Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Perfección: Expectativa que Daña
Eduardo García Gaspar
30 octubre 2007
Sección: POLITICA, Sección: Análisis
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El arreglo social basado en el Equilibrio del Poder no nos llevará a un mundo ideal y perfecto. No puede prometerse perfección alguna, aunque ese principio sea posiblemente el camino mejor para hacer de la vida terrenal algo razonablemente aceptable. Hablo de camino y de vía, porque el valor supremo a defender es la libertad de la persona y el principio del Equilibrio del Poder es una herramienta de defensa y preservación. Muy útil, pero una herramienta al fin.

No es posible que alguien pueda por sí sólo darnos un sistema social ideal, sin defectos, que en esta vida garantice bienestares sin límites para todos. Tan solo recordemos que debemos ser cautelosos en extremo con ése que promete milagros sin sacrificios y bienestar sin trabajo, porque no deja de ser él un loco por más disfraz científico que use para arroparse.

La sociedad que funcione bajo el principio del Equilibrio del Poder tendrá enormes beneficios, pero no estará exenta de serios defectos.

Es seguro que dentro de una sociedad de poder equilibrado se sufra de gobernantes malos, de debilidad de su política exterior, de abusos de la libertad, de exceso de progreso, de abusos de la mayoría, de movimientos desordenados, de la atracción a la intervención gubernamental en épocas de crisis, habrá quejas de ciudadanos refinados ante la vulgaridad de manifestaciones artísticas y se tendrán otras desventajas (Tocqueville, Alexis de, La Democracia en América, Aguilar, 1988).

No debemos, por tanto, desarrollar expectativas irreales sobre los resultados de este principio de equilibrar poderes, pues no dejará de haber conflictos, problemas y necesidad de trabajo. Conocer las desventajas de este arreglo social basado en el Equilibrio del Poder hace posible un mejor entendimiento del mismo y evita cometer el error de hacer una comparación tramposa entre dos sistemas, cuando ven las ventajas teóricas de una tesis y las desventajas reales de la contraria.

Una aclaración previa

Antes de entrar en materia, debemos recordar que las sociedades de poderes equilibrados se rigen por principios que hacen posible el aprovechamiento de la espontaneidad de los ciudadanos y su talento. Una clave del éxito de la sociedad de poderes fraccionados está en el cambio, en la capacidad de la sociedad para generar ideas mejores y aprovecharlas, sin jamás creer estar en un estado ideal de cosas. Las obras humanas son imperfectas y sujetas a mejora con aportaciones de otros.

Esa es la historia de la civilización. La civilización es el producto de una serie enorme de pequeñas contribuciones individuales que van siendo corregidas, aumentadas, modificadas y desechadas por la acción de nuevos ciudadanos.Estos frecuentes cambios hacen especular sobre la idea de que la sociedad es un ser de cierta manera vivo, que en el momento de dejar de cambiar, muere. Los cambios y modificaciones ininterrumpidos de una sociedad presentan la aparente imagen de una sociedad relativa, en la que todo cambia o puede cambiar, en la que nada hay fijo.

Si bien un observador superficial puede quedarse con esa impresión, al ver al fenómeno humano con mayor detenimiento podrá ver que existen principios fijos e inmutables, que son algo como las reglas básicas del juego, unos pocos principios sencillos y simples de comportamiento, que son aplicados a cada nueva circunstancia compleja que creamos los hombres. Los principios son pocos y sencillos, las situaciones son numerosas y complejas. Esta es quizá la más grande de las desventajas del Equilibrio del Poder, pues su entendimiento requiere un cierto esfuerzo de la razón.

Gobernantes imperfectos, ciudadanos nostálgicos

En una democracia cualquiera puede llegar al poder. A los puestos del gobierno pueden llegar idealistas sin sentido práctico, sedientos de poder, corruptos, incapaces, tontos, como también pueden llegar personas inteligentes, visionarias y racionales.

La visibilidad de este defecto es mayor en las sociedades de poderes fraccionados que en las sociedades cerradas, donde los gobernantes tienen a su disposición más medios para ocultar sus imperfecciones. Es un error grave sucumbir a la idea de que las elecciones de gobernantes nos garantizan la selección de los mejores candidatos a puestos de autoridad civil. Si eso creemos, con facilidad nos decepcionará la democracia. Las elecciones son sólo un medio, un instrumento de equilibrio, que hace que el gobernante no pueda permanecer demasiado tiempo en el poder.

