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La historia es la siguiente, según la narra Kristyn Birrell (Publications & Program Coordinator en la Foundation for Research on Economics and the Environment, Bozeman, Montana) —y vale la pena conocerla. Un país, un caso real. Su gobierno tomó una decisión, la de quitarse de encima a las ayudas y subsidios agrícolas —lo que causó lo obvio, reclamos y gritos de protesta. Lo normal que en todo país habría sucedido. Esos programas de ayuda al campo llevaban más de 20 años y habían llegado a ser un tercio de la producción agrícola total. De un plumazo, por decreto de gobierno, los subsidios desaparecieron —con una transición, dice Birrel, que no fue simple y tomó 6 años. Las estimaciones fueron de hasta 10% de quiebras en las granjas, pero en realidad fue 10 veces menor. Hubo ayudas para quienes salían de la actividad. Eso cambia las cosas y lo hace drásticamente —antes, las decisiones de producción eran tomadas de acuerdo con los subsidios: gracias a ellos, en ese país, se tuvo un exceso de 6 millones de corderos que terminaron como fertilizante porque sobraban. Ahora, las decisiones de los agricultores y ganaderos están orientadas por los que los consumidores quieren —decreció el número de ovejas, aumentó el de vacas, se diversificaron los cultivos y comenzaron proyectos de turismo rural. Es un caso claro de leyes económicas, o mejor dicho, de incentivos —el fertilizante, si es dado con subsidio, va a ser usado de manera menos eficiente que si es comprado por el agricultor a precios de mercado; los borregos van a ser criados si eso es lo que sirve para obtener subsidios, aunque nadie los quiera. Sin subsidios, los estímulos cambian y las personas reaccionan con lógica para dar al consumidor lo que desea, ya no lo que incentiva el burócrata. La competencia pone estímulos a la innovación y por eso eleva la productividad. Birrel dice que la productividad del trabajo se duplicó. La de la tierra se elevó 85%. Fue el sector de mayor crecimiento de productividad en ese país. El 90% de la producción de este tipo se exporta y los productores pueden competir con los agricultores de países que mantienen sus subsidios. La población agrícola es de igual tamaño que antes y sus tierras han aumentado de valor. Si antes de retirar los subsidios se hubiera hecho caso a la opinión convencional, ellos seguirían existiendo, allá en Nueva Zelandia —muy pocos habrían opinado sobre las ventajas de hacer eso: agricultores, ganaderos, intelectuales, burócratas, casi todos se habrían opuesto a ese retiro. Pero se hizo y resultó bueno, mucho mejor que la situación anterior. Tanto, que los mismos afectados piensan que lo mejor que pudo haber pasado es que se les quitaran esos programas de ayuda. Más específicamente, Birrel dice que,
Las lecciones a aprender:
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