educación pública

El monopolio educativo del Estado, su descripción y comprensión. Más efectos y consecuencias. Una idea de Santos Mercado Reyes.

Inrroducción

Ya no se puede ocultar que en México tenemos un desastre educativo en todos los niveles. Así lo dicen los estudios internacionales y lo reiteran, incluso, las instituciones del propio gobierno mexicano.

El problema es que no se sabe por qué, cuál es la tarea que hicimos mal y,  por lo tanto, cómo corregimos nuestros errores.

He aquí un diagnóstico y algunas propuestas.

En México no hay escuelas privadas genuinas

Las escuelas y universidades privadas genuinas son instituciones educativas propias de una economía de mercado, capitalista o neoliberal, como usted desee llamarles. Por otro lado, las escuelas y universidades públicas son las instituciones educativas naturales de un país socialista, comunista, fascista o nazi.  Cada sistema económico y político posee sus instituciones naturales, coherentes con su definición.

Cuando un país marcha a la deriva, sin rumbo ni definición, se puede observar la coexistencia de escuelas públicas y privadas, pero en realidad prevalecerá una de las dos filosofías. Si el país es mayormente socialista, las llamadas escuelas privadas estarán bajo control del Estado; pero si la nación es fundamentalmente capitalista, las escuelas estatales funcionarán bajo la lógica de mercado.

En México, las llamadas escuelas privadas están sometidas al control estatal porque nuestro país todavía no se define como una economía capitalista o de mercado. Es, por tanto, difícil imaginar cómo funcionaría un sistema educativo privado, con amplia cobertura, calidad, pertinencia y no subsidiado. Aquí trataré de dar algunos elementos.

Teoría sobre la naturaleza de los negocios

Hablar de empresas privadas significa hablar de  negocios que arriesgan capital en búsqueda de lucro a través de un bien o servicio. Para que una actividad tenga el carácter de negocio privado se necesita que haya uno o más propietarios, es decir, individuos que deciden  fundar una escuela o empresa con sus propios capitales.

Compran terreno, maquinaria, materia prima y contratan a los trabajadores necesarios  para producir los bienes que llevarán al mercado con el fin obtener la ganancia deseada. Si venden lo suficiente, sobreviven; si los consumidores no gustan del producto, tendrán que cerrar y dedicarse a otras cosas.

Los negocios son tan caprichosos, difíciles y riesgosos que únicamente los gobiernos pro-capitalistas han comprendido que no deben meter las manos en absoluto. Dejan que la suerte de la empresa se resuelva en el mercado, que los consumidores sean los que decidan, mediante sus compras, si un negocio debe seguir o debe esfumarse. Aún cuando el gobierno no interviniera en los negocios, la mayoría de ellos muere antes de cumplir un año de operación, al tercer año, menos del diez por ciento sobrevive.

Cuando se dice que el gobierno no debe intervenir en los negocios, se dice que no debe dictar precios, tampoco debe imponer normas, reglamentos ni forzar para que las empresas acepten sindicatos, IMSS, ISSSTE, INFONAVIT, FONACOT, etc. Las contrataciones de personal las debe decidir el empresario y las prestaciones deben ser producto de la negociación directa entre empresa y trabajador, sin ingerencia de sindicatos, mafias o gobiernos.

Por supuesto, México está lejos de este escenario. Nuestro país vivió una larga época de socialismo donde el Estado tomó el control de todos los rubros de la economía. Todavía hace 15 años, si usted no era amigo del presidente, del gobernador o al menos de un diputado, usted no podía abrir un negocio. O bien, tenía que repartir dinero por todos lados para que le dieran los permisos. Esto todavía se observa en algunos giros.

¿Existe el monopolio educativo del Estado?

Desde antes de la Revolución Mexicana ya el Estado se había arrogado la tarea de ser el educador del pueblo. Con Porfirio Díaz se inauguraban escuelas de gobierno y todos lo aplaudían, sin darse cuenta del monstruo que se estaba creando. Con la Revolución Mexicana se agudizó este estatismo educativo para abarcar universidades, normales, escuelas de artes y oficios, etc., todas del Estado.