Quien en una democracia ve la vulgaridad, la deshonestidad, la falta de preparación y los errores de los servidores públicos puede desilusionarse con facilidad y tornarse partidario de regímenes autoritarios que son los que poseen gobernantes igualmente malos pero imposibles de cambiar pacíficamente y siempre disfrazados en ropajes mesiánicos.

Gran desventaja del Equilibrio del Poder es la visibilidad de la imperfección del gobernante y la escasa visibilidad que tienen sus mecanismos contra abusos de poder. Si alguna nación pasara abruptamente de un sistema dictatorial a uno democrático, sus habitantes sufrirían un fuerte golpe en sus concepciones políticas: el gran gobernante de imagen mesiánica, de actuar secreto, mente visionaria y soluciones inmediatas da paso al simple gobernante de poder limitado, igual que el resto, sujeto a críticas y con problemas inmediatos; será en extremo difícil que estos ciudadanos comprendan las ventajas ocultas del equilibrio del poder y muy posiblemente deseen regresar a lo que conocen y suponen mejor.

Votos de mayoría, no de totalidad

El hecho de que sea el voto popular el que lleve a los puestos públicos a sus ocupantes implica que ellos llegan allí sin un apoyo total. Es el caso de algún gobernante que llega a alguna posición importante con, digamos, el 50% de los votos, lo que significa que la mitad de los que votaron prefirieron otros candidatos. Ese gobernante se equivocará mucho si presupone la solidaridad y la unidad de la ciudadanía en torno a su gobierno, pues una muy buena parte de las personas hubieran preferido ver a otros en su lugar. Estos números son aún más dramáticos si vemos que solamente votó, digamos, el 60% de la población, lo que significa que en realidad votó por el ganador de las elecciones el 30% de los votantes posibles.

Simplemente las elecciones llevan a puestos gubernamentales a personas que no tienen cuantiosos apoyos populares y esto es parte del Equilibrio del Poder, algo positivo, pues no da extremo poder al gobernante que siempre sabrá que un buen número de ciudadanos no le ha dado su apoyo abierto.

Alguno observará que aún siendo eso positivo significa que en el caso de un buen gobernante, éste no contará con buen nivel de apoyo y que eso le impedirá en alguna proporción hacer cosas positivas para el país. Sí, ésa es una desventaja de la democracia y de las elecciones que fragmentan los poderes. Es preferible este defecto a correr el riesgo de dar demasiado poder a un gobernante de malas decisiones.

Las situaciones se hacen todavía más extremas cuando se ve que los gobiernos tienen sus poderes divididos y que son reales los casos de diputados, senadores y presidente pertenecientes a diferentes partidos. La primera reacción ante la división de poderes puede ser una de simple y sencillo sentido común. ¿No se tendrá así un gobierno ineficiente, incapaz de actuar y atorado? Esos poderes se quedarán en reposo y podrán ser hasta inactivos, pero por el movimiento necesario de las cosas, estarán obligados a moverse y se verán forzados a actuar por común acuerdo (Montesquieu, Del Espíritu de las Leyes, Altaya, Grandes Obras del Pensamiento, 1993, pp. 113- 121).

La clave es entender que la sociedad basada en el Equilibrio del Poder no busca a los mejores para que ellos gobiernen con carta en blanco.

El principio establece reglas de gobierno para que cualquiera pueda gobernar sin poseer un poder exagerado que lastime la consecución de la felicidad individual de los ciudadanos. Es esto lo que produce tranquilidad y confianza en el ciudadano, que al no temer abusos de la autoridad y saber que sus derechos están cuidados, dará lo mejor de sí y, sin quererlo abiertamente, será un agente de gran beneficio para todos, aún para quienes no conoce. Desde Aristóteles se ha mencionado que los habitantes de naciones democráticas no temerán acciones erráticas y caprichosas de gobierno y disfrutarán de la visión de un futuro no sujeto a los antojos gubernamentales (Aristóteles, Política, Editorial Porrúa, Colección Sepan Cuantos, Número 70, 1994, pp. 216-217).

