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Rouseeau: en Teoría Buen Pedagogo
Selección de ContraPeso.info
9 noviembre 2007
Sección: ESCUELAS, FAMOSOS, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta a sus lectores una idea de Carlos A. Canta Yoy. Agradecemos a Fundación Atlas 1853 el amable permiso de publicación.

Dedicado cordialmente a nuestros amigos rousseaunianos, que aunque pocos, son muy tenaces partidarios del ginebrino.

Después de leer su libro me han entrado deseos irresistibles de ponerme a caminar en cuatro patas”. Carta de Voltaire a Rousseau después de haber leído el “Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres”.

Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) creía tener un amor muy especial y grandioso por la humanidad y al mismo tiempo que había sido beneficiado por virtudes y cualidades sin precedentes con el fin de aumentar la felicidad de sus congéneres. Muy rápidamente después de su muerte se convirtió en mito. Robespierre lo consideraba “Maestro de la humanidad”.

Durante la Revolución Francesa, de la cual fue uno de sus principales íconos, sus restos fueron trasladados hasta el Panteón donde reposan hasta el día de hoy casi junto a los de su enconado rival, Voltaire.

En los comienzos mismos de la revolución industrial fue el primero en criticar lo que después Marx llamaría capitalismo. Desconfiaba de la propiedad privada a la que consideraba el origen de todos los males y desdichas en la sociedad. Identificaba la propiedad y la competencia por lograrla como la causa originaria de la alienación del hombre moderno.

Había nacido en Ginebra siendo criado en la religión calvinista de la ciudad. A los dieciséis años se convirtió al catolicismo seguramente para lograr el favoritismo de Madame de Warens. Desde entonces vivió a sus expensas como amante ocasional. Ya pasados los treinta años vivió a salto de mata, generalmente a costa de mujeres a las que embaucaba con sus palabras ya que no con su aspecto que no era para nada agradable ni seductor.

Tuvo mil ocupaciones y oficios. Fracasó en todos. Uno de sus ex patrones dijo de Rousseau que tenía un temperamento vil y una increíble insolencia, producto de su carácter insano y de la exagerada sobreestimación que tenía de sí mismo. Sophie d´Houdetot, la mujer de quien dijo haber amado más que a ninguna otra en su vida, dijo de él: “Era lo suficientemente feo como para asustarme, y el amor no le hacía más atractivo. Pero era una figura patética y le traté con suavidad y bondad. Fue un loco interesante” (1).

A los treinta y tres años conoció a una joven lavandera, diez años menor que él, llamada Thérèse Lavasseur, la cual aceptó constituirse en su amante permanente. Seis años después escribió un ensayo de confusas ideas y peor redacción. Debido  al malentendido, harto común, de que lo oscuro suele parecer muy profundo, ganó un premio volviéndose famoso de la noche a la mañana.

Jules Lemâitre, famoso crítico literario, sostuvo que esta súbita apoteosis de Rousseau fue “una de las pruebas más efectivas jamás habidas de la estupidez de la humanidad” (2). Desde entonces vivió como escritor profesional generalmente en la condición de adulado huésped y niño mimado de la aristocracia.

No obstante su éxito y la afamada repercusión de su obra, Rousseau no dejó nunca de ser un quejumbroso individuo que se lamentaba de continuo por su supuesta mala estrella. Algo que los hechos reales no parecen confirmar en modo alguno.

Afirmaba que había estado treinta años sin poder dormir y que padecía numerosas enfermedades. Es cierto que tenía una malformación del pene que le hacía sentir necesidad de orinar casi de continuo. Él mismo cuenta en sus “Confesiones” que llegado el caso no se podía contener y que  había orinado “sobre las medias blancas que cubren alguna pierna noble” (3). En una palabra, un verdadero fastidio para sus contertulios.

Sin duda exageraba sobre sus males de salud. Por ejemplo, con respecto a sus supuestas enfermedades y a su insomnio el reconocido filósofo inglés David Hume que viajó con él desde Francia a Inglaterra afirmó que “era uno de los hombres más saludables que haya conocido” (4).

No obstante se llamaba a sí mismo “el más desdichado de los hombres” y mencionaba “el amargo sino que persigue mis pasos”. La autocompasión escondía hábilmente su inmenso egoísmo. Decía amar como nadie a toda la humanidad. A pesar de ello desarrolló una fuerte tendencia a pelearse ácidamente con seres humanos en particular.

Se peleó con Diderot, con Grimm, con Madame d´Epinay que había sido su gran benefactora y con muchísimos más. También se peleó con Voltaire, lo cual no era nada difícil porque también Voltaire se peleaba con todos. La diferencia es que en Rousseau las peleas culminaron finalmente en una aguda paranoia: creía que desde sus dieciséis años había existido un complot generalizado en su contra. Hasta llegó a convencerse de que nada menos que David Hume era el cerebro de la conspiración.

