Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Políticos Viejos, el Problema
Eduardo García Gaspar
30 enero 2007
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Quizá realmente no se requiera una nueva. La discusión lleva años, muchos. Y las opiniones se dividen en dos clases. Hay quienes piensan que es conveniente que México tenga una nueva constitución.

Hay quienes piensan que no la necesita. Quienes afirman que se necesita una nueva, dicen que eso es por la necesidad implícita en la democratización del país.

Quienes dicen que no se necesita, lo sostienen diciendo que todo lo que hace falta es aplicar la existente. Creo que tienen más razón estos últimos. La democratización mexicana en realidad no ha requerido de nueva ley máxima. Se ha limitado a aplicar la existente y que era una especie de letra muerta, o fachada externa de una realidad autoritaria. Recuerdo haber leído esta opinión en un escrito de L. Woldenberg. Coincido con ella.

La democratización mexicana, en cambio, sí necesitó leyes electorales nuevas e independencia de las autoridades electorales. Ya las tenemos, no son malas y pueden mejorarse. Aventurarse en cambio en la emisión de una constitución nueva bien podría ser un ejercicio contraproducente: si quienes están a cargo de la emisión de leyes aún no tienen habilidades para lograr acuerdos, una nueva constitución les pondría en un apuro mayor.

México podría quedarse estancado durante los años de discusión que eso significaría entre personas no entrenadas para ello. Pero hay más. La discusión de una nueva constitución pone sobre la mesa el tema equivocado y haría perder tiempo en extremo valioso. Los temas necesarios a tratar son los de la modernización del país, es decir, los cambios de instituciones viejas por nuevas.

Decía una persona hace mucho tiempo que los mexicanos tenemos una pasión enferma por la emisión de reglas, leyes y planes. Y que tanto tiempo dedicamos a esas labores que terminamos por no tener ninguna realización práctica. En caso de, por ejemplo, querer una constitución, intentaríamos la absoluta perfección lo que es imposible y para dar gusto a todos acabaríamos teniendo la peor.

Es cierto que la actual constitución es una cuyo primer artículo es erróneo y que hay partes que más parece leyes específicas que una magna. Pero eso puede corregirse sin necesidad de crear el problema artificial de desear una nueva carta magna. La cuestión se complica por otra causa de mayor fondo.

En un país obsesionado por crear “proyectos de nación” caeríamos en la interminable discusión de qué proyecto tener para el país. Es obvio que no todos estaríamos de acuerdo con el proyecto final, el que sería el de un proyecto impuesto por unos sobre todos. Es decir, acabaríamos teniendo una lucha por la imposición de las ideas de unos sobre otros: el peor escenario que usted pueda imaginarse, conducente a situaciones de violencia posible.

Queda entonces por decidirse el qué hacer para crear prosperidad creciente en México. Sabemos que el camino de crear una nueva constitución es miope y eso ya es ganancia. Nos queda intentar la modernización de instituciones y en esto hay dos caminos posibles. Sabemos que lo tenemos que hacer y lo podemos hacer con anticipación o bien, bajo presión cuando enfrentemos una crisis.

No hay duda que es preferible hacerlo con anticipación y ése es precisamente el corazón del reto del actual gobierno: lograr consensos de modernización de instituciones para que ellas sean propicias al crecimiento. Es un reto político y cultural, no económico. Sabemos lo suficiente de economía para saber qué hacer, pero las condiciones políticas y culturales son obstáculos serios a remontar.

Estamos, me da la impresión, en una situación mejor que la del gobierno anterior. Fox, mucho me temo, jamás comprendió la misión que tenía frente a sí y que era mucho mayor que el sólo ganar las elecciones. Creo que Calderón lo entiende mejor y que posee mayor oficio político, pero aún así la labor será gigantesca. Los partidos políticos que tenemos, los tres grandes, son muy pequeños mentalmente.

Sus riñas internas, su sed de poder, su miopía mental, todo eso es un obstáculo al desarrollo mexicano, no diferente a la ceguera de los grupos corporativistas que no alcanzan a ver más allá de sus bolsillos. Es decir, al final, el problema no es uno de una constitución nueva, sino uno de políticos viejos.


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