Intelectuales y elites

Una sociedad democrática, además, no favorece la formación de elites de mecenas patrocinadores de artistas y de pensadores o intelectuales al estilo de regímenes aristocráticos y centralistas. Los artistas y los intelectuales estarán sujetos a la opinión individual de los ciudadanos. Sus ingresos derivarán de su capacidad para satisfacer las necesidades de muchos a quienes, probablemente, puedan considerar inferiores y hasta vulgares.

Mientras que en una sociedad de régimen centralizado, el intelectual y el artista buscan refugio en quienes tienen a su cargo la conducción de la sociedad, en una sociedad de poderes equilibrados la autoridad no asume ese papel protector. Los artistas y los intelectuales deben acudir a los ciudadanos particulares para obtener su sostén. El protector del arte y la cultura ya no es la autoridad política, sino el particular, y esto puede ser muy chocante para el artista o el intelectual, quien debe ahora convencer y competir en la sociedad y no en las elites.

Además, una sociedad de poderes diversificados generará tal abundancia de satisfactores y de riqueza que será posible la realización de enormes obras y manifestaciones. No todas ellas serán consideradas positivamente por los artistas y los intelectuales.

La libertad de iniciativa producirá obras de talento, pero también manifestaciones vulgares y de mal gusto o de mediocre calidad, criticables por espíritus más educados y refinados. Esto es inevitable y, por tanto, el artista tendrá una mayor preferencia, lo mismo que el intelectual, por el sistema que más cómodos patrocinios le otorgue y produzca obras más refinadas. Esto convertirá a personas de alta influencia en promotores del centralismo y sus variaciones. Estos son defectos que hacen poco atractivo al principio del Equilibrio del Poder entre los ciudadanos refinados, los intelectuales y los artistas.

Un régimen aristocrático y centralizado, desde luego, será más distinguido y más capaz de logros refinados y dará mayor bienestar a los pocos que forman la elite. Un sistema de poderes equilibrados quizá nunca llegue a ese nivel de refinamiento, o lo haga mucho después de su inicio, al tener ya elevados índices de felicidad personal. Pero mientras eso llega, las personas refinadas y los intelectuales deben sentir muy poca inclinación por la sociedad de poderes equilibrados, llena de obras vulgares y de dudoso mérito, por lo que su influencia muy posiblemente se use para querer establecer un régimen de poderes concentrados.

Mundo feliz imposible: demasiadas opciones

Un régimen de libertades presenta al ciudadano una situación de tal cantidad de opciones de conducta que sería imposible proyectar sus consecuencias posteriores aún usando la más poderosa de las computadoras. Nunca podrá ningún hombre decir que en esta vida ha llegado al mejor de los mundos posibles, simplemente porque hay tantas posibilidades que ningún instrumento podrá jamás calcularlas. Ante tan vasto panorama de opciones debemos primero reconocer que jamás viviremos en el mejor de los mundos terrenales.

Será un buen mundo, superior a los de sociedades centralizadas, pero nunca el óptimo; esto, desde luego, será causa de presión para buscar otros métodos y fórmulas, terceras vías, que intenten ese imposible del mejor de los mundos, lo que puede hacer aplicar sistemas sociales limitativos de la iniciativa individual.

Más aún, ese número cósmico de opciones posibles de conductas, aun dentro de las restricciones impuestas por la ley y por la moral, es tan grande que nos hace a los humanos usar sistemas de decisión que simplifican el número de opciones.

Si no creemos en la terrible magnitud del número de opciones, pensemos en alguna de las más sencillas y hagamos los cálculos de posibles actos. Supongamos que vamos a ver un espectáculo, tomemos el número posible de espectáculos que hay, incluyendo teatros, cines y otras alternativas, multipliquemos eso por los horarios posibles, luego por el día de la semana en el que deseemos asistir, luego por las posibles compañías de amistades, luego por los restaurantes a los que se puede cenar, con las miles de posibles combinaciones de platos de la cena. Veamos que en la simple decisión de unas pocas horas de un día de nuestra vida las opciones de acción están en números inmensos.

