Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Fallas Del Intervencionismo
Selección de ContraPeso.info
15 octubre 2008
Sección: Sección: Análisis, SOCIALISMO
Catalogado en: , ,


ContraPeso.info presenta una idea de Charles Philbrook. Agradecemos al Instituto de Libre Empresa, en Perú, el amable permiso de publicación. La idea central del escrito es señalar un punto central en el análisis de la crisis financiera mundial, el culpable del problema.

El mundo va hacia una gran crisis financiera cuyas consecuencias en la producción y el empleo ya empiezan a sentirse en economías desarrolladas y emergentes, en Asia, Europa y América Latina.

Todo indica que esta vez no hay nada que los bancos centrales puedan hacer, pues, o salvan a los mercados financieros del precipicio al que los han llevado —pero dejan que el alza en los precios se desboque— o acaban con esta alza —subiendo las tasas de interés—, y estoicamente contemplan cómo estos mercados se despeñan.

El mundo, queda claro, se encuentra entre dos grandes peligros, dos monstruos, Escila y Caribdis, de forma que si nos alejamos de uno nos acercamos al otro. Pero ¿cómo se llega a esta situación?

Quienes ven pasar el mundo desde la rive gauche encuentran en esta crisis una prueba más, una indudable prueba más, de que su origen yace en una ‘falla de mercado’.  Nada, sin embargo, más alejado de la verdad, porque como irán descubriendo, a medida que avancen en la lectura, todo este desbarajuste financiero tiene su origen en una ‘falla de gobierno’ (que las hay, y muchas).

Cada vez que un gobierno interviene en la actividad económica estableciendo o fijando el precio de tal o cual producto, se presentan dos escenarios posibles:

• o hay escasez, es decir, exceso de demanda (a la que se llega cuando el precio gubernamental se encuentra por debajo del precio al que la libre interacción en el mercado lo llevaría —castigando así a los productores—)

• o hay sobreoferta (que se da cuando el precio gubernamental se encuentra por encima del precio de mercado —castigando ahora al consumidor—).

Una y otra vez, cuando los gobiernos intervienen fijando o controlando precios, se llega inevitablemente a uno de estos dos resultados descritos.  Y se llega a esta situación porque únicamente a través de la interacción entre productores y consumidores los mercados ‘descubren’ ese precio en el que lo que se consume es igual a lo que se produce.

No hay manera posible de que los gobiernos tengan acceso a esta información si esa interacción no se ha dado.  Pues bien, vayamos directamente a la falla de gobierno.

&&&&&

La tasa de interés —que algunos desinformados economistas definen como ‘costo del dinero’— probablemente sea la variable más importante en toda la economía.  Y, sin embargo, y siendo la más importante, es la variable que en la mayoría de países sigue siendo arbitraria y centralmente planificada desde el Estado, desde los bancos centrales (¿dónde está el ‘libre mercado’?).

Cada vez que un banco central fija la tasa de corto plazo (que influye en las de largo plazo) por debajo de la wickselliana tasa natural de mercado, en la que el ahorro y la inversión se encuentran en igual nivel, se incentiva la inversión pero se castiga el ahorro.  De igual manera, cuando arbitrariamente se fija ésta por encima de la tasa de mercado, se incentiva el ahorro y se reduce el nivel de inversión.

Hasta aquí uno puede fácilmente argüir que es bueno que aumente la inversión porque esto lleva a una mayor producción y a un mayor nivel de empleo.  Éste, sin embargo, es un enfoque equivocado, porque si una ‘artificialmente’ baja tasa de interés aumenta la inversión a costa de un menor ahorro, ¿cómo o ‘quién’ cubre ese diferencial?

Ese diferencial, como podrán intuir, debe de salir de algún lado, y ya que no sale de este último ni sale de una mayor producción (que todavía no se ha llevado a cabo), sólo puede salir del monopolista central del dinero que lo crea literalmente del aire, ex nihilo, de la nada.

