Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Igualdad, Desigual y Variable
Eduardo García Gaspar
23 julio 2008
Sección: DERECHOS, Sección: Análisis
Catalogado en:


Introducción

Empecemos por reconocer que existen varios tipos de igualdad, o al menos varios puntos de vista para ver a la igualdad humana. Tener alguna precisión en las definiciones será deseable y conveniente, pues muchos reclamos de igualdad son peligrosos por estar llenos de vaguedades.

La igualdad es una noción de doble filo, ya que al mismo tiempo que ella tiene algunas de las más loables ideas del hombre, puede en cerrar las justificaciones de las más terribles armas en contra de los humanos.

En esta exposición ayudará entender a la sociedad como una matriz de datos, en la que cada columna corresponde a un ciudadano y cada renglón está dedicado a un atributo de la persona, es decir, dimensiones bajo las cuales pueden ser evaluadas y conocidas las personas. Esas dimensiones son atributos de los ciudadanos, aspectos que los describen completamente como personas, incluyendo aspectos físicos y espirituales.

Esas dimensiones contienen datos sobre estatura, gustos musicales, sexo, educación, color de pelo y un millón más de dimensiones que en su totalidad pudieran describir a cada persona de manera inequívoca. Es de sentido común que esas dimensiones pueden formar categorías o grupos, a los que pueden asignarse prioridades. Por ejemplo, podemos incluir en una categoría las dimensiones de raza, religión, creencias y sexo, para decir que ellas no deben ser causas intencionales de desigualdades.

La palabra intencionales es usada para aclarar que esas dimensiones sí pueden tener influencia en la vida de las personas, pero que no deben ser causas de tratos desiguales. Por ejemplo, la persona perteneciente a cierta religión, puede tener prohibido por algún extraño mandato de sus creencias, el participar el competencias deportivas y ella misma se aparta de esas actividades. Otra cosa sería que por pertenecer a cierta raza, la persona fuera puesta de lado en la selección de deportistas de alguna escuela. Ambos son casos muy diferentes.

Ahora, más detalle y las gafas del miope

Hagamos un grupo de esas dimensiones, un grupo referido exclusivamente a las partes físicas de la persona, a su descripción biológica exclusivamente. Pensemos en cosas como estatura, color de ojos, tipo de pelo, su color, tamaño de la nariz y todas las similares a éstas, como tipo de barba, clase de boca, estado de los dientes, tamaño de los pies, estado de salud, color de la piel, edad, la belleza física, el estado interno de los órganos y las diferencias corporales significativas contra la normalidad, como mancos, tuertos, cojos, cortos de vista, artríticos y demás.

Es algo indiscutible el constatar que en esas dimensiones los humanos no podemos ser igualados. Somos muy diferentes entre nosotros mismos y presentamos una amplia variedad de bocas, narices, ojos, piel, cabellos, pies, piernas, cinturas y otros aspectos biológicos.

El punto aquí es simple, si no podemos ser igualados en nuestros aspectos físicos, tampoco podemos ser igualados en las habilidades, capacidades y consecuencias que tienen su origen en esas dimensiones físicas. Sería imposible hacerlo y una verdadera estupidez intentarlo. No todos tenemos la misma conveniente estatura para jugar baloncesto, ni la misma privilegiada garganta para cantar ópera. Si deseáramos igualdad en estos aspectos, todos tendríamos que ser físicamente idénticos, no podría haber la más mínima deformación física, a menos que todos la sufriéramos.

Si no podemos ser iguales en lo físico, tampoco podemos reclamar igualdad en las consecuencias de esas dimensiones físicas. El viejo no podrá jugar fútbol como el joven, el miope no podrá ver bien y el de manos pequeñas no podrá tocar el piano igual que el de manos largas.

Si es la gran capacidad auditiva de una persona una variable principal en la determinación de su carrera como compositor musical, resultaría imposible hacer igual a toda la población la probabilidad de tener una carrera musical. La única posibilidad de hacerlo sería igualar la capacidad auditiva en toda la población, o impedirle una carrera musical a todos.

Nada hay que podamos hacer al respecto, simplemente es imposible igualar las dimensiones físicas y sus consecuencias. Sin embargo, el adelanto humano tiene efectos que tienden de cierta manera a igualar a las personas, o al menos a aminorar las grandes diferencias e incapacidades físicas; los lentes para quienes no ven bien y así se igualan con los que tienen vista perfecta, las medicinas para los enfermos que así se igualan con los sanos.

