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Posesión Pública
Selección de ContraPeso.info
20 febrero 2007
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Análisis
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ContraPeso.info presenta un texto de James Sadowsky. Damos a Le Québécois Libre la consecuente referencia de su publicación. El tema examinado por el autor es la propiedad, pero al tratarlo da valiosas ideas al respecto de términos colectivos como el de “sociedad”.

James Sadowsky S.J. enseñó filosofía en la Fordham University, de New York City. Este artículo apareció por primera vez en “Left and Right” (Otoño de 1966) y en una colección de ensayos titulada “The Libertarian Alternative. Essays in social and political philosophy”, (Tibor Machan, ed., 1974). Posteriormente en 2003 fue publicado en Le Québécois Libre, de cuyo texto se hizo la traducción presentada a continuación.

Propiedad privada y posesión pública

Por James Sadowsky, S.J.

La filosofía ha engendrado un número de otras ciencias. Es, como lo sabemos, la madre de la física, la que solía ser conocida como “filosofía natural”. Y nadie ignora el hecho de que la economía fue lanzada por un moralista cuyo nombre era Adam Smith.

No debe sorprender esto cuando reflexionamos sobre el hecho de que las más generales nociones de todas estas ciencias son básicamente filosóficas. Existe, desde luego, el problema de determinar si en realidad hay algo que corresponda a las nociones en cuyas profundidades pretendemos entrar. En general la respuesta a este problema no nos está dada por los medios filosóficos; se nos da por la observación.

Entonces, ¿en qué difiere la filosofía de las otras ciencias? Ninguna línea divisoria, dura y rápida, puede ser trazada entre ellas. Ambos, el científico y el filósofo, analizan conceptos. Ambos se ocupan en observar.

Pero la gente llamada filósofos ha comenzado usualmente el análisis de los conceptos y ha hecho las observaciones más generales. Otros continúan lo que ellos comenzaron. A estos podemos llamar científicos. Prolongan ellos el trabajo iniciado por el filósofo, dejándolo libre para ocuparse de nuevas áreas, las que en su momento serán dadas a los científicos para su mayor refinamiento en el futuro.

Considérese la idea de libre intercambio. Podemos analizar esta noción y trabajar en sus implicaciones lógicas. Podemos también ocuparnos de encontrar si lo considerado como libre intercambio existe en la realidad y hasta qué punto. Ahora, preguntémonos si esta noción es propia de la filosofía o de la economía.

En el vacio, no hay realmente forma de contestar esa pregunta. En abstracto no es más una cosa que la otra. Podemos notar, sin embargo, que el desarrollo total de la idea y sus aplicaciones han sido logrados por un grupo de personas llamadas economistas. Y podemos, por tanto, definir a un economista como uno que ha desarrollado esto y algunas ideas más o menos relacionadas.

Hay una enorme cantidad de metafísica en los “Principia” de Newton, como hay una enorme cantidad de ciencia en la “Física” de Aristóteles. Es, por tanto, simplista hablar de uno como siendo un filósofo y del otro como siendo un científico. Es, mejor, una cuestión de más o menos. Podemos decir que Newton perteneció a la clase de esos que siguieron una cierta línea de investigación a un grado extraordinario y que hay suficiente cantidad de esas personas para permitirnos hablar de una clase de físicos.

Así que, quizá, no debamos hablar de si tal o cual está hablando de filosofía o de economía. Todo lo que podemos decir es que él ha ido lo suficientemente más lejos en un cierta cuestión de lo que lo haría la mayoría de las personas a las que llamamos filósofos. Si realiza un mal trabajo, decimos simplemente que salió de su campo. Pero no debemos decir: “Salió de sus profundidades, por lo que hizo un mal trabajo”. En su lugar, debemos decir: “Hizo un mal trabajo, por lo tanto salió de sus profundidades”.

Si todo esto comienza a parecer una apología de lo que voy a discutir, esto es porque lo es. Si no hubiese escrito este prefacio el lector estaría tentado a preguntarse lo que yo, un filósofo, está haciendo, filosofía o economía. Confío que esta cuestión sea ahora una menos interesante.

Propongo intentar una justificación de la propiedad privada y luego analizar el término “posesión colectiva”. Espero mostrar que este último carece de significado. Desafortunadamente, a menudo se presupone que sí tiene significado y la existencia de tal cosa con frecuencia es en realidad dada por supuesta incluso por aquellos potenciales defensores de la propiedad privada. Concluiré señalando un número de casos en los que esto sucede —para gran detrimento del debate económico.

Propiedad de uno mismo y derecho de propiedad

Empezaremos estableciendo nuestra tesis fundamental con respecto a la propiedad privada. Cualquier hombre tiene el derecho a adquirir bienes sin propietario previo, mantenerlos o darlos a otros según le plazca, usarlos o no según le convenga. Ahora intentaremos justificar esta proposición.