Pocos o quizás nadie cuestionó si los políticos o burócratas que a codazos y sombrerazos escalaban las esferas del poder eran los más indicados para decidir lo que los niños y jóvenes debían aprender. Pero se aceptaba esta práctica porque era coherente con el ideal de hacer de México un país socialista, todo bajo control del Estado.

Es cierto que también se toleró la existencia y apertura de escuelas privadas pero se hizo de manera semejante a la Italia de Benito Musollini, todas debían estar sometidas al control y supervisión del Estado.  El gobierno se arrogaba el derecho de cancelar la concesión cuando lo estimara conveniente. De hecho, en México desapareció el concepto de escuelas y universidades privadas al estilo de las economías capitalistas.

Después de un largo período de más de siete décadas de estatismo, México se decide a abandonar las viejas estructuras y sumarse a la nueva filosofía de mercados abiertos y competitivos donde el papel protagónico lo juega el individuo en su papel de empresario.

En la economía, desde 1982, se han tomado medidas importantes aunque insuficientes. Al menos se ha llevado un proceso de desregulación para ampliar significativamente el margen de acción de los nuevos empresarios, se han reducidos las reglamentaciones para el ingreso del capital foráneo, etc.

Pero en el campo educativo hay demasiada oscuridad. No se sabe qué hacer con el monopolio estatal de la educación. Qué hacer con una Secretaría de Educación Pública que cuenta con más de un millón de  empleados, con una UNAM que tiene casi 300mil alumnos y 60 mil empleados.

Se alcanza a percibir que este monopolio es el  causante de los pobres resultados que dejan a nuestro país en los últimos lugares mundiales, se detecta que se generan profesionistas mediocres, incapaces de moverse en esferas internacionales y que sólo estudian para que alguien les garantice una quincena segura.

Este monopolio educativo estatal es el caldo de cultivo para formar “luchadores sociales” que suben a las montañas, cierras escuelas, declaran huelgas, y forman a los alumnos como si fueran a ser los futuros ciudadanos de un país comunista.  Pero casi nadie se atreve a sugerir que todo esto se debe al monopolio estatal de la educación.

¿Debe sobrevivir el monopolio estatal de la educación?

Hay quien cree, que el estado tiene la capacidad de reorientar la educación para lograr pertinencia y calidad. Estas bellas palabras carecen de todo sustento. La calidad que necesita México para entrar a las grandes ligas de economías capitalistas no se la puede dar un sistema burocrático.

Cualquier escuela o universidad pública posee una filosofía adversa al sistema capitalista. Es como pedirle al diablo que enseñe el catecismo. La calidad de la educación tiene  que referirse a desarrollar el espíritu empresarial en los alumnos, lo que es imposible pues en las escuelas públicas los administradores y profesores no son empresarios, sino burócratas. Los burócratas tienden a reproducir el cuadro, es decir, a formar nuevos burócratas. Quiere decir, que debemos caer en cuenta que el aparato educativo que tenemos no nos sirve, y lo que necesitamos, no lo tenemos.

La conclusión es irremediable: es necesario destruir el monopolio estatal de la educación, en todos los niveles y en todas las latitudes.

¿Cómo desmantelar el monopolio estatal de la educación? No es una tarea fácil pues existen muchos intereses que prefieren que todo siga igual. Sin embargo hay algunas medidas que pueden ganar la simpatía y el consenso rápido de la población.

Empecemos por introducir el sistema del bono educativo

Este sistema quiere decir que el gobierno deje de subsidiar a las escuelas  y universidades y en su lugar establece el subsidio directo a los alumnos. El estudiante recibe cada mes un bono o cheque intransferible que sirve únicamente para pagar la colegiatura en la escuela que haya elegido.

