra de una casa propia.

Más sobre la felicidad

Es muy posible que las personas no necesariamente posean ese concepto de felicidad personal como tal, pero sí tienen y reconocen una gran serie de necesidades, a las que ellas llaman así, necesidades, o bien caprichos, ganas, gustos, placeres, pasatiempos, carencias, inquietudes, menesteres, urgencias, obligaciones, aspiraciones, deberes y demás; en el monto en el que los satisfacemos logramos nuestra felicidad personal.

No esperemos que cada persona haga una lista de la totalidad de sus necesidades, que posteriormente establezca una prioridad entre ellas y a cada una le dé una evaluación de satisfacción. Los humanos no actuamos de manera tan ordenada y lógica; no tenemos el tiempo para hacerlo, ni la necesidad.

La persona busca satisfacer sus necesidades y para ello emprende en el tiempo actividades individuales o en grupo cuyo propósito último es ése haciendo ajustes conforme se presentan cambios en las circunstancias. Más aún, esas actividades no se realizan en un vacío, sino dentro de las limitantes impuestas por atributos del mismo individuo y por situaciones ambientales previstas e imprevistas.

Debemos, pues, entender que el rango posible de acciones a realizar por parte del individuo tiene varios tipos de limitaciones. Unas son limitaciones personales como las capacidades y habilidades del individuo, los recursos con los que cuenta y su estilo propio o personalidad, incluyendo un código ético de conducta. Otras son limitaciones externas a la persona como el nivel de disponibilidad de los satisfactores, las condiciones generales de la sociedad, las leyes y reglamentos gubernamentales. También deben considerarse las limitaciones provenientes de circunstancias particulares imprevisibles.

El nivel total de felicidad personal está dado, entonces, en una especie de resultado compuesto por el nivel de satisfacción de cada necesidad ponderado por la importancia que a ella le fue asignada subjetivamente y lo logrado dentro de la varias limitaciones dentro de las que se vive.

Este nivel, sin embargo, no es percibido por el individuo de una manera numérica, objetiva y clara, capaz de establecer que mi felicidad hace dos años era del 45.78% y ahora es del 51.09%, sino de una manera subjetiva y global, como un concepto general de qué tan feliz se es.

Un gobierno para la felicidad personal

Una vez vista la felicidad personal, será útil enfatizar una idea. ¿No somos acaso los hombres seres llenos de defectos y al mismo tiempo capaces de grandes logros y admirables acciones? Tenemos muchos defectos, fallas y vicios, pero también muchas cualidades, capacidades y facultades.

Si se nos encargara la construcción de un sistema de gobierno que fuese lo más perfecto y deseable posible, gran error se cometería al ignorar esa naturaleza humana y bien se haría al intentar lograr las condiciones necesarias que levantaran nuestras virtudes y castigaran nuestras fallas. La conclusión de esta realidad es natural.

Ningún hombre es lo suficientemente perfecto como para serle confiado el poder sobre los demás sin una serie de pesos y contrapesos que eviten en la sociedad los vaivenes propios de la voluntad de uno solo (Trenchard, John y Gordon, Thomas, Cato´s Letters or Essays on Liberty, Civil and Religious, and Other Important Subjects, No. 115, February 9, 1722, The encroaching Nature of Power ever to be watched and checked, Liberty Fund, Indianapolis, 1995, p. 803).

Aunque eso fuera posible, ese hombre no tendría la información necesaria para lograr la felicidad personal de sus gobernados. Es decir, tenemos dos imposibilidades totales para la creación de un gobierno desequilibrado, el entregar enormes decisiones a un ser imperfecto y la carencia de información que ese hombre necesita para lograr la felicidad personal de cada ciudadano.

Disgusta particularmente, por estas razones, la idea del ser privilegiado que tiene la capacidad de guiar al resto de la sociedad por donde él desea, cuestión que viene de Platón (Platón, Las Leyes, Editorial Porrúa, 1985, p. 164), quien, por ejemplo, justifica la censura por parte de los guardadores de las leyes con estas palabras:

“Entre los poetas serán escogidos aquellos que son respetados en el Estado por su virtud… y sus versos se cantarán con preferencia aunque sean menos perfectos. Esta elección la hará el magistrado institutor de la juventud y los demás guardadores de las leyes… prohibiendo… a los ciudadanos que canten ninguna pieza en verso que no haya tenido la aprobación de los guardadores de la ley…”.