Esta artificial expansión del dinero y el crédito, que no tiene un soporte sólido ya que no está basado en un mayor ahorro, es la causa del ciclo económico, es la razón principal por la que las economías experimentan periodos de auge y recesión, y es la sílaba decisiva que siempre le faltó a esa charada teórica que siempre fue el marxismo.

La sobreinversión y posterior colapso de los márgenes en las utilidades corporativas, que Marx atribuía a fallas ‘inherentes’ al capitalismo, en realidad, eran y siguen siendo fallas inherentes a la institución monetaria de la banca central. Un nada santo origen.

&&&&&

El primer banco central se estableció en Inglaterra, en 1694, producto de un acuerdo entre la Corona y un grupo de oscuros financistas timoneados por un escocés, un tal William Paterson. La llegada de este personaje —un truhán para sus contemporáneos— era providencial, después de todo, la guerra civil (1642-1651) y los interminables conflictos con los franceses habían terminado por llevar al Estado inglés a la bancarrota: subir los impuestos más, ya no se podía — no se vive para trabajar y pagarlos— y la emisión de bonos era otro imposible —a eso había llevado desconocer el pago de deudas pasadas.

Pero Paterson minimiza los graves problemas de la caja fiscal y ofrece solucionarlos si el Parlamento le otorga la facultad de emitir billetes con un mínimo de respaldo en oro.  La oposición parlamentaria no ve con muy buenos ojos esta operación, pero el financista rápidamente les hace notar que no tienen otra salida.

Y como para que no sigan dudando y debatiendo, ofrece que gran parte del dinero que se imprima servirá para comprar los bonos del gobierno.  Al dar su visto bueno, el Rey y el Parlamento inglés creían que firmaban así la partida de nacimiento del Bank of England, cuando en realidad lo que hacían era crear una nueva institución del Estado moderno: el banco central.  (Los libros de historia dan cuenta de que el Rey y un selecto grupo de parlamentarios fueron incorporados como accionistas en esta gran fábrica del dinero.)

El Banco de Inglaterra se fundó para crear dinero, y crear sin freno alguno es lo que hizo: dos años después, en 1696, y como era de esperar, la insolvencia toca las puertas del banco.  Los billetes emitidos pierden un 80% de su valor y, por vez primera —sentando así un precedente— el gobierno permite que se suspenda la convertibilidad con el oro (se legalizaba la expropiación oculta).

A este privilegio en la suspensión de la convertibilidad, el paso del tiempo le va sumando otros: en 1698 se decreta que la falsificación de sus billetes fuese condenada con la pena de muerte (hoy con la pena de cárcel), y en 1708 se le otorga al banco el “cuasi monopolio” sobre la emisión de billetes, que hasta antes de promulgada la ley, pequeños bancos en las afueras de Londres podían realizar, siempre y cuando estuviese respaldada en oro.

En 1793, después de una serie de pánicos financieros y corridas bancarias —recuerden: buena parte del respaldo de estos billetes era aeriforme, gaseoso—, el Parlamento permite, once again, la suspensión de la convertibilidad con el oro; esta vez duraría hasta 1821.

&&&&&

Lo dicho hasta el momento puede llevar a pensar al lector que la creación de este banco fue un negocio redondo para el Estado inglés; y lo fue en la medida que resultó siendo uno desastroso para el pobre pueblo. Veamos: un producto no puede ser consumido por dos personas al mismo tiempo, por consiguiente, si una consume la otra ahorra.  Pero quien ahorra lo hace con la visión de un mayor consumo en el futuro, y esto sólo es posible si el dinero no pierde su poder adquisitivo.

Por lo tanto, cada suspensión en la convertibilidad llevaba a que el gobierno desconozca parte de la deuda pública (sus guerras, en otras palabras, habían sido financiadas por un menor consumo del pueblo) y a una masiva destrucción del ahorro (que con el tiempo se traduce en una menor producción).

