Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Mejor Copiloto
Eduardo García Gaspar
22 diciembre 2008
Sección: RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Tuve una idea que quiero compartir con usted. Dentro de mi total imperfección soy religioso y me ufano de serlo. Trato de pensar en Dios tan frecuentemente como puedo y de pedirle su ayuda para ser mejor, pero no siempre me acuerdo. Simplemente expresada esa idea, se me ocurrió una manera de que esos olvidos no fueran tan frecuentes.

Fue una idea de cómo concebir a Dios y cómo pensar en El todos los días, de manera que se convirtiera en un algo constante. Creo que de alguna forma, nuestros hábitos se han olvidado de incluir las nociones de una moral invariable, esa serie de sencillos y profundos principios que nos hace ser mejores a todos y que no cambian.

Es desafortunada influencia de los proponentes de una moral que cambia según las circunstancias. Es algo de lo que nos podemos deshacer con esta sencilla idea. Piense usted en Dios como el copiloto de su vida. Cada uno de nosotros va por la vida en un automóvil que uno conduce con entera libertad, uno es el conductor y toma los caminos que quiere. Vamos solos en ese carro cada uno y somos responsables de los resultados de nuestra manera de conducir y del sitio al que llegamos.

Dios nos hizo libres y capaces de tomar nuestras propias decisiones. Lo que suceda al conducir es nuestra culpa o nuestro mérito. Dentro de ese carro en el que vamos hay un asiento vacío junto a nosotros. En apariencia nadie lo ocupa, pero alguien en verdad está allí. Ese alguien es Dios, al que podemos llamar si lo deseamos. No lo podemos ver, pero si se siente cuando está El junto en el asiento del copiloto.

Es un copiloto como no hay otro. El nos ama y nos desea el bien, es como un padre que cuida de nosotros, al que podemos volvernos en busca de consejos. Nos da las reglas de manejo: nunca debemos lastimar a nadie y debemos cuidarnos a nosotros mismos y también ayudar a los que en el camino tienen dificultades.

Así de sencillo es lo que Dios quiere que hagamos: tratar a los demás como quisiéramos que ellos nos trataran a nosotros. Conducir ese coche de manera que mostremos amor a los demás. Nos aconseja continuamente, especialmente en las bifurcaciones, para indicarnos el camino que va en la dirección correcta. Esto fue lo fue me hizo pensar así. De verdad que hay momentos en la vida en los que uno se encuentra confundido y sin saber qué es lo que se debe hacer.

Puede irse por un camino, pero también por el otro. No hay indicaciones claras, o por lo menos uno no las quiere ver. Surge entonces el mejor copiloto y nos dice por dónde debemos ir. A diario enfrentamos una gran cantidad de situaciones que son o nos parecen complicadas. Hay problemas, cosas urgentes de atender, decisiones que tomar, oportunidades que deben ser aprovechadas, compromisos que cumplir. Nos falta tiempo para ver el bosque porque nos entretenemos con los árboles.

Estamos ocupados todo el día decidiendo cosas, es decir, seleccionando las bifurcaciones del camino por el que va nuestra vida. Y esas decisiones las tomamos nosotros libremente con algún criterio que consideramos válido.

Quizá muchos de nosotros nos olvidamos del copiloto y nos creemos que tenemos siempre la razón. Si lo pensamos más a fondo veremos que somos imperfectos y que necesitamos de alguien que esté junto a nosotros y nos dé una palmada en la espalda por hacer algo bueno o un golpecito cuando vayamos a hacer algo que no está bien,

Pero también hay momentos en los que uno no sabe qué hacer, las cosas no son claras y se siente confusión. Momentos dolorosos que causan desesperación. Lo que le quiero decir es que es positivo hacerle caso al copiloto que tenemos y que oiremos si lo deseamos. Escuchar esos consejos nos ayuda a ser mejores, a soportar el dolor, a salir de la confusión y a tomar el camino correcto.

Allí está el copiloto. Dios está presente y solamente basta que lo llamemos. Llamarlo es fácil, nunca hay líneas ocupadas y siempre contesta, aunque a veces no a la primera, pero siempre lo hace. Claro, tenemos la opción de no llamarlo, de quedarnos sin su consejo

Y le puedo jurar una cosa, de la que estoy totalmente seguro. Dios está allí siempre en el asiento de junto esperando que se nos ocurra llamarlo. Lo que digo es que debemos llamarlo más a menudo.


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