Mecanismos, como el de la censura, que imponen limitaciones en las contribuciones al bien común son necesarios para simplificar al gobierno desequilibrado su tarea, tan grande e imposible, que sólo puede realizar reduciendo y simplificando su labor a un número de acciones limitado; ya que serían demasiados los actos libres de los ciudadanos, el gobierno hace lo posible por limitarlos imponiendo controles de precios, de apertura de empresas, de censura de publicaciones, de control de la propiedad de compañías, de prohibición de asociaciones y de limitación de iniciativas en general.

La limitación a las iniciativas ciudadanas, desde luego, significa una reducción del bien común, pues se disminuye el número de satisfactores posibles de producir. Por tanto, es muy natural y lógico sospechar de toda idea de gobierno que postule o tenga como hipótesis la existencia de hombres en los que puede ser confiado un poder desequilibrado.

Ningún hombre ni grupo de ellos tiene la capacidad ni la virtud necesaria para serle confiando un poder desequilibrado sobre el resto. Más aún, es imposible contar con la información requerida para intentar el logro de la felicidad personal de cada persona.

A esta conclusión, más aún, debe agregarse el cuidado que debemos ejercer en el sentido de saber detectar esos sistemas políticos que, ocultamente, están fundamentados en esos supuestos; es necesario, por tanto, ser lo suficientemente sagaz como para descubrir esos defectos en los sistemas sociales propuestos a pesar de todas las bonitas palabras y alegres conceptos que se usen en su explicación.

La conclusión es natural hasta ahora: lo único que puede intentar un gobierno es crear condiciones favorables a la creación más y mejores satisfactores, lo que sólo es posible equilibrando los poderes, dejando sueltas las iniciativas personales en un sistema de intercambios libres.

Libertad, razón, igualdad

Los hombres somos iguales y libres, ésa es nuestra naturaleza (Locke, John, Two Treatises of Government, Peter Laslett editor, New American Library, 1963; Dos Ensayos sobre el Gobierno Civil, Austral, pp. 234-235).

Somos personas racionales, capaces de evaluar alternativas de conducta. No hay duda alguna de que somos seres racionales, podemos pensar, podemos seleccionar actos alternativos, podemos prever las consecuencias de nuestras acciones, podemos pensar en el futuro inmediato y en el de largo plazo. Y aunque podemos citar muchos casos en los que la racionalidad humana puede ser puesta en duda, no puede negarse esa cualidad.

De nada nos serviría ser racionales sin ser también libres, pues gran incongruencia existiría en un ser que pudiera pensar en elegir pero de hecho no lo pudiera hacer. Un gran infierno sería la vida del imaginario ser que pudiera pensar en la posibilidad de diversos actos, sin que pudiera realizar el de su preferencia.

Visto del otro lado, si fuésemos libres sin el poder de la razón, nuestra vida sería una serie de actos inconexos y sin sentido. La razón la tenemos por naturaleza y nadie puede entrar por la fuerza dentro de ella, pero no sucede lo mismo con la libertad que es la expresión externa de nuestra razón.

Para ejercer la libertad necesitamos de un cierto orden social en el que a todos se nos respete esa posibilidad de hacer cosas que nosotros hemos decidido.

Hay, por tanto, una gran relación lógica entre la razón, la libertad y la igualdad. Las vemos a ellas tres como diferentes, si son vistas analíticamente, pero las entendemos como parte de un todo si las vemos contemplando la naturaleza humana.

La tesis del Equilibrio del Poder respeta esta esencia del hombre y persigue un arreglo social de libertades individuales, donde puede ser usada la razón y todos merecen un mismo trato, sin diferencias. Es el gobierno la institución que tiene sobre sus hombros la enorme carga de hacer respetar esa libertad, de manera que cada quien con su propia capacidad intente la consecución de su felicidad personal.

Una aclaración

Detengámonos un momento en esta cuestión, pues con cierta frecuencia lo dicho antes causa una impresión equivocada. Ese arreglo social con poderes equilibrados permite a cada quien buscar su propia felicidad, lo que no significa que ése es un sistema en el que el beneficio de unos es el perjuicio de otros.

La imaginación suele jugar un sucio truco en muchos cuando se dice que el mejor arreglo social al que podemos aspirar es uno de libertad para ser felices en lo individual.

Recordemos eso de los intercambios, hechos entre personas, de manera voluntaria, sin coerción alguna y con el objetivo mutuo de acabar ambas partes en una situación mejor a la tenida antes de realizar el intercambio. Es obvio que por poco que aumente mi felicidad al comprar una golosina de escaso precio, he terminado con ella en una situación mejor, pues de lo contrario no hubiera comprado el dulce; pero también termina mejor que antes el comerciante que me vendió el dulce.

