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Selección de ContraPeso.info
4 abril 2007
Sección: POLITICA, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta un texto de Carlos Sabino. Agradecemos a Fundación Atlas 1853 el gentil permiso de reproducción.

Los últimos cambios políticos en América Latina están despertando ya cierta preocupación en Washington y en algunas capitales europeas. Los triunfos electorales de Daniel Ortega en Nicaragua y de Rafael Correa en Ecuador parecen extender rápidamente el eje que ya habían establecido los comunistas cubanos con Chávez, y que se había ampliado con la elección de Evo Morales en Bolivia hace poco más de un año.

La preocupación es comprensible: todos estos gobiernos —con la posible excepción de Nicaragua— muestran una clara inclinación izquierdista y la vocación decidida de llevar a sus países al socialismo, a un socialismo que poco tiene que ver con el de la clásica socialdemocracia europea y se acerca demasiado, en sus formulaciones y propuestas, a la cara más totalitaria que tuvieron la URSS y otras naciones.

Chávez, por ejemplo, después de se reelección en diciembre, ha dado muestras de que desea ampliar la ya muy extendida área estatal de la economía venezolana, modificar la ley de educación y reordenar por completo la división político administrativa del país, reduciendo o anulando por completo la autonomía de municipios y estados.

Morales, por su parte, sigue tratando de manipular la democracia boliviana para imponer una constitución y un modelo de funcionamiento político que es muy semejante al que Chávez ha logrado consolidar en Venezuela.

La tendencia hacia el autoritarismo en nuestra región, sin embargo, no es nada nueva. Gobiernos populistas de izquierda, como el de Kirchner en Argentina, han mostrado su poco respeto a las minorías y su marcado corte populista; algo similar, aunque con más moderación, ocurre en Uruguay y ha ocurrido antes en Ecuador, delineando un panorama que, al profundizarse con la actual ampliación de los aliados de Chávez, ha hecho sonar ahora las alarmas, especialmente en los Estados Unidos, que temen que sus enemigos de Asia y el Medio Oriente puedan adquirir sólidos aliados en su “patio trasero”, Latinoamérica.

Pero, analizadas las cosas con frialdad, nada de esto debería sorprendernos. La izquierda ha sido alentada en nuestra región no sólo por los gobiernos socialdemócratas de Europa, sino también por las Organizaciones no Gubernamentales que tan activas se muestran en Latinoamérica y hasta por los mismos Estados Unidos.

Con una absurda política de “derechos humanos” que protege escrupulosamente las garantías de guerrilleros y terroristas pero da la espalda a los derechos del ciudadano común, se han minado las bases morales de quienes desean luchar contra las dictaduras de izquierda o contra las más sutiles formas con que el autoritarismo quiere imponerse ahora en la región.

Se ha perseguido implacablemente a todos los dictadores de derecha, abriendo a veces viejas heridas que ya estaban cicatrizando, pero ni una voz se ha levantado contra el regreso al poder de quienes, en nombre de la izquierda, se levantaron en armas en otras épocas y también cometieron horrorosos “crímenes contra la humanidad”, como se suele decir ahora.

Mientras se dé la razón, implícitamente, a los seguidores del Che Guevara —a Montoneros, Tupamaros y sandinistas— y se considere demócratas a hombres como Chávez y Daniel Ortega, estaremos abriéndoles las puertas para que, desde el poder, completen su objetivo de obtener el control político absoluto que siempre ha estado en su agenda y que no pudieron alcanzar en otras épocas por la decidida resistencia que se les opuso.

Mientras se acepte que son “golpistas” los opositores a Chávez y se deje de lado que fue él, realmente, quien trató de quebrar el orden constitucional en Venezuela mediante dos golpes de estado, estaremos moralmente desarmados para luchar contra sus propósitos totalitarios.

Se dice a veces que los pueblos tienen los gobernantes que se merecen. Podríamos agregar, en la situación presente, que los países más democráticos y desarrollados del mundo tienen ahora en América Latina a los gobernantes que ellos mismos han protegido y estimulado con sus hipócritas recomendaciones sobre derechos humanos y sus absurdos consejos de política económica.


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