Es importante que sea un cheque mensual y que se otorgue a través de la banca comercial. El alumno tendrá derecho de cambiar de escuela universidad si siente que no recibe el servicio educativo adecuado. Una vez que la escuela recibe el cheque, debe tener completa libertad para que internamente decidan gastarlo en sueldos, mantenimiento, crecimiento, innovación, etc., y ninguna institución de gobierno debe ejercer control alguno.

Ninguna escuela debe ser rescatada si funciona mal, es decir, si no tiene alumnos. Pero aquellas que tengan éxito, deben tener completa libertad para crecer, poner sucursales, etc.

El bono educativo no es una panacea, pero tiene la virtud de someter a las escuelas al juicio de los alumnos y padres de familia. Además, se verán en la necesidad de hacer mejor su trabajo a fin de competir con otras escuelas. La virtud del bono educativo es que genera una especie de mercado educativo. El Estado no necesitará dictarles qué hacer, pues por su propio interés tratarán de mejorar en todos los aspectos para ganar clientes. Aquellas escuelas que hagan bien su trabajo, recibirán muchos bonos y estarán en condiciones de ponerse mejores salarios.

Jamás he encontrado a un padre de familia que se oponga a recibir el dinero de manos del gobierno para que él mismo decida dónde inscribir a su hijo.

El sistema del Bono Educativo ya ha sido probado exitosamente en otros países y es tan sólo la primera medida de un gobierno que quiere mejorar seriamente su sistema educativo.  De ser posible, se debe permitir que el alumno pueda colocar su cheque educativo mensual tanto en escuelas públicas como en privadas. Vale la pena hacer notar que introducir el sistema del bono educativo no implica incrementar el gasto de gobierno.

Una segunda medida para revolucionar nuestro sistema educativo consiste en permitir que se abran todo tipo de escuelas y universidades, incluso en el garage de una casa. No se deben pedir requisitos, ni supervisar por medio de funcionarios de gobierno. El mercado será quien dé el veredicto de si es  buena o mala escuela.  También se debe permitir el arribo de escuelas internacionales a efecto de incrementar la competencia.

Finalmente, es necesario crear un sistema de financiamiento para que cualquier alumno pueda estudiar en universidades nacionales o extranjeras.  No se trata de becas regaladas, que corrompen las conciencias, sino de créditos recuperables.

Estas son tan solo algunas medidas para construir el nuevo sistema educativo que México necesita. ¿Tarea imposible? En absoluto. Solo es necesario que tengamos el suficiente coraje y la enérgica decisión para iniciar esta  revolución educativa.

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Gratuidad de la Educación

Decía Milton Friedman (1912-2006; Premio Nóbel de Economía 1976) que en este mundo nadie puede comer un sándwich gratuitamente. En efecto, si usted come un sándwich sin que saque la cartera para pagar, puede explicarse por varias razones.

  1. Su amigo Juan tuvo el gusto de invitarlo a comer para platicar de sus viejos tiempos.
  2. Entró usted a una fiesta donde el anfitrión se está dándose el placer de regalar sándwiches a todos los invitados, incluso, aunque no los conozca.
  3. Usted entró a un restaurante, pidió un sándwich y se echó a correr  antes de que le cobraran.
  4. El gobierno hace una ley para que las mujeres paguen un impuesto a fin de darles sándwiches gratis a los hombres.
  5. Usted fue a una marcha del PRD y le dieron un sándwich y un sombrero sin cobrarle ni un centavo.

Nótese que en todos los casos se habla de “sándwiches gratuitos” pero, en realidad, hay un manejo engañoso del lenguaje pues si usted no pagó, alguien tuvo que pagar.

En este mundo hay pocas cosas gratuitas. Se puede respirar aire fresco o contaminado gratuitamente; puede tomar un baño de sol en la azotea de su casa sin que nadie se sienta despojado; puede mirar un lindo atardecer sin pagar ni un centavo.

Monopolio educativo y gratuidad

Pero no puede consumir un refresco, una torta o un servicio médico de manera gratuita, pues, nada de esto cae del cielo, realidad, alguien tiene que pagar.