A menos que exista una confusión, sería bueno definir exactamente la manera en la que estamos empleando el término “derecho”. Cuando decimos que alguien tiene el derecho de hacer ciertas cosas queremos decir eso y sólo eso, que sería inmoral por parte de otro, solo o en combinación, impedirle hacer eso por medio de la fuerza o de la amenaza de usarla.

No queremos decir que cualquier uso de un hombre haga de su propiedad dentro de esos límites establecidos sea necesariamente moral. No negamos, por lo tanto, que uno pueda en muchas circunstancias tener una obligación de compartir su propiedad con sus prójimos. No se sigue que uno pueda con propiedad producir y vender drogas adictivas a quien sea que las desee. Lo que está mal, sin embargo, es el uso de la fuerza física para impedir que esas cosas sucedan.

Mencionamos esto para señalar el hecho de que no damos aprobación automática a lo que sea que ocurra en un mercado libre. No sólo esto, pero el mercado por sí mismo provee castigos adecuados a lo que nosotros podemos considerar formas indeseables de conducta. Como ejemplo, mencionemos a la “Legión de la Decencia”.

Al principio de los años 30 había una amplia desaprobación de muchas de las películas producidas en Hollywood. La Legión era extremadamente activa en la organización de un boicot de esas cintas. Ahora, si aprobamos o no ese esfuerzo particular, debemos notar que no descansó en la fuerza física y que fue efectivo en grado considerable. Confió en la actividad voluntaria y enteramente en la libertad de expresión.

También está el remedio del gesto de desaprobación. La mayoría de nosotros no quiere ser vistos como miserables; al contrario, deseamos ser conocidos como grandes benefactores de la humanidad e incluso algunos de nosotros quieren de hecho serlo. Sin duda, factores como estos han tenido influencia considerable en mucho de la filantropía durante éste siglo y el anterior. Podemos decir que el derecho del hombre a la propiedad nos dice no tanto lo que él propiamente haría sino más lo que otros propiamente no le harían a él. Es fundamentalmente un derecho a no ser interferido.

Ahora podemos preguntarnos en qué descansa este derecho. Deriva, diríamos, de un derecho anterior de propiedad de sí mismo. Cada uno de nosotros es propietario de sí mismo y sus actividades. Esto significa que no debemos iniciar violencia en contra de otros. Decimos “iniciar” porque podemos ciertamente emplear violencia en contra de quienes la iniciaron en nuestra contra. En otras palabras, podemos repeler a la violencia.

Supongamos ahora que de varias maneras despliego mi actividad sobre bienes materiales no humanos que no tienen propietario previo. ¿Por qué derecho puede alguien detenerme? Existen sólo dos posibles justificaciones: por tener el derecho a dirigir mis acciones usando la violencia (en otras palabras es mi dueño), o bien por tener propiedad sobre los materiales en cuestión.

Pero esto contradice los presupuestos que ya habíamos hecho: que cada humano es dueño de sí mismo y que los bienes materiales en cuestión no tenían un dueño previo. Este hombre está reclamando que es mi dueño o que lo es de la propiedad que yo creo que he adquirido. El único factor abierto a discusión es si el otro hombre ha adquirido de manera pacífica la tierra antes que yo.

Pero tratar este punto es conceder el derecho de propiedad privada que es lo que estamos tratando de establecer. Ahora, si ningún hombre tiene el derecho de hacer esto, se sigue que tampoco un número mayor puede hacerlo, por la misma razón de que lo que fue preguntado a A puede preguntársele a C y al resto. Desde luego, si esto es cierto de cada uno de ellos tomados por separado, no hay razón por la que pueden hacer lo mismo apropiadamente de manera conjunta.

Hay, por tanto, un derecho ilimitado de posesión. Esto aplica, sin embargo, sólo a lo que los otros no hayan adquirido antes. Esto suena obvio, pero aparentemente no lo es para muchos. Con frecuencia uno escucha el reclamo de que debe hacerse una redistribución de la riqueza justificado en que la división presente no permite a todos ser propietarios de tierras y que cada uno tiene el derecho de tener propiedades.

La equivocación debe ser clara: cada uno tiene el derecho de apropiarse de lo que nadie se ha apropiado aún. El derecho a apropiarse no tiene significado a menos que el que lo hace mantenga la propiedad que ha tomado. Y si uno mantiene lo que ha tomado, de allí se sigue que nadie tiene el derecho de retirársela por la fuerza.

El derecho de propiedad de uno mismo implica el derecho de dar a otros propiedades gratuitamente o por medio de un intercambio por otra cosa. ¿Qué derecho puede usarse para forzar a alguien a retener propiedad que es de él? De la misma manera, si un individuo puede dar su propiedad, también otra persona puede recibirla. Uno es el corolario del otro.