Esa es una gran carga que simplificamos sin darnos mucha cuenta de ello. Por ejemplo, las selecciones que otros hacen pueden convertirse en ejemplo que seguimos, como en las modas del vestir. Esto es normal, pero hay que temer que aparezca la uniformidad y la comodidad y que ellas sustituyan a la innovación, a la imaginación y a la disidencia. Peor aún, puede nacer la opresión de la mayoría, que sin peso legal cae sobre el individuo como la peor carga, la que más le lastima y le oprime (Mill, John Stuart, On Liberty and other Essays, Oxford University Press, 1991, On Liberty, I Introduction, pp. 5-19).

Adicionalmente, por diseño, las sociedades regidas por el principio del Equilibrio del Poder imponen grandes responsabilidades sobre los individuos, quienes deben tomar decisiones propias y soportar las consecuencias de sus actos sin salidas fáciles de reclamo y búsqueda de remedios. Es posible que algunos individuos no acepten esa carga y que deseen renunciar a la libertad, u opten por conductas dóciles y sin iniciativas, lo que ataca la raíz del sistema social que se basa en la suma de millones de iniciativas individuales generadas por valores de inconformidad, crítica y descontento, que llevan a la innovación y a la exploración de lo desconocido.

Quien ve a su casa incendiada, sin seguros, tendrá que enfrentar esa situación por sí mismo sin sentirse con derecho a exigir a la sociedad ni al gobierno la restitución de eso que mal cuidó; al igual que aquél que fracasó en el intento de un nuevo restaurante que no atrajo suficiente clientela. Es natural esperar el rechazo de esas responsabilidades por parte de quienes conciben al gobierno como una fuente de ayuda para la solución de sus problemas personales, ellos renuncian a sus responsabilidades y con ello transfieren su poder al gobierno, lo que constituye un desequilibrio con todas las consecuencias que eso acarrea.

Paz y equilibrio

Pasemos ahora a un defecto de más fácil explicación. Mientras que un dictador puede ejecutar acciones de política exterior con total libertad personal, el poder ejecutivo de una nación de poder equilibrado no posee esa amplitud de acción. Una nación democrática se percibirá débil en el terreno de las relaciones gubernamentales internacionales. Su presidente tiene que consultar con el congreso y su poder es momentáneo. Eso no sucede en países con dosis de totalitarismo, donde sus gobernantes son fuertes y no están sujetos a las limitaciones del Equilibrio del Poder.

Esto tiene una consecuencia. El Equilibrio del Poder es una fuerza en favor de la paz, puesto que fragmenta la autorización para hacer la guerra. Será mucho más probable que un conflicto bélico sea iniciado por una nación en la que no se aplique ese equilibrio, que por una donde sí se aplique (Lane, Rose W., The Discovery of Freedom, Laissez Faire Books, 1984, p. 186). Basado en la creencia que el ciudadano desea alcanzar crecientes niveles de felicidad personal y dado que la guerra significa una alteración grave de esa intención, el principio del Equilibrio del Poder es una fuerza pacificadora.

La debilidad comparativa de las naciones democráticas en la política internacional, será de alguna manera compensada por su fortaleza económica y cultural (Kennedy Paul, The Rise and Fall of the Great Powers, Vintage Books, 1989, p. 439). El arreglo social del Equilibrio del Poder es propicio a la abundante creación de satisfactores económicos y culturales. Será, pues, lógica la situación en la que los países con poderes fragmentados se conviertan en potencias económicas y de influencia en otros países. Serán envidiados y admirados al mismo tiempo, y acusados de ejercer influencias sobre otras naciones. Serán exportados sus bienes y sus satisfactores.

El efecto de esta fortaleza económica y cultural es doble. Por un lado, ella puede considerarse positiva en el sentido de que esa actividad económica sirve de ayuda a otras naciones, sean o no desarrolladas, ya que les permite a sus ciudadanos una mayor cantidad de satisfactores y, por tanto, una elevación en el nivel de felicidad personal.

Pero, no hay duda de que la superioridad económica y cultural provocará recelo y sospecha de dominio, en alguna proporción justificada. Sobre bases reales e imaginadas, el problema de esta reacción natural será descartar, como influencia no deseada, el esquema de fondo que produjo ese éxito económico y cultural.