Bueno, esto nos obliga a repensar y redefinir el término gratuidad a fin de no engañarse ni engañar a nadie. No ayuda demasiado acudir al diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, nos las tenemos que arreglar nosotros mismos proponiendo una definición.

Definición: Podemos decir que algo es gratuito cuando lo puedes tomar o disfrutar sin que alguien se sienta despojado. 

Si aceptamos esta definición, entonces cambia nuestra forma de decir las cosas: no me comí un sándwich gratuito, pues este no cayó del cielo: los contribuyentes pagaron, sin contar con su consentimiento,  los sándwiches de los marchistas del sindicato. O bien,

  1. Más bien comí a expensas de Juan, quien voluntariamente quiso pagar la cuenta.
  2. El anfitrión pagó los sándwiches que los invitados consumieron.
  3. El dueño tendrá que pagar, contra su voluntad,  el sándwich que usted no pagó.
  4. Las mujeres tendrán que asumir, involuntariamente, el costo de los sándwiches que consumieron los hombres.

Nótese que sólo en los casos 1 y 2 hay voluntad y acuerdo de que otro pague la cuenta, los demás son casos  involuntarios, forzosos, podríamos decir, incluso, que hay una especie de delito pues implica un costo sin consentimiento, casi un robo.

Educación gratuita

Me refiero al sistema que consiste en que el que estudia no paga por los servicios educativos que recibe.

Este sistema se aplica en las escuelas del gobierno mexicano. Es cierto que en algunas universidades se cobra 20 centavos por el trimestre, otros pagan  dos mil pesos, pero comparando con los costos reales, estos pagos no significan nada para la institución.

La gratuidad de la educación la hemos vivido toda la vida que no advertimos nada malo en ello, es más, se llega a defender como una de las grandes conquistas del pueblo. Pero si usted ya acepta que nadie puede comer un sándwich gratis, entonces está a punto de aceptar que tampoco existe educación gratuita, pues ésta no cae del cielo.

Puede uno pasarse años y años en las escuelas y universidades, recibiendo certificados de primaria, secundaria y preparatoria, o bien, títulos de licenciado, maestro y doctor y nunca preguntarse quién pagó por los gastos que se generaron.

O se prefiere aceptar una respuesta simple: “se paga con los impuestos”.

Casi cualquier licenciado, maestro o doctor salido de las universidades públicas opinará que el sistema de educación gratuita es algo correcto, y la prueba es que él pudo lograr los títulos que posee.

Consideremos  grosso modo que alguien que recibe el grado de doctor y que posiblemente estuvo becado desde la primera, implicó los siguientes gastos pagados por los contribuyentes en pesos mexicanos:

Primaria100,000
Secundaria75,000
Preparatoria120,000
Licenciatura2, 000,000
Maestría3, 500,000
Doctorado5, 000,000

Es decir, formar un doctor cuesta más de  diez millones de pesos. Al nuevo doctor le parece que el sistema de educación gratuita es una maravilla pues él nunca pagó nada, es más, le pagaron buenas becas y gastos por estar estudiando, “es un sistema perfecto”, pensará.

Cuando se le pregunta al flamante doctor que logró disfrutar de esta “gratuidad” invariablemente pensará que se debe defender ese sistema “pues de otra manera nunca hubiera yo estudiado”.

Es comprensible su respuesta pues él es uno de beneficiados. Es como si se le preguntara a un diputado si es bueno que exista el Congreso. Con los sueldos que tienen, los bonos, la posibilidad de viajar a donde quieran con cargo al erario, de darse aumentos de sueldos cuando deseen, aguinaldos extravagantes… jamás opinarán que haya algo inmoral en la Cámara de Diputados.

Pero qué pensará el graduado universitario cuando se le diga que todo ese dinero fue aportado involuntariamente por los contribuyentes (por eso se llaman impuestos), que dejaron de comer para pagarle sus gastos y que por eso ahora ya están más pobres.

