Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Fenómeno Universitario
Santos Mercado Reyes
26 febrero 2008
Sección: LIBERTAD CULTURAL, Sección: Asuntos
Catalogado en:


Se cuenta de un pueblo costeño muy laborioso que cada año sufría los embates de los piratas para llevarse lo mejor de sus cosechas, animales y mujeres. Para reducir el daño, los costeños escondían lo que podían y dejaban la cantidad suficiente  para que los ladrones  satisficieran su hambre y sed y terminaran por irse sin provocar mayores daños. Era como si los pobladores tuvieran que pagar un impuesto a los piratas para que los dejaran en paz los siguientes doce meses. Y así se repetía la historia año con año.

Bueno, hasta que los lugareños decidieron, valientemente, tomar cartas en el asunto y se acabó el problema. Armaron su ejército y los saqueadores no volvieron más.

Este cuento me regresó a la mente por la huelga que sufrimos otra vez en la Universidad Autónoma Metropolitana. Nuevamente el sindicato nos lleva a una huelga donde saldremos perdiendo una buena parte de nuestro salario aunque los líderes nos van a anunciar que habremos ganado un fabuloso 4.25%. Además del recorte salarial, durante el tiempo que dure la huelga, también perderemos proyectos, investigaciones en los laboratorios de la Universidad, becas, etc.

Ya lo sabemos, ya lo sabíamos pero todavía no estamos decididos a enfrentar esta pesadilla. Todavía soportamos que el sindicato use a la institución para cobrarnos la cuota sindical; el sindicato obliga a la Universidad  pagar el sueldo de casi cien “delegados” para que cobren sin trabajar; exige  presupuesto para gastos de mantenimiento de los edificios sindicales, etc.

Cada vez, los profesores, investigadores y trabajadores administrativos, tenemos más la percepción de que sin sindicato trabajaríamos mejor. Pero también es posible que aunque no hubiera sindicato, persistirían los vicios propios de una institución que vive, no del mercado, sino del erario, de la ubre gubernamental.

¿Qué se podría hacer para evitar que los piratas sigan molestando la labor constructiva e innovadora de los docentes e investigadores en las universidades públicas? Quizás haya que pensar en cambiar de esquema. ¿Será posible que los investigadores dejen por un momento sus laboratorios de nanoelectrónica, medicina biomolecular y topología diferencial para poner todo su talento en construir el modelo de universidad que queremos?

Pero antes es necesario convencerse que el modelo de universidad que tenemos está agotado. No es tarea fácil pues tendríamos que tener una idea clara de qué tipo de institución hemos heredado.

Un profesor que sale de su doctorado, consigue una plaza en una universidad pública para impartir un par de materias aquí otras en una universidad privada, nunca entenderá el modelo, pues se la pasa corriendo de chamba en chamba.

O aquél investigador que se encierra en su laboratorio para estudiar bichos raros y después de una jornada larga regresa a su casa para seguir con su rutina al siguiente día, tampoco puede entender el problema universitario. Incluso, aquél funcionario que se la pasa todo el día organizando los horarios del próximo año, tampoco podrá saber por qué no funciona bien el sistema. Sin embargo, todos ellos, poseen una parte de la verdad y lo que haría falta es comunicarse entre todos los actores. Esto es lo que se llama “vida universitaria”.

Pero no hay tal en nuestras universidades públicas. Y no hay porque casi nadie siente la necesidad de ello. El investigador sabe que tiene el sueldo seguro y que tiene que preocuparse por hacer sus reportes a CONACYT para que le sigan dando su beca libre de impuestos. El profesor sabe que su sueldo está garantizado de por vida, ¿por qué tendría que preocuparse si funciona o no el modelo que tenemos? De hecho, piensa que funciona bien pues cobra su sueldo sin mayor problema (salvo si hay huelga).

Lo mismo el trabajador que barre los salones no está interesado en averiguar si el modelo es bueno. Da por hecho que es bueno pues hay un sindicato que lo defiende cuando su jefe que le exige salones limpios. Tampoco el sindicato estaría interesado en cuestionar al modelo vigente, pues mientras reciba las cuotas sindicales y tenga el derecho de clausurar las puertas de la universidad para que nadie entre, siente que está bien y que no hay nada que cambiar.

Pero incluso, los altos funcionarios  de la universidad tampoco están dispuestos a cambiar de modelo: ganan bien (sueldos inconfesables), hay bonos mensuales, créditos blandos, viajes, viáticos, etc. Y cuando hay huelgas, paros (de casi un año), sus sueldos no se deterioran, no pierden ni un centavo ¿qué necesidad tienen de cambiar las cosas? La verdad, ninguna. Prefieren defender el status quo y ceder parte del botín ante un aguerrido sindicato para que siga la fiesta, después de todo, los funcionarios, no pierden dinero, pues no es de ellos, viene del Estado.

Los alumnos podrían ser la fuerza transformadora, al menos eso aprendí en mis años mozos, cuando cerrábamos el Instituto Politécnico Nacional hasta conseguir nuestras demandas. Y conseguíamos todo, quizás porque no atentábamos contra las estructuras fundamentales de la Institución. Pero los estudiantes tampoco tienen una idea clara de qué modelo imponer y muchos de ellos se dejan manipular por  líderes marxistas que ostentan doctorados de Harvard  University. Esto quiere decir que hay escasas esperanzas de un cambio endógeno, que surgiera de las entrañas de la universidad.

Otro actor importante en esta problemática es el gobierno. Pero éste se siente atado de manos debido a la autonomía universitaria. Bueno, aunque se observa que donde sí podría establecer políticas, (IPN, por ejemplo) tampoco lo hace, y sospecho que es porque no sabe qué hacer.

Finalmente, el agente más olvidado, aunque el más importante, pues es el que pone los dineros para que las universidades públicas sobrevivan: el pueblo.  No me refiero a los hombres de negocios, pues aunque aportan algo, son los que menos dan, pues se las saben arreglar para pagar pocos impuestos y que bueno, pues amortiguan así el desastre.

Tampoco me refiero a la clase media, pues aunque son contribuyentes cautivos, no son los que ponen la mayor cantidad de recursos. Más bien, me refiero por pueblo al grueso de la población, esos de la extrema miseria que, aunque no se crea, son los que más alimentan monetariamente a las universidades públicas (por cierto son los que nunca tendrán a sus hijos en ellas). Pero este actor tampoco sabe qué hacer, así que recibe resignado, su papel de sostener económicamente un sistema educativo ajeno a sus intereses.

En fin, hace falta discutir mucho la universidad que nos tocó sufrir. Quizás algún día la entendamos y podamos actuar como esos costeños  para evitar que nos destruyan de noche lo que de día construimos.


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