Toda objeción a la propiedad heredada es un ataque al derecho de un hombre a dar su propiedad. ¿De dónde se deriva la autoridad para forzar a un hombre a dar su propiedad a los individuos que nosotros le designamos? De seguro el beneficio de esas personas es tan inmerecido como a ése a quien el dueño original desea beneficiar con sus bienes.

Parece haber un prejuicio extremadamente poderoso en contra de riqueza no ganada. Pero es tan selectivo como poderoso. Los “liberales” objetan en su contra cuanto los receptores son ricos y a favor cuando son pobres. Algunos “conservadores” seleccionan la dirección opuesta. Estos últimos estarán en contra del ingreso anual garantizado sobre la base de que es inmerecido por el recipiente y le retira el estímulo de producir.

Ninguna de estas razones es válida. El mero hecho de que un ingreso sea ganado o no ganado es totalmente irrelevante y a pesar del hecho de que una persona no productiva sea algo malo para nosotros, eso no nos da la autoridad para forzarlo a ser productivo. La real respuesta a los proponentes de esos subsidios es que ellos implican un robo a los legítimos propietarios.

Nada tiene esto que ver con si favorecemos la “Ética Protestante”. Al usar ese tipo de argumentos, los “conservadores” caen en manos de sus oponentes, quienes tienen un día alegre al señalar todo tipo de dificultades en contra de esa ética. El ingreso no ganado del rico está justificado porque pertenece a ellos; mientras que el de un hombre recibiendo ayuda del gobierno no lo es porque es propiedad robada de su dueño legítimo.

Es ciertamente apropiado señalar a esos que favorecen tales medidas que la mayoría de la gente a quien este ingreso motivaría a no producir, eventualmente empobrecen más de lo que son —esto a causa de desconocer ellos los efectos económicos de largo plazo. Supóngase que incluso sin dinero del gobierno (welfare payments) las preferencias por el ocio incrementaran enormemente. Todos seríamos más pobres por su falta de producción. Pero este hecho no justificaría que los forzásemos a producir. La única alternativa legítima sería vivir en otra parte.

El hombre tiene el derecho de usar o no su propiedad según lo crea conveniente. Por uso entendemos cualquier alteración en la constitución física de la cosa de la que se es propietario. Una vez que la propiedad ha sido apropiada, el dueño puede dejarla sola o alterarla en cualquier manera. Muchos objetan a la continua propiedad de tierra sin mejoras sobre la base de que el propietario nada ha hecho por elevar su valor.

Si acaso llegara a venderla, él obtendría algo sin esfuerzo de su parte. De nuevo aquí está implícita la falacia de que la ganancia sólo está justificada hasta el punto en el que es resultado de miseria pasada —una doctrina que Marx y otros heredaron de los Escolásticos. Pero más básicamente, descansa en una suposición falsa: que al transformar un objeto se puede elevar su valor. No hay tal cosa como valor en el objeto. Los objetos son valorados por la gente: lo que es valorado por la gente es la realidad física. ¡La gente no valúa los valores¡ La única manera para transformar la valuación de lo que yo tengo es el hipnotismo.

Cierto, podemos cambiar la constitución de los objetos para corresponder a las futuras valuaciones de las personas. Pero hay que notar que no hay certeza absoluta de lo que esas valuaciones serán. Puede muy bien suceder el caso de que la gente valúe el objeto en su forma original. Si eso sucede, todos mis esfuerzos habrán sido en vano. En este caso, me hubiera beneficiado a mí y al otro mucho más al hacer nada. En otras palabras, el dueño de a propiedad realiza una acción empresarial. Debe predecir las futuras valuaciones que él y otros harán, para actuar o no como corresponda. Él es “premiado”, no por su trabajo, sino por su buen juicio.

Esta es una lección simple, cuyo aprendizaje le hubiera evitado al mundo una gran cantidad de miseria. Desafortunadamente el mundo parece tan lejos de aceptarla como siempre. La visión de que uno debe ser premiado por sus propios esfuerzos es parte de la Sabiduría Convencional y uno la encontrará en la lengua de ambos, liberales y conservadores.

Una de las razones por las que el Marxismo siempre encuentra oídos atentos es que antes de escucharlo las personas sostienen una teoría básica del valor. Y es un asunto fácil para los marxistas mostrar a esa persona que la manera en la que se pagan los salarios concuerda muy poco con las ideas comúnmente aceptadas de justicia. Lejos de atrasar la aceptación de las ideas Socialistas sus convicciones religiosas tenderán a acelerar el proceso. Lo atestigua el número de clérigos que han caído en esta trampa.

Justicia y propiedad de tierra

Hasta aquí, entonces, los principios básicos conectados con la noción de la propiedad privada. La triste realidad de Inglaterra al final del siglo 18 y principios del 19 era bastante diferente a la de la situación ideal. Si duda la extensión de la miseria que prevaleció después de la introducción de economías más o menos libres ha sido grandemente exagerada.