Cabe preguntarse, entonces, cuánto más desarrollada hubiera llegado a ser Inglaterra si no hubiese continuamente ultrajado económicamente a su pueblo. Cuánto más… Este hermoso país (al que mis antepasados llamaron patria), desde la fundación del Banco de Inglaterra hasta hoy, ha atravesado por innumerables periodos inflacionarios, de crisis y pánicos financieros (¿familiar?).

Esto no era típico del capitalismo como especulaba Herr Marx, ni mucho menos consecuencia directa de la industrialización en el proceso productivo.  Prueba de ello es que Escocia, unos cuantos kilómetros al norte de Inglaterra, y como hace notar el profesor Lawrence H. White, del departamento de Economía de la University of St. Louis, “[siendo] una nación industrializada, con instituciones monetarias, crediticias y bancarias altamente desarrolladas, disfrutaba de un asombroso clima de estabilidad macroeconómica”.

A diferencia de Inglaterra —y esto explica la estabilidad—, “Escocia no tenía política monetaria o banco central, y no tenía regulación política alguna sobre la industria bancaria”.  [“Free banking in Scotland prior to 1845”, 1979 (ensayo)].

Eso fue en el pasado, podrán pensar —con justa razón—, pero hoy todos los países tienen un banco central que “regule y controle la emisión de dinero”.  No todos: hay interesantes casos de países como Panamá, que desde su fundación no consideró necesario contar con uno.

En un interesante artículo, David Saied Torrijos, director de Políticas Públicas del Ministerio de Economía y Finanzas de Panamá, explica que “manejar una economía sin un banco central no es un concepto utópico. La República de Panamá nunca ha tenido banca central; esto nos ha permitido disfrutar de una de las macroeconomías más estables y sólidas del mundo (…).  La macroeconomía panameña es la única en Latinoamérica que no ha sufrido colapsos financieros y que no ha recibido el contagio de los excesos financieros de sus vecinos: ni del “tequilazo”, ni de la “zamba”, ni del efecto “tango”.  [“Panamá, economía sólida sin banco central”, mayo/2007, Agencia Interamericana de Prensa Económica].

&&&&&

¿Cómo produce un banco central esos desequilibrios y excesos?  En concreto, ¿es responsable del ciclo económico?  Veámoslo de la siguiente manera: en el largo plazo, el crecimiento económico está determinado por la productividad y el crecimiento de la fuerza laboral.  Ningún país escapa a esta ley de la gravedad económica.

En nuestro caso, uno y otro nos llevarían a crecer algo de 5% anual, sostenidamente, sin inflación (ésa es la línea recta de la “tendencia”).  Pues bien, supongamos ahora que el banco central cede a las presiones políticas y decide darle un ‘impulso’ a la economía.

El directorio del banco, entonces, se pone de acuerdo y decide influir en las tasas de interés de corto plazo para que éstas bajen, y lo hace comprando bonos del gobierno a los bancos comerciales (compra esos bonos con dinero que ‘crea’ del aire). Esa compra lleva a que las reservas de los bancos aumenten y a que éstos, mediante el sistema bancario de reserva fraccionaria, las piramidicen en forma de depósitos.

Empieza así la expansión del dinero y del crédito (léase deuda) en la economía.  Cae el ahorro y sube la inversión (basado en mayores niveles de deuda, y no de ahorro).  El crecimiento toma un  rumbo ascendente, imparable.  No hay inflación.  Y eso lleva al banco central a seguir bajando las tasas.

La base y la oferta monetaria crecen a tasas de 30 y 40% anual (como en nuestro país).  Los analistas hablan de un superciclo, de una “nueva economía”, de un boom en la productividad…, sin inflación.  Los mercados de valores, inmobiliario y de commodities, mientras tanto, duplican, triplican, y cuadruplican sus tamaños y precios. Pero para los sesudos economistas keynesianos, eso no es inflación(!).

