Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
¿Quiere Usted Democracia?
Leonardo Girondella Mora
23 agosto 2007
Sección: LIBERTAD POLITICA, Sección: Análisis
Catalogado en: ,


A finales del año pasado, Arnold Kling escribió una columna especialmente atendible —el tema era la democracia y su mediocridad. Nada que no hubiéramos sabido antes, pero que tiene el mérito de ser recordado, otra vez.

Todo debe comenzar con una pregunta muy simple, ¿son los gobernantes que hemos tenido gente excepcional como regla, o la regla es que solemos tener gobernantes más bien mediocres? La respuesta debe ser real, honesta y sin deseos de ver las cosas color de rosa.

¿Son siempre gente fuera de serie, o personas como el resto, o tal vez algo peores?

La respuesta es la que la realidad muestra —los gobernantes poco tienen en su mayoría de seres admirables. Son mortales como el resto de los ciudadanos, o incluso están por debajo de ellos. Basta ver, como ejemplo, la situación mexicana durante la administración de Fox: el “gabinetazo” prometido fue una colección de personas no muy bien preparadas ni guiadas y las conductas de los partidos en las cámaras de legisladores dejaron qué desear. No puede hablarse de seres fuera de serie como la regla de un gobierno —más bien es lo opuesto.

La esperanza de lograr una mejor sociedad y que se sustenta en la expectativa de seleccionar a personas inusuales es un sueño que poco tiene de real —algo señalado hace ya décadas por K. Popper [Popper, Karl Raimund (1966). The Open Society And Its Enemies Vols 1 And 2. London. Routledge & K. Paul.].

Y aún más, si se piensa en la concepción de la división de los poderes, Montesquieu hace exigua referencia a otra cosa que no sea el dividir al poder, independientemente de la selección de los gobernantes [Montesquieu (1993). Del Espíritu De Las Leyes [1748]. Barcelona. Altaya. 8448701291]. Y cuando él habla de gobernantes dice que van a tender a abusar del poder que posean.

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Es ése el punto central de Kling —la idea de qué tanta fe poner en la selección de seres insólitos para elevarlos a posiciones de poder en el gobierno. Unos ponen gran fe, como se ha visto admirablemente en las elecciones del año pasado en México, cuando las discusiones sobre los candidatos partían del supuesto de dejar en sus manos el destino del país.

La dura realidad, probada una y otra vez, es que nadie, ninguna persona merece ser depositaria de un poder de tal magnitud —ninguno tiene el conocimiento necesario, ni la calidad moral para merecerlo.

La opinión alternativa a aquella que centra el quid de la política en la elección de los mejores, es la de la prudencia —sí, intentar llevar a los mejores, o a los menos malos, pero jamás darles un poder excesivo. Al contrario, dividir el poder que ellos tienen a la manera de un seguro contra catástrofes, previniendo la posibilidad de los daños que el exceso de poder produce.

La reflexión anterior, de inmediato, redefine a la democracia —no es el sistema por el que la mayoría selecciona gobernantes suponiendo que eso es lo mejor que puede hacerse. La democracia es un sistema de gobierno cuyo mecanismo es la división del poder para evitar su abuso.

La rededinición de democracia, vista así, es de tal magnitud que no llegará a ser entendida, al menos en México, y seguramente muchos otros países, por el votante promedio, el que seguirá concentrando su atención en la secundaria discusión de quién de los candidatos disponibles es el mejor.

De hecho, la redefinición de la democracia comprende su ubicación para ser vista no más de lo que realmente es —simplemente una herramienta, y burda, destinada a evitar abusos de poder, y muy llena de defectos. La más obvia de sus fallas es el sistema de consensos por mayoría, cuando las discusiones son terminadas por medio de un conteo de votos. Es una forma en extremo mala de llegar a acuerdos, pero es la única materialmente posible.

