Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Esquizofrénicos en Campaña
Eduardo García Gaspar
19 junio 2008
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
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La naturaleza de la esquizofrenia puede ser intuida si se recuerda que emplea palabras griegas que significan cabeza o mente y dividida o partida. Tiene una enorme lista de síntomas, entre los que está la dificultad de entender la información, la pobreza de ideas, los delirios, las alucinaciones y la irritabilidad.

Una de sus variantes, según entiendo es la paranoide, manifestada en parte por el sentimiento de estar siendo perseguido, o bien creer ser un salvador del mundo. Cualquier similitud con los gobernantes en campaña electoral no debe ser considerada una casualidad. Y la causa de todo esto tiene bases muy sólidas.

Piense usted en un gobernante en campaña electoral. Está él tras un puesto en el gobierno, digamos el de presidente del país. Llegar a esa posición es un esfuerzo formal de meses e informal de muchos años. Y todo se decide en un sólo día con los resultados de una votación pública. Perder sería el mayor fracaso de su vida.

La lucha electoral, además, es notable por otra causa. En ella se tienen enemigos abiertos y conocidos. Son gente dedicada al objetivo de evitar que gane A y que gane B. Trabajan en eso de tiempo completo y durante meses. El marco mental de un político en campaña es uno que se presta con facilidad a ese sentimiento de ser víctima de conspiraciones.

Un candidato en campaña es un tipo que está en una situación muy especial, pues para él todo lo que sucede le afecta. Todo sin excepción. Si hay una inundación en algún lugar, si gana el campeonato algún equipo, si hay un conflicto en alguna parte. Piensa él que todo le afecta. Cualquier dato económico, cualquier suceso político, por pequeños que sean van a tratar de ser usados y aprovechados.

El candidato los querrá usar en su beneficio o como formas de ataque a los demás candidatos. Pero él sabe que lo mismo harán los otros. Así son las elecciones en una democracia, en las que se sabe que nada hay más útil para ganar que atacar al candidato contrario asociándolo con ideas que son temidas por el elector. Estos ataques son de enorme utilidad democrática, pues ayudan a hacer más transparentes a los candidatos.

Prohibir esos ataques, como lo hace la constitución mexicana, es contrario al interés nacional. Los ataques son pan de todos los días en una campaña electoral e, insisto, crean un estado mental en los candidatos, uno que es propicio al sentimiento de tener enemigos conspirando en su contra. En los EEUU se ha hablado de la gran conspiración de la derecha y de la izquierda. En México, uno de los candidatos en la elección pasada se hizo célebre por sus teorías de conspiración.

Otro de los rasgos mencionados antes con respecto a la paranoia es el de sentir que se tiene una misión en el mundo, una misión salvadora y que sólo esa persona puede realizar. Este sentimiento también es muy propio de los candidatos a puestos públicos. Sus discursos suelen tener como común denominador la idea de que ellos son los únicos que pueden resolver los problemas del país.

Este marco mental crea una expectativa de tipo apocalíptico. Si el candidato no es elegido, piensa él, el país estará perdido. Elegirlo es, por tanto, una cuestión de vida o muerte para millones de ciudadanos. Este sentimiento, desde luego, es compartido por sus partidarios y la gente que le rodea.

Mi punto es señalar la coincidencia que existe entre un trastorno mental y la mentalidad que se crea dentro de los cuarteles de un gobernante en campaña electoral: creencia en conspiraciones, sentimientos mesiánicos, distorsión de la realidad, irritabilidad, pensamiento estereotipado, fijación de ideas. Con ese señalamiento pretendo apuntar un posible riesgo democrático.

Es una posibilidad que en elecciones democráticas se amplíen las probabilidades de llevar a puestos de poder a personas con algunos rasgos de ese trastorno. Es posible que algunos de ellos sean enfermos totales, pero el punto es hablar de su problema mental posible: puede ser que en México ahora los partidos políticos sufran de esos delirios y eso les impida legislar como se haría en un país con democracia desarrollada.

Post Scriptum

El texto titulado Greefield, México y Elecciones 2006 examina esta idea con mayor profundidad. En Política Pragmática Nada Más hay una fuerte crítica en contra de la ley mexicana que prohibe “campañas electorales negativas”, lo que es una violación a la libertad de expresión.


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