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Coprolalia, un lenguaje que empobrece. Definición, síntomas y causas del uso excesivo de un lenguaje vulgar que daña las relaciones personales. Lastima a la urbanidad, a la argumentación y es antecedente de la violencia.

Se dice y probablemente es cierto, que el lenguaje utilizado actualmente es de una calidad muy inferior a la de no hace mucho. Las películas y obras de teatro permiten, aprueban y en ocasiones se sostienen con la utilización de expresiones y palabras vulgares. 

El problema es que ese lenguaje empobrece y tiene un nombre, coprolalia.

La idea para esta carta fue encontrada en Coprolalia, de Enrique Goldbard, Revista ESTE  PAIS, Octubre de 2006, No. 187, México, pp. 53-54.

Punto de partida

El lenguaje es un instrumento al servicio de la razón y requiere ser tan sutil como ella.

Cuando la agudeza del lenguaje es sustituida por la procacidad y la vulgaridad, deja de usarse la razón y la salida única posible es el empleo de la coerción para imponer por la fuerza.

Es por esto que Goldbard hace una aportación importante.

Comienza el autor con la definición etimológica de coprolalia. Kopros, en griego, significa excremento. Lalein, balbucear.

Buena idea dan ya sus raíces de lo que la palabra denota. Es el lenguaje bajo, grosero, vil, soez, de expresiones vulgares e insultos sin causa, usado de manera excesiva y sin razón.

En otra parte, ella ha sido definida así:

«Coprolalia o cacolalia (del griego κόπρος, que significa ‘heces’ y λαλία ‘balbucear’) es la tendencia patológica a proferir obscenidades.​ Esta tendencia circunscribe todas las palabras y frases consideradas culturalmente tabúes o inapropiadas en el ámbito social». es.wikipedia.org

Hacen algún tiempo…

De allí, Goldbard pasa a una reflexión: hace un par de generaciones hubiera sido difícil imaginar el lenguaje usado en la actualidad.

Malas palabras escuchadas en todas partes, desde reuniones sociales hasta medios de comunicación; publicidad, niños, mujeres, adultos, ancianos, políticos.

Y, más aún, los emisores de esas palabras son los menos esperados, mujeres, niños. La coprolalia, continúa el autor, ha sido vista como parte de enfermedades mentales, por ejemplo la esquizofrenia.

Se abre así el camino para demostrar que la coprolalia es un lenguaje que empobrece.

¿Es sólo una percepción de los exagerados? ¿O es algo real?

Evidencias

Una encuesta de julio de 2003, de la American Demographics da evidencias al respecto. La mayoría de las personas usan ese lenguaje en público: 72% de los hombres y 55% de las mujeres.

La tendencia se agrava en los jóvenes: 74% de quienes tienen entre 18 y 34 años contra 48% de los mayores de 55. Igualmente hay evidencias que confirman lo mismo en niños.

Pobreza educativa

Aceptar esa realidad lleva a intentar pensar en sus condicionantes, entre los que el autor señala en primer lugar la estrechez de vocabulario.

Los jóvenes conocen menos palabras por causa de una mala calidad educativa y la escasa lectura que hacen.

La lectura ha sido sustituida por otras formas de diversión, como la televisión, lo que lleva al autor a afirmar que existe una relación inversa entre el número de horas frente a un televisor y la riqueza de vocabulario: las neuronas mueren viendo televisión, dice.

En cuanto a la coprolalia, Hollywood es su promotor. Las palabras soeces son usadas por primera vez causando sorpresa hasta convertirse en lenguaje permitido.

Eso da ocasión a buscar nuevas palabras que vuelvan a producir esa sorpresa y terminen a su vez por ser permitidas. La obscenidad crece en cada paso y llega a las conversaciones diarias como lenguaje permitido.

Menos urbanidad

Pasa ahora el autor a mencionar la disminución de la urbanidad y la cortesía. La coprolalia como lenguaje que empobrece afectando la civilidad.

