Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Luna y los Abuelos
Eduardo García Gaspar
13 septiembre 2007
Sección: RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Era una escena espectacular. Un atardecer en plena montaña. Se vio la salida de la luna entre los picos. Enorme, rojiza. El aliento podía perderse con facilidad con ese cielo lleno de estrellas. Los invitados estábamos pasmados. Uno de ellos dijo, “Esto es para creer en Dios”.

El pensamiento es romántico y no creo que tenga fundamento. ¿Ver la naturaleza y sus maravillas puede ser una prueba de la existencia de Dios? No lo sé, pero me inclino a pensar que no. La naturaleza es impersonal y si algunas veces maravilla, otras atemoriza. Sí, la luna y las montañas fueron un espectáculo bello, como sin duda lo son otros muchos en tantos documentales.

Pero no me convence el argumento. Esa misma naturaleza mata y daña. En esa misma reunión de la luna, varios fueron picados por insectos. Admirable, la naturaleza también es temible. Tiene sus leyes que más o menos conocemos y sus resultados no son agradables. Alguien cayó por las escaleras mientras veía la luna. Creo que si deseamos probar que Dios existe no debemos voltear a la naturaleza, por maravillosa que sea.

Tiempo después de esa escena lunar, estaba sentado en un café frente a una plaza en una pequeña ciudad y tomaba una bebida mientras vi a un niño de unos cinco años que caminaba de la mano de sus abuelos. Le habían comprado un helado que tiró al suelo y con lloros exigió que le compraran otro. Lo hicieron. Luego lloró para que lo llevaran a una fuente en la que quería meter las manos.

Los abuelos que consentían al niño era una escena graciosa, que se convirtió en aleccionadora cuando llegaron los padres del niño. El pequeño dejó de portarse como un malcriado sin educación. Creo que los padres incluso regañaron a los abuelos por demasiado consentidores. Era obvio que los padres imponían reglas. Ambos, abuelos y padres, sin duda amaban al niño, pero unos ponían reglas, los otros no.

Todo eso había durado una buena media hora. Ya casi era de noche. Y pensé, si quiero demostrar que Dios existe puedo usar esa escena de los abuelos, los padres y el hijo. Allí hay más de Dios que en un atardecer, por bello que sea. Me imaginé cómo sería Dios. ¿Como los padres o como los abuelos? Si yo soy ese niño y Dios me ha creado, ¿cómo se portaría conmigo?

Podría consentir mis caprichos, o podría imponer disciplina. No tengo la menor duda de que los abuelos amaban al nieto. Los padres también lo amaban. Pero tenían comportamientos diferentes. Por conveniencia propia preferiría que Dios se portara conmigo como un abuelo: cumplir mis caprichos y deseos con la amenaza de hacer una rabieta en caso contrario.

Sería un portento tener a un ser todopoderoso a mi servicio. Cumpliría todos mis antojos. Pero aquí hay algo raro: si eso fuera posible, entonces yo sería Dios todopoderoso y no lo puedo ser. Puedo querer serlo, pero eso no basta. Es mejor pensar que Dios no se porta como los abuelos, sino como los padres. No se reza “Abuelo Nuestro”, sino “Padre Nuestro”.

En otras palabras, el amor de los padres es uno que muestra un rasgo adicional: la preocupación por nosotros y de allí que se deban tener reglas, mandamientos, o como se les quiera llamar. Dejarme sin reglas es dejarme sólo por mi mismo y eso no puede ser amar. Si acaso Dios me creó y luego me abandonó, eso no puede ser amor de padre. Sería una crueldad monstruosa.

En fin, entre la escena de la luna y la escena del niño en la plaza, hay más que nos haga pensar en Dios en la última. Que Dios haya creado la luna no es tan espectacular como que haya creado a los padres y al niño. La conducta de los padres tenía algo de Dios: demostraba siquiera en muy pequeña escala cómo nos ama. Y tenía otra cualidad, más rica que la de un movimiento en los cielos.

La cualidad de mostrar que el real amor no puede ser el dejarnos solos, sino el mostrar lo que debemos hacer. Si lo hacemos o no, eso es parte de nuestra libertad, pero no podemos dejar de reconocer que sabemos lo que debemos hacer y lo que no. Más Dios había en los padres que corregían al niño que en la luna que se movía mecánicamente.


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