Liberalismo: Algunas Precisiones

La carta AmaYi® anterior fue dedicada a detallar ideas esenciales del liberalismo, para determinar su significado. Esta carta está basada en la obra de Heywood, Andrew (2003). Political Ideologies: an introduction. New York. Palgrave Macmillan, pp 39-57. 

El liberalismo implica por definición la creencia en el gobierno como una entidad necesaria para el bien de todos. La libertad es una idea central del liberalismo y los individuos deben actuar libremente, pero en un mundo imperfecto eso presenta problemas.

La libertad puede ser abusada y las personas salir lastimadas. Se necesita una fuerza que impida y castigue esos abusos y esa fuerza es un gobierno soberano.

Es la idea de que la libertad puede existir sólo bajo el imperio de la ley aplicada por un gobierno. En un estado anárquico, sin gobierno, y de absoluta libertad existirán situaciones indeseables de conflicto y atropello, por lo que se requiere algo que lo evite.

Es la teoría del contrato social, una ficción reconocida como tal, pero que contiene una poderosa noción: los hombres aceptan que vivirán mejor bajo la autoridad de un gobierno con leyes, que en un estado de anarquía.

Es decir, el gobierno es una creación liberal «desde abajo», dice Heywood. Es el producto de un acuerdo entre los hombres, las personas lo crean para que les sirva a ellas.

Más aún, un estado liberal comprendido así es una especie de árbitro neutral, que sirve a todos por igual y no a ciertos individuos o grupo.

Con esa concepción del gobierno, el liberalismo coloca un énfasis especial en el control de esa institución. Un gobierno es siempre una tiranía potencial que debe ser controlada [así se justifica la división del poder en la obra clásica al respecto (Montesquieu, 1993).

Un gobierno ejerce una autoridad soberana, dice Heywood, y esa autoridad es una amenaza continua para los individuos libres a quienes debe servir. Está en la misma naturaleza gubernamental el riesgo de abusar de su poder y eso debe ser evitado.

De allí la noción liberal de establecer límites al gobierno por medio de una constitución, la ley más alta y que establece los poderes y deberes del gobierno, bajo el principio central de limitarlo. La constitución para el liberalismo es un instrumento de acotación del poder gubernamental para así servir a quienes lo fundaron.

Es central a la constitución la idea del poder controlado por medio de pesos y contrapesos, es decir, la división del poder gubernamental.

Esto es lo que crea mecanismos como el control de primeros ministros por parte de un gabinete de ministros, de los presidentes por parte del legislativo, del legislativo por medio del bicameralismo, además de las divisiones territoriales dentro de la nación, es decir, el federalismo para controlar al gobierno central.

El liberalismo está íntimamente asociado con la democracia, un concepto sobre el que no existe consenso acerca de su definición; incluso existen definiciones en conflicto.

La democracia más generalizada y que parece haberse impuesto a las demás es la llamada democracia liberal y que contiene dos elementos distintos.

Su elemento liberal es el de un gobierno limitado y su elemento democrático es el de un mandato popular.

A continuación, Heywood señala tres características principales de esta democracia liberal:

1. Un gobierno delegado, es decir, indirecto y representativo. Los gobernantes son elegidos por medio de elecciones en las que cada persona emite un voto de igual peso.

2. Un gobierno basado en la competencia y la selección electoral. Se alcanza esto con un sistema de partidos, de pluralismo político que implica otro rasgo liberal, la tolerancia a ideas opuestas entre sí.

3. Un gobierno que está claramente separado de la sociedad civil, que ayuda a mantener su poder limitado por controles internos y externos, con la existencia de asociaciones ciudadanas autónomas y mercados libres.

Continúa el autor afirmando que en el siglo 19 los liberales tenían sentimientos ambivalentes frente a la democracia, a la que veían como peligrosa. La razón de este temor es que la democracia puede tornarse un gobierno de las masas y por ello minar las bases de la libertad personal.

El pueblo es una colección de muy diversos puntos de vista e intereses propios, muchas veces opuestos. Ante esto, la solución de la democracia es numérica: la mayoría gana y prevalece sobre la minoría y con eso nace el temor expresado en la frase «tiranía de la mayoría».

La libertad, el valor central del liberalismo, puede ser aplastado si así lo decide la mayoría. Por esto es que son vitales los mecanismos de la fragmentación del poder, para proteger la libertad de todos, especialmente de las minorías.

