Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Confianza en las Personas
Eduardo García Gaspar
24 abril 2008
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


José Guadalupe es o era un taxista servicial y amable. Usé sus servicios hace varios años por recomendación del gerente de un hotel en la Ciudad de México. Decía trabajar más de diez horas diarias, incluso los fines de semana. Desde temprano ayudaba a su esposa con otro negocio, el de un puesto de comidas preparadas. Iba a comprar materiales, los preparaba y cocinaba.

Sus hijos estudiaban en la universidad y me contaba que no tenían problemas. Estaba pagando en abonos el coche que usaba en su trabajo y que mantenía impecable. Era un buen tipo, uno que comprendía el significado del trabajo y del esfuerzo. Varias veces, le confié mi portafolio, lo que no suelo hacer.

Si el bueno de José Guadalupe decidiera lanzarse como gobernante y pidiera votar por él, seguramente tendría mi voto. Era un tipo de confianza probada y que contrasta notablemente con los políticos profesionales que solicitan nuestra confianza diciendo que su única vocación es la de servir a otros. No lo creo. No les confiaría mi portafolio ni unos pocos momentos.

En ese taxista confiaba mi vida cuando conducía entre el pesado tráfico de esa enloquecedora ciudad por rumbos que yo desconocía. Ambos, él y yo, colocábamos nuestras vidas en manos de quienes habían armado el coche, especialmente sus frenos. Igual que confiamos en el restaurantero en cuyo establecimiento un día comimos. Nuestra vida, la de todos, está lleno de actos que implican una confianza muy grande en gente que desconocemos.

En gente que jamás veremos. Confiamos en el tipo que armó los frenos y en el que los revisó, cuando tomamos un autobús que nos lleva a, quizá, Zacatecas. Y en los mecánicos que revisaron las turbinas del avión al que subimos. Nuestra sociedad está llena de actos que implican una enorme confianza en los demás, aunque no nos demos cuenta de ello. Y sin embargo, dentro de ese mar de confianza tan poco notorio, hay un vacío grande.

Cuando un gobernante pide tenerle confianza, no sé usted, pero a mi me produce una enorme inquietud. Suele argumentar el político que él posee el deseo de servirnos, pero eso mismo lo tiene José Guadalupe y muchos otros porque de eso viven, de la confianza que generan en los demás. Pero un gobernante, una vez electo ya no necesita confirmar esa confianza, ni refrendarla.

Decía Lord Acton, me parece, que el problema de los gobiernos es uno de elección porque en realidad nadie está preparado para poseer tanto poder y conducirse razonablemente. Los gobiernos son instituciones en extremo poderosas. Siempre lo han sido y por eso, su problema esencial es el cómo manejar ese poder sin cometer abusos. Por esto es que los gobernantes piden tenerles confianza y por eso precisamente es que me aterran.

Los gobernantes tienen un registro histórico bien demostrado de desempeños mediocres y malos. La excelencia en ellos es tan esporádica que a los buenos se les llama de otra manera, estadistas: personas excepcionales con miras de largo plazo y prudencia en el actuar. Son personas que no se marean con el poder.

Algo sucede en nuestra sociedad que revela una situación curiosa. Por todas partes se ven acciones de confianza enorme en otros. Las personas confían unas en otras y dan muestras impresionantes todos los días. Pero cuando se les habla de confiar en las autoridades, esas mismas personas que han confiando en sus iguales, ya no reaccionan igual.

La confianza que sin pensar coloco en el mecánico que revisó los frenos de mi coche, simplemente no se la puedo dar al gobernante. No podría viajar en un avión cuyas turbinas hayan sido revisadas por un político… si se vale esa comparación. De todas las personas, los gobernantes son quizá esos que menos confianza inspiran. Por eso resulta en extremo curioso que algunas propuestas de mejora de la sociedad sean asignadas a los gobernantes como los responsables de su realización. La verdad es que nadie está preparado para realizarlas.


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