Si bien este intercambio es muy pequeño, podemos imaginar sin dificultad lo que significan en aumentos de felicidad decenas de intercambios diarios de cada persona. Con cada intercambio, por pequeño que sea, hay un aumento en la felicidad personal; cuantos más intercambios haya más crecerá la felicidad del total y cuanto más bienes existan más intercambios se realizarán.

Seguramente sacamos la otra conclusión de ese proceso: fui yo, el cliente, en la compra de la golosina, quien dio valor a la mercancía y no fue ni el comerciante, ni su fabricante. El valor está en los ojos del que compra, que es el cliente, ése que sabe lo que para él representa en utilidad el artículo, bien o servicio que adquiere.

Intercambiar o distribuir

Comprendamos que lo que sucede en la sociedad es una infinita cantidad de intercambios, y no de distribuciones, pues nadie reparte, ni asigna, ni raciona, ni adjudica algo a alguien, ya que las personas tan solo intercambian cosas, bienes, propiedades y servicios entre sí.

Cuando Benito compra a Arturo, es Benito el que da valor a lo que Arturo le ofrece. Por tanto, si Arturo quiere vender debe poner atención en lo que Benito desea, en lo que le agrada, en lo que le satisface, sin que mucho valga la opinión contraria de Arturo.

Ya que ambos resultan beneficiados con el intercambio, es fácil ver que Arturo trabajará para agradar a Benito. La búsqueda de la felicidad de Arturo está en ayudar a Benito a lograr la suya. Sin quererlo, sin darse cuenta, buscando sólo su propio y personal beneficio, Arturo ha ayudado a Benito en la consecución de su felicidad (Smith, Adam, Wealth of Nations, Oxford University Press, K. Sutherland ed., 1993, p. 22).

Seamos muy reacios a aceptar arreglos sociales que funden su cimiento en distribuir, primero porque no hay en la sociedad distribuciones, sino intercambios (Buchanan, James M. What should economists do?, Liberty Press, 1979).

Debemos siempre pensar mal de quien habla de distribuir, pues rara vez querrá otra cosa que no ser él el distribuidor, lleno de poder sobre los demás. Es, entonces, pretencioso y presumido ése que quiere ser el gran distribuidor de la riqueza que no es de él, pues sobre sus hombros quiere cargar una responsabilidad que no puede ser dada a hombre alguno sin grave riesgo de perder la libertad y la igualdad y de desperdiciar la razón.

¿De qué serviría ser libre, poder seleccionar acciones alternativas y tener iguales derechos, si hay alguien que nos da y quita según su personal criterio? ¿Qué derecho adicional tiene ese gran distribuidor a imponer un molde diferente en la sociedad del que hubiéramos seleccionado el resto de las personas?

Para ser feliz hay que dar felicidad a otros

El problema de la consecución de la felicidad personal es uno que la persona intenta resolver durante su vida por medio de intercambios, en los que ella sabe que para ser más feliz debe ofrecer lo que a otros hará felices. Esto parece un llamado moral elevado que dependerá de la voluntad personal, y contiene una sorpresa poco comprendida.

El proceso mismo del intercambio, su esencia más central, necesariamente hace pensar al oferente en el bien del comprador. Aunque no lo desee debe hacerlo si él mismo quiere elevar su felicidad. Cuando los intercambios son voluntarios y libres, ambas partes aumentan la felicidad ajena por medio de la búqueda de su felicidad propia.

De esta forma, es posible que cada persona sea feliz a la manera que ella lo desea, pues de la sociedad entera toma lo que le place, ofreciendo por eso lo que place a otros. No existe otro sistema mejor que el de dejar a las personas libres para que con sus talentos actúen entre sí, realizando los intercambios que más complacen en cada caso y en cada momento, dentro de leyes que dan los mismos derechos y obligaciones a todos sin diferencia.

Es dentro de esa espontaneidad, producto de las decisiones de millones de personas, que existen como una realidad los precios de los bienes y servicios.

Se debe mencionar que los precios de las mercancías sólo podrán ser dados por el resultado de las decisiones de millones de personas que actúan de manera independiente.

¿Es posible creer que sea real el precio de algún bien que es fijado por un burócrata dentro de su oficina? ¿Vale de algo la contabilidad de las empresas que toman los precios fijados por un gobernante?