Un mundo en cada cabeza

Pasemos ahora a otra categoría de esas dimensiones de las personas. Cada persona posee una serie de necesidades materiales y espirituales que varían en términos de tipo, cantidad, calidad y prioridad, y que ella busca satisfacer con los bienes, productos y servicios disponibles.

Mientras que unos podrán tener como necesidad o gusto el comer chiles rellenos, otros pueden aborrecer ese platillo, mientras que unos desean coches grandes otros los quieren pequeños, mientras que unos valoran la existencia de medios noticiosos otros no ponen atención en ellos, mientras que la religión es una necesidad alta para unos para otros ella pueden ocupar un lugar menor en importancia.

Las metas de cada persona son únicas y diferentes a las de los demás. Pueden existir rasgos comunes en muchas de las dimensiones de la felicidad personal, pero ello no significa que puedan ser ni siquiera similares. Por tanto, los humanos tampoco podemos igualarnos en lo que constituye nuestra felicidad personal. No todos tenemos las mismas ambiciones, ni los mismos gustos, ni los mismos objetivos.

Sin embargo, las personas pueden ser igualmente felices o infelices, lo que significa que aunque la definición de la felicidad sea diferente en cada persona, los montos a los que ella llegue pueden tener alguna igualdad; esto quiere decir que al promover la producción de satisfactores, el Equilibrio del Poder tiene un efecto igualitario en la población.

Por esto es que puede concluirse que la planeación económica del gobierno es sencillamente la imposición de las creencias de una minoría en el resto de la población, a todos se les trata de imponer una felicidad igual sin reconocer su individualidad; mientras que el Equilibrio del Poder sí reconoce esa individualidad y lo único que intenta es elevar la felicidad de todos (Hayek Friedrich A., The Road to Serfdom, The University of Chicago Press, 1944, Chapter V, Planning and Democracy, pp. 56-71).

En la variedad está una verdad

Pensemos ahora en otra categoría de esas dimensiones, donde pueden incluirse a ésas que describen a la persona en términos de sus habilidades, hábitos, aptitudes, intereses y capacidades. Todos sabemos de personas que odian a las matemáticas, mientras otras son muy buenas con los números. Vemos personas que tienen una alta capacidad de memoria, mientras que otras no poseen esa habilidad.

Unas son capaces de hablar en público, pero otras se ponen nerviosas al hacerlo. Hay personas muy sociables y hay personas que no lo son. Algunos tienen habilidades manuales, otros no. Hay personas más inteligentes que otras. Existen personas capaces de comprender conceptos muy abstractos, pero las hay que solamente en tienden lo muy apegado a la realidad.

Innatas o adquiridas, estas capacidades e inclinaciones no pueden ser igualadas entre los ciudadanos. Sería un verdadero absurdo siquiera pensar en la posibilidad de que todos tuvieran el mismo gusto por la historia, de que todos tuvieran el mismo gozo al leer a Cervantes, de que todos entendieran la naturaleza de las ecuaciones cuadráticas, que todos fueran capaces de pintar al óleo con la misma calidad (Gombrich, Ernst, entrevista de Guy Sorman en Los Verdaderos Pensadores de Nuestro Tiempo, Seix Barral , 1991, pp. 256-262).

Al igual que con las dimensiones físicas, estas dimensiones de gustos y capacidades, tienen consecuencias que tampoco pueden ser igualadas. La habilidad y el talento de Bach, de Mozart y de Beethoven produjo efectos que el resto no somos capaces de recrear. No todos podemos producir lo que crearon Newton, Einstein, o Velázquez.

Peor aún, no podemos ni siquiera recrear lo que produce el agricultor que cultivó el tomate que comemos, ni el panadero que nos alimenta. Diferimos en nuestros atributos físicos, en nuestros anhelos y en nuestros talentos e inclinaciones, que todas esas dimensiones tienen consecuencias en nuestra vida, y nada de eso puede ser igualado.

Solamente en una sociedad de robots idénticos podría pensarse en la igualdad total de sus miembros, robots sin libertades y sin iniciativas que siempre toman las mismas decisiones. Porque ésa es otra diferencia, la de las decisiones personales, las que a su vez producen consecuencias que impiden la igualdad total de las personas.

Cada decisión tiene un efecto

La libre decisión de un individuo de casarse con una persona, le provocará consecuencias diferentes a las causadas en otro individuo que contrae matrimonio con una persona distinta. Las personas influyen entre sí provocándose cambios. No puede esperarse que lleven vidas iguales quien toma la decisión de entrar al sacerdocio y quien toma la decisión de trabajar en publicidad.