¿Tiene el empleo del lenguaje vulgar un efecto en la civilidad¿Produce un daño en las relaciones sociales? ¿Es algo que debe preocupar, o el lenguaje soez es un fenómeno que no tiene efectos?

La respuesta es importante. Sí, sí hay una relación entre el lenguaje y la cortesía. Un lenguaje vulgar es agresivo, un antecesor de la violencia. De nuevo, a coprolalia como lenguaje que empobrece porque conduce a la violencia.

El lenguaje vulgar es descortés, el comienzo de la «escalada hacia la violencia». Las palabras usadas son importantes en nuestras relaciones, como nuestras manos, que pueden acariciar, pero también golpear.

Usos del lenguaje vulgar

El lenguaje vulgar, por otro lado, puede ser un lazo de identidad para ciertos grupos, como pandillas, minorías y demás.

Y, es cierto, las maldiciones tienen su uso, cuando se enfrentan ciertas situaciones de sorpresa o contrariedad. Por ejemplo, en las que difícilmente es posible imaginar que alguien exclame “cáspita” en sustitución de otros términos de mayor colorido y justificados por la situación.

Todos los idiomas tienen palabras vulgares y su estado es dinámico. Algunas expresiones o palabras consideradas vulgares antes, ahora no lo son y, más aún, muchas maldiciones han sido usadas en obras de grandes literatos.

Adicionalmente, las malas palabras tienen diferentes intensidades, con algunas consideradas suaves, pero otras muy fuertes, incluso dependiendo de quien las usa: más permitido en hombres que en mujeres.

Coprolalia intensificada

Regresa ahora el autor al fenómeno actual. Las maldiciones son ahora de uso más frecuente. Se utilizan con perseverancia y es común oírlas, por ejemplo, como una salida fácil de comicidad.

Los insultos son más habituales y reiterados. Gobernantes, ejecutivos, estudiantes, mujeres, todos las usan.

Una explicación, según Goldbard, puede ser neurofisiológica. Las malas palabras son originadas en la regiones bajas del cerebro, procesadas no como palabras en sí mismas, las que son procesadas en otra parte del cerebro, sino como piezas completas en sí mismas.

Además, no puede negarse un contenido emocional en los insultos, con dosis de primitivismo.

Puede ser que el lenguaje vulgar sea solo una manifestación de la libertad de expresión, o una válvula de escape y en realidad, nada que deba preocupar.

Y sin embargo, dice el autor, la coprolalia es un lenguaje que empobrece por ser una falta de urbanidad y buenos modales. Es una indicación de primitivismo, baja educación e inhabilidad para discutir. Todo eso posible síntoma de algo que da miedo diagnosticar.

Y algo más…

Una admirable muestra de coprolalia se encuentra en una película que se exhibió a principios de 2009 en México, Rudo y Cursi (información en IMDB).

Es la historia de dos hermanos de origen muy humilde que son descubiertos como jugadores de futbol, tienen éxito, rivalizan entre ellos, no saben manejar el éxito y regresan al punto de partida. Los diálogos de la película contienen palabras soeces tan frecuentes que son buen ejemplo de la incapacidad de razonar cuando se usa tal lenguaje.

Pero sobre todo, la idea de que la coprolalia es lo opuesto a la cortesía y conduce a los tratos violentos, un lenguaje que empobrece las relaciones personales. Como lo ilustró un ejemplo extremo en México en 2019.

Más sobre el tema de la coprolalia que empobrece al lenguaje y daña las relaciones sociales.

El pobre lenguaje político

Por Eduardo García Gaspar 

Muchos gobernantes ha mostrado una faceta que debe ser examinada al tratar la calidad del político mexicano, su lenguaje. Sabemos que esa calidad es baja. Una de las pruebas disponibles es su vocabulario.

La profesión de político demanda varias virtudes, quizá la mayor de ellas sea la prudencia que es la sabiduría necesaria para prever las consecuencias de los actos propios.

Un político sin prudencia es como un bolígrafo sin tinta, de muy poco sirve. Pero esa profesión también necesita habilidades, como la del uso del lenguaje.

