Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Caridad: Medir Sus Resultados
Leonardo Girondella Mora
11 abril 2008
Sección: ETICA, Sección: Análisis
Catalogado en:


El punto central de la caridad, cuando es vista con racionalidad, es realizarla de la manera en la que mejor rinda resultados —resultados en el receptor de la caridad o la ayuda dada. No tendría sentido dar caridad y en ello emplear recursos que nunca sobran, si esa caridad no produce el efecto deseado. En palabras breves, una buena obra de caridad es la que también mide los resultados obtenidos comparados contra el objetivo buscado, presuponiendo que éste es bueno.

En mi evaluación de resultados descarto uno de sus efectos, el de la satisfacción personal del realizador de la obra de caridad —mientras que la satisfacción personal es sin duda una consecuencia de hacer caridad no es parte integral del resultado buscado, sino una consecuencia lateral de escasa importancia real.

Para examinar qué es la caridad creo que no hay mejor fuente que el texto del Catecismo Católico al respecto y del que hago un resumen que será de utilidad en el análisis de la efectividad de la caridad —los números que cito son los que corresponden a ese texto que tiene varias ediciones.

• La caridad es una de las virtudes teologales que “fundan, animan y caracterizan el obrar moral del cristiano… Informan y vivifican todas las virtudes morales”. Las otras dos son la fe y la esperanza (1813). La caridad es (1822) “… la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por El mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios”.

• (1825) “El Señor nos pide que amemos como El hasta a nuestros enemigos, que nos hagamos prójimos del más lejano, que amemos a los niños y a los pobres como a El mismo… El apóstol san Pablo ofrece una descripción incomparable de la caridad: ‘La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta”.

• (1829) “La caridad… Exige la práctica del bien y la corrección fraterna; es benevolencia; suscita la reciprocidad; es siempre desinteresada y generosa; es amistad y comunión: La culminación de todas nuestras obras es el amor. Ese es el fin; para conseguirlo, corremos; hacia él corremos; una vez llegados, en él reposamos”.

En resumen, la caridad es actuar amando —y con o sin las connotaciones cristianas se puede con facilidad entender como la realización desinteresada de acciones que persiguen el beneficio de terceros, especialmente quienes están dentro de una mala situación relativa a la del que da.

Tipos de caridad

Esas acciones caritativas pueden ser de muy diversos tipos —con facilidad pueden crearse clases o categorías de obras de caridad: las realizadas ocasionalmente, las sistemáticas; las personales, las institucionales; las pequeñas, las grandes; las de urgencia inmediata, las de efectos de largo plazo. De entre todos estos tipos deseo destacar las que son de grandes montos, de naturaleza más bien institucional y que pueden perseguir resultados de corto o largo plazo.

En particular quiero referirme a las obras de ayuda y caridad que realizan empresas y personas con gran cantidad de fondos a su disposición o que son capaces de atraerlos —son los casos representados por las muy conocidas acciones de celebridades como Bill y Melinda Gates que presiden una gran fundación y como Bono, el cantante, que tiene un gran poder de convocar y llamar la atención a obras de ayuda. En lo general, son los casos de las fundaciones que otorgan recursos que facilitan acciones que son de beneficio, sea la compra de redes protectoras contra mosquitos en África o becas a estudiantes prometedores sin recursos.

Resultados, resultados…

Los fondos otorgados por las fundaciones o individuos —es un punto central— en casos de grandes cantidades tienen la obligación inherente de ser usadas con eficiencia. Es decir, deben ser evaluadas para suspender las obras de resultados malos y sostener las de resultados buenos.

Quiero ir más allá de la satisfacción personal y fama del donante: lo que más interesa no es la fama de Bono o de los Gates, ni su satisfacción personal, sino el resultado final de sus acciones caritativas.