En cuanto al sexo, Rousseau era un exhibicionista compulsivo: cuando era joven y de visita en la ciudad de Turín, caminaba en las noches por calles oscuras y solitarias, mostrando su trasero desnudo a las pocas mujeres que transitaban. Terminó en un hospicio para dementes.

Desinhibido, relató en algunos de sus libros numerosas experiencias sexuales obviamente de carácter íntimo. Describió cómo disfrutaba en forma masoquista de las palmadas que en ese mismo trasero desnudo le daba la hermana del pastor en el rígido colegio calvinista en que se educó y además cómo provocaba la zurra portándose mal a propósito para disfrutar morbosamente del placer de ser castigado.

Defendió la práctica de la masturbación porque sostenía que era higiénica y la mejor forma de prevenir las enfermedades venéreas. Indudablemente en esto último tenía razón, aunque quizá se olvidó agregar que además sería muy conveniente lavarse previamente bien las manos con jabón… por las dudas. Las manos sucias pueden atraer las enfermedades. La practicó con el mayor entusiasmo en su madurez detrás de los cortinados de los salones aristocráticos donde era invitado. Podemos imaginar la molestia y los onerosos gastos de tintorería que causaba a sus ocasionales huéspedes.

Como amante no era de los mejores. Él mismo cuenta que ante uno de sus tantos fracasos amatorios, la dama  le pidió que dejara tranquilas a las mujeres y se dedicara a las matemáticas.

Se avergonzaba y despreciaba por sirvienta y por analfabeta a la lavandera Thérèse que se mantuvo estoicamente a su lado durante treinta y tres años hasta su muerte. Dijo de ella que era tan ignorante que no sabía siquiera qué hora era o qué día del mes era. Nunca se mostraba con ella. Cuando tenía invitados la utilizaba como mucama  para servir la mesa y jamás le  permitía sentarse a la misma o participar de la reunión.

Aunque no existe ninguna verificación de que Rousseau haya investigado o estudiado en algún momento a los niños, se hizo más famoso como pedagogo por sus teorías sobre la educación de ellos. Como los curas, que sin tener hijos, dictan lecciones de puericultura y pedagogía o escriben libros sobre cómo criarlos y educarlos.

La educación es el tema principal de sus “Discours”, del “Émile”, o de “El Contrato Social” y hasta de la “Nueva Eloísa”. Decía que nadie gozaba tanto como él jugando con los niños. Sin embargo, un día paseando por los Jardines de las Tullerías un niño que jugaba con una pelota le pegó en una pierna. Rousseau lo persiguió lanzándole bastonazos casi hasta el Louvre (5)

Tuvo cinco hijos con la desdichada lavandera. A los cinco se los quitó a su madre para entregarlos sin identificación, apenas nacidos, en el Hospital de los Niños Expósitos (“Hôpital des Enfants-trouvés”). Se justificó diciendo que era necesario  abandonarlos para “salvar el honor de ella”. Ninguno de sus hijos tuvo por lo menos un nombre. Rousseau ni siquiera anotó las fechas de sus nacimientos y jamás demostró el menor interés por conocer su penoso destino.

No tenía tiempo de ser padre. Seguramente estaba demasiado ocupado en redactar su minuciosa obra de ficción literaria para describir a la posteridad cuán inmenso era su amor por la humanidad. Claro está que sólo considerada en abstracto.

Bibliografía y Llamadas

Ambas son extraídas de PAUL JOHNSON, “Los Intelectuales”, Javier Vergara Editor, 1990.

Bibliografía:

- LESTER G. CROCKER, “Jean-Jacques Rousseau: The Quest, 1712-1750”. Nueva York, 1974.

- LESTER G. CROCKER, “Jean-Jacques Rousseau: The Prophetic Voice, 1758-1783”. Nueva York, 1973.

- J. H. HUIZINGA, “The Making of a Saint: the Tragi-Comedy of J.J. Rousseau”, Londres, 1976.

Llamadas:

(1) Citado por Crocker, Vol. I, pág. 353; la observación figura en Henri Guillemin, “Un homme, deux hommes” (Ginebra, 1953), pág. 323.

(2) Citado por J. H. Huizinga, pág. 29.

(3) Citado por J. H. Huizinga, pág. 50. El pasaje se encuentra en una carta no enviada a Monsieur de Mirabeau.

(4) J. Y. T. Greig (ed.), “Letters of David Hume” (Oxford, 1953), Vol. II, pág. 2.

(5) Citado en Crocker, Vol. I, pág. 186.

Nota del Editor

El libro de Johnson, Paul (1988). Intellectuals. New York. Harper & Row. 0060160500, traducido por Javier Vergara Editor, es una delicia de erudición y sentido común, que examina a los adorados intelectuales. Su lectura es un placer y al mismo tiempo una vacuna contra la adoración incuestionable que tantos dan a personas como Rousseau.


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