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La prudencia, su definición y características. La definición completa de la virtud que da significado al qué es ser prudente. Sus riesgos, distorsiones y significado completo. El de un arte sustentado en la razón y convertido en hábito.

Introducción

En la prudencia hay más significado que el de su definición tradicional. Ella es una virtud que usa la razón para seleccionar los medios adecuados en la búsqueda de metas.

Gilson examina el significado de la prudencia de acuerdo con Aquino. La prudencia ligada a la práctica de las virtudes. Un arte cuyo uso requiere la intención consciente y constante. Tanto que para adquirirla es necesaria toda la vida y evitar ser engañado por definiciones engañosas de prudencia.

La idea reportada en esta carta es de la obra de Gilson, Etienne, The Christian Philosophy Of St. Thomas Aquinas. Notre Dame, Ind. University of Notre Dame Press, Part II, Chapter 1, No. 4, Sec. III «The Personal Life», pp 287-288.

Punto de arranque

La porción del libro inicia con una aseveración. La vida moral de las personas es equivalente al mayor desarrollo posible de las potencialidades de la naturaleza humana. Es decir, actuar sin excepción bajo el mando de la razón.

La afirmación es engañosamente simple y significa más el regular las acciones ordenándolas de acuerdo a la razón, que en deducir conocimiento.

Hay una ciencia moral, con principios, pero a ella debe ser añadido un elemento adicional, la habilidad para aplicarlos a la vida cotidiana.

Esta habilidad es un arte, según Gilson, y en esto la prudencia juega un papel central. Ella es la que guía al resto de las virtudes en la tarea de seleccionar los medios que lleven a sus metas.

La prudencia es definida de esta manera y hacerlo no tiene gran dificultad.

La prudencia, su problema

El problema real de la prudencia no es saber lo que ella es, ni aplicarla, sino volverla algo adquirido. Convertirla una parte de uno mismo. Toma toda una vida hacerla un hábito.

Y más aún, solemos llamar prudencia a la experiencia diaria que muchos tienen, pero esto en realidad está muy alejado de la real prudencia. La prudencia exige tener la intención consciente de serlo.

Memoria e intención

La prudencia necesita, desde luego, de la experiencia, pero también de la memoria. Una memoria entrenada para no olvidar y con información aplicable.

Pero el punto principal es el de la intención. La persona debe tener la vocación de la prudencia y ejercitarla como forma de vida en esa selección de medios para llegar a fines.

Esa decisión de lo que en cada caso debe hacerse al inicio de manera que se alcancen las metas buscadas.

Un arte en realidad

Es una habilidad de lucidez y perspicacia de lo que debe hacerse y eso es un arte, insiste el autor.

Por ejemplo, la situación en la que me enfrento a una persona de cierta naturaleza y bajo ciertas circunstancias y hacerlo de manera que no salga él lastimado ni humillado. Este es el tipo de problema que la prudencia y sus características resuelven.

Va más allá de tener principios de conocimientos y de tratar de aplicarlos a un caso específico.

Es necesario el hábito interiorizado para moverse entre los detalles del caso y estar acostumbrado a hacerlo con soltura y experiencia. Una especie de sentido singular que tiene la mente acostumbrada a eso cuando resuelve los problemas cotidianos.

Más características de la prudencia

Es una misión total, que absorbe por entero a la persona, que necesita habilidades como el saber escuchar y el seguir consejos de quienes tienen la capacidad de darlo.

Aquí hay otra de sus características, la docilidad, necesaria pero no suficiente, que va más allá de esa capacidad de aprender de otros.

También debe aprenderse por uno mismo, descubriendo sobre nuestras acciones y sus resultados.

La prudencia demanda una mente capaz y bien entrenada, que pueda descubrir los intrincados detalles de cada caso, que pueda anticipar las consecuencias de las acciones posibles.

