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Defendiendo la Propiedad Intelectual
Selección de ContraPeso.info
14 enero 2008
Sección: DERECHOS, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta a sus lectores una idea de David H. Carey. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de traducción y publicación. El autor es profesor de filosofía en el Whitman College de Walla Walla, Washington. Este texto es un fragmento de una monografía reciente del Acton Institute, The Social Mortgage of Intellectual Property.

Una razón por la que la propiedad intelectual en algunas tecnologías nuevas puede dar la apariencia de ser diferente a otras formas de propiedad, radica en su reproducibilidad indefinida —multiplicación sin disminución.

Usted y yo, y muchos más indefinidamente, podemos cada uno tener acceso a algún ítem de software de computadora tan bien como podemos compartir ideas en este texto. El que usted tenga una copia de ninguna manera afecta mi uso o acceso a mi copia. En contraste, un objeto tangible de propiedad sólo puede estar en un lugar en un momento y su uso puede decaer después de ser usado varias veces.

Esta diferencia entre propiedad tangible y propiedad intelectual ha llevado a algunos a pensar que los ítems intangibles no pueden o no deben ser restringidos de la misma manera de los tangibles. Si usted toma mi pluma yo no podré usarla. pero si usted toma mi idea yo no tengo una pérdida análoga. Por esto, puede parecer que los nuevos desarrollos tecnológicos que resultan en una reproducibilidad perfecta (como software de computadora o códigos genéticos) pueden hacer obsoletas a nociones y normas tradicionales de propiedad.

Edwin Hettinger es un filósofo que ha esgrimido ésta y algunas otras objeciones a la propiedad intelectual. Él se pregunta, “¿Por qué una persona debe poseer el derecho exclusivo de poseer y usar algo que la gente puede poseer y usar simultáneamente?”

A esta objeción respondemos: el ingreso de la venta de un producto propio es una forma de uso; el caso de compartir una propiedad intelectual no está exento de la pérdida de ese ingreso, mientras que el compartir objetos intelectuales no significa la pérdida de la posesión ni del uso del objeto, la pérdida de ingreso que es incidental al compartirlo es una verdadera y real pérdida que no puede ponerse de lado.

Segundo, Hettinger explica el rompecabezas que determina el valor que debe ser dado al trabajo propio. Dice que, por ejemplo, el valor de mercado no resuelve el problema por dos razones: el valor de mercado es un “fenómeno creado socialmente” y no en modo alguno el producto del trabajo propio.

Dice que el valor de mercado resulta de varios factores y no sólo del “último contribuidor”, por lo que resultaría injusto recompensar sólo a ese último contribuidor; pero entonces, ¿cómo debe dividirse ese valor? “Es una cuestión de política social el hasta qué monto debe permitírseles a los trabajadores individuales recibir el valor de mercado de sus productos”. Hettinger sostiene que “esto no es solucionado insistiendo simplemente en un derecho moral a los frutos del trabajo propio”.

Nuestra respuesta es que, en principio al menos, todos los contribuidores anteriores de un producto podrían recibir su beneficio en un mercado libre (si entendemos que ese beneficio se determine en transacciones libres de vendedores y compradores voluntarios, es decir, la esencia de un mercado libre).

Un intento cercano al anterior para justificar la propiedad intelectual es el argumento del desierto. La idea central aquí es que uno merece ser recompensado por trabajo meritorio. A esto Hettinger objeta que los derechos de propiedad del bien producido no son necesariamente la manera en la que se recompensa.

Aquí, él aduce el contra-ejemplo de Lawrence Becker: los padres no merecen los derechos de propiedad de sus hijos. Incluso si más aún, pudiese establecerse que los derechos de propiedad debieran ser proporcionales al valor del trabajo propio, eso no justifica patentes, ni copyrights. Ninguna de estas formas de propiedad intelectual garantiza una recompensa ni mayor ni menor que la merecida.

Concedemos que los derechos de propiedad intelectual no garantizan una recompensa justa. No conocemos aparatos que provean esa garantía. Ni son esos derechos la “forma necesaria que la recompensa deba tomar”.

Más bien, su justificación en nuestro sistema legal al menos, descansa principalmente en la ganga social por la que esos derechos son ofrecidos a cambio el enriquecimiento del dominio público. En concordancia, esos derechos son construcciones sociales más que donaciones naturales. Admitir esto, sin embargo, no es impugnar su justicia más allá de lo que la mera convención de leyes de tránsito impugnan la justicia de las multas de tráfico.

Nota del editor

La discusión de la propiedad intelectual es un asunto complejo y que quizá se ha hecho más complicado de lo necesario. Quien se opone a esa propiedad intelectual debería explicar por qué ella es diferente a otras propiedades que sí son dignas de protección. ¿Por qué unas propiedades sí y otras no? Quien se opone a toda forma de propiedad tiene una posición más congruente que la de quien apoya propiedad privada de unos bienes pero no de otros.

Si en efecto debe existir propiedad privada, digamos de una casa, sería un deber explicar por qué no debe haberla en el caso de una propiedad intelectual. ¿Qué es lo que hace que sí pueda defenderse la propiedad de la casa que alguien ha construido de la fórmula que él mismo ha descubierto?

El argumento de que al mismo tiempo puede usarse el mismo bien requiere explicación. Un mismo programa de computadora puede usarse al mismo tiempo por dos personas, igual que un mismo libro leerse. Pero físicamente no son los mismos, sino copias y una de ellas sólo admite los usuarios permitidos físicamente por la naturaleza del producto mismo.

Deben considerarse los efectos secundarios del abandono de la propiedad intelectual, como el desincentivo de la creación intelectual. Dejaría de tener sentido crea, por ejemplo, una medicina e invertir en ello sin ninguna posibilidad existe de siquiera recuperar los gastos. Todos sufrirían las consecuencias.

Determinar el valor justo teórico de la recompensa por la propiedad intelectual es una intención sin sentido en un mundo imperfecto. A todo lo que podemos aspirar es a tener al precio del mercado como una indicación muy cercana del beneficio que los demás reciben del bien creado. Esta fuerza tenderá a canalizar los esfuerzos de creación a bienes necesarios.


ContraPeso.info fue lanzado en enero de 2005 y es un proveedor de ideas e información  para lectores que buscan explicaciones.





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