En realidad habría habido aún más miseria si este sistema no se hubiera introducido. Esto nos lleva a creer que hubo algo radicalmente equivocado antes del cambio y a lo que nunca se ha dado la atención que merece. Mientras que la mayoría de las restricciones terribles de la actividad económica fueron retiradas, las grandes posesiones feudales de tierra fueron dejadas sin tocar en nombre del respeto a la propiedad privada.

Como sabemos estas posesiones fueron mayormente el resultado de conquistas o concesiones de tierra. Es altamente dudoso que estas posesiones pudieran haber logrado su tamaño en un mercado libre. La justicia hubiera dictado la división de esas tierras entre los agricultores. Desafortunadamente eso no se hizo.

El resultado fue que unos pocos individuos tenían votos en el mercado más allá de lo debido y pudieron ser capaces de determinar el curso de los eventos. Estos fueron responsables del espectacular monto de inversión y consiguiente crecimiento económico del área. No hay duda de que tenemos más bienes a nuestra disposición ahora por causa de lo que sucedió entonces.

Supongamos que la tierra se hubiera dividido. Probablemente la agricultura hubiera sido una industria mucho más importante en Inglaterra. Es también probable que la tasa de consumo hubiera sido mayor. Esto hubiera significado menos inversión, menos “crecimiento”. No nos hubiéramos dado cuenta ahora. Suponiendo cierto todo esto, ¿qué con ello?

La pregunta principal es una de justicia. ¿De dónde saca un hombre la autoridad para requerir que alguien más use su propiedad en la manera en la que el extraño juzga que es la más económica? Es su propiedad y él tiene el derecho de usarla de la manera que le satisface. Si no quiere “crecer”, ése es un asunto suyo.

El hecho de que una generación futura pueda vivir mejor por causa de una tasa de crecimiento forzada en las generaciones previas es excusa de nada. Esto sería equivalente de permitir a generaciones futuras imponer impuestos a sus ancestros. La abstinencia forzada de consumo está constantemente siendo justificada sobre la base de que “estaremos mejor en cien años”. ¿Quiénes son “nosotros”? En cien años estaremos todos muertos. Y aunque no lo estemos, supongamos que queremos vivir mejor ahora. ¿Acaso no debe permitirse que los individuos actúen de acuerdo a sus propias referencias de tiempo?

La falta de voluntad de algunos para remediar una injusta distribución de las posesiones, argumentando que hacer eso sería anti-económico, es positivamente escandalosa. Después de todo, si el no remediar tan inicua distribución es justificable en nombre de la economía, entonces ¿no sería también legítimo crear un sistema injusto por la misma razón? ¿Por qué no tomar pequeñas propiedades y dárselas a aquellos que escogieran ahorra en lugar de consumir? Pero eso sería injusto. Es verdad, pero también lo es si se permite que la gente retenga posesiones que en realidad no les pertenecen.

Podemos ir más allá, sin embargo, y poner en tela de juicio la tesis de que el sistema de posesiones establecido en el tiempo en el que el mercado libre se instituyó fue el más económico. ¿Cómo puede saberse? Sobre el supuesto de lo que un mercado libre haya obtenido desde el principio, podemos decir que la distribución de la riqueza es la más económica. El tamaño de las posesiones de cualquiera tenderá a reflejar el monto en el que él satisfizo los deseos de esos con quienes hizo negocio. Ya que, ex hipotesi, nunca hubo coerción, todos se beneficiaron con los intercambios.

Ciertamente no puede decirse lo mismo de un sistema que pre-existió al de un mercado libre. Todo lo que podemos decir es que si las posesiones son dejadas sin tocar y que si el intercambio libre es introducido, entonces eventualmente un sistema satisfactorio se desarrollará.

Aquí, sin embargo, el largo plazo puede ser en verdad largo, y ¿qué sucede con los derechos de la gente mientras tanto? Ella preferirá consumir el pastel pequeño que es suyo por derecho. No es gran consuelo que la gente que posea lo que es en derecho suyo esté ocupada creando un pastel mayor que sólo pueda ser consumido por sus descendientes.

Estas consideraciones de seguro producen numerosas preguntas acerca de las situaciones en el mundo subdesarrollado. Obviamente uno de los grandes problemas es qué hacer con las vastas posesiones de tierra. Hay pocas dudas de que ellas no fueron adquiridas por medios legítimos. Porque ellas existen, grandes cantidades de individuos están condenados a una vida de miseria incluso dentro de sus propios estándares. Uno puede simpatizar con la mal guiada preocupación del reformador Marxista. Por otro lado, debemos explorar su enfoque bifurcado del problema de propaganda.