Esto es circunspección, la habilidad de valoración de los elementos de cada situación, de opciones de acción y de precaución para evitar que las buenas intenciones terminen produciendo más mal que bien.

La prudencia tiene características que incluyen habilidades y hábitos de mente entrenada, previsión, precaución y circunspección, pues sin ellos no existiría.

Sucede solamente en libertad

Dice Gilson que en general la prudencia depende de la libertad de la persona y que le permite sopesar los detalles de la situación, valorar la moralidad de las acciones y establecer su importancia.

Lo que altere el balance de los hábitos y habilidades que la prudencia requiere, la disminuye impidiendo su aplicación.

Alteración de la prudencia

Entra así el autor en el terreno de eso que altera a la prudencia y sus características completas, diciendo que son los placeres de los sentidos los que más que otra cosa lo hacen.

Este punto es central. La prudencia solo es necesaria en una situación de libertad, dentro de la que la persona puede decidir.

Únicamente de manera libre puede serse prudente, siempre bajo el riesgo posible hacer lo contrario, según Aquino, optar por los placeres de los sentidos.

Dice que el apetito carnal es el peor enemigo de la prudencia: con una capacidad de juicio cegada resulta imposible actuar bajo el imperio de la razón. La imprudencia en todas sus manifestaciones tiene como causa este apetito.

La sensualidad anula la capacidad de pensar sabiamente con circunspección y da paso al apremio y la ligereza. Quien cede al apetito carnal, dice el autor, pierde poder de deliberación y adquiere hábitos de desidia e volubilidad.

No hay una oposición entre los sentidos y la prudencia, sino un peligro que consiste en dejar que lo sensual impida el uso de la razón.

Versiones adulteradas

La prudencia, requerida en todo tiempo y lugar, con frecuencia aparece en versiones adulteradas y falsas de sus características, y de las que debe estarse prevenido para evitarlas.

Está la prudencia de la carne, que es la que coloca como el más alto bien a las cuestiones de los sentidos, creyendo que son las metas de la vida humana y haciendo caso omiso de la razón.

Similar es el pensamiento que hace de la prudencia un hábito para la obtención de bienes para la satisfacción de las necesidades temporales.

También está el temor de no contar con lo necesario para la vida, que olvida que al buscar el bien espiritual el resto viene por añadidura.

Hay quienes viven una vida en estado de preocupación sempiterna acerca de lo que vendrá mañana. La equivocación de esta falsa prudencia está en la confusión de sus fines.

También existe falsa prudencia en la equivocación de los medios empleados. Incluye esto al dolo o engaño y lo que pretende crear apariencias falsas. Se trata de formas de avaricia, que siempre está deseando la posesión de bienes descuidando las cosas de mayor importancia.

La prudencia como arte presupone libertad de la mente y un control completo sobre todas las pasiones. Es especial supone control sobre la pasión que es la más destructiva del juicio de la razón, el temor.

Gilson, a partir de ese momento expone el pensamiento tomista sobre el resto de las virtudes en una lectura que resulta refrescante y bienvenida. Queda el lector invitado insistentemente a leer el resto de esa parte de la obra.

En resumen

El autor presenta la concepción tomista de la prudencia usando razonamientos sencillos y de mero sentido común. Menciona las características de la prudencia, sus versiones adulteradas y los riesgos que se corren en libertad.

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Y solamente unas cosas más…

Debe verse:

¿Qué es responsabilidad moral? Una definición

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Medir consecuencias: un arte

Por Eduardo García Gaspar

Las cosas son más sencillas de lo que parecen, pero más complejas de cómo que suelen explicarse.

Es eso del sentido común y de lo poco frecuente que resulta, quizá por una causa: la escasa habilidad para alejarse de lo demasiado complejo.

Si comenzamos por un principio obvio, se entiende eso de que todo efecto tiene una causa, lo que en nuestra vida se expresa con algo igualmente obvio: nuestras acciones tienen consecuencias.

No hay manera de evitar esto. Así está construido nuestro universo.

