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Progresismo Reaccionario
Selección de ContraPeso.info
25 mayo 2007
Sección: POLITICA, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta un texto de Claudio Uriarte. Agradecemos a CADAL el gentil permiso de reproducción.

“Debajo de los adoquines está la playa”, decía una célebre consigna del Mayo de 1968 en Francia. Tenía razón, pero olvidaba que el adoquín era símbolo de civilización, mientras la playa, por interludio recreativo que resultara para los turistas, era pura barbarie, o bien barbarie dominada.

Un nuevo fantasma recorre el mundo: el fantasma de la naturaleza, el fantasma de la regresión. Los actos de guerra de los ambientalistas argentinos contra Uruguay por el emplazamiento de unas papeleras de la empresa finlandesa Botnia tuvo al menos la virtud de hacer saltar en relieve un fenómeno que se registra en casi todas las latitudes (y donde no se registra es porque el lugar tiene las Fuerzas Armadas suficientemente fuertes y la sociedad civil demasiado débil para que eso ocurra).

La izquierda se ha vuelto reaccionaria, o por lo menos lo que queda de ella, disuelto en el insípido jarabe universal del “progresismo”.

De Nápoles a Londres, de Roma a París, las calles se llenan alternativamente de trabajadores de cuello blanco y de jóvenes de elegante sport, con sus MP3, disfraces de anarquistas y piercings en distintas partes del cuerpo, gritan consignas contra el capitalismo mundializado del que emergen y proponen en su lugar un surtido de Arcadias que tienen por denominador común el campo, y la denuncia de lo que los capitalistas y/o conquistadores hicieron con el campo.

Marx, Lenin y Trotsky, todos denostadores del campo y admiradores de las grandes metrópolis, deben estar revolviéndose en sus tumbas (aunque no el Che Guevara, ese temprano exponente del turismo aventura).

¿Quiénes  pueden protestar contra los shopping-centers, lugares limpios, atrayentes, cuya variedad de comercios, restaurantes y hasta cines hacen una salida de compras lo más práctico posible? Los progres, evidentemente, que ven en la suciedad y las inconveniencias un signo de autenticidad, y que insólitamente suelen elegir para sus vacaciones caseríos turísticos sin electricidad ni gas, a los que sólo se puede acceder a lomo de burro (El culto a la naturaleza y el repudio a las metrópolis era también parte del bagaje cultural del nazismo, dicho sea de paso).

La última vuelta de tuerca de esta inversión del mundo ha sido el reclamo para que las mujeres islámicas puedan concurrir con sus velos o burkas a sus lugares de estudio o trabajo en Francia o Gran Bretaña. Si querían sociedades sexualmente segregadas, ¿por qué no se quedaron en sus países de origen? ¿O será que pronto reclamarán que también las occidentales usen velos y burkas?

Porque el capitalismo ha logrado consolidar aquello mismo en lo que el marxismo fracasó: crear una sociedad internacional. Los aeropuertos, los aviones, los hoteles, las marcas de los productos son casi siempre los mismos en todas partes, lo que hunde en asfixia y claustrofobia a los “niños ricos que tienen tristeza”.

De hecho, puede decirse que el comunismo soviético y sus satélites cayeron porque sus economías cerradas carecían de la capacidad de construir economías de escala para la que el capitalismo internacional parece tan adepto: la pantalla de mi televisor se hace en Corea del Sur, pero el tubo en Taiwan y las cajas acústicas en China.

Pero eso también golpeó fuerte en los trabajadores del casquete industrializado del mundo, que se vieron desprovistos de sus puestos laborales, o deprimidos sus ingresos, por obra del outsourcing, o la exportación de puestos de trabajo a sociedades más pobres, con menores salarios y menores costos para las empresas.

De allí las cláusulas hipócritas que políticos y manifestantes tratan de adherir a cada tratado de libre comercio, demandando que los países receptores de inversiones cumplieran requisitos de salud, derechos sindicales, etc. con los cuales ya no serían países del Tercer Mundo.

