Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Una Solución de Etiquetas
Eduardo García Gaspar
19 junio 2007
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


“Usted es un fanático conservador”, dijo una persona a otra es una discusión.

“Y usted es un extremista radical fundamentalista”, le contestó el otro.

Antes las dos personas habían usado la lista usual de apelativos: capitalista salvaje, colectivista, fascista y los que podemos imaginar usted y yo.

No hay campos más fértiles para la variedad de opiniones que los de la economía y la política. Hay tal cantidad de opiniones que acudimos a una solución mala, pero que simplifica el problema: le ponemos etiquetas a las personas y con ello pensamos que sabemos lo que piensan.

La cosa no sería tan mala, excepto por una pésima costumbre, la de usar esas etiquetas como injuria. El más famoso de todos esos usos es el de comparar al enemigo con Hitler, bajo el supuesto de que todo lo que hacía o pensaba ese tipo era malo… lo que haría concluir que tener perros es malo porque Hitler los poseía.

El problema se complica porque, además, cada quien tiene su calificación de las etiquetas. Hace poco leí una columna que hablaba de un neoliberal elogiando su defensa de las libertades humanas, pero otra columna posterior hablaba del neoliberalismo como el causante de todos los males en el mundo. Es decir, hay calificaciones, pero no hay definiciones.

Tome usted a un conservador: lo es quien respeta tradiciones, enfatiza preceptos éticos y rechaza los grandes cambios sociales. Prefiere la transición espontánea a la artificial impuesta. No es un concepto sencillo y además, es perfectamente compatible con las ideas del liberal que desea escaso gobierno y libertades económicas.

O del otro lado, tome usted a un socialista: lo es quien se inclina claramente por la intervención estatal en la sociedad, especialmente en la economía. Los hay de diversas intensidades, desde los que quieren que el gobierno sea el propietario de los medios de producción hasta los que aprueban las libertades de comercio y la propiedad privada de los medios de producción.

Mi punto es sencillo: somos en México gente más inclinada al insulto que a la discusión y es por eso que aquí se usan esas etiquetas como adjetivos insultativos, si se me permite la palabra, y no como ayuda a la discusión. Es así que uno grita al otro, “fundamentalista conservador” y el otro contesta, “extremista fascista”. El resultado es una pelea y no una oportunidad de avance.

Pero, al mismo tiempo, nuestra cultura muestra otro rasgo, el de evitar el conflicto, lo que también causa  la misma pérdida de una oportunidad de aprendizaje. Para muchos es sagrado eso de que en todo suceso hay dos posiciones, o toda historia tiene dos lados. La ventaja de pensar así es tener un inicio de discusión razonable… pero hay un problema, la verdad tiene un sólo lado.

En la discusión entre liberales y socialistas, por ejemplo, la razón está más de un lado que del otro y de eso pocas dudas podemos tener. Darle la razón a ambos, mostrarse ambivalente entre los dos, es una postura cómoda, la del que no quiere comprometerse. En una discusión agria, hace tiempo, con un socialista, terminé por agradecerle su sinceridad y compromiso. Él era muy superior a quienes se quedan en medio.

Las consideraciones anteriores muestran un problema cultural para la maduración de nuestra democracia. Tenemos costumbres agresivas que sustituyen a la discusión civil entre quienes han adoptado posturas políticas y, al mismo tiempo, tenemos escasos deseos de adoptar una posición en los casos de quienes no lo han hecho. El efecto conjunto de ambas cosas es fatal.

Los que han adoptado posiciones políticas pasarán su tiempo arrojándose etiquetas políticas de insulto y ellos serán el espectáculo que verán personas para quienes esas discusiones son irrelevantes. El problema no se va a resolver con la educación de las siguientes generaciones, al menos dada la baja calidad educativa en el país.

Pero de corto plazo puede ser que suceda algo entre los mismos gobernantes y las personas que han tomado una posición política. Puede ser que algunos de ellos ya se hayan dado cuenta de la pérdida de oportunidades de acuerdos y de la inutilidad de las etiquetas que insultan. Quizá algunos de ellos ya trabajen sobre la idea de que lo que caracteriza al ser humano es el razonar y poder comunicar sus ideas.

POST SCRIPTUMA lo anterior debo añadir otro rasgo cultural mexicano, el del personalismo: la creencia en crear ismos basados en personas y no en ideales. Durante el siglo 19, en México, los conflictos se daban entre conservadores y liberales, pero durante el siglo 20 las peleas se daban entre el villismo, el carrancismo, el maderismo… y la costumbre sigue al aún hoy hablarse del salinismo, el foxismo, el echeverrismo.


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