Si los precios constituyen la única información objetiva posible de tener acerca de los esfuerzos que las personas realizan para la consecución de sus felicidades individuales, la alteración artificial del patrón espontáneo y voluntario de precios significa provocar la cancelación de la única forma disponible de conocer algo acerca de esa felicidad por parte de quienes producen los satisfactores. Estos ya no tendrán una idea objetiva de qué producir para la consecución de la felicidad personal de los demás y el resultado será, necesariamente, una menor felicidad personal producida por la no adecuación de los satisfactores a las necesidades.

Pobreza, la otra explicación

Las consideraciones anteriores nos dan ocasión para explicar en buena parte la miseria, es decir, la infelicidad, la que vista ahora puede ser entendida como la escasa contribución del miserable a la contribución del bienestar del resto de la sociedad.

Si el pobre realizara contribuciones importantes no sería ya pobre y esto, a su vez, nos da poder analítico para intentar generar hipótesis sobre las causas de esa poca o nula contribución al bienestar de los demás.

¿Son sus servicios o productos malos, iguales a los de otros miles, inútiles? Estos caminos son mucho más prometedores en la búsqueda de soluciones que las simplistas explicaciones de explotación.

El pobre lo es porque su contribución a la felicidad del resto es escasa o nula: lo que él tiene que ofrecer es de poca ayuda para los demás. Los intercambios que él realiza con los demás son aportaciones escasamente valoradas. Consecuentemente puede pensarse en un arreglo menos ortodoxo que el acosutubrado. Usualmente se peinsa en remediar la pobreza por medio de redistribuciones, pero al pensar en estos términos la solución más adecuada es la de elevar la capacidad de aportación de los pobres.

Lo bueno y lo malo, una especulación

También podemos especular sobre lo que es bueno y lo que es malo sobre la base de la consecución de la felicidad.

Las conductas humanas buenas lo serán cuando persigan la consecución de la felicidad personal y las conductas malas serán las que impidan esa consecución. Lo moral es lo que conduce a la felicidad personal y lo inmoral es lo que limita esa consecución de la felicidad.

Es obvio que quien osa dañarnos en nuestras personas o bienes realiza un acto malo, al igual que quien disminuye nuestras libertades prohibiendo, por ejemplo, nuestra asistencia a algún templo o la lectura de algún libro.

Una conducta buena será la que no nos impida e incluso nos ayude a ser felices y una conducta contraria, mala, será la que sí nos impida los intentos de ser felices.

Desde luego, esto sólo se refiere a lo que es moral en las cuestiones de tratos y relaciones entre las personas, pues también existe la moralidad en lo individual que no es tratada aquí. Otra forma de ver esto es decir que existe una coincidencia entre lo que nos permite ser felices y las reglas morales, o lo que es lo mismo, los mandamientos fundamentales persiguen nuestro bienestar y nuestra felicidad.

Lo anterior no significa defender un sistema social de egoísmos que hacen lastimarse unos a otros. De hecho, gracias a esos intercambios voluntarios, sucede todo lo contrario, ya que su resultado neto es hacer que el logro de mi felicidad sea el gatillo que dispara esfuerzos personales de beneficio para la felicidad de otros.

Podría yo hacerme de bienes que me hagan feliz robando a incautos transeúntes, cometiendo complicados fraudes financieros, aprovechando información privilegiada y de otras mil maneras que, todas ellas, son causa de la disminución de la felicidad en otros. Son ésas conductas inmorales.

Pero podría yo optar por trabajar de alguna manera, quizá en una tienda de discos, siguiendo esas leyes morales, lo que me obligará a esforzarme a tener buenos productos y a dar buen servicio, porque de lo contrario tendré pocos clientes y menores medios para lograr mi felicidad.

Quizá sea esto un egoísmo ilustrado que no utiliza los más grandes y altos valores de los hombres, pero sí vuelve al egoísmo destructivo contra sí mismo, para anularlo y tornarlo un aguijón que lleva a conductas de beneficio mutuo (Tocqueville, Alexis de, La Democracia en América, Fondo de Cultura Económica, 1978, p. 485).

La estructura anterior no es otra cosa que un arreglo social que crea incentivos a la satisfacción de las necesidades ajenas. Y ya que el incentivo personal es el de la consecución de la felicidad personal, ese arreglo social es uno que hace depender a mi felicidad personal de mi capacidad para satisfacer la de otros y que, al mismo tiempo, haga decrecer mi felicidad personal en la medida que ejecuto actos que disminuyen la de otros.

Podemos concluir que son inmorales los actos que disminuyen la capacidad de consecución de la felicidad de otros. Por ejemplo, el robo es inmoral por reducir la capacidad de la persona robada para alcanzar la felicidad que ella concibe para sí y por quitarle a la sociedad el beneficio del empleo de los recursos robados y que podían haber sido empleados en el ofrecimiento de satisfactores.

