Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Un Poco de Madrazo en Todos
Leonardo Girondella Mora
6 noviembre 2007
Sección: GOBERNANTES, Sección: Análisis
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El suceso fue muy conocido y ampliamente reportado —el ex candidato del PRI a la presidencia de México en 2006 compite en un maratón más, en Berlín, y es reportado ganador al principio. Sólo un poco después se conoce que la victoria es falsa, que Roberto Madrazo hizo trampa y que, más tarde, él mismo daba una explicación de lo sucedido.

Los detalles son conocidos y no me ocupo de ellos —pero lo que sí merece la pena señalar es un comentario de Jaime Sánchez Susarrey (Grupo Reforma, 13 octubre) sobre el tema. Lo que Sánchez hace es ofrecer otra explicación de ese evento, una mucho más profunda que las dos usuales.

Una de las usuales decía que Madrazo había hecho trampa intencionalmente y la otra decía que era tan absurda la trampa que seguramente se trataba de una idiotez, como la de cualquier otro ser humano. Ambas parten de un supuesto: interpretar la conducta del político como una proveniente de un ser humano como cualquier otro —un serio error.

Madrazo no es un ser humano cualquiera y esto es bien analizado por el autor de la columna, quien esboza rasgos de este político y que a continuación resumo puntualmente. Mi propósito es ir un paso más allá del columnista para intentar lograr un perfil mental de los gobernantes, o al menos de algunos de ellos.

Primero, “todo es permitido si logra el resultado” —lo mismo que lo de que el fin justifica los medios. Dice el columnista hablando de Madrazo que “Él siempre debe ser el primero. Las chapuzas, las mentiras y las trampas son un instrumento efectivo para obtener la victoria. No sabe ni quiere hacer las cosas de otro modo. El que no tranza, no avanza… El fin justifica los medios. No importa cómo, pero hay que llegar primero”.

La idea que propongo es la existencia de ese rasgo en los gobernantes —potencialmente todos lo poseen y tienden a seguirlo. No afirmo que en todos llegue a extremos patológicos como en esta ocasión, pero sí digo que el germen está allí, en la misma naturaleza de su labor que es el ejercicio del poder.

Segundo, la realidad inexistente —o mejor dicho, de la realidad creada por el mismo gobernante y según la cual él se guía. Hablando del político de marras, Sánchez dice que, “… la realidad no existe como un impedimento. Por eso jamás reconoció que su mala fama le impediría competir en condiciones aceptables por la Presidencia. Todos sus esfuerzos se centraron en alcanzar la candidatura del PRI al tiempo que desoía la advertencia más sabia y simple: podía arrasar en la elección interna, pero jamás ganaría la constitucional”.

No es algo novedoso —se trata de la idea del político que inventa su mundo personal en el que él reina y puede lograr todas sus metas. En su mundo, él es el rey, quien todo lo puede y actúa en consecuencia sin considerar la existencia de la realidad verdadera. Por esto es que también tiene otro rasgo, el de la imprudencia.

Tercero, la falta de prudencia —o sea, una escasa habilidad para evaluar las consecuencias de las acciones propias y de otros. “En Berlín acaba de repetir la función: jamás evaluó los costos ni las consecuencias de que lo atraparan con las manos en la masa o, más bien, con las patas en el atajo”.

El segundo y el tercer rasgo están relacionados muy cercanamente —el gobernante que crea su propio mundo, por supuesto, se guía por lo que él piensa que sucederá dentro de su mundo ficticio y eso no corresponde a lo que en verdad acontece en el mundo real. Las consecuencias en uno y otro mundo no son las mismas y es así que se le ve como imprudente: no ve las consecuencias reales de sus acciones porque la realidad ha sido sustituida por un mundo creado por el gobernante.

Ese mundo de ficción es el que forma el cuarto de los rasgos del gobernante —es la definición del mundo creado en el que el político ocupa una posición de privilegio.

Cuarto, un sentimiento de superioridad personal que le hace verse en una posición superior al resto, en la que el gobernante no está sujeto a regla alguna. “Sólo los ingenuos creen en la aplicación de las leyes. Todo se reduce a relaciones de poder, fuerza o dinero. Es falso que el crimen no paga o que el que la hace la paga. El mundo se divide en fuertes y débiles. Los primeros están por encima de la ley. Los segundos soportan el poder de los de arriba. La impunidad es la norma. De ahí que cualquier violación del orden legal sea aceptable, siempre y cuando sea funcional”.

Los rasgos segundo, tercero y cuarto, forman en realidad uno sólo — el gobernante crea un mundo de superiores e inferiores, en el que él ocupa la posición central y todo le es posible y, si se combina el primer rasgo, nada le detiene.

Quinto, el cinismo —rasgos de desfachatez, descaro y desvergüenza. Sánchez lo expresa así: “No tiene culpas ni padece remordimientos. Jamás se asume como responsable de un fracaso… El cinismo y la incapacidad de confrontarse y hacer un examen de conciencia van de la mano en ambos casos”. Esto es un complemento necesario de todo lo precedente y no creo que se deba más que a la percepción externa que el resto de los mortales tenemos del gobernante: es un ejemplo de desfachatez, pero en su mundo el gobernante no entiende este calificativo. Él es el ser superior de su mundo, uno no sujeto a las mismas reglas que los demás deben seguir.

Sexto, la cuestión de la inteligencia —o sea, la posesión de talentos y habilidades que permiten al político alcanzar niveles elevado en la jerarquía gubernamental. Sánchez plantea la pregunta y da la respuesta: “¿Es tenaz, ladino e intrigante? Sí, si no lo fuera no habría llegado tan lejos… Es un maestro de la intriga y de la política en corto. Pero no da para más. Sus limitaciones morales e intelectuales son las mismas que lo condujeron a hacer trampa en el maratón de Berlín”.

Si los cinco rasgos anteriores pintan al gobernante como alguien con rasgos de locura e insensatez, entonces cualquier ser normal se preguntará si en verdad el gobernante posee inteligencia —y la respuesta no es fácil ni elemental. Sin duda tiene habilidades, muy manifiestas en el manejo de la intriga y la maquinación para el logro de posiciones personales. ¿Es eso inteligencia? Muy posiblemente, pero hay más en la inteligencia que eso.

El descuido de la realidad, la invención de su propio mundo, la creencia en seres humanos superiores —todo eso revela escasa inteligencia y lleva a una explicación: la inteligencia que posee el gobernante y que sin duda es real, no es aplicada a su función de gobierno, sino al provecho personal del gobernante. Ese provecho personal es el avance de su posición a lugares con más y más poder.

Lo que Sánchez Susarrey ha hecho en su columna me parece invaluable —su escrito es realmente excepcional al dar antes que nada, algo pocas veces admitido: el gobernante no es un ser común y corriente, igual al resto de los ciudadanos. No se le puede evaluar con los mismos conceptos.

Madrazo, según lo anterior, creó un mundo ficticio, su propia realidad en la que él todo lo puede hacer para llegar a la cima y ante nadie responde —no todos loso gobernantes son iguales a él, pero es muy posible que en todos haya algo de Madrazo.


ContraPeso.info fue lanzado en enero de 2005 y es un proveedor de ideas e información  para lectores que buscan explicaciones.





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