Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Los Chinos y las Fresas Mexicanas
Eduardo García Gaspar
17 julio 2007
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Las noticias sobre los productos chinos de mala calidad e incluso peligrosos recuerdan la historia vieja de las fresas mexicanas de hace décadas: al exportarlas, se contaba, eran empacadas con las fresas más atractivas en la parte de arriba y las casi podridas abajo.

Y sucedió lo obvio, pues al darse cuenta el cliente de ese truco, dejó de importar esas fresas lo que dañó al resto de los exportadores.

Ahora los chinos tienen un problema similar, que es una real lección de cuestiones de libre mercado, en el que el que manda es el cliente. Tanto es así que incluso se ha dicho que el dueño real de los medios de producción es el cliente de lo producido, no el propietario legal. Ha habido escándalos por causa de comida para mascotas, plomo en juguetes.

Pastas dentales alteradas con anticongelante, comida con salmonela y llantas defectuosas, además de pañales con hongos y baterías defectuosas para teléfonos móviles. Y todo esto en un corto tiempo, con un consecuente daño a todos los exportadores chinos, así sean los más preocupados con cuestiones de calidad.

Ante esto, como ante cualquier problema, los gobernantes sienten deseos incontrolables de hacer algo.

Es la historia de siempre y un mecanismo conocido: ante un problema, el que sea, el gobernante cree ser Supermán y desea poner remedios que siempre son los mismos, elevar impuestos y crear nuevas oficinas de gobierno.

Es el viejo remedio socialista y está muy bien ilustrado en la iniciativa de uno de los senadores estadounidenses, para crear un zar de las importaciones y aplicar tarifas punitivas de importación. Porque para proteger a los indefensos, se cree, hay que aislarlos del mundo.

Y, sin embargo, si las cosas se dejaran en manos de las personas, ellas remediarían el problema de mejor manera y a más bajo costo. La posibilidad de demandas legales, la necesidad de proteger marcas valiosas y reputaciones empresariales, todo eso logra incentivos de protección propia de los mismos fabricantes.

Ellos saben que están en manos de los clientes. Por su parte, en China saben que sufrirán las consecuencias de esos defectos de calidad: sus clientes dejarán de comprarles.

Los mercados libres son el resultado de millones de decisiones de personas libres que buscan su beneficio y tienen incentivos fuertes para solucionar problemas. Mucho mayores que los incentivos de los gobernantes.

Imagine usted la posibilidad de ser demandado, o de perder ventas por un insumo defectuoso de producción: el empresario tiene que manejar los riesgos de su negocio. Todo forma un círculo virtuoso de incentivos mutuos que benefician a todos y que requiere intervención gubernamental en dosis menos extensas de lo que se suele pensar.

Por ejemplo, un organismo gubernamental de revisión sanitaria y cosas por el estilo, puede ser útil para encontrar productos defectuosos, lo mismo que puede hacer alguna organización independiente de certificación de calidad.

Pero elevar el tamaño de la burocracia o imponer cuotas punitivas es negativo, pues al final termina lastimando al cliente quien pagará más impuestos y tendrá menos opciones de compra. Y, China, desde luego, también tiene incentivos para remediar la situación, especialmente sus empresas.

Creo que el punto bien vale una segunda opinión y puede ser resumido diciendo que la intervención estatal es la última de las cartas a jugar. Es otra forma de plantear eso de la subsidiariedad, que significa no suplantar al individuo en las cuestiones en las que él es capaz. La intervención estatal en la economía tiene demasiados defectos como para recurrir a ella cada vez que se tiene un problema.

El gran poder dentro de un mercado libre lo tiene el consumidor con sus decisiones de compra, que son cuestiones de vida o muerte para las empresas. No es un sistema a prueba de fallas, pero sí es un sistema razonablemente eficiente si se deja que opere, mucho más eficiente que la intervención gubernamental.

Imagine usted la reacción de las empresas que usan insumos chinos ante esas noticias. Muchas de ellas por iniciativa propia harán una revisión de ellos, mejor y más rápida que la gubernamental. Y más aún: un mercado libre castiga la codicia del fabricante inmoral que altera la calidad del producto. No es perfecto, nada lo es en este mundo, pero funciona bien, muy bien.


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