Un asesinato es inmoral por despojar a esa persona de su capacidad para alcanzar la felicidad personal y por quitarle a la sociedad un contribuyente a la felicidad de los demás. Por igual son inmorales, además de peligrosas, las regulaciones gubernamentales que lejos de promover el aprovechamiento de los talentos humanos, colocan obstáculos a su uso y llegan a dificultar o prohibir la participación del particular.

Quizá pensemos que el panadero actuando motivado por su propio bienestar no tiene mérito, porque, sin realmente quererlo, promueve la felicidad de otros. Debiera ser una situación mejor ésa por la que él panadero con plena conciencia da ayuda, socorro y favor a otros sin esperar nada a cambio.

El asunto no es tan sencillo, pues la felicidad es algo muy interno, tanto que no podemos ver el interior claro de los demás. Ese panadero, además de su comercio, puede realizar otros actos de benevolencia pura, es decir, de tal naturaleza que externamente se puede ver que no espera un beneficio propio. No podemos saber lo que hay en el fuero interno de las personas y las apariencias suelen jugar sucios engaños en nuestras mentes.

Dejemos en la conciencia personal de cada persona sus motivaciones últimas, que ellos darán cuenta de sus actos al Señor. Por nuestra parte, veamos que ese mecanismo de intercambios voluntarios anula en buena lid el egoísmo destructivo que podemos tener y lo vuelve un egoísmo ilustrado que nos hace entender que para ser felices el único camino que nos queda es el de contribuir a la felicidad ajena.

Incluso siendo aceptada la naturaleza superior de la motivación altruista, no deja ser necesaria la existencia de incentivos personales para contribuir a la felicidad de los demás y la razón de esto es la existencia de defectos humanos: no es realista depender exclusivamente de las motivaciones más altas del ser humano y que posiblemente posean solamente unos pocos.

Otra conclusión de las consideraciones anteriores es la noción de la ley como una herramienta que amplía la libertad (Buchanan, James M., The Limits of Liberty, The University of Chicago Press, 1975, pp. 107-129).

Con la ley se hace posible la libertad para todos, ya que a cambio de las restricciones de conducta individual establecidas en la ley se obtiene un arreglo social que hace posible el uso de los talentos y las habilidades de las personas.

Material y moral

Para finalizar, hay un peligro en el aparente énfasis que se hace en las cuestiones materiales, como la satisfacción de necesidades económicas. Alguno puede decir que se olvida la mayor altura moral y el gran mérito de las obras que son hechas sin esperanza alguna de pago recíproco.

No, no hay tal olvido, esos actos de caridad y sacrificio personal son dejados a la esfera de la responsabilidad personal y a la labor de las familias, las iglesias y las instituciones educativas (Folsom, Burt W. Jr., Entrepreneurs vs. the State, Young America’s Foundation, 1987, p.97).

En un plano realista no puede esperarse que una sociedad y sus miembros hagan depender sus vidas y destinos de las más altas intenciones de otros. No es posible que una sociedad pueda depender enteramente del supuesto de que la conducta de todos sus miembros va a ser siempre la motivada por los más elevados sentimientos y los más loables valores.

Aún en el caso de una utopía en la que todos sus miembros distribuyen sus propiedades para ayudar a los desvalidos, siempre se necesitará la existencia de algunos que sean quienes produzcan eso que se da a los necesitados.

El simple trabajo diario, hecho con esfuerzo y dedicación, de manera honesta y con respeto a los demás, es una manera diaria y sencilla de hacer el bien hacia uno mismo y hacia los demás. Pocas cosas presentan un aspecto de tanta inocencia y tranquilidad como el panorama de ése que a diario persigue ganarse el sustento de hoy y ahorrar todo lo que puede para su vejez.

Aquellos de nosotros que seamos de inclinación religiosa podemos sentirnos satisfechos al terminar nuestra jornada de trabajo honesto y decente, pues de esa manera habremos realizado una oración al Señor.

Si, por encima de eso, ayudamos al desvalido y al miserable, con nuestro tiempo y nuestro dinero, ganaremos más rápido el Cielo. Y recordemos que poca caridad puede hacerse si no tenemos ingresos y patrimonio propios, de los que uno pueda desprenderse por voluntad propia.


ContraPeso.info fue lanzado en enero de 2005 y es un proveedor de ideas e información  para lectores que buscan explicaciones.


1 comentario en “La Felicidad Personal”
  1. Eduardo Dijo:

    Interesante





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