Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Monopolios Sentimentales
Eduardo García Gaspar
5 febrero 2007
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Ha sido reportada una situación en verdad notable. Se dijo que la Alianza Nacional de Marina Mercante en México ha pedido algo al gobierno mexicano. Le ha solicitado que mande a Pemex, el monopolio estatal de petróleo, a usar los astilleros de esa alianza para reparar los barcos de la empresa gubernamental.

La razón de esa petición es la de siempre, crear y mantener empleos, pues esos astilleros están sin trabajo. Sería lo mismo que el propietario de un restaurante solicitara que por ley se obligara a la gente a ir a comer a su establecimiento.

O que el gobierno forzara a que usted y yo comprásemos ropa de cierta marca, la fabricada por quien no tuvo otro mérito que el de tener contactos en el gobierno para aceptar tal disposición.

Lo que esa alianza de astilleros desea es tener un monopolio, cosa ilegal en México en teoría al menos pues los hay y son enormes. Un monopolio de reparación de barcos de una empresa para lograr ventas y trabajos ficticios, creados por la ley no por la voluntad del cliente. Igual que obligar a Pemex a usar otros proveedores mexicanos por ley. En esto habrá un beneficiado, la alianza marina, pero el resto saldrá lastimado.

Pemex, que es la fuente principal de ingresos gubernamentales, pagará más por las reparaciones de sus barcos y eso mermará los ingresos del gobierno y las obras que haga con su presupuesto, lo que daña al resto del país.

Todo por el pretexto de crear empleos o mantenerlos en lo que posiblemente sea una serie de astilleros que cobran más que otros por su trabajo. Si de verdad quieren trabajo, que compitan con el resto y que ganen contratos de reparación con Exxon y otras más, que de eso se trata, de ser eficientes, no de vivir de favores gubernamentales.

Detrás de peticiones de ese tipo se esconden egoísmos sectoriales que lastiman al resto de las personas. Egoísmos que se usan fachadas que suenan muy bien, como la creación de empleos, pero que llevan a resultados opuestos a los buscados. Todos verán los empleos creados y mantenidos en esos lugares, pero no verán los empleos perdidos o dejados de crear en otras partes.

Si usted va a comer al restaurante que quiere y si la empresa en la que usted trabaja puede comprar la papelería con el proveedor que más le conviene, dejemos que esa empresa estatal use los astilleros que quiera donde se encuentren. Lo que nos lleva a otra consideración, la del monopolio petrolero mexicano.

En México podemos comprar la marca de cerveza que deseemos, pero no la gasolina que queramos. A pesar de prohibir monopolios, nuestra constitución de contradice a sí misma y permite que exista Pemex. Es el ejemplo que la alianza de astilleros quiere seguir: quiere ser otro monopolio y va a la autoridad por una razón sencilla.

Sin la autorización de los gobiernos, los monopolios no existirían. Ellos requieren de la protección gubernamental para existir como únicos proveedores del bien que producen. Las consecuencias son las obvias: ganancias mayores a las que se tienen dentro de un sistema de competencia y productos de menor calidad y mayor precio… que es lo mismo que haría el dueño del restaurante al que se nos obligara a ir, ganar más y no tener incentivos para tratarnos bien.

Una de las causas que he escuchado a los economistas usar para explicar el limitado crecimiento económico mexicano es la frase “regulación ineficiente de los mercados”. Lo que con ello quieren decir es la intromisión indebida en las decisiones de compradores y vendedores que se ponen de acuerdo entre sí.

Obligar a Pemex a usar un proveedor es una regulación ineficiente de mercado que causa una elevación en los costos de la empresa. Si produjera una disminución, esos astilleros serían los seleccionados sin necesidad de ley.

Otra regulación ineficiente de mercado es la existencia misma de Pemex, la que impide la existencia de otras petroleras y viola derechos de usted y míos. Muchas de esas regulaciones ineficientes se hacen con buenas intenciones sin duda, pero resultan ser en verdad reclamos sectoriales de grupos que buscan su beneficio a costa del daño a terceros. El caso que nos ocupa muestra esto notablemente.

La clave, créame, está en no sucumbir a las emociones con las que esos grupos chantajean  a la autoridad y a nosotros también. Las lágrimas y los lamentos que lanzan son egoístas y dañinos.



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