Esto significa que muchas naciones tendrán ciudadanos que expresarán su oposición a las ideas de Equilibrio del Poder, de democracia y de libertad de creencia y expresión, argumentando que ellas serían una forma de dominio por parte de las naciones que las practican. Las naciones que sigan los principios del Equilibrio del Poder, por tanto, vivirán una paradoja. Por un lado, su sistema de gobierno poco poderoso hará muy difícil tomar la iniciativa de eventos bélicos. Por el otro lado, su progreso, bienestar y poderío, comparado con otras naciones que no sigan el Equilibrio del Poder, le harán aparecer como naciones más importantes que otras y se verán involucradas en acciones de diplomacia exterior, una de las cuales puede ser la guerra.

Abusos inevitables

Donde hay libertad ella va a ser abusada, lo queramos o no. El remedio no es quitar la libertad, que es fuente de bienestar general, sino tener mecanismos que permitan que ella sea abusada en un mínimo aceptable. Sería un gran absurdo que los cuchillos fuesen prohibidos por causa de que ellos pueden ser mal usados. Por abuso se entiende la conducta de un individuo o grupo que afecta los derechos o intereses civiles de otro u otros.

Sabemos ya que como principio general la afectación de esos derechos es un acto ilegal que hace entrar al gobierno con poder de coerción, como cuando es cometido un robo en la casa de alguien. Son esos casos claros sobre los que no puede haber confusión, pues se trata rotundamente de violaciones a derechos innegables. Pero, ¿qué es lo que sucede cuando, por ejemplo, una persona comienza a decir improperios en una reunión de amigos insultando a los anfitriones?, o peor aún, ¿qué hacer cuando es exhibida una película insultante para alguna religión?

Es decir, hay tres tipos de acciones que son abusos de la libertad: uno es el de total claridad como el de un asesinato, o un robo, en el que todos están de acuerdo que se trata de un derecho violado y que justifica una acción gubernamental directa; otro es el caso de violaciones a costumbres civiles o de buena educación, como el decir palabras vulgares en público o brincar el lugar de una fila de personas que esperan ser atendidas en un banco, lo que difícilmente justifica una acción gubernamental, y que es más bien dejada a medidas particulares para su corrección. Pero el tercer caso es un terreno mucho más resbaladizo en su solución, como el de una película que resulta insultante para una religión, o de un espectáculo considerado pornográfico.

No hay aquí claridad de decisión como en los anteriores, porque acciones como la de la publicación de un libro que ataca despiadadamente alguna creencia religiosa puede ser el producto del ejercicio de la libertad de expresión al mismo tiempo que la causa de terribles sentimientos entre los miembros de la iglesia atacada. ¿Qué hacer en estos casos?

Ninguna situación muestra mejor las dificultades del Equilibrio del Poder, pues este principio no da una solución precisa, tan solo indica un camino general que es el de preferir la existencia de esos abusos de la libertad a la opción de desequilibrar el poder y permitir que el gobierno censure eso y seguramente otras cosas después. Más aún, esa libertad de expresión que alguien usó para atacar alguna creencia religiosa o para ridiculizar a algún segmento social, es la misma que pueden usar quienes se sintieron atacados para responder con, quizá, otras publicaciones o incluso alguna marcha de protesta y el boicot a los libros del editor o la televisora, dejando intacta la libertad del resto de los ciudadanos.

Por tanto, una sociedad de poderes equilibrados será una sociedad en la que exista una cantidad de actividades reprobables, protestas y contra protestas. Se crearán movimientos de ataque y defensa de ciertas causas. Será una sociedad muy viva en actividades cívicas.

También, un defecto de este arreglo social será el aparecer como una sociedad desordenada, llena de movimientos encontrados, que podrá ser criticada por quien prefiere la tranquilidad y el orden de una sociedad pasiva y estacionaria. Lo que el Equilibrio del Poder señala es que es preferible para todos soportar la existencia de libros contrarios a nuestros valores y de cualquier otro abuso de la libertad que ataca nuestras creencias morales, que caer bajo el yugo de la autoridad erigida en juez de la moral, pues así ella anularía toda libertad. Desde luego, no es fácil el convencimiento en este sentido.