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La columna de Kling tiene el mérito de esclarecer el punto anterior, señalando que “Democracy does not lead to particularly good choices. Most successful institutions in society are not democratic” —las decisiones tomadas dentro de una democracia no son precisamente las mejores y, por si eso fuera poco, las más exitosas de las instituciones no se rigen con un sistema democrático.

Kling define su punto genialmente con el caso de los deportes: las posiciones son resultado del desempeño de los equipos y jugadores, no se logran por medio de votos.

Lo mismo sucede en otros casos, como en el terreno de la ciencia —no cuentan allí los votos, sino los resultados de investigaciones, experimentos y teorías. Sería extravagante hasta el extremo poner a votación si debe adoptarse o no la Teoría de la Relatividad, o la idea de los protones —¿podría por votación decidirse la reacción de un cierto ácido en los metales, o decretarse que el mercurio fuese asimilable por el organismo humano?

Apunto al arte como otro campo de impracticabilidad democrática —sería absurdo el pedir que las pinturas impresionistas fuesen menos difusas y que utilizaran el negro, o que el último movimiento de la novena sinfonía de Beethoven fuera más monotemático, y que todo eso se decidiera por votación.

Estas creaciones son hechura de seres individuales, independientes, igual que el diseño de un experimento científico, o la construcción de una teoría social, o la arquitectura de un museo.

Si campos como esos, el de la industria, la innovación, la tecnología no están sujetos a procesos democráticos, llama la atención que sí lo sea el campo de la política, de tanta y poderosa influencia. Quizá sea por eso que se ha hablado de que mientras tenemos adelantos por todas partes, eso no sucede en la política, en la que se siguen teniendo las mismas dificultades de siglos atrás [Tuchman, Barbara Wertheim (1985). The March Of Folly : From Troy To Vietnam. New York. Ballantine Books. 0345308239].

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La situación es pasmosa, pues se tiene al votante común creyendo que el problema político es uno de llevar al poder a gente que no existe y que la democracia es un gran remedio a los males de la sociedad.

La democracia tiende a operar por medio de acuerdos logrados por el sistema de mayorías, un sistema que logra acuerdos, pero no decide las mejores acciones posibles —recuérdese que Hitler llegó al poder por la vía democrática, un caso no diferente al de otros personajes de muy escasa calidad humana.

Las instituciones exitosas siguen otro sendero, muy incompatible con la democracia —utilizan a los expertos en las materias que las ocupan, como la empresa que busca un experto en logística, la sinfónica que contrata a un director, o la persona que busca un arquitecto.

El punto lo señala Kling, pero olvidando que en el caso de los gobiernos podría hacerse lo mismo: buscar expertos en la materia de gobernar y dejarlos cumplir su misión. Esto se hace de alguna manera en instituciones como el Banco de México y otras, en las que se acude a expertos economistas o experimentados personajes en esos menesteres.

Sin embargo, esas funciones de gobierno son un tanto especializadas y técnicas, como quizá también la de funciones de policía y similares, lo que plantea una interrogante —¿podría tenerse una especialidad en el puesto de presidente, de ministro del interior, de legislador? Desde luego, nada hay que lo impida. Esas especialidades son posibles y se dan en modalidades como la reelección de legisladores por parte de los votantes de sus comunidades.

Sin embargo, esa posibilidad de tener un conjunto de expertos en desempeñar el puesto de presidente y seleccionar entre ellos a alguno de probado buen desempeño, choca con la realidad del gobierno como una institución sui géneris —un gobierno no es una empresa, ni una institución similar a otras.

Es una organización única por una razón —ella tiene el monopolio de la fuerza y de la emisión de leyes obligatorias para todos. Nada en una sociedad tiene tanto poder y es ésta la razón y no otra por la que su manejo debe ser desigual al resto.

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Tal es el poder de un gobierno que la consideración central de su manejo, en interés de todos, es evitar el abuso del poder que se le ha adjudicado —su desempeño y eficiencia son importantes desde luego, pero secundarias a esa primera consideración. Montesquieu ha señalado que el poder tiende a ser abusado por parte de quien lo detenta, sin remedio e inevitablemente.