Qué pensará nuestro graduado cuando se le demuestre que quienes más contribuyeron a sus gastos, no fueron los empresarios, pues ellos tienen forma de evadir los impuestos, sino los empleados de cheque quincenal y la gran masa de consumidores que son los pobres y en pobreza extrema de este país.

Se podría hacer una encuesta para saber si la gente pobre México y los contribuyentes cautivos habrían consentido pagar los gastos de los graduados universitarios que ahora son diputados, senadores, asambleístas, dueños de partidos políticos…

Qué pensará el jornalero de Zacatecas cuando se le diga que debe contribuir a los gastos que generan los alumnos de la UNAM, sabiendo que sus propios hijos jamás pisarán un campus universitario pues si acaso, terminarán únicamente la primaria.

Qué pensarán los albañiles cuando vean que a la UNAM acuden miles de jóvenes vistiendo ropa de marca y con carros nuevos y que, sin embargo, les deben costear sus gastos.

Y mirando las frías estadísticas de la UNAM donde de cada cien jóvenes sólo aceptan diez (se puede demostrar que los aceptados son los que mejores condiciones económicas tienen) y de estos sólo uno se llega a graduar (también se puede demostrar que los graduados pertenecen a los alumnos de las familias en mejor situación económica).

Qué pensará Juan Pueblo cuando vea que éste graduado no es ni lejos, un joven que provenga de las familias en extrema pobreza, sino alguien que no quiso pagar la colegiatura en el TEC de Monterrey aún cuando podía hacerlo. ¿Votará por que la educación en la UNAM siga siendo “gratuita”, es decir, a costillas de los pobres?

El sistema de educación gratuita ha creado una fiesta donde unos la pagan y nunca la disfrutan y otros la disfrutan y nunca la pagan.

Este absurdo, hasta Carlos Marx lo previó. En efecto, cuando criticaba a La Salle (quien proponía educación pública y gratuita a cargo del Estado) Marx le replica airadamente  que lo único que iba a lograr es que los pobres pagaran la educación de los ricos.

Hasta hoy día, no conozco a ningún licenciado, maestro o doctor que esté dispuesto a trabajar gratis para el pueblo pobre que le dio educación. Al contrario, tratará de obtener mejores sueldos (lo cual no es criticable) y difícilmente un médico de la UNAM le perdonará el pago de la consulta a un obrero.

Una cosa es clara y demostrable: el sistema de educación gratuita no da títulos de doctor, ni de maestro ni siquiera de licenciado a un miembro de ese sector de la extrema pobreza, que son los mayores “donantes” de recursos, por eso están pobres.

Para convencernos de ello, recordemos que el petróleo es de todos los mexicanos y ellos, los de pobreza extrema, también son mexicanos. La parte que les correspondería del petróleo, casi todo se va para mantener las escuelas y universidades gratuitas. Quiere decir que realmente aportan una gran cantidad de recursos, aunque nunca se les pregunta si están de acuerdo.

Con toda esta argumentación se puede sostener que el sistema de educación pública y gratuita que hay en México está asentado sobre transferencias no voluntarias. Es decir,  implican coacción, impuestos. Y como los impuestos se pagan a fuerzas, es semejante cuando el ladrón te pide la cartera a cambio de no agujerearte la panza.

Es decir, los impuestos son casi robo, casi delincuencia. Por tanto, la educación pública y gratuita está sostenida en casi delincuencia. Esto tiene graves implicaciones pues significa que la UNAM vive de delincuencia y los que allí enseñamos, laboramos o estudiamos nos convierte en delincuentes (porque usamos recursos mal habidos, forzados, coactivos).

La pregunta interesante aquí se refiere a la posibilidad de que la UNAM pudiera adoptar otro sistema para que no se le acuse de vivir y sobrevivir gracias a la delincuencia. Esto resolvería parcialmente un problema ético y moral para la institución.