Atacar el trabajo infantil puede ser lógico en Nueva York, pero no tanto en Tailandia, donde el destino asegurado de los niños pobres son la prostitución y el SIDA (Es triste, pero puede ser que India y China, o al menos gran parte de ellas, estén recién atravesando su etapa de capitalismo dickensiano, de Oliver Twist y Tiempos Difíciles).

La sociedad internacional imaginada por los utopistas se está verificando, pero el cartel que hay que trasponer para llegar a ella invierte la exhortación final del Manifiesto Comunista y dice: “Proletarios del mundo, desuníos, peleen entre ustedes a ver quién consigue lo mejor en el reparto de ganancias”.

Desde luego, el blanco de todos los ataques es el neoliberalismo, que sus enemigos estigmatizan como pensamiento único.

Ignace Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, se la pasó todo un libro escribiendo contra el pensamiento único sin proponer pensamientos alternativos. Lamentablemente, lo que Ramonet y otros denominan pensamiento único es el frío razonamiento de los números, poco inclinados a las poesías y las utopías.

Similarmente, se olvida que las maquiladoras, o fábricas instaladas al sur de Estados Unidos, pueden ser el menor de los males posibles para regiones azotadas por el atraso, el desempleo, la marginalidad y el trabajo semiesclavo. El estado zapatista de Chiapas, hogar del movimiento cursi lanzado por el Subcomandante Marcos, estaría peor sin el neoliberalismo que con él. Es mejor tener un trabajo, cualquiera que sea, que no tener ninguno.

El progresismo adopta su propio subrenombre: es lo “progre”. Porque desplegar de par en par la bandera del progresismo implicaría tratar a las víctimas de las dictaduras de Augusto Pinochet y Fidel Castro con el mismo rasero, elogiar y promover los sistemas de capitalismo de alta velocidad en lugar de los telares, las hilanderías y demás productos for export revolucionario de Rigoberta Menchú o de los cafetaleros nicaragüenses.

Ese pliegue de suciedad en la conciencia es lo que oculta y guiña el ojo al vocablo “progre”. Hay una suerte de comodidad en el pasado en la palabra “progre”, un recostarse en las viejas nostalgias guerrilleras y románticas mientras los rascacielos crecen enfrente vertiginosamente.

Con esto trabaja la disolución marxiana de la noción de clase social. Hablar de proletariado suena anticuado; la clase media es demasiado vasta y ajena como para definir estrechamente sus límites; la burguesía demasiado fluida e impersonal para cristalizarla en una sola palabra. Sucede que esas categorías ya han sido superadas largamente por la realidad, y que el proletariado, al revés de lo esperado por Marx, jamás tuvo intención ni protagonismo alguno.

En la Revolución Rusa de 1917 fue sustituida en ese rol por una presunta vanguardia de obreros y soldados, que no tardó en ser sustituida por el unicato de Stalin. Entonces, los progresistas prefieren pasar por alto ese incómodo rodeo de la historia, y lo hacen montando es escena un pintoresco almacén de curiosidades regionales: el último grito del progresismo reaccionario es la condena, al unísono con la Iglesia Católica, del avance hacia las técnicas de clonación humana.

Nuevamente, la naturaleza contra su modificación, en un caso alegando el supremo copyright de Dios sobre las cosas de la vida y de la muerte y en el otro subrayando, detrás de las inverosímiles protestas contra una creación de niños autómatas en serie que aún no se ha verificado, la suprema potestad de la muerte a manos de entidades tan poco progresistas como el Estado o el Destino.

Pero la vida, como dice un personaje de Steven Spielberg en Jurassic Park, siempre encuentra un camino. Hoy la gente vive más que a esta misma altura del siglo pasado, hay más vacunas, enfermedades enteras han sido barridas de la faz de la tierra y la fuerza motriz de todo eso es el capitalismo, no por altruismo sino por conveniencia propia. Los progres no podrán descansar en paz.


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