Cada una de las decisiones personales tendrá repercusiones en la vida individual de cada ciudadano.

Si quisiéramos igualar a las personas tendríamos que también igualar sus decisiones individuales, todos tendrían que casarse a la misma edad, todos tendrían que estudiar las mismas materias, todos tendrían que tener los mismos hijos en las mismas fechas, con los mismos doctores, en el mismo hospital, con la misma enfermera, con el mismo peso. Es absurdo pensar en esa posibilidad.

Cada persona tiene su circunstancia

Existen, por otro lado, variables a las que podemos calificar de circunstanciales, es decir, ajenas a las voluntades de las personas, pero que tienen una influencia en su vida y que hacen diferentes a las personas. Los hijos de una familia que ha perdido al padre que era la fuente principal de ingresos y que decidió no tener un seguro de vida, enfrentarán una vida diferente a la de los hijos del padre que sí poseía seguro. La vida de quien padece cáncer será muy diferente a la vida de quien no lo sufre.

En el fondo de estas consideraciones sobre las diferencias entre los humanos hay un concepto en extremo interesante. Las casualidades y los pequeños sucesos de la vida tienen enormes repercusiones en las personas. El simple hecho de haber ido un día al cine, a cierta hora y a cierta película, muy bien puede cambiar toda la vida de una persona. Examinando nuestra propia vida veremos que ciertos insignificantes sucesos han producido en nosotros grandes consecuencias (Waldrop Mitchell M., Complexity, the emerging new science at the edge of order and chaos, Touchstone Book, 1992).

Igualdad y equilibrio del poder

Una vez vistas esas consideraciones sobre la igualdad humana puede surgir la idea de que el Equilibrio del Poder está en contra de la igualdad. Definitivamente no. El Equilibrio del Poder está a favor de la igualdad y sobre todo, de la claridad de esta idea. Ha sido visto ya que los hombres somos en extremo diferentes y que resulta imposible que logremos una igualdad absoluta. ¿Dónde podemos ser iguales y tener la posibilidad al mismo tiempo de ser felices en el máximo posible?

Si se crea una categoría de dimensiones de esa matriz de la sociedad que considere algo que podemos llamar igualdad de derechos, o dignidad esencial, quizá podamos hablar con más precisión de la igualdad humana.

El punto de partida es la creencia de que hay ciertos comunes denominadores en la esencia humana, algo que es igual en todos, atributos de la matriz de datos cuyas celdas deben dar los mismos resultados en todos los seres humanos, pero que los talentos y las habilidades no han sido distribuidas por igual entre las personas (Catecismo de la Iglesia Católica, Asociación de Editores del Catecismo,1992,pp. 431-432, nos. 1934-1937).

Por ejemplo, se considera que somos seres vivos y que tenemos derecho a vivir, lo que significa un derecho a la vida que en los demás impone la obligación de respetar esa vida y se traduce en principios como no matar y no lastimar a otros. Hablamos de lo que Locke llama intereses civiles; hablamos de tener cosas que nos interesa proteger, como nuestra vida, nuestra salud, el fruto de nuestro trabajo y la posibilidad de hacer eso de lo que somos capaces.

Digamos que poseemos el derecho a proteger la base y el origen de nuestra posibilidad de ser felices. Aunque no sabemos si seremos felices, ni en qué grado, pero queremos garantizar la protección de lo que juzgamos es la esencial fuente de esa felicidad, y para ello necesitamos un pequeño número de reglas, iguales para todos, que nos permitan esa posibilidad.

Por eso vivimos en sociedad y nos agrupamos bajo leyes y normas que fluyen de esa fuente esencial. Queremos ser iguales en nuestra posibilidad de vivir. También, queremos ser iguales en la posibilidad de gozar de los frutos de nuestro trabajo porque sin esa propiedad perdemos posibilidades de ser felices. Queremos también ser iguales en nuestra posibilidad de llegar a ser felices a nuestro estilo, porque sin esa posibilidad nunca lo seremos.

Se trata de los derechos generalmente reconocidos como naturales, que nos imponemos unos a otros, bajo la condición de que al ser libres no alteremos los derechos iguales en otros. Este es un punto de partida, una igualdad de origen y de oportunidad de ser felices en esta tierra, que es común a todos.

De ella salen preceptos y normas, como la de la libertad de creencias, como la prohibición de la discriminación por causas de raza o sexo. Con esta igualdad de origen, por ejemplo, quien desee abrir una empresa lo puede hacer, nada existe que se lo impida, mientras no altere con esa acción la misma libertad en los demás. Lo mismo, las personas deben ser tratadas por igual en un juicio, con independencia de su sexo, raza, nacionalidad y religión.