Por suerte, la respuesta es positiva. En efecto, la UNAM podría rechazar los subsidios gubernamentales y vivir de lo que el cliente pague.

Pero esto le llevaría a considerar otro problema: ¿podría la UNAM sobrevivir sin subsidios gubernamentales? ¿Tendrá la calidad necesaria y suficiente para que, sin recibir un centavo del gobierno, pudiera mantenerse de las cuotas y colegiaturas de sus estudiantes?

Dicho de otra manera, ¿tendrá la UNAM un nivel competitivo para lograr que el mercado le premie con un precio suficiente para que desarrolle las ciencias humanas, filosóficas y naturales que dice tener? Siendo calificada como la mejor universidad de México ¿Tendrá capacidad de sobrevivir sin estar pegada a la ubre del gobierno?

Mi pronóstico es que sí podría, pues cuenta con excelentes instalaciones, mejores que cualquier universidad privada, tiene excelentes académicos formados en las mejores universidades extranjeras,….aunque tiene un sindicato poco colaborador y malas costumbres (que podrían cambiar)

Por otro lado, se tendría que establecer un sistema financiero de tal forma que permita a cualquier hijo de vecino estudiar donde mejor quiera, sea en una universidad privada o pública (aunque aquí ya cambia el concepto de universidad pública), en México o en el extranjero.

Afortunadamente la respuesta también es positiva y viable. Basta imaginar nuevas estructuras y formas de hacer las cosas, siempre cuidando que no impliquen casi-delincuencia.

Es posible mejorar sustancialmente el modelo educativo mexicano para dar reales oportunidades a toda la gente que quiera instruirse y formarse en el campo de su elección y sin que sea a costillas del vecino.

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Y unas cosas más…

Debe verse:

¿Por qué las escuelas públicas son malas?

Otras ideas relacionadas:

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A propósito del monopolio educativo estatal

Por Leonardo Girondella Mora –   8 septiembre, 2005

A principios de julio se realizó en México una reunión de universidades de Latinoamérica. Quiero tomar ese tema y revisar el comentario que en su columna de Grupo Reforma hizo Everardo Elizondo poco después.

Primero, el tema. Se trata de la educación superior y la reunión es llamada, hasta donde sé, Red de Macrouniversidades de América Latina y el Caribe.

Allí se quejan de la competencia que viene de otras universidades que están constituidas como empresas con utilidades y piden protección gubernamental para evitar esa competencia.

Una de tantas columnas periodísticas trató el tema dando la razón a las universidades ya que la educación es un bien público. La clave está en esto de ser un “bien público.”

¿Lo es? Claramente la educación no es un bien público. Un bien público tiene una definición que le asigna ciertos atributos:

  • El uso del bien público no impide que otras personas lo usen también.
  • El aprovechamiento de esos bienes es, en ocasiones, imposible de rechazar.
  • Ninguna persona puede dejar de usar ese bien si es que lo desea.

Elizondo señala el caso del ejército de un país. El bien público que ese ejército significa no puede ser rechazado por los habitantes del país. Añado el ejemplo de una calle cualquiera —es un bien público capaz de ser usado al mismo tiempo por muchos y por ella puede circular el que lo quiera.

Lo mismo sucede con una carretera, o los servicios de representación diplomática. Un bien público es una idea bastante clara.

Más aún, esos bienes públicos son ofrecidos por medio de la asignación de recursos de los gobiernos —con dinero recolectado de los impuestos. Queda por ver si la educación pública es o no un bien público. Elizondo escribe,

“Evidentemente, la educación superior no cumple con los criterios técnicos señalados. El pupitre que ocupa Juan en algún ‘centro de estudios avanzados’ no puede ser ocupado al mismo tiempo por Pedro. El beneficio que recibe Juan por aprender (es un decir) física cuántica no lo recibe ni Pedro ni nadie más en la sociedad. Y, desde luego, iniciarse o profundizar en las ciencias es un asunto totalmente voluntario.”

