Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Se Busca: Gobernante Perfecto
Eduardo García Gaspar
25 junio 2007
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIALISMO
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Tuve hace muchos años un alumno que apoyaba totalmente al socialismo y hacía una gran tesis suya la idea del surgimiento del Hombre Nuevo que del socialismo resultaría. No es una idea nueva. Al contrario. Hay menciones de ella en autores de ideas totalitarias, como el comunismo y el fascismo. Los dos hablan del Hombre Nuevo que sus regímenes crearían.

La idea del Hombre Nuevo, me parece, tiene su origen en la imposibilidad práctica de acomodar a la naturaleza humana dentro de los sistemas totalitarios. Por ejemplo, Marx hablaba del hombre necesario que da lo que tiene de capacidad pero toma lo que tiene de necesidad. Algo similar decía Hitler en su libro. Sólo con ese hombre modificado será posible tener esos regímenes utópicos.

Por eso es que en la URSS, por ejemplo, se emprendieron fuertes acciones de reeducación, destinadas a crear esa mentalidad. Por lo que conocemos, no dieron resultado, ni siquiera con las grandes campañas de propaganda. La naturaleza humana es muy diferente a la que suponen esos autores: somos seres imperfectos, capaces de grandes obras, pero también de grandes males.

Tenemos tendencias humanas, muy bien ilustradas en la historia del burro que era propiedad de todos en un pequeño pueblo: como era de todos, todos lo usaban y abusaban, pero nadie le daba de comer.

Existen cálculos que dicen que el 97 por ciento de la tierra agrícola en la URSS era colectiva y el 3 restante privada, pero que ambas producían cantidades similares. El Gran Salto Adelante en China no produjo esos hombres diferentes, pero mató a varios millones de hombres normales.

Cuento esto, porque de nuevo encontré a un buen socialista, es decir, a uno honesto y por eso admirable. Me hablaba él de la necesidad de cambiar a la naturaleza humana y lograr tener a personas que puedan hacer realidad la idea de Marx: de cada quien según su capacidad y a cada quien según su necesidad.

La verdad es que el socialismo o cualquier sistema de alta concentración de poder necesita cambiar a todas las personas, muy especialmente a los gobernantes para hacerlos perfectos.

Mi punto es voltear el argumento del Nuevo Hombre que necesita ese tipo de gobiernos de alto poder, por otro. El socialismo necesita por definición un Nuevo Gobernante, uno perfecto en todos sentidos: debe ser perfecto en lo moral y en lo intelectual. De lo contrario el socialismo se convierte en dictadura. Es decir, de no poderse tener al Nuevo Gobernante el socialismo es un imposible. La razón de esto es fácil de explicar.

La esencia del socialismo es la centralización del poder en manos del gobierno para poder conducir a sus gobernados al bien común. Resulta obvio que para centralizar poder es necesario confiar en quienes lo detentarán, de lo contrario sería un suicidio colectivo. El socialismo supone que quien gobierna es realmente perfecto: honesto, inteligente, sabio, prudente, un tipo que, la verdad, no existe.

Igual que no existe el Hombre Nuevo, tampoco existe el Nuevo Gobernante. Si los buscamos tendremos una decepción después de otra. Y, sin duda, tienen razón Marx, Hitler y el resto, sus sistemas sociales requieren un cambio total en la naturaleza humana. Claro que el problema es que eso es imposible. No podemos tornar a todos en santos perfectos…  incluso San Pedro y San Pablo tenían sus defectos.

¿Cómo lidiar con una naturaleza humana imperfecta? Es un problema fascinante y tiene una solución prometedora basada en la limitación del poder que cada persona posea, para impedir que abuse de él. No es nueva la idea… Montesquieu la menciona en su célebre libro: dice que para evitar el abuso del poder lo que se debe hacer es enfrentarlo contra sí mismo. De allí que se dividan los poderes gubernamentales.

Y de allí también que sea deseable dividir el poder económico, quitando monopolios y fomentando la competencia. No es la solución perfecta que nos resuelva el problema, pero sus resultados son razonablemente buenos para una naturaleza imperfecta como la nuestra.

Bastiat hablaba de esto mismo al mencionar que gracias a la competencia puede limitarse la codicia que los humanos tenemos. Nuestro deseo de beneficios personales no tiene límites, pero él se domina cuando otros compiten con lo que hacemos. Mucho hacemos ya si reconocemos que nuestro mundo no puede presuponer hombres perfectos y sin falla alguna.


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