La primera consideración, repito, con un gobierno no debe ser otra que el controlar sus abusos de poder —y es así que la democracia entra a realizar su función, que no es la de tener una serie de grandes y excelsos gobernantes, sino la de poner pesos y contrapesos a gobernantes humanos, de carne y hueso, imperfectos, e incluso malos.

Creo que eso explica el retraso del know-how de los gobiernos, instituciones que se ven patéticas y miserables cuando son comparadas con otras instituciones en la ciencia, la economía, a tecnología y demás, las que han tenido adelantos significativos en sus campos —si los gobiernos se hubiesen hecho cargo de la medicina, seguramente aún estarían haciendo operaciones los barberos.

Sucede que la prioridad principal de un ciudadano no es tener en el gobierno a una institución flamante y eficiente —lo es el tener a un gobierno que no abuse del poder con el que se le ha confiando necesariamente para cuidar a los mismos ciudadanos y sus derechos.

Si el abuso del poder es la preocupación central y el método para lograrlo es la fragmentación del poder político, es natural que los resultados de un gobierno se vean afectados por ese mecanismo de fragmentación —su desempeño por estructura y naturaleza no será tan eficiente como el de instituciones de investigación científica que no siguen el método democrático. Por naturaleza, pues, los gobiernos tenderán a tener resultados mediocres, retrasados. No hay remedio a esto y es una desventaja con la que debe vivirse, sin mucho que hacer la respecto.

¿Condenados por siempre a gobiernos mediocres? Sí, por diseño, pero existen formas de aminorar esa mediocridad estructural —reducir el número de funciones y responsabilidades de los gobiernos a su esencia misma, la de la protección ciudadana y la proveduría de servicios o bienes públicos. Nada tiene que hacer un gobierno, bajo esta argumentación, manejando un monopolio petrolero u otro de producción eléctrica —lo hará mal por diseño.

Casi al final de su columna, Kling dice que “For me, the value of democracy is that it provides a check on government officials. The fact that leaders can be tossed out by popular vote helps to limit their abuse of power. Democracy gives the people the power to toss out the bums”. Es un buen resumen —limitar el poder del gobierno es eso para lo que la democracia fue diseñada, no para elegir a los mejores gobernantes

Kling insiste en su punto al señalar que “We have to expect mediocrity from political leaders. They are selected by a very unreliable process”. Si el proceso mismo de las elecciones está diseñado para evitar el exceso de poder, no puede esperarse que permita también seleccionar a los mejores para gobernar.

Y añade que “…both for-profit and non-profit [institutions], are better at problem-solving than government institutions. Regardless of whether political leadership is wise or mediocre, our goal should be to limit the damage that public officials can do. Do not demand that they “solve” health care, “fix” education, or launch a “Manhattan project” for energy independence. Even for experts, those are impossible tasks. The harder we press our existing leaders to address these issues, the more trouble they are going to cause”.

La estructura democrática, debe entenderse esto muy bien, no está diseñada para solucionar problemas sociales —no sirve para combatir la pobreza, ni para tener un mejor sistema de salud, ni para dar buena educación. Kling tiene razón en eso y me uno a su punto.

La democracia fue concebida bajo el principio de romper el poder del gobierno en funciones, en el tiempo y en el espacio, para evitar abusos y permitir que el ciudadano viva tranquilamente y pueda realizar sus propios proyectos. Creer que todo se resuelve con elecciones en las que una mayoría seleciona a sus gobernantes es quizá la más grande falacia de nuestros tiempos.

Kling lo resume muy bien en su última frase, “Do not look upon the electoral process as a search for great leaders. At best, it gives us an opportunity for damage control”.

La busqueda de excelsos gobernantes no se da por medios democráticos. La democracia es una simple y cruda herramienta, llena de fallas, pero que tiene una ventaja que ninguna otra da, el mantener a los gobernantes a dentro de sus límites naturales y a ayudar a reparar los daños que ellos causen.


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