Es interesante que ese reformador apele a los campesinos con sus propuestas de dividir la tierra —una apelación efectiva porque por instinto el campesino cree firmemente en la propiedad privada y siente que ha sido defraudado de ella. A los obreros fabriles, sin embargo, el reformador cuenta una historia muy diferente. Les da a entender que la mentalidad capitalista del campesino es su enemigo real y promete que la tierra será tomada por el estado, de manera que los kulaks [granjero rico del Imperio Ruso] no podrán cargar a los trabajadores en la ciudad precios exorbitantes.

Cualquiera que entienda el funcionamientos del mercado libre puede ver que las políticas propuestas por los colectivistas están condenadas al fracaso. En su mayor parte, sin embargo, esos que sólo apoyan de palabra al mercado muestran poco deseo de cuestionar los arreglos de propiedades en estas áreas. Esta es la razón por la que poco tienen que decir que sea de interés a los pobres y oprimidos de esos países.

Esta gente, por tanto, ha llegado a asociar al mercado libre con la aprobación del status quo. Ellos no serían consolados mucho por el hecho de que a partir de ahora sus opresores fueran capaces de intercambiar entre ellos sin obstáculos. Todo lo que eso significa para el futuro previsible es que unas pocas migajas más podrían caer de las mesas de quienes se benefician de un intercambio más fácil.

Aquí de nuevo funciona el espíritu de la habilidad para crecer. “Estos países nunca se convertirán en industrializados a menos que las vastas extensiones se mantengan, y la tierra no será bien aprovechada si se divide”. ¿Podría un Marxista ser más crítico del libre mercado que esta gente? ¿No es acaso derecho de los reales propietarios el decidir hasta qué monto las áreas deben industrializarse?

También influyen ciertos intereses especiales que quieren justicia aquí pero no fuera. Algunos de ellos han comprado tierra de gente que en primer lugar no tenía derecho a ella; a otros los gobiernos han dado tierra que previamente había sido expropiada. Esto los hace una parte de la injusticia.

Obviamente muchas de las quejas justificadas en estos asuntos están mal dirigidas. Igual que estas empresa extranjeras apelarán a la santidad de la propiedad privada en sí misma, los nacionales echarán la culpa de sus males al sistema de propiedad privada en sí mismo, o atacarán a la inversión extranjera como algo malo en sí misma. Como en tantas instancias la gente es incapaz de localizar a su enemigo real. De seguro, si esta gente en verdad culpa de sus problemas a la libre empresa, los defensores de este sistema son en parte responsables de su error.

Hemos dado un análisis general de lo que involucra la noción de propiedad individual privada. Hemos intentado mostrar que este sistema está justificado por el más básico derecho de propiedad de uno mismo. Cuando apuntamos que la única causa por la que otros pueden impedir que una persona adquiera propiedad es un reclamo implícito de propiedad previa por parte de alguien más.

Pero conceder que alguien más es dueño de la propiedad es admitir que exista algo que es derecho de propiedad. Luego establecimos que nadie tiene la autoridad para interferir con el uso no agresivo de esa propiedad. Finalmente, es importante darse cuenta de que los bienes que han sido adquiridos de manera ilegítima no se tornan propiedad legal por virtud del mero paso del tiempo.

“Sociedad” y posesión colectiva

Hemos pospuesto hasta ahora el examinar una noción final: que los bienes de la tierra no pertenecen a los individuos, sino que están investidos en una entidad llamada “sociedad”. De alguna manera esta entidad es un todo del que cada uno es una parte. Se le concibe como teniendo derechos y deberes. Las acciones de las partes se permiten sólo hasta el monto en el que ayudan al todo.

El órgano por medio del cual la sociedad se expresa a sí misma puede ser un rey, un parlamento, o simplemente la mayoría de sus miembros. Supuestamente, lo que sea que ese órgano quiera, “nosotros” también queremos. Penetrante como es, esta teoría es bastante difícil de formular, por una buena razón. Es a menudo usada como la justificación esencial del gobierno.

El punto que debemos preguntarnos no es tanto si la sociedad tiene los derechos que se le atribuyen, sino si puede decirse que esa entidad existe y tiene significado. Cuando, sin embargo, usted pregunta qué clase de entidad pudiera posiblemente ser, usted es referido a varias analogías.

“Si usted afirma que la noción de ‘sociedad’ es ininteligible, usted debe también pensar que la noción del todo es incompresible”. Es en verdad difícil admitir que uno pueda existir sin el otro. Si, por tanto, la noción de “sociedad” deriva su plausibilidad de estas analogías podría ser que nos rindiera frutos preguntar un poco más sobre ellas. ¿Hay en verdad, en cualquier parte, entidades hechas de entidades, o somos las víctimas de un truco lingüístico? Si en parte alguna se encuentran esas entidades, entonces automáticamente esta noción de “sociedad” caería por los suelos.

