Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Vocablos al trono
 
28 agosto 2007
Sección: EDUCACION, Sección: Asuntos
Catalogado en:


En la conferencia Teoría y práctica de la literatura transatlántica —ofrecida en la Cátedra Alfonso Reyes en el 2006— el Dr. Julio Ortega expuso una historia singular y maravillosa:

Cuando el inca Atahualpa estuvo prisionero le pidió al letrado y muy culto hermano de Francisco Pizarro, conquistador del Perú: «enséñame el español, ahora que estoy preso tengo tiempo para aprender una lengua más»; luego de haber aprendido, Atahualpa quedó pasmado al saber que el conquistador que lo había vencido no supiera leer ni escribir —ya que Pizarro era analfabeto—, entonces el inca escribió en su uña la palabra “Dios” y le preguntó: «Qué dice acá», Pizarro le contesta «no sé» y el inca termina expresando «¡pero cómo ¿no puedes reconocer el nombre de tu Dios…?!»; de esta forma, el vocablo más grande que utilizó el vencedor —en su discurso para conquistar— fue esgrimido en su contra como una pequeña venganza del vencido.

La intención de seducir con el lenguaje escrito se ve reflejada en múltiples escenarios, como el ensayo, el cuento o la poesía, sin embargo estos espacios serían estériles sin el mágico juego de la sintaxis, en el que el contexto y el orden de las palabras influyen para lograr una historia poderosa y trascendente.

En la anécdota de la conquista del Perú, la palabra “Dios” —altamente significativa por sí sola— se entroniza con la labor conjunta de los otros vocablos que conforman la narración. Si el cronista que relató el suceso hubiera planteado que el que escribió la palabra era Francisco Pizarro, quizás el acontecimiento no tendría relevancia alguna y de esta forma pasaría desapercibido; imagínense también qué hubiera sucedido si en vez del vocablo “Dios” el conquistador hubiera utilizado un sinónimo como “Creador”, “Salvador” o incluso “Todopoderoso”…: el emperador Atahualpa tal vez hubiera necesitado dejarse crecer las uñas o buscado una página corporal más extensa.

Es así como —debido a la muy particular manera de “batir” la coctelera de expresiones y visiones— los cronistas del descubrimiento de América y de la conquista española crearon nuestra Historia continental, que sería probablemente una muy distinta de haber utilizado otras combinaciones.

Además del…, digamos, “léxico-mix” o mezclado léxico, otro mecanismo para la creación de poderosos textos es el conocimiento de los significados que posean las palabras. Con relación a esto, la cinematografía norteamericana muestra un claro ejemplo de cómo un individuo es capaz de iniciar un movimiento social luego de consultar en el diccionario un par de términos.

La película a la que me refiero es Malcom X; en ella, este personaje, que había sido apresado por su conducta violenta, se ve confrontado y cuestionado por un prisionero integrante de la organización religiosa “La Nación del Islam”, conocida también como “Movimiento Musulmán Negro”; el preso lleva a Malcom X a la biblioteca y le pide que busque el vocablo “negro”, del cual obtiene significados como “desprovisto de luz y color”, “sumido en la oscuridad”, incluso “manchado de suciedad”, “impuro”, “aborrecible” y otros más nada halagadores. De igual forma hace el ejercicio con la palabra “blanco”, cuyas expresiones equivalentes eran: “lo opuesto de negro”, “libre de manchas y suciedad”, “puro”, “inofensivo”, “honesto”, “justo”, etcétera. La reflexión de este nuevo conocimiento desemboca en la conocida lucha por los Derechos Civiles.

La importancia de esta anécdota, ya sea un suceso verídico o una mera leyenda urbana creada por los cineastas para imprimirle tintes épicos al origen de ese movimiento norteamericano, es precisamente el hecho de lo que aporta dominar los significados de las palabras y la capacidad de razonamiento sobre el lenguaje y su impacto, el cual sería distinto, en este caso, si en vez de la palabra “negro” se hubiera consultado, por ejemplo…, “amarillo”.

Sin embargo apoderarse de los significados puede llevar al texto a un determinado nivel, que podría desarrollarse aún más conociendo la historia misma de las palabras, porque éstas también tienen su pasado, que alguna vez difiere en su coloquial uso actual, como en el caso de “friolera”; esta palabra la encontré en el periódico mexicano El despertador americano, editado en 1810 y 1811, y se relacionaba más con sinónimos como “pequeñez” y “menudencia”, que aún hoy en día, en textos formales podemos ubicar; no obstante, las personas futboleras como yo, de seguro habrán escuchado a los comentaristas decir que determinado equipo: “¡se trajo la friolera de 7 goles en contra…!”, sin alusión a ningún equipo goleado, siete, creo, no es ninguna “pequeñez”.