El temor es el del voto de personas no educadas, que tienden a ver de manera estrecha lo que les beneficia a ellas, mientras que sucede lo opuesto con el voto educado.

Heywood menciona explícitamente la obra de Ortega y Gasset (Ortega y Gasset, 1995), en la que se previene de la posible destrucción del mundo civilizado por parte de una democracia masiva que lleve al poder a gobernantes autoritarios que apelen a los bajos instintos de las masas.

Uno de los casos más usados por el liberalismo para justificar un gobierno limitado es el de los impuestos. Si la autoridad tiene el poder para expropiar porciones de la propiedad personal, es lógico que las personas sean las que eso decidan por medio de su representación dentro del mismo gobierno en el legislativo.

Esto ilustra bien la mentalidad liberal sobre el gobierno: una autoridad de mínima intervención en la vida de personas que son libres.

Heywood continúa insistiendo en la ambivalencia del liberalismo frente a la democracia.

Por ejemplo, J. S. Mill entiende que la democracia sin restricciones conduce a la opresión, pero sin ella se llega a la ignorancia y la brutalidad; y piensa que ella es un medio para el cultivo de las capacidades humanas. Es la visión de la democracia como un instrumento de aprendizaje para las personas.

En la actualidad, continúa diciendo el autor, se ha dado menos énfasis a la participación y más al consenso.

Es ahora el turno de examinar al liberalismo clásico, desarrollado en la transición del feudalismo al capitalismo y que llegó a su punto más alto en el siglo 19, durante la Revolución Industrial.

Nació en la Gran Bretaña y ha tenido un renacimiento durante la segunda mitad del siglo 20, dice Heywood, siendo conocido como neoliberalismo o liberalismo neoclásico.

Dice que los liberales clásicos apoyaban la idea de una persona egoísta, racional, que persigue sus propios intereses, por lo que la sociedad era entendida como formada por personas independientes a las que no debía impedírseles el ejercicio de su libertad.

Es una sociedad en la que el gobierno es un mal necesario, un estado policía, destinado a preservar el orden, velar por el cumplimiento de los contratos y proteger a las personas de ataques del exterior.

La sociedad civil es el terreno de la libertad, pero el gobierno, el de la coerción. Es una visión positiva de la sociedad, afirma el autor, donde los mercados son entidades auto reguladas.

Este liberalismo clásico, dice el autor, toma prestado de cinco fuentes: la teoría de derechos naturales, el utilitarismo, el liberalismo económico, el darwinismo social y el neoliberalismo. Cada una de ellas es tratada a continuación.

La literatura política moderna, dice, está plagada de referencias a derechos, que pueden ser naturales o legales.

Los naturales son los que corresponden a la naturaleza humana en sí misma o como creación de Dios. Se consideran como inalienables, no puede renunciarse a ellos y no pueden ser retirados. Son necesarios para llevar una vida humana plena y han sido definidos en esa tradición clásica como vida, libertad, propiedad y consecución de la felicidad.

Los gobiernos están justificados por su misión de preservarlos y si llegaran a violarlos, las personas tiene derecho a rebelarse.

Surge de nuevo el tema del gobierno limitado a la protección de esos derechos, sin salir de los límites impuestos por sus funciones de preservar el orden, proteger la propiedad, defender contra ataques externos y asegurar el cumplimiento de contratos.

Están es esto la idea de que un gobierno que bien realiza su labor es uno que poco gobierna. Es decir, los derechos naturales de vida, libertad, propiedad y consecución de la felicidad propia son los que un gobierno está destinado a proteger y esa es la función por la que fue creado «desde abajo» por los ciudadanos a quienes debe servir como árbitro neutral.

Entra ahora el autor al utilitarismo, esa escuela de pensamiento asociada a James Mill y Jeremy Bentham. Aquí no hay cabida a los derechos naturales, a los que ven sin sentido.

Lo que debe considerarse es la tendencia humana a evitar el dolor y buscar el placer y eso, dicen, puede ser calculado en términos de utilidad que sustituye a lo moral, o mejor dicho es su equivalente.

La idea central es la de una persona capaz de entender lo que más le conviene y que eso no puede ser realizado por terceros. La consecuencia de pensar así es el rechazo del paternalismo estatal que considera a los ciudadanos como incapaces a quienes debe cuidar dando lo que el gobierno piensa que les conviene.