Quizá el mejor enfoque del tema sería por medio de un examen de lo que significa un nombre colectivo. Como ejemplo, tomemos “equipo de béisbol”. Usaremos este término para designar muchas cosas que están unidas en una manera particular. En el caso que nos ocupa, cada hombre actúa en conjunto con otros para realizar un cierto patrón de actividades. ¿Tenemos literalmente uno nuevo ser que no existía antes de que esas personas unieran fuerzas? Ciertamente no.

Hablamos como si de hecho hubiera ahora una nueva entidad, usamos la palabra “equipo” como el sujeto de una oración, reemplazamos la palabra “equipo” con “él”. Pero estamos conscientes de que al hacerlo estamos sencillamente usando una manera cómoda de hablar, designada para ahorrar tiempo. La prueba de esto es que simplemente podíamos eliminar la palabra “equipo” de nuestro lenguaje y sustituirla por un lenguaje más prolijo que se refiera a “esos hombres que están unidos por el propósito de jugar béisbol”.

Esta es una fórmula muy complicada y es bueno que hayamos descubierto formas más convenientes de expresarnos. Tampoco causa esto un problema mientras nos demos cuenta de lo que exactamente estamos haciendo.

Debe notarse que en el ejemplo dado no hay un “Ego” superior y por encima del de los individuos que han reunido sus actividades. Ni, estrictamente hablando, existe una actividad colectiva; hay sólo acciones individuales dirigidas por personas individuales hacia un objetivo mutuamente acordado. El “todo” es nada más que los jugadores individuales hasta el punto en el que ellos cooperan. Las únicas reales entidades son los individuos o las “partes”. Esto sugiere que podríamos eliminar en principio frases “enteras” de nuestro lenguaje y reemplazarlas por una oración más complicada cuyo sujeto es “partes” o “personas”.

¿En qué sentido podemos hablar de estas organizaciones o sociedades como teniendo propiedades? Estos grupos varían considerablemente de uno a otro, pero hay unas pocas observaciones que debemos aplicar a todas.

La primera cosa es darse cuenta de que no importa qué otra cosa sea cierta de los arreglos, estos grupos son dueños de lo que tienen por la elección libre de los individuos que han entrado en este tipo de cooperación. De hecho, la mera existencia de la organización presupone la voluntad de los individuos para unirse y su continuación requiere nuevas decisiones por parte de esos dispuestos a colaborar con los miembros ya existentes.

Es certero que la organización no puede haber precedido a sus primeros miembros. Los arreglos financieros serán los decididos por los miembros originales, porque aún si más tarde se hacen cambios, el procedimiento para hacerlo habrá sido establecido por los fundadores. Así que, desde el principio hasta el final la propiedad de la sociedad es finalmente la de los miembros individuales.

Regresemos ahora al argumento de que el dueño original de la propiedad no es el individuo sino la “Sociedad”. Hemos visto que las únicas entidades reales son los individuos, de modo que nada puede ser cierto de una sociedad que no sea cierto de los individuos que la forman.

Considérese primero la propiedad de los individuos. Al hacerlo supondremos que la sociedad está compuesta de dos individuos, A y B. Hay sólo dos posibilidades: A es dueño de A y B es dueño de B; o bien A es dueño de B o B es dueño de A. No hay una tercera entidad que puede ser dueña de ambos.

Pero debe haber una tercera si ambos deben ser propiedad; esto es, para que ellos pertenezcan en un sentido literal a la Sociedad. Ahora, ya que la apropiación de bienes no humanos puede sólo tener lugar vía las actividades de la gente, se sigue que lo que los individuos se apropian pertenecerá a los dueños de los individuos. Ya que no es posible que la Sociedad sea dueña de los individuos no puede ser dueña de lo que ellos apropiaron para sí.

Es verdad que los dos miembros de nuestra pequeña sociedad pueden acordar conjuntamente apropiarse tierra de la que serían copropietarios. Pero si este es el caso, la decisión inicial es enteramente voluntaria, y cada uno es un individuo en parte dueño de esa propiedad y puede dejar su porción de propiedad de acuerdo a su conveniencia.

Vemos así que bajo análisis la tesis de que la Sociedad es el dueño original de la tierra no puede quedar de pie. Esta no es una cuestión simple de un hecho histórico. En la misma naturaleza del caso, el individuo precede a la sociedad y esto incluye la propiedad del individuo. Todo el resto debe ser el resultado de relaciones contractuales, el mismo que depende de las decisiones libres de los individuos.

Aunque el concepto de que hay bienes que pertenecen a la Sociedad es inaceptable, existen muchas ocasiones en las que se da por supuesto que la Sociedad es una entidad en su propio derecho y que automáticamente sí posee bienes. Esto constituye la premisa no hablada de muchas propuestas políticas. Quisiéramos examinar brevemente un número de casos en los que se hace esa presuposición.