A eso agrego que la educación superior sí puede ser rechazada y si la deseo usar puedo tener impedimentos. La consecuencia es bastante clara: la educación superior no es un bien público. Pero la cosa va más allá con otra observación de Elizondo.

Siempre se dice que la educación superior tiene una demanda superior a su oferta y que injustamente son rechazados miles de estudiantes —como recientemente sucedió en Nuevo León con unos 9,000 estudiantes que no pudieron acceder a la universidad estatal por falta de cupo.

Esta realidad es obvia y señalarla con indignación muestra desconocimiento. Escribe Elizondo que “La (casi) gratuidad explica en buena parte el problema.”

La cosa es tan primitiva que llega a dar pena explicarla. Si usted baja los precios de un Mercedes Benz, por ejemplo, a 1,000 dólares cada uno de ellos, la demanda excederá a la oferta y no hay mucho más que alegar al respecto —las plantas de ese automóvil no se darán a basto.

La educación universitaria es prácticamente gratuita en México, es decir, tiene un precio bajo, bajísimo. No es sorpresa que exista mayor demanda que capacidad instalada. Por eso se establecen exámenes de admisión, como un “precio” que tiene que pagarse para entrar.

Consecuentemente, las continuas demandas de recursos para la educación superior no son tampoco sorpresa. Esos recursos son en realidad subsidios que reducen el precio de la educación y eso precisamente eleva la demanda. Es una especie de historia sin fin.

Del otro lado de la moneda, Elizondo señala otro buen punto. Una nación entera se beneficia de una población con niveles educativos altos, que es lo que los economistas llaman externalidades positivas —las hay negativas también, como la contaminación del auto que usted conduce y que los demás soportan.

Lo que se dice es que la educación superior debe ser subsidiada intencionalmente para bien del país ya que la educación que ello produce es de beneficio para todos en ese país.

De acuerdo, un país con mayor nivel educativo es un país con mayor probabilidad de progresar y algunas investigaciones señalan el hecho. No es un bien público, pero sí es un bien deseable, muy deseable, lo que lleva a otra consideración de índole práctica que también señala Elizondo y que explico de la manera siguiente.

Un presupuesto de educación pública cualquiera en cualquier país debe ser asignado a dos grandes rubros. Sin remedio es un presupuesto limitado y se asignará a dos partidas grandes, o a la educación básica o a la educación superior.

Si ambas son gratuitas o casi, sus demandas serán muy elevadas y la decisión de asignación de fondos enfrentará una situación alucinante:

• Lo gastado en educación básica llega en mayor proporción a los segmentos de bajos ingresos que a la de altos ingresos.

• Lo gastado en educación superior llega más a los segmentos medios y altos que a la de ingresos bajos.

Los recursos asignados a la educación superior pública, por tanto, disminuyen el monto de los fondos que pueden ser dados a la educación básica y esto es contrario a todo sentido común.

Pero, la situación empeora por otra razón —por su mera repetición insensata, la ciudadanía toma como digna sagrado que la educación superior debe ser gratuita y que todos deben tener acceso a ella, sin pensar que esa educación está dañando severamente a la educación básica, que en México al menos es de extrema baja calidad.

Otro efecto negativo de los subsidios a la educación superior es la creación de una casta privilegiada de funcionarios que viven de presupuestos sobre los que no tienen que presentar cuentas y que nunca son suficientes.

Esta casta es la que en la reunión antes mencionada se lamentó de la existencia de instituciones que son competidoras —escuelas superiores que se mueven por ese despreciable afán de lucro que la casta no entiende.

Esta reacción es lógica, pues esas universidades públicas no están acostumbradas a otra cosa que pedir más recursos que ellos no saben cómo obtener de otra manera.

Al final, me quedo con un mal sabor de boca, pues quienes están a cargo de la educación superior deberían entender estas cosas —las instituciones subsidiadas dañan a gente de bajos ingresos y la educación es un servicio.

Si no las reconocen es por tener una mala educación ellos mismos o haberse vendido a los fondos gubernamentales.