Y es muy aprovechable. Si usted tiene sed, usted tomará líquidos. Lo hacemos porque tenemos una idea clara de consecuencias de nuestras acciones. Tomar líquidos es la acción que produce calmar la sed. También es útil en otro sentido.

El sentido de evitar consecuencias indeseables. Sabemos que la acción de caer lastima dependiendo de la altura. De allí que busquemos no lastimarnos, que sería la consecuencia de una caída. Por eso actuamos cuidándonos de ese riesgo. Acciones que buscan evitar consecuencias.

El principio es universal e inevitable. Nuestras acciones tienen consecuencias y lo que en buena parte nos hace humanos es la habilidad que tenemos para percibir esas consecuencias.

Por principio de cuentas, las entendemos como inmediatas o mediatas, como seguras o probables o improbables, como calculadas o desconocidas.

Es casi un arte el de medir consecuencias. Un arte de sentido común al que suele asociarse con quizá la más preciada virtud, la de la prudencia: esa fuente de principios y reglas que anticipan efectos de acciones humanas y que suele llamarse sabiduría.

Algunos de esos principios son conocidos

Como, por ejemplo, el de ignorar los comentarios alocados de personas normales. Y el de ignorar todos los comentarios de personas alocadas. Haciendo esto, la vida personal se torna más placentera y tendrá mayor probabilidad de éxito.

Por supuesto, hay un problema.

El problema de saber distinguir lo que es un comentario alocado y saber conocer a una persona alocada. No es fácil. La experiencia ayudará a saberlo hacer.

Quizá sea el arte de determinar grados de locura, o de su opuesto, niveles de sentido común en los otros.

Igual que se hacen ejercicios físicos para tener el cuerpo en buen estado, se tiene también necesidad de hacer ejercicios mentales para mantener a las células grises en buena condición.

Un amigo, en este tema, afirma que ver televisión destruye neuronas y que en cambio, leer las fortalece.

En fin, la idea de esta columna es tener una opinión sobre eso, sobre los ejercicios mentales, los aerobics para las neuronas.

Un extraordinario ejercicio para desarrollar la habilidad del pensar es poner en tela de juicio las afirmaciones de los gobernantes. Ninguna otra fuente más abundante de ideas alocadas existe en nuestro mundo.

El ejercicio consiste en echarle sentido común a lo que dicen y declaran.

Por ejemplo, no hace mucho que en México uno de los ministros dijo que se pondrían multas a los comercios que elevaran el precio de la tortilla, esa base de la alimentación mexicana.

Tomada en la superficie, es una parte del paisaje político normal. A pocos se les ocurriría examinar el nivel de locura que hay en eso que dijo el secretario del presidente.

Pero tomada como una oportunidad de ejercicio cerebral es admirable.

Si ponemos a trabajar al cerebro llegaremos a la conclusión obvia: es un absurdo absoluto, pues no existe control de precios de ese producto y, si se llega a aplicar, podría aplicarse a muchos otros productos, no sólo a ése.

Pero eso es sólo una instancia de las decenas que a diario ofrecen los gobernantes de cada país. Lo que le ofrezco es aprovechar los diarios para ejercitar la mente encontrando cosas sin sentido y pulir esa habilidad, la de distinguir las locuras de las sensateces.

Porque las locuras, igual que las sensateces, tienen consecuencias

Y viviremos en el futuro afectado por las consecuencias de nuestras acciones y las de otros. Donde predomine la sensatez habrá más consecuencias positivas. Lo opuesto sucederá donde prevalezca la locura, la que creará consecuencias negativas.

Creo que el punto bien vale recordar lo obvio. Nuestro futuro son las consecuencias de acciones presentes y necesitamos tener habilidades agudas para saber distinguir a la locura de la sensatez en las acciones presentes.

Habilidades de sentido común, de sabiduría, de sentido común, o como quiera usted llamarles. Nuestros vidas están en juego.