Hay otras palabras que aún vinculamos con su singular pasado, como “difunto”, que proviene del latín defunctus, el que había saldado una cuenta o cumplido con alguna obligación, significado que originalmente no estaba asociado con la idea de la muerte, hasta que la Iglesia católica lo utilizó como eufemismo para “muerto”; otra que, cuando la escuchamos nos remite a un tormento, un suplicio, es la palabra “trabajo”, el cual se deriva del vocablo latino tripalium, que era el nombre de un instrumento formado con tres palos donde los reos eran torturados; y, sin temor a equivocarme, creo que usted ha escuchado alguna vez la expresión “¡me hizo orinarme de la risa!”, y eso puede suceder tanto físicamente como por la vinculación del verbo latino umere (que significaba “humedecer”) con las personas bromistas, relación que los franceses del siglo XVII empezaron a utilizar con base en las antiguas teorías sobre los humores.

Aunado a lo anterior, cada escritor se ha visto envuelto en diversos sucesos, políticos, sociales, culturales y, por qué no decirlo, también románticos, con los que —además de aderezar sus textos—  nos ofrecen como huellas dactilares detalles de la época.

Esas estampas, esos rasgos peculiares, de algún período determinado, al paso del tiempo se han enriquecido o deformado, según se quiera ver; por ejemplo, para los de mi generación y anteriores a ésta, Cuauhtémoc, el 2 de octubre e Hidalgo, pertenecen a una gaveta de nuestra memoria llamada “Historia Nacional” (con mayúsculas), esa que a veces nos parecía apolillada por tan lejana o que algunos maestros convertían en pesadilla porque teníamos que “machetear” los acontecimientos patrios. Sin embargo, para las actuales generaciones, Cuauhtémoc y el 2 de octubre tal vez estén en el apartado “futbol” como un delantero mexicano y el día en que la “sub-17” ganó el primer campeonato mundial para nuestro país; probablemente Hidalgo, con menor fortuna, se encuentre en una sección, digamos…, etílica, como una forma en la que generaciones de finales del siglo XX tomaban alcohol.

Hace poco tiempo un alumno me entregó una tarea en la que describía a la sinfonola o rockola como un artículo que le había llamado mucho la atención, y apuntaba con tanta admiración que antes la gente se reunía para escuchar ese aparato… y sí, efectivamente, como se decía antes: “me cayó el veinte”…, la sinfonola… diversión de mis padres…, recuerdo de mi infancia…, hoy… ¡pieza de museo! En este sentido la ciencia y la tecnología —con su sinfín de artilugios— nos alegran el presente, pero… ¿nos deprimirán en el futuro?

Sin ser pitonisa veo en algunos jóvenes de hoy una escena, dentro de unos 10 o 15 años más o menos: “mamá, papá,… tú que eres ‘ruco del siglo pasado’ (porque literalmente lo van a ser) me pidieron en la escuela que investigara sobre el “iPod’…” y creo que a más de uno se le va a caer la nostalgia o tal vez, incluso, se le va a multiplicar, porque comenzarán a tener una fabulosa diarrea de recuerdos con el CD, el DVD, el USB…, que —para ese momento— se habrán extinguido o, con mejor suerte, serán… ¡piezas de exhibición!

El poder de las palabras se gesta con voluntad e imaginación; como lo expresó Alejo Carpentier:

“Un día, los hombres descubrirán un

alfabeto en los ojos de las caledonias,

en los pardos terciopelos de la falena,

y entonces se sabrá con asombro que

cada caracol manchado era,

desde siempre,

un poema”.


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Las secciones de Asuntos  presenta ideas en textos breves y la sección de Análisis en textos más extensos.



No hay comentarios en “Vocablos al trono”
  1. Ma. Beatriz Hinojosa G. Dijo:

    ¡Felicidades!, me parece muy interesante y ameno. Como es costumbre te envío mi admiración

  2. Myrna Dijo:

    Articulo interesante y explicativo acerca del cambio en el uso del lenguaje. Felicidades

  3. may bahena acosta Dijo:

    es muy buna esta pagina espero que haga mas





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