Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Una Olla Hirviente
Eduardo García Gaspar
28 junio 2007
Sección: FALSEDADES, Sección: Una Segunda Opinión
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“Usted tiene su verdad, yo tengo la mía y nada se gana con seguir hablando”. La frase la he oído muchas veces, igual que usted, tantas que empiezo a preocuparme en serio. Ella es común en conversaciones políticas y religiosas, y, la verdad, es una salida fácil para evitar la discusión. La frase, en otras palabras, produce retraso.

Comencemos por el principio. La frase dice que cada uno tiene su verdad y eso es falso. Cada uno tiene su opinión, que es muy distinto. Y dice también que nada se gana discutiendo las opiniones, lo que también es falso. Al contrario, se gana mucho hablando. Es la única manera de acercarnos a la verdad.

La verdad existe independientemente de nosotros, lo queramos o no. Y podemos intentar acercarnos a ella o podemos desecharla permaneciendo ignorantes.

Un ejemplo: Dios existe o no existe. Punto.

Unos pueden creer en él y otros no, pero independientemente de lo que cada quien crea, hay una realidad, una de esas dos, o existe o no existe. Podemos estar en desacuerdo al respecto, pero la realidad existe y es nuestro deber tratar de llegar más cerca de ella.

Otro ejemplo: en economía es mejor el socialismo que el capitalismo, o lo opuesto. Es decir, los liberales están más cerca de la verdad, o lo están los socialistas. No pueden ambos tener razón al mismo tiempo. Y conversando al respecto puede llegarse a conocer mejor la verdad. No es que cada quien tenga su verdad, sino que cada quien tiene sus opiniones y que algunas de ellas están más cerca de la verdad que las otras.

El gran problema de creer que cada quien tiene su verdad es que así se detiene el avance hacia la verdad y los desacuerdos sólo podrán remediarse por cualquier otra vía que la del razonamiento: sólo quedan las vías de la imposición por la fuerza o la de la creencia mayoritaria. Es decir, las opiniones independientes de su validez se impondrán usando la coerción o la opinión pública… y eso nos hará daño.

Vuelvo al primer ejemplo. Sólo hay dos posibilidades: Dios existe o no existe. No hay una tercera posibilidad.

¿Cómo contestar esa pregunta? Si lo ponemos a votación popular es obvio que eso no alterará la verdad porque ella es independiente de los votos. Podrán votar la mayoría diciendo que existe o que no, pero su existencia no está sujeta a ese voto. O bien, alguien puede usar la coerción para negar o aceptar su existencia, pero la realidad no depende del uso de la fuerza.

Y esto me lleva a un tema de nuestros días, el de la tolerancia, una sana actitud sin duda, pero que yendo a extremos resulta errónea. La tolerancia excesiva puede degenerar en creer que dos opiniones opuestas son igualmente válidas, es decir, que ambas son ciertas cuando no lo pueden ser. O es mejor el liberalismo o es mejor el socialismo, pero al mismo tiempo no pueden ser mejores los dos.

El liberal o el socialista razonable es tolerante de las opiniones contrarias, pero no las considera igual de reales que las suyas. Y su actitud es la abierta, la de razonar y así intentar saber más. Sin esa actitud de apertura a la discusión, los dilemas sólo pueden remediarse por medio de la fuerza o de la opinión mayoritaria… y ninguna de las dos funciona para encontrar la verdad.

Piense usted en un ejemplo extremo: una olla de agua muy caliente. Uno puede creer que el agua está caliente y otro que está fría.

Pero no importa lo que cada quien piense, la realidad es una y ella no cambia por lo que alguien piense o crea. El mismo principio es aplicable al resto de las cosas que conocemos. Puede creerse que la tierra es plana, que es el centro del universo, que se puede obtener oro del plomo, lo que sea, pero esa creencia está sujeta a ser analizada, razonada y comprobada.

Eso lo podemos hacer con las cosas tangibles y saber que la tierra es casi redonda, que da vueltas alrededor de una estrella. O que el aumento del circulante, bajo ciertas condiciones, causa inflación. O que algunas sustancias químicas mezcladas causan una explosión. El problema comienza en las ciencias en las que no podemos tener comprobaciones de ese tipo y que son, curiosamente, las de mayor trascendencia.

Mi miedo es que la tolerancia excesiva y la creencia en verdades personales nos lleve a suspender el uso de nuestra capacidad para pensar y, por eso, nos lleve a decir que nada importa. Si eso llegase a suceder, nuestras vidas caerán en un vacío absoluto.


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