Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Visión de Corto Plazo
Leonardo Girondella Mora
19 abril 2007
Sección: PROSPERIDAD, Sección: Asuntos
Catalogado en: ,


La Jornada, el periódico de la Ciudad de México, publicó una columna en verdad interesante —el pasado 30 de marzo, Julio Boltvinik escribió Economía moral: laberinto de la pobreza campesina.

Examinar su idea central es una acción de utilidad al poder examinar un caso real de razonamiento económico que critica severamente al capitalismo —y crea la oportunidad de observar muy de cerca la causa de esa crítica y una propuesta sin sentido.  A continuación examino las partes de la tesis central del autor y hago comentarios.

En la primera parte de la tesis de Boltvinik, dice que la “pobreza campesina está determinada por la estacionalidad de la agricultura y por el hecho que en el capitalismo los precios incorporan (como costos) sólo los salarios de las jornadas efectivamente laboradas y pagadas”.

Es decir, la pobreza mexicana en el campo se debe a la temporalidad del trabajo del campesino, quien recibe ingresos sólo por jornadas efectivamente trabajadas y no mientras permanece ocioso. Este error de partida es causa de sus errores de solución.

Boltvinik no hace mención de otra variable, la productividad, un error grave que coloca la culpa en la naturaleza de una actividad estacional. Si lo que él dice fuese cierto, todos los agricultores en todas partes serían pobres —más aún, todos los dedicados a trabajos estacionales, lo serían: hoteles, turismo, venta de helados, trajes de baño, adornos de Navidad y todo lo estacional.

Continúa diciendo que al “concurrir los productores campesinos con empresas capitalistas en los mismos mercados, y actuar en ellos como tomadores de precios, los precios de sus productos sólo pueden remunerar los días efectivamente trabajados”.

Es decir, los campesinos venden a terceros a precios que integran costos en los que sólo están incluidos los días efectivamente trabajados por el campesino.

De acuerdo, ésa es la regla aceptada, el integrar a los costos totales solamente los costos reales y no los imaginarios —un dentista principiante no podría integrar en el precio de una consulta diaria el monto de las ocho que podría realizar en ese mismo tiempo. Lo mismo sucede con un albañil en una obra, o un cirujano —cobra por el tiempo trabajado a un precio que es acordado libremente por ambas partes según valoración subjetiva de ambos y que intenta cubrir los costos reales.

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Explica el autor su idea con otras palabras, diciendo que “que el costo social de la estacionalidad es absorbido por los campesinos con un sufrimiento humano altísimo y la pobreza permanente. El campesino debe buscar ingresos adicionales fuera de la parcela”.

Las palabras confunden un tanto pues habla de “costo social”, una frase que debe suponerse se refiere a la falta de ingresos del campesino durante sus momentos de no-trabajo. Desde luego, la carencia de ingresos es motivo de una vida de menor calidad y el deseo de remediarlo es lo que correctamente se señala mueve al campesino a buscar otra fuente de ingresos.

Eso es lo que en general haría cualquiera, buscar otras formas de tener ingresos adicionales o mayores —me imagino que esa búsqueda tome la forma de emigración del campo a otros lugares, sea el extranjero como emigrante ilegal o el ir a las ciudades con mayores oportunidades de empleo.

Luego afirma que si “la economía campesina no compitiera con la economía capitalista, podría trasladar al consumidor, vía precios, los costos de manutención familiar durante todo el año”.

La idea central aquí es una transferencia de dinero —si es capitalista o no, eso es lo de menos. Boltvinik pide abiertamente que el consumidor pague el mantenimiento del campesino por medio de la elevación artificial de los precios de los productos agrícolas —para beneficiar al campesino, por tanto, debe lastimarse al consumidor, una idea que podría justificarse solamente negando la igualdad de derechos: los campesinos tienen más derechos que los consumidores. Unos son ciudadanos de segunda y deben sacrificarse en aras de los de primera.

Es una propuesta muy representativa del remedio equivocado —para que alguien viva mejor debe empeorarse la vida de otros, en un juego de suma cero y seguramente, negativa.