No somos perfectos

Volvamos al problema del Equilibrio del Poder en cuanto a la visibilidad que le da a la imperfección humana. Si los hombres tienen la libertad de manifestarse en su individualidad, es obvio que al mismo tiempo que podrán verse grandes realizaciones se verán manifestaciones vulgares y de dudosa ética, que serán entendidos por algunos como abusos de la libertad.

Quienes perciban esos abusos, posiblemente, realicen actos que tengan como propósito evitar que ellos se sigan cometiendo. La desventaja de un arreglo social fundamentado en el Equilibrio del Poder es, por tanto, la continua presencia de conductas libres que ocasionan reacciones contrarias y que son invitaciones a la intervención gubernamental.

Esta desventaja será agravada en el monto que ella moleste a quienes poseen alta educación y refinamiento y quienes tienen valores éticos y estéticos altos. Ellos verán con desprecio la vulgaridad de una sociedad lectora de novelas malas y espectadora de programas tontos en la televisión, mirarán con recelo una sociedad en la que los deportistas profesionales tienen ingresos superiores a los de personas de más valía y en la que películas sin calidad recaudan grandes ingresos de taquilla.

Sospecharán del valor alimenticio de alimentos populares y de la seguridad de juegos infantiles, verán como intolerables las obras de pintores que insultan la religión y los chistes de comediantes que se burlan de minorías. En una sociedad abierta, sin duda y sin remedio, se darán este tipo de conductas que serán percibidas por algunos como abusos. Esta desventaja se convierte en problema cuando se decide atacar el abuso seleccionando la vía más fácil, la de la reducción de la libertad por medio de la intervención gubernamental.

Este es un problema de visibilidad. Dentro de la sociedad centralizada la imperfección humana tiene efectos más profundos, pero menos visibles. El problema está en la reacción que los ciudadanos de la sociedad tengan hacia la imperfección humana visible.

La más natural de las reacciones será la de atacarla por medio del instrumento más poderoso de la sociedad, que es el gobierno. Si molestan las conductas de algunos empresarios, o de algunos artistas, los ciudadanos indignados querrán acudir a la autoridad para pedir su intervención. Este es un camino equivocado, pues causa un desequilibrio del poder, dándole demasiado al gobierno. Las soluciones a la imperfección humana, lejos de buscarse en la acumulación del poder, deben inspirarse en su diversificación.

Siguiendo el principio del Equilibrio del Poder, esos abusos pueden ser combatidos solamente si no interviene el gobierno; si interviene la autoridad para impedirlos, ello conduce al desequilibrio de poder y, por tanto, es contrario a la consecución de la felicidad personal. Pedir la intervención gubernamental para limitar la libertad de los demás, estará limitando también la mía para casos futuros.

Una clara desventaja del Equilibrio del Poder es la dificultad con la que pueden ser percibidos los mecanismos subyacentes que producen progreso. En la superficie, con facilidad podrá conocerse el conflicto entre la exhibición de una película insultante para una religión, pues los medios reportarán los hechos, los insultos, las marchas de protesta, las declaraciones. Mucho más difícil será entender que ese conflicto es una oportunidad para toda la sociedad de evaluar y analizar de nuevo sus principios y valores, para confirmarlos y afinarlos. Ya antes se ha dicho que las reglas básicas de este arreglo social son sencillas, pero que nuestra conducta compleja hace que esos principios invariables tengan que ser aplicados a problemas y situaciones desconocidos.

Satisfechos tontos

En otro terreno, el progreso notorio de una sociedad regida por el principio del Equilibrio del Poder incrementa la cantidad, calidad, diversidad y accesibilidad de los satisfactores, lo que con el tiempo generará aumentos notables en los niveles de felicidad personal. Todo esto es positivo, pues se trata precisamente de eso, de aumentar el bienestar general. Sin embargo, debe ser anotado un riesgo propio de la felicidad personal satisfecha en altos niveles. Conforme van siendo satisfechas las necesidades más urgentes, el número y calidad de ellas crece y se complica. Por eso es que en las naciones de altos estándares de vida se registran movimientos sociales que lucen extraños a los habitantes de países de menor desarrollo.