No es que el político deba saber hablar, sino que tiene que ser un maestro del lenguaje. Debe dominarlo y manejarlo con dominio pleno. Un político que no sabe hablar bien es como un coche sin motor, de nada sirve.

Por eso resulta importante destacar el uso de las malas palabras en la política. En la medida en la que ellas son usadas el político muestra un terrible defecto, el de falta de dominio del lenguaje.

Por tanto, debe mencionarse a la Coprolalia, una palabra derivada del griego. Copros significa excremento. Lalein significa balbucear. Usted ya se imagina de qué se trata. Lo que no se imagina es lo que produce.

Efectos de la coprolalia

La coprolalia reduce el dominio del lenguaje, empobrece todo lo que toca. Limita el vocabulario y por tanto, la habilidad de pensar.

Por ejemplo, en lugar de contestar y responder, la persona simplemente puede exclamar, «me vale madre».

Más aún, la coprolalia aumenta la violencia al sustituir el nivel de amabilidad que los tratos humanos requieren y que son básicos en un gobernante.

La mentada de madre, esa terrible expresión mexicana, cuando es usada en política, muestra a gobernantes que no llenan los requisitos que sus puestos exigen.

Sin dominio del lenguaje no pueden analizar la realidad, se tornan poco prudentes y no pueden llevar relaciones cordiales entre sí. ¿Cómo razonar con alguien que le dice a uno que usa insultos vulgares? No creo que el tipo sepa leer un reporte simple, mucho menos escribir una breve instrucción.

Demasiados la padecen

No creo que los gobernantes sean los únicos que padecen cropolalia. Las películas están llenas de ella.

Las mujeres jóvenes suponen que el uso de malas palabras las libera. Los comediantes en televisión suponen que eso los hace más graciosos.

Y todo es notable, pues cuando en México el índice de alfabetización ha sido elevado notablemente, el lenguaje ha empeorado.

Insultar como un arte

Una columna del WSJ trató una faceta de este tema al ensalzar el arte del insulto (In Praise of Political Insults, J. Tartakovsky, 2 julio 2008).

Si se va a insultar a alguien, lo menos que debe esperarse es que, en política, lo haga con ingenio. Por ejemplo, en los EEUU, alguien calificó a Jimmy Carter como el mejor presidente que ha tenido… la URSS.

Se cuenta que una vez Oscar Wilde recibió un anónimo que simplemente decía «idiota». Después de leerlo respondió, «es el primer anónimo que recibo y que viene firmado».

En 1936, Winston Churchill criticó al gobierno con estas palabras:

«El Gobierno simplemente no puede tomar decisiones, no puede hacer que el Primer Ministro tome decisiones. Así es que siguen en una extraña paradoja, decididos en su indecisión, resueltos en su irresolución, implacables en su deriva, sólidos en su fluidez, todopoderosos en su impotencia». (traducción mía).

Lo que se pide con esto no es que se detengan los insultos, como pide la ley mexicana, sino que se hagan bien, con ingenio.

Eso revelaría un adelanto importante en la calidad del gobernante. Mostraría que domina el lenguaje, que tiene cultura, que puede llevarse con otros, que tiene sentido del humor y quizá hasta prudencia.

Piense usted en alguien que de sus opositores dice «sus discursos dicen menos que los de Marcel Marceau» y compárelo con alguien que grita una mentada de madre

Pero creo que el punto central es señalar que en un terreno en el que es necesario hablar, escuchar, negociar y ceder, el uso de vulgaridades funciona en contra.

Dentro de una cámara de legisladores, es natural, se dan siempre muy graves desacuerdos, pero es precisamente allí que deben también tenerse los más grandes acuerdos. Las procacidades y obscenidades impiden los acuerdos.

No espero que de los políticos en general salgan grandes frases dignas de ser citadas, pero eso no significa solicitarles de la manera más atenta que no usen palabras soeces. Todos nos beneficiaremos de este avance.

[La columna fue revisada en 2019-10]