• “Es necesario conservar los recursos valiosos de la Sociedad”. Este es el famoso problema del desperdicio. Como ya hemos visto, estos recursos no tienen propietario o bien, su propiedad está distribuida entre varios individuos. No hay una tercera posibilidad. La primera posibilidad presenta poca dificultad. ¿Cómo es que nadie es propietario de esos recursos? Seguramente, si fuera del interés de la economía varios individuos se hubieran apropiado de esos recursos. ¿Por qué no lo han hecho? ¿Por qué no es de su interés el adquirirlos?.

La razón fundamental parece ser que esos bienes no son lo suficientemente escasos para justificar el costo (y sí hay tal) de apropiación de ellos. En otras palabras, el mismo hecho de que haya bienes que nadie considera adecuado adquirir para su uso exclusivo es en sí mismo una señal que que no existe un problema de su conservación. De seguro, si lo hubiera, algunos emprendedores percibirían el hecho y harían algo al respecto. Es de seguro muy sospechoso que el gobierno sea único que puede ver que vale la pena adquirir recursos.

La otra posibilidad es que los recursos se encuentren ya distribuidos entre propietarios individuales. En cuyo caso, los únicos que tienen derecho a hablar de desperdiciar “nuestros” recursos son los propios dueños. Cada propietario hará uso de sus recursos de la manera que crea conveniente. Puede decirse sólo que ha desperdiciado sus recursos cuando haga predicciones equivocadas y cuanto más recursos tenga la habilidad de adquirir es menos probable que sea el tipo de persona que haga predicciones equivocadas.

Lo mismo puede decirse de aquellos que hagan usos excéntricos de sus recursos, por ejemplo, incendiar sus campos de petróleo para producir espectáculos. Puede esta persona estar de tal manera constituida que obtenga más satisfacción haciendo esto que de cualquier otro uso que pueda dar a su propiedad. Todo lo que podemos decir es que en una sociedad libre las personas de este tipo son capaces de adquirir un monto considerable de propiedad a menos que alguien se la regale.

En un mercado sin obstáculos la tendencia completa es que uno puede enriquecerse sólo sirviendo en gran medida los intereses de sus prójimos. Si la riqueza fuera dada a alguien de esa extraña naturaleza, de nuevo, él no sería capaz en ningún tramo de tiempo de preservar su posición. Así que podemos decir que la libertad completa de desarrollar acciones no agresivas tiende a prevenir usos de gran escala que no sean mutuamente beneficiosos. No sólo carece de sentido hablar de los recursos de la Sociedad; no es siquiera útil.

• “Nuestro país está importando demasiado”. Aquí hay otra afirmación que, dada dentro de una sociedad libre, carece de contenido. Los países no realizan importaciones. Sólo lo hacen las personas. ¿Cómo puede un individuo importar demasiado excepto fallando al predecir sus futuras necesidades? Si es un mal realizador de predicciones no sobrevivirá mucho y cuando menos rico sea, su actividad importadora cesará más rápidamente. En cualquier área algunas personas importarán gran cantidad, en otras mucho menos, pero nadie puede mantenerse importando demasiado para su propio bien durante cualquier tramo de tiempo.

Pero quizá alguna gente está importando demasiado para el bien de otros en el sentido que está fallando en ayudar a esos otros. Debemos notar, primero que nada, que la importación de una persona no es la razón por la que esos que le rodean no son ayudados. Supongamos que él tuviera que cesar importando y no comprar los bienes de aquellos que están cerca de él. ¿Han mejorado su posición porque él ha suspendido su importación?

Podemos también añadir que hasta el monto en el que el importador tiene amplias relaciones con quienes tiene cerca, sus importaciones de otras partes los beneficiarán positivamente porque estas relaciones extensas pueden continuar sólo porque lo que él importa es de mayor beneficio para ellos.

Obviamente, conforme menores relaciones tenga con sus prójimos, menor será el beneficio que den sus importaciones. Pero entonces el quejarse de esto es apostar al reclamo de que simplemente porque X vive dentro de una cierta distancia de Y, debe ser forzado a ayudar a Y.

Una de las quejas comunes en contra de una moneda sin dirección (unmanaged currency) es que la gente es incapaz de controlar su dinero. La ambigüedad radica en la expresión “el dinero de la gente”. ¿Quiere decir que hay propiedad colectiva del medio de intercambio? Si así es, la frase es ininteligible.

Dada la economía libre, cada individuo es propietario de cualquier cantidad de dinero que haya sido capaz de adquirir. Lo valúa de acuerdo a como lo crea conveniente, y lo administra de acuerdo a su deseo. Desde luego, la última cosa que quieren los promotores de la planeación gubernamental es que la gente controle su dinero. Lo que quieren es que el gobierno lo controle. Lo que ellos quieren decir con “sin dirección” es precisamente que está controlada pero no por esos a quienes ellos quisieran verla controlar. Uno de los grandes problemas del mundo es el hecho de que el dinero no está controlado por sus propietarios por derecho.

