Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Distancia Ideológica
Eduardo García Gaspar
7 abril 2008
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
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Las campañas electorales tienen más de concurso de personalidad que de discusión de ideas. El votante, en general, tiene más tendencia a poner atención en los candidatos como imágenes que en las ideas que ellos tienen. Es un error. Más valen las ideas que tienen, que las personalidades que desean proyectar.

Ese error lo conocen los estrategas de las campañas y lo aprovechan muy bien, tratando de llenar a su candidato de símbolos positivos y de asociar al enemigo con los más negativos que pueden encontrar. Un ciudadano perspicaz, por ejemplo en los EEUU, no caerá en la superficialidad de considerar mejor a alguno porque es mujer, o porque es de color. Eso es irrelevante.

Lo que importa, al final de cuentas, son las ideas de cada candidato y no la imagen que quieren proyectar. Obama, por ejemplo, usa la imagen de cambio y de esperanza, de ser un candidato post-partidismo y de unión. Tiene su parecido con el ex candidato del PRD a la presidencia, en esa imagen genérica y abstracta de muy escaso significado. Pero las similitudes no paran allí.

Obama es en lenguaje político estadounidense un liberal en serio (que significa exactamente lo opuesto en el resto del mundo). Su política económica es una de creciente intervencionismo del estado en la economía: más impuestos a las empresas y a los de mayores ingresos, más regulación económica, más servicios de salud que el gobierno otorgue, menos comercio internacional, más proteccionismo.

Es claramente un progresista: está en favor del aborto, se opuso al nombramiento de jueces que no lo son, está en contra de la fabricación, venta y posesión de armas personales, y quiere el retiro unilateral de Irak sin importar consecuencias. También desea entrevistas incondicionales con los gobiernos de Irán, Siria, Corea del Norte, Cuba y Venezuela.

Su agenda de ideas es progresista – socialista, por usar los términos que son más conocidos en otras partes. El neto de sus ideas es opuesto a las cosas en las que creo, como también fue el caso de López Obrador (los otros candidatos no coincidían con mis ideas, pero eran menos extremos). Creo en la libertad económica y en un gobierno pequeño y eficiente; creo en impuestos bajos y en el libre comercio. Me opongo al aborto y a facilitarle la vida a regímenes totalitarios.

Clinton tiene inclinaciones similares, aunque no tan extremas. Sus ideas no coinciden con las mías, como tampoco exactamente coincido con McCain, pero con el que tengo menos distancia ideológica. Y éste es el punto al que quería llegar, el de la distancia ideológica: la diferencia que existe entre las ideas del candidato y las de cada votante. Ideas, no imagen. Si el candidato es blanco, negro, mujer, hombre, latino, alto, bajo, nada de eso importa. Es infantil decir que todo mejorará si llega una mujer a la presidencia, o si llega alguien de color. O si llega alguien que promete cambio y esperanza. No tiene fundamento preferir a un candidato sobre esas bases. No son las importantes.

Lo vital es conocer sus ideas y los patrones de conductas pasadas. Y para eso, mi estimado lector, usted tiene la primera tarea que es el dejar atrás las imágenes de los candidatos e irse a fondo. A fondo pensando en sus propias ideas y valores, para luego ver las de los candidatos y preferir al que más cerca esté de ellas. Es la distancia ideológica de la que hablé antes.

Leí hace poco un par de opiniones que sustentaban lo bueno que el mundo sería en caso de que Obama ganara la presidencia. Argumentaban que por ser miembro de una minoría racial, eso ayudaría a que los EEUU progresara. Otra columna defendía a H. Clinton porque era mujer y eso daría otro punto de vista al gobierno estadounidense. Es absurdo razonar así, como si el ser mujer o de color fuese la variable crucial en, por ejemplo, apoyar o no al libre comercio.

Pero en caso de equivocarse en la elección del gobernante, la democracia ofrece un recurso maravilloso, que es la división del poder: así se evita que el elegido haga todo lo que quiere y se le ocurra.

Post Scriptum

Lo anterior tiene una implicación seria: una buena mayoría de votantes preferirán decidir su voto sin un análisis siquiera mínimo y serán influidos por las imágenes manipuladas de los candidatos, lo que hace posible la elección de personas no adecuadas para gobernar y que producirán daños con sus decisiones. Pero la democracia, afortunadamente, posee una especie de seguro que protege contra el gobernante incapaz. Ese mecanismo es la división de poderes: las decisiones de Obama, por ejemplo, para elevar impuestos o socializar la medicina, podrán ser repelidas por los legisladores, el poder judicial y los gobiernos estatales. Véase, Popper, México y la Democracia.


ContraPeso.info fue lanzado en enero de 2005 y es un proveedor de ideas e información para el interesado en buscar ideas y explicaciones de la realidad económica, política y cultural.





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