El utilitarismo, por tanto, tiene ese apoyo al liberalismo, el de ver a las personas como capaces por sí mismas, pero dice Heywood que contiene también un riesgo en contra del liberalismo.

Si el estándar de actuación es el bienestar del mayor número de personas entonces las mayorías pueden imponerse sobre las minorías y violar el ideal liberal de los derechos naturales.

El siguiente punto del autor acerca del liberalismo clásico se refiere a lo que él llama liberalismo económico.

Su referencia inicial es la de Adam Smith y David Ricardo, con sus clásicos textos de economía.

El mercantilismo de los siglos 16 y 17 produjo gobiernos intervencionistas que aplicaron medidas económicas destinadas a fomentar las exportaciones y limitar las importaciones, lo opuesto de lo sostenido por las nuevas ideas económicas del siglo 18, que pedían a los gobiernos retirar esa intervención.

Los intercambios voluntarios entre personas libres de obstáculos gubernamentales son causa de prosperidad, lo que dio origen a la idea de la «mano invisible» y a la célebre cita de que no es la benevolencia del panadero lo que coloca el pan en nuestras mesas, sino la propia consideración de su interés propio.

De allí pasa Heywood a nombrar al darwinismo social. Inicia esta sección hablando de lo que dice que es un rasgo del liberalismo clásico, su posición frente a la pobreza y la igualdad social.

Un liberal clásico sostiene que siendo libres, las personas son responsables de sus acciones; los trabajadores esforzados lograrán más que los perezosos. Es la idea de un ser que puede ayudarse a sí mismo.

Pero dentro de un ambiente intelectual que había sido afectado por Darwin, las ideas de la obra de Spencer dieron entrada a esa idea, la de la sobrevivencia de los más aptos, llegando a creerse que los intentos de ayudar a los pobres eran actos contrarios al desarrollo mismo de la naturaleza; debían ser dejados a su propio destino.

Finalmente, Heywood señala al neoliberalismo y provee una definición: el retorno del liberalismo económico clásico a partir de los años 70, para combatir al gobierno grande e intervencionista que ha sido la norma en el siglo 20.

Los ejemplos de Thatcher y Reagan acompañan ese retorno junto con una serie de ideas que fusionan al laissez-faire con una filosofía social conservadora, y apoyan la globalización. Dice después que el neoliberalismo es un fundamentalismo del mercado libre, el que es visto como un mecanismo mejor al del control gubernamental.

Hayek es explícitamente mencionado (Hayek, 1980) con su crítica a la planeación económica central que argumenta en contra de la posibilidad de contar con la información necesaria para planear centralmente con eficiencia, cosa que sí pueden realizar las personas libres; y peor aún, la planeación central lleva el última instancia al totalitarismo.

Friedman, por su parte, criticó al keynesianismo y su estrategia inflacionaria de gasto gubernamental. Y se tiene además, la crítica liberal del public choice que señala que el crecimiento de los gobiernos es producto no de los deseos de corregir los defectos de los mercados libres, sino del interés propio de los gobernantes.

Sigue Heywood hablando de la defensa que el liberalismo hace de los mercados libres como un proceso que se regula a sí mismo y puede ser comparado con un sistema de señales de precios que son indicaciones de acción para las personas.

Además, los mercados permiten el uso eficiente de recursos escasos gracias a la búsqueda de utilidades.

Otra defensa de los mercados libres, según el autor, es su comprensión como un mecanismo democrático en el que los consumidores fuerzan a los productores a fabricar lo que ellos desean, dando oportunidad a todos de participar en ellos y aceptar el riesgo de producir.

Y como se dijo, el neoliberalismo es acompañante de la globalización.

Esta carta y la anterior han sido dedicadas a explorar el concepto del liberalismo. Se tomó como base la obra de Heywood debido a su orden de exposición mucho más que por su contenido, el que tuvo que ser complementado con las menciones entre paréntesis.

La colección completa de resúmenes de AmaYi en tres partes, puede encontrarse aquí:

Ideas Económicas

Ideas Políticas

Ideas Culturales

La sección AmaYi de ContraPeso.info fue fundada en septiembre de 1995 y desde entonces publica un resumen mensual de grandes ideas encontradas en diferentes publicaciones.


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