Y está también lo tedioso de que nuestro país está perdiendo oro. Suponiendo que cada persona sea propietaria de la cantidad de oro que sea, es obviamente imposible que un país pierda dinero. En primer lugar, no lo tiene. Sólo los individuos que lo tienen pueden perderlo —una posibilidad no muy probable.

Normalmente la gente no pierde dinero. Los intercambian por cosas que ellos prefieren tener. Estaríamos un tanto sorprendidos de escuchar a alguien decir que “perdió” dos dólares porque fue al cine. La real verdad detrás de esos reclamos es que el gobierno, que ha expropiado al oro de la gente, ha sido solicitado por otras naciones para redimir su moneda. Pero esto no hubiera sucedido si el gobierno no se hubiera involucrado en una política inflacionaria.

Terminaré con un ejemplo particularmente extraño de la obra de Robert Heilbroner “The Magic of Economic Society”, pp. 96-96:

“Sin embargo, Inglaterra experimentó suficientes dificultades al lanzar La Gran Transformación. Como ahora podemos ver, muchas de esas dificultades fueron las consecuencias directas de problemas que nuestro modelo nos señaló. El proceso de industrialización de los siglos 18 y 19 en verdad necesitó un gran monto de ahorros —esto es, el desasimiento del consumo— y mucho del infortunio de ese tiempo puede asignarse a esa causa.

“¿Para quién se hizo el ahorro? ¿Quién se abstuvo del consumo? Los productores mismos (con todas sus maneras ostentosas) estuvieron entre quienes sembraron una porción sustancial de sus utilidades en más inversión. Sin embargo, los reales ahorradores no fueron tanto los productores como otra clase —los trabajadores industriales. Aquí, en el bajo nivel de salarios industriales, se hizo el sacrificio —no voluntariamente por algún medio, pero hecho a pesar de todo. Con los recursos que ellos pudieron consumir se construyó el cimiento industrial del futuro”.

Ya nos hemos referido a lo que creemos fueron las grandes injusticias del período de La Gran Transformación. Si hubiera habido una distribución más igualitaria de la propiedad, los individuos hubieran estado consumiendo más de lo que ellos producían, simplemente porque cada uno de ellos hubiera producido una cantidad menor y, por eso, una menor tendencia a ahorrar. Ya que el razonamiento de Heilbroner no depende de ninguna previa distribución injusta de la propiedad, demos por dada la justicia del arreglo para ver si su análisis tiene sentido.

El cierto que el no-consumo es una condición necesaria para el ahorro. Pero el no–consumo en cuestión que concierne a los recursos propios, no los de otra gente. Difícilmente puede decirse que yo estoy ahorrando por ti cuando dejo de consumir tus recursos. No es éste el lugar para discutir el problema de salarios. Basta decir que si menos hubiera sido producido, los salarios reales no hubieran sido tan altos como lo fueron en un momento dado. La producción elevada era mutuamente beneficiosa para los propietarios y para los trabajadores.

El hecho de que los propietarios ahorraran en lugar de consumir hizo mucho mejores las condiciones de los trabajadores de lo posible de otra forma. Fueron quizá víctimas del hecho que los productores tenían el dinero que en derecho les pertenecía. Pero no del hecho de que el dinero era ahorrado. Es absolutamente ridículo afirmar que los trabajadores en realidad hicieron el ahorro porque no tenían los recursos para hacerlo.

Incluso si alguien se lleva mi dinero y lo ahorra, es poco iluminado para mí pensar que yo soy el que hace el ahorro. Es sólo porque aprovecha su tipo de pensamiento colectivista que Heilbroner fue capaz de escribir tal absurdo. Su plausibilidad puede sólo descansar en la analogía de una familia en la que algunos de sus miembros, ansiosos por incrementar la riqueza total, deliberadamente se abstienen de consumir sus ingresos para contribuir con ellos a las inversiones de los individuos más productivos del grupo.

En el siguiente párrafo se nos dice que “Inglaterra tuvo que reducir el nivel de consumo de la clase trabajadora para liberar su esfuerzo productivo para la acumulación de bienes de capital”. ¿Cuál en este mundo es la entidad que alguna vez tomó esa decisión? Prácticamente las únicas entidades tomando decisiones en el siglo 19 en Inglaterra fueron esos que eran dueños de recursos. Hubo muchas decisiones de muchas personas, pero ninguna de Inglaterra.

Estoy muy seguro de que nadie pensó ser él mismo capaz de “reducir el consumo de la clase trabajadora”, o deseado hacerlo “para liberar su esfuerzo productivo para la acumulación de bienes de capital”. Las decisiones de esta clase son sin embargo hechas hoy en día. Son hechas, no por los dueños de las propiedades, sin por los dictadores.

Si hay una lección por aprender de este texto es que la única forma esclarecida de analizar problemas económicos y de propiedad, es siempre volver al individuo que, sólo, es real. La gente es dañada por la manufactura de entidades espurias.

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