En una columna reciente del Wall Street Journal se expresa muy bien esta preocupación mía —William R. Easterly, en Why Bill Gates Hates My Book, plantea que no hay evidencia que las grandes ayudas de las empresas sean efectivas en el combate a la pobreza. Easterly es profesor de economía en la Universidad de New York y autor de The White Man\\’s Burden: Why the West\\’s Efforts to Aid the Rest Have Done So Much Ill and So Little Good (Penguin, 2006) .

El punto es simple: con evidencias que sugieren falta de resultados, las acciones filantrópicas son puestas en tela de juicio para todos, muy especialmente para quien las realiza y con ellas adquiere una posición reconocida. En Ayuda y Corrupción (19 mayo 2006), señalé que algo similar podía decirse de los esfuerzos para reducir la deuda externa como medida para combatir la pobreza: esa reducción podría estar en realidad fomentando la miseria al mantener las condiciones internas que la crean en cada país. Véase, por ejemplo, Foreign aid funds corruption new study reveals.

La gran idea aquí es muy cristalina: existe la obligación en esos donantes con fines nobles de estudiar los resultados de sus obras, no sólo como una forma de elevar la eficiencia de los fondos usados, sino lo más importante: para evitar que se profundice eso que pretenden ayudar a combatir.

Pero hay más…

La carencia de medición de resultados no sólo puede resultar en fondos desaprovechados y empeoramiento del problema a resolver —también puede acarrear una consecuencia lateral indeseable, la de llevar a otros a cometer el mismo error propio. Quien, por ejemplo, hace una cruzada en favor de la condonación de la deuda externa de algunos países no cometerá un error personal solamente, sino que provocará que otros lo cometan —agravando las malas consecuencias de tal acción.

En el caso de los Gates esto es más complejo. En la opinión del multimillonario, según sus afirmaciones en Davos, el sistema capitalista sólo sirve para aquellos que pueden pagar los bienes —los que no pueden pagarlos se quedan sin beneficios y por eso necesidades de los pobres quedan sin ser satisfechas. La solución, según Gates, es la filantropía empresarial, de la que él es un ejemplo convencido.

No es Gates alguien que pretenda destruir al capitalismo, sino uno que lo entiende de manera muy limitada. La columna de Easterly da datos al respecto: en 2005 el Tercer Mundo recibió 5.1 miles de millones de dólares de ayuda empresarial estadounidense, equivalente a 0.004% de los 12.4 billones de producción. ¿Muy poco y debe ser más? Antes de entrar en una campaña convocatoria deben darse resultados. No los hay. De seguro es más productiva la otra ruta: facilitar la creación de capital en esos lugares en los que desea combatirse la pobreza —después de todo es el capital el que hace posible elevar los ingresos. La caridad consistente crea dependencia y no eleva ingresos.

Mi gran punto aquí es ver las cosas desde el otro lado. Contrario a lo que Gates cree, el capitalismo ha reducido la pobreza y puede hacerlo más, con más éxito que la filantropía clásica. Más datos de Easterly: en 1950 el ingreso promedio en el mundo era de 2,000 dólares, ahora es 3.5 veces mayor; los países pobres crecen a ritmos que no son diferentes a los de países ricos.

En resumen

No pueden ser más dignos de alabanza los esfuerzos de las grandes fundaciones filantrópicas —ellas poseen compromisos reales y muestran que sí aman al prójimo. Pero esas acciones, por bien motivadas que estén, suele faltar otro ingrediente que es vital y se trata de otra de las virtudes: la prudencia.

Según en Catecismo Católico “La prudencia es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo… conduce las otras virtudes indicándoles regla y medida… guía directamente el juicio de conciencia. El hombre prudente decide y ordena su conducta según este juicio. Gracias a esta virtud aplicamos sin error los principios morales a los casos particulares y superamos las dudas sobre el bien que debemos hacer y el mal que debemos evitar”. (1806 y sigs)

He llamado la atención a la conveniencia de medir los resultados de las acciones de caridad, pero hay una mejor manera de expresar eso y es hacer notar que la virtud de la caridad sin la de la prudencia produce resultados contrarios a los que la caridad nos pide.


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