Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Una Visión Torcida
Leonardo Girondella Mora
7 agosto 2007
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Asuntos
Catalogado en:


Conozco empresarios a quienes da vergüenza la fortuna que han logrado con sus empresas —quizá sea por ese lamentable medio ambiente mental de personas que aún no entienden al panadero: el de Adam Smith, el que buscando su bienestar y, sin quererlo conscientemente, coloca pan en nuestras mesas y nos hace un favor mutuo.

Bill Gates parece sufrir del mismo síndrome —al menos eso demuestra con su énfasis en las acciones filantrópicas que realiza y su consecuente descuido de eso que le ha permitido realizarlas.

Quizá sea una víctima más de los proponentes de la responsabilidad social de la empresa, ese concepto tan sobado como absurdo.

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Un artículo del WSJ (19 junio) trata ese punto y lo hace con la misma mentalidad que esta página ambiciona lograr —la de ir a la realidad dejando de lado las ideas chatarra. Gates y empresarios que operan en mercados libres deberían estar orgullosos por haber logrado ser exitosos, porque eso es y nada más lo que luego les permite ser filantrópicos.

Ese artículo, de Robert Barro, profesor de economía en la Harvard University y senior fellow en la Hoover Institution de la Stanford University, hace un breve análisis que merece verse con detenimiento para ver que lo que Microsoft hace es mayor que esa filantropía de Gates.

El valor de mercado de Microsoft anda por los 287 mil millones de dólares y sus ingresos en 2006 fueron de 44 mil millones, con utilidades de 13 mil. Es obvio que esos recursos no fueron creados de la nada —tuvieron que venir de intercambios voluntarios con clientes que lograron también beneficiarse con ellos.  Lo que Microsoft hizo no pudo hacer es extraer ese dinero sin dar algo a cambio.

Barro —que sigue con su explicación— presupone que cada nueva versión de las aplicaciones de Windows tienen un precio determinado, por ejemplo 50 dólares. Claramente los ingresos serían igual a la multiplicación de ese precio por el número de clientes que sea para dar el total de ingresos. Las utilidades sería el resultado de restar a los ingresos los costos de la empresa.

Eso es uno de los lados de la ecuación —el que se ve y reportan las noticias financieras, el que causa admiración e incluso envidia, lo que hace aparecer a Gates en las listas de los millonarios mayores. Pero hay otro lado en la ecuación y que es el que pasa desapercibido para la mayoría —es el lado del beneficio que se logra tener en los clientes. Si se sigue el mismo principio contable, la utilidad del cliente es el beneficio que logra con el producto menos el costo de ese producto.

Barro hace referencia al intercambio voluntario —el que se realiza solamente en los casos en los que el vendedor y el comprador creen que saldrán los dos ganando. Debe ser por definición positivo en la mayoría de los casos. Calculado de manera conservadora, del lado del cliente, ese beneficio para él es al menos igual que el de las ventas de Microsoft, 44 mil millones, lo que al múltiplo de utilidades de la empresa de su valuación, 22 veces, da un total de 970 mil millones de beneficio a todos los clientes.

Esos 970 mil millones son más de 10 veces sus acciones filantrópicas planeadas —en un sólo año, 2006. Lo que Barro ha hecho es notable como pocas cosas.

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Es una costumbre establecida —quizá por el marxismo popular, el ver sólo a las empresas y sus ingresos, para causar admiración en unos y en otros envidia. Hacer esto es como presentar en un juicio los testimonios de una sola de las partes. El empresario es examinado, pero se olvida al consumidor quien también tuvo una entrada en sus arcas, al menos del mismo valor que la que tuvo la empresa.

Puede pensarse en esto: alguien pasa por la calle y compra un jugo de fruta a un puesto ambulante, a un precio de 10 pesos. El intercambio ha sido voluntario: el juguero prefiere tener los 10 pesos míos y yo el jugo de naranja. Entonces sucede lo siguiente:

• El juguero acumula las ventas de ese día —por ejemplo, 100 vasos de jugo a 10 pesos cada uno, para un total de 1,000 pesos. Si eso mismo sucediera todos los días en promedio, al mes percibe 30,000 pesos, de los que tiene que restar sus costos. Esta parte de la ecuación es la que suele verse exclusivamente.

• Cada día hay 100 clientes que reciben un beneficio real y tangible que ellos valoran en 10 pesos por vaso como mínimo, lo que significa que al menos el juguero ha creado un beneficio en el resto equivalente a lo que recibe. Al menos, reitero, porque si cada cliente tuviera que hacer el jugo el costo de oportunidad sería mayor, es decir, hay una utilidad en el comprador: el costo del jugo fue inferior al del ingreso en beneficio.

Si el juguero decide dar caridades con sus ingresos o mejor dicho, utilidades, ésa es una decisión de él, legítima y libre —pero no debía olvidar que también ha beneficiado a otros con su puesto ambulante y que la suma de esos beneficios sin duda será mayor que la que él haga con sus ingresos.

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Las precisiones anteriores serán cuestionadas por el lector avezado — argumentará que las empresas pueden actuar sin ética, que sus productos pueden ser de precios excesivos y baja calidad, que el servicio prometido es malo y cosas de la misma naturaleza.

Tiene razón ese lector con su argumentación —a la que tendría que añadirse otra posibilidad, la del cliente que también actúa con mala fe al no pagar, retrasar sus pagos, maltratar el producto, robar y similares. No sólo las empresas se comportan inmoralmente.

El punto, sin embargo, sigue vigente —es muy visible la acumulación de resultados en unas pocas entidades, las empresas, con números claros que ofrecen sus libros contables: los reportes financieros de las bolsas de valores son con frecuencia reportados por los medios noticiosos.

Lo escasamente reportado y notado es la otra parte de esos reportes, la del beneficio causado en los clientes —hubo en esos clientes beneficios que, desafortunadamente, no pueden calcularse con claridad contable, pero que son reales.

Cuando alguien compra, por ejemplo, un iPod de 399 dólares, lo hace por una razón racional: la persona valora más al iPod que a los dólares que posee —es decir, al menos hay un beneficio equivalente a esos 399 dólares en el cliente.

En abril pasado, Apple reportó que había ya vendido 100 millones de esos aparatos, una noticia sin duda favorable para esa empresa y que no considera el otro lado de la ecuación: también 100 millones de personas tuvieron un beneficio mínimo acumulado de ese tipo.

Ahora el lector avezado podrá hacer otra observación: para que exista este beneficio mutuo deberán existir ciertas condiciones en la venta, especialmente la de existencia de opciones —algo así como un mercado libre y sin monopolios. Tiene razón el lector. La existencia de monopolios altera la equivalencia de beneficios mutuos entre ambas partes de los intercambios. Pero el tema tiene sus finura y debe aclararse algo.

Es obvio que Apple tiene un monopolio sobre el iPod, es su creación y está protegido por patentes. Lo mismo le pasa a Microsoft y sus productos y a muchas otras empresas. Pero sus productos tienen sustitutos —hay otros aparatos para escuchar música y otras aplicaciones y sistemas operativos de computadores.

Y es obvio también que, por ejemplo, Pemex tiene ese mismo monopolio sobre sus marcas y productos, con una diferencia: por ley, nadie más pruede ofrecer productos sustitutos.


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