Es natural que donde las necesidades están satisfechas en un nivel alto los ciudadanos hagan formar parte de su felicidad el logro de causas como el trato humano a los animales, la emancipación femenina y otros movimientos sociales que resultan irrelevantes en sociedades en las que se tienen necesidades más urgentes.

Ese refinamiento de necesidades puede tener manifestaciones que pongan en peligro la tesis del Equilibrio del Poder, haciendo surgir la idea de que las nuevas necesidades percibidas requieren de la intervención del gobierno y no de acciones que aprovechen la libertad. Por ejemplo, en países de altos niveles de bienestar, es posible que surjan necesidades refinadas, como la de salvar una especie animal en peligro de extinción, la de señalar los peligros de la ingestión de sal y otras que sean tomadas por activistas preocupados por esa situación indeseable.

El peligro está en la posibilidad de que esos activistas propongan la intervención gubernamental para la solución de la situación, lo que produciría un desequilibrio la distribución del poder en la sociedad. Si los activistas, teniendo un alto nivel de necesidades satisfechas pueden inclinarse por conductas que minan el Equilibrio del Poder, también lo pueden hacer los ciudadanos no activistas. Estos ciudadanos, en alguna proporción vueltos indolentes a causa de los altos niveles de vida, dejan de interesarse en la vida política de la sociedad y en sus asuntos, lo que deja sin defensa a la libertad. Unos por reclamar la intervención del gobierno en los asuntos de la sociedad y otros por no protestar esa intervención, producen el mismo efecto.

Llegar a acuerdos

Un gran mérito del Equilibrio del Poder es el reducir a un mínimo la amplitud de los temas en los que es necesario que los miembros de una sociedad estén de acuerdo (Hayek Friedrich A., The Road to Serfdom, The University of Chicago Press, Chicago, 1976, p. 69). Es algo muy obvio: conforme aumenta el número de puntos en los que un grupo de hombres debe ponerse de acuerdo, disminuye el número de personas que concuerdan con esos puntos, y viceversa. De aquí la importancia de tener pocos y claros principios para tener así acuerdos de muchos y un nivel de convivencia razonable.

Esos puntos están contenidos en una constitución, una declaración de principios, o una ley común, que será la fuente de reglas concretas en leyes particulares. Pero esos principios son pocos y simples, referidos a la defensa y protección de los derechos de los ciudadanos, donde el común denominador es el Equilibrio del Poder.

Varitas mágicas y sistemas de corrección

Más aún, concibiendo al hombre como un ser imperfecto, es natural que ese sistema no pueda dar una respuesta definitiva a una enorme cantidad de problemas que la sociedad enfrenta. No es éste un sistema que dé las respuestas a todos los problemas sociales, sino uno que señala caminos para encontrarlas y ese camino es el de dejar actuar a la espontaneidad ciudadana que puede cometer errores, pero sobre todo, que puede corregirlos.

Aquí no se señalan las soluciones a los problemas de la criminalidad, de la drogadicción, del aborto, de la deserción escolar, de la pornografía, de los alimentos carentes de valor nutritivo. Para nada de estos temas específicos se da una solución concreta. Lo que sí provee el Equilibrio del Poder es una manera de encontrar soluciones sujetas a mejoras. No hay duda de que esta falta de respuestas desilusiona a quienes esperan creen posible el diseño de sistemas sociales que den respuestas inequívocas y perfectas a los problemas de la sociedad y propongan sistemas idealistas que desaprovechan el talento humano y provocan carencias graves en las felicidades personales.

El Equilibrio del Poder señala cómo es posible crear entornos en los que la solución a esos problemas es menos difícil y lo hace sin hipótesis irreales. Si los temas en los que la sociedad debe estar de acuerdo son pocos en número y se refieren al respeto de los verdaderos derechos naturales del hombre que persiguen la consecución de su felicidad personal, debe reconocerse la existencia de gran número de situaciones en las que esos principios tengan que ser interpretados a la luz de nuevas situaciones imprevistas y que tienden a ampliar los poderes del gobierno.

Es claro que esas situaciones nuevas no tienen solución es sencillas y que éstas deben intentarse cuidando de no desequilibrar los poderes.


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