&&&&&

¿Cuándo y cómo se revierte el proceso de expansión económica y se entra en la fase recesiva?  Pues cuando el alza en los precios ya no se puede seguir escondiendo, lo que obliga al banco central a subir las tasas de interés, destruyendo así dinero y crédito en el proceso, que lleva a que la economía entre en recesión.

La consecuencia de lo que he descrito es la línea curva que fluctúa alrededor de la tendencia: ése es el ciclo económico, y de eso son responsables los monopolistas centrales del dinero.  Y vean que periodos de crecimiento por encima de la tendencia se pagan con periodos por debajo de ésta.  (“No hay almuerzo gratis”, after all.)

Toda política monetaria expansiva, eventualmente, acaba mal, muy mal.  El dinero, después de todo, ni es un bien de producción ni es un bien de consumo.  A diferencia de otras cosas o bienes, que derivan su valor del uso que uno les da, el valor del dinero depende de su valor de cambio, es decir, del poder adquisitivo que éste tenga en relación a otros bienes o cosas.

Dicho de otro modo: el precio del dinero y el poder adquisitivo de éste son lo mismo.  La teoría keynesiana, sin embargo, y mediante un extraño e ilógico juego de palabras —que va desde la afirmación de que un “exceso de ahorro” conduce a la depresión económica hasta el absurdo de que el consumo precede a la producción— ha logrado convencer a los economistas  ortodoxos (mainstream) de que éste cada vez menor poder adquisitivo es necesario para el crecimiento de la economía.

Todo esto sería anecdótico si no fuera por las consecuencias prácticas de esta teoría: un gigantesco boom inmobiliario, de naturaleza global, que va llegando a su fin.  Es decir, millones de hogares que pierden sus viviendas, millones de viviendas vacías, y unos activos en los libros contables de los bancos que pierden cada día su valor.

&&&&&

¿Cuántos bancos quebrarán? Algunos economistas aseveran que no hay manera de establecer una relación de causa y efecto entre la política monetaria y el precio de las viviendas.  Cierto.  Pero también se afirma que el hombre nunca llegó a la Luna… Durante unos cinco años, del 2001 al 2006, el banco central de los Estados Unidos, la Reserva Federal, permitió que la inflación trepara por encima de la tasa de fondos federales (la tasa que la Reserva controla).

El costo del crédito pasó a ser negativo, es decir, el prestamista le pagaba al deudor para que éste aceptara endeudarse.  En consecuencia, la demanda por préstamos hipotecarios se quintuplicó, la oferta de éstos se cuadruplicó y la construcción se triplicó.

El precio de las viviendas, como es natural, se disparó por las nubes.  Y como todo lo que sube y no escapa a la gravedad eventualmente cae, era sólo cuestión de tiempo para que esto sucediera. El largo y doloroso descenso ha comenzado.

Lo preocupante es que si bien es cierto que no hay manera de estimar cuánto pueden caer los precios en el sector inmobiliario, las burbujas especulativas suelen presentar una curiosa simetría en relación al punto máximo de la especulación: si les toma cinco años en crecer y reventar, es probable que unos cinco años les tome en caer y tocar un punto mínimo, “un piso”.

Eso implicaría que a este vital sector de la economía norteamericana le queda más de la mitad del camino por recorrer, y que la recuperación se daría a partir del 2011.

Ahora bien, lo que pasa en Estados Unidos no es ni remotamente un caso aislado: diversos países, con un PBI combinado que abarca un 60% de la economía global, presentan niveles de exuberancia en este sector de igual o mayor intensidad que el norteamericano.  Súmenle a esto el sobreendeudamiento de los hogares, los gobiernos y las corporaciones y verán que nada en esta vida es gratis, ni el dinero: todo, tarde o temprano, se paga.  ¿Usted, qué cree?