Boltvinik está diciendo que la economía mejorará elevando intencionalmente los precios de los bienes. No es una idea que pueda sustentarse sólidamente y en realidad debe ser la opuesta: las reducciones de precio hacen accesibles a los bienes y elevan el bienestar de las personas.

Boltvinik niega eso y afirma que se va a vivir mejor si los precios aumentan —lo que trasladado como principio general establecería que si elevando los precios de los productos agrícolas vivirán mejor los campesinos, entonces elevando los precios de los productos industrializados vivirán mejor los trabajadores y empresarios. No tiene sentido.

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Continúa el autor diciendo que lo anterior “explica los subsidios agrícolas en los países desarrollados mediante los cuales el costo social de la estacionalidad es trasladado a toda la sociedad, expresando con ello el reconocimiento social del derecho de las unidades económicas familiares (campesinos y farmers) a un nivel digno de vida”.

Es decir Boltvinik insiste en su punto sin que quede la menor duda —justifica los subsidios de países desarrollados a sus productos agrícolas porque esos subsidios significan que el resto de las personas pagan el “derecho de las unidades familiares” de los campesinos a una vida digna. En el fondo, por tanto, la tesis valida la idea de que unas personas pueden ser sacrificadas en aras de otras y que quién es sacrificado es una decisión gubernamental.

Enfatiza esa idea el autor mencionando que “Esto evita que tengan que degradar su estatus alquilando temporalmente su fuerza de trabajo de manera itinerante. Cuando este derecho no se reconoce, se condena a los campesinos a la pobreza permanente”.

De nuevo, que no haya dudas: para quitar la pobreza de unos hay que elevar la pobreza de otros. Menos falta de imaginación no puede pedirse —y llama la atención el que el autor ignore por completo la alternativa obvia, la de elevar la productividad del sector agrícola y por ello los ingresos de los campesinos sin necesidad de dañar a nadie.

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Y al final, la recomendación de Boltvinik: “La política correcta para los países del tercer mundo, si quieren abatir la pobreza campesina no es combatir los subsidios agrícolas de los países del primer mundo, sino también subsidiar a sus campesinos y protegerlos de los precios (subsidiados) del exterior”.

Es decir, para resolver un problema real se debe cometer el mismo error que otros han cometido, volviendo al sector agrícola uno merecedor de privilegios que otros pagan.

El campo es otro medio de producción, no diferente a una planta de producción de automóviles —si no se considera adecuado subsidiar a ésta, por la misma razón no debe subsidiarse a aquél.

La intención de presentar lo anterior ha sido mostrar lo erróneo que puede estarse en propuestas económicas que tienen intenciones buenas —a todos mueve la pobreza de muchos campesinos y sin embargo, ese sentimiento que es admirable ha llevado a Boltvinik a proponer algo que carece de sustento: pasar al resto de la sociedad el costo de remediar el nivel de pobreza de un grupo mediante un mecanismo de transferencia que usa la fuerza gubernamental.

Caridad obligatoria que abre las puertas a remediar de la misma manera problemas sectoriales similares.

Boltvinik olvida que el ingreso puede elevarse por medio de la productividad, es decir, por medio de la acumulación de capital —pero también olvida que en las actividades económicas hay una contraparte, el consumidor, al que él propone dañar para privilegiar a un productor. E ignora que al elevarse los precios de los productos agrícolas se reduciría el ingreso real de los consumidores, lo que dañaría a productores de otros bienes incluyendo al campesino mismo.

¿El error de Boltvinik? Olvidar que la sociedad es un sistema muy complejo de relaciones e interacciones que no puede guiarse con el simplismo que él presupone pensando que lo que desea hacer no tiene consecuencias en el resto de la sociedad.

F. Bastiat lo expresó admirablemente al decir que la diferencia entre un buen economista y uno malo es su capacidad de ver más allá de los efectos inmediatos. Boltvinik ha visto el muy corto plazo solamente.


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