&&&&&

&&&&&

Otro comentario importante al respecto es el de Carlos Montaner:

Los enemigos de la libertad económica están felices. Ven la actual crisis financiera norteamericana y europea como la demostración de la superioridad del socialismo planificador sobre el mercado.

Celebran el entierro de algo muy confuso a lo que llaman “neoliberalismo” y sueñan con implantar gobiernos fuertes que dirijan las actividades económicas y controlen el aparato productivo mediante un enjambre de funcionarios brillantes y bienintencionados de la estirpe ideológica de Hugo Chávez, Evo Morales y Daniel Ortega, gente amorosamente dedicada a construir el bienestar de la sociedad por medio de sus nobles impulsos altruistas.

El error intelectual surge de no entender lo que es el mercado. En las sociedades en las que existe propiedad privada y funciona el Estado de derecho, millones de personas, libremente, toman constantemente billones de decisiones en busca de la satisfacción de sus propias necesidades, dando lugar a lo que el premio Nobel F. Hayek llamaba “el orden espontáneo”, una organización infinitamente más apta para crear riquezas, asignar bienes y servicios y disminuir los niveles de miseria, que las colmenas artificialmente dirigidas por los ingenieros sociales, como puede comprobar cualquiera que hoy se asome a las dos Coreas o que conozca las diferencias que existían entre las dos Alemanias.

Por supuesto que ese orden espontáneo no es perfecto, ni produce un equilibrio económico (otra fantasía), dado que no hay nada más revolucionario y, a veces, impredecible que el mercado, pero los errores, crisis y contramarchas forman parte del método habitual de trabajo y aprendizaje en las sociedades libres.

Los individuos y las empresas, en su afán de competir por las preferencias del consumidor con el objeto de beneficiarse, recurren al aleccionador método de tanteo y error, exploran diversas intuiciones e hipótesis, e intentan distintas estrategias guiados por los aciertos y por los descalabros, hasta alcanzar el triunfo o hundirse en el fracaso, dos resultados, además, que generalmente son provisionales.

De las cien empresas principales que existían en Estados Unidos a mediados del siglo 20, sólo veinte sobreviven hoy en posiciones dominantes. Las ochenta restantes se consumieron en la “destrucción creadora” del mercado, como muy gráficamente señaló Joseph Schumpeter, pero no sabemos cuántas nuevas y valiosas iniciativas surgieron de las cenizas de los empeños que no llegaron a buen término.

Lo que sí podemos asegurar, a principios del siglo 21, es que en las naciones del primer mundo organizadas en torno al mercado, la base material que sostiene al conjunto de la sociedad es mucho más rica, saludable y educada que la que existía a mediados del 20, pese a las guerras, las crisis cíclicas, las catástrofes naturales y las estupideces periódicamente cometidas por los gobernantes y por los individuos que conforman la sociedad civil.

¿Cómo se produjo este avance en medio de tantos disparates y calamidades? Muy sencillo: el orden espontáneo tiene un efecto cicatrizador asombrosamente efectivo, algo que no debemos olvidar en medio de la llamada “crisis de las hipotecas”. No estamos, por supuesto, aproximándonos al fin del mundo ni del mercado, sino enfrentándonos a un obstáculo pasajero del que saldremos, como siempre, mediante una mezcla de innovaciones, decisiones acertadas y medidas de gobierno sensatas.

Habrá (ya hay) perdedores y ganadores, desaparecerán fortunas y surgirán nuevos triunfadores, pero el mercado continuará su camino ascendente para beneficio de la mayoría. Así ha sido desde finales del siglo XVIII, cuando comenzaron a imponer su superioridad las sociedades libres fundadas en la competencia, y así seguirá ocurriendo en el futuro.


ContraPeso.info, lanzado en enero de 2005, es un proveedor de ideas y explicaciones de la realidad económica, política y cultural.





esp
Búsqueda
Tema
Fecha
Newsletter
RSS Facebook
Extras