Sólo los derechos pueden ser iguales

Esos sencillos principios o derechos son llevados por la sociedad a casos concretos. Van siendo afinados, aplicados a casos imprevistos, a situaciones nuevas y en cada generación se actualizan y pulen. No cambian, simplemente mejoran, encuentran nuevas modalidades, pero siguen fijos. Puede ser que en algún momento se les de interpretaciones incorrectas, pero la sociedad en el tiempo puede corregirlas y ajustarlas, templarlas y armonizarlas.

Esos derechos básicos, a pesar de ser una igualdad de origen que dan iguales oportunidades a todos dentro de la sociedad, han querido ser llevados más allá. Hay quienes han hablado de desigualdades de oportunidad por causas de diferencias en niveles de ingreso y de educación. Quienes así piensan, dicen que no basta tener iguales derechos, que también debe tenerse igualdad de puntos de partida en, por ejemplo, lo que han sido llamados derechos sociales, como el derecho al trabajo, derecho al descanso, derecho a la educación y otros de similar calibre (Hazlitt, Henry, The Foundations of Morality, 1988, University Press of America, Inc., chapter 28, Rights, pp. 279-287).

A la luz del Equilibrio del Poder esos no son derechos, sino ideales, porque no tienen definiciones concretas ni imponen obligaciones específicas en las personas. Por ejemplo, ¿hasta que nivel de escolar existe el derecho a la educación, hasta primaria, secundaria, preparatoria, o doctorado?, ¿a qué empresas puedo exigir el derecho a ser contratado, en qué puesto, con qué requisitos? Ya que no hay manera de contestar satisfactoriamente estas preguntas, no puede entenderse eso como derechos, sino sólo como objetivos muy deseables por los que vale la pena esforzarse.

Como si fuesen reglas de un deporte

Existen dos campos distintos de dimensiones que tienen posibilidad de ser sujetas a igualación. Uno es el campo de las reglas del juego, de los derechos naturales, al que podemos llamar Igualación del Reglas. El otro es el campo de las condiciones personales, de los derechos sociales, al que podemos llamar Igualación de Resultados (Sowell, Thomas, A Conflict of Visions, William Morrow, 1987, pp. 89 y 121-123).

La Igualación de Reglas persigue una igualdad de todos los individuos ante la ley. Esta es una serie de reglas del proceso social ante las que todos son tratados por igual. Lo que este tratamiento iguala es el aspecto de los derechos de los individuos y las limitaciones a esos derechos. Reconoce que no pueden igualarse las diferencias de atributos físicos, ni las de habilidades, ni las de definiciones personales de felicidad y reconoce que tampoco pueden igualarse las consecuencias de esas diferencias.

Es un igualamiento de reglas del sistema de gobierno. Todos los ciudadanos entran al régimen bajo las mismas reglas, plasmadas centralmente en la constitución y aclaradas en las leyes, sin que exista garantía alguna de igualación de resultados (Rand Ayn, et al., The Voice of Reason: essays in objectivist thought, Nal Books, New York, 1988, p. 22.).

La Igualación de Reglas exige igualdad de tratamiento legal, bajo la condición impersonal de la ley. Ella reconoce la libertad, los derechos a elegir gobernantes, los derechos a la libre manifestación de las ideas y otras reglas del arreglo social, especialmente el Equilibrio del Poder. Bajo ella, por ejemplo, todos los ciudadanos tienen el derecho a ser propietarios, lo que no significa que las propiedades sean iguales para todos. Las propiedades son una consecuencia de los atributos de las personas y de su conducta, ellas no pueden ser sujetas a un tratamiento igualitario.

Por su parte, la Igualación de Resultados persigue una igualdad de condiciones personales referidas no al tratamiento legal, sino al menos a algunas de las consecuencias de la acción humana. La atención de la Igualación de Resultados se coloca en las diferencias que se encuentran en los ciudadanos con respecto a las consecuencias de su conducta personal y sus atributos personales. Es una posición que establece que no es suficiente la igualdad de reglas del arreglo social, que deben igualarse los efectos de la conducta y las características de los hombres.

Más aún, puede llegar a establecer que esa igualdad formal ante la ley es causa de las desigualdades en las condiciones de los ciudadanos. Esta posición ha ido evolucionando de un radicalismo extremo que solicitaba la igualdad absoluta de resultados para irse a una posición en la que solicita igualdad de condiciones personales en otras dimensiones de la matriz de datos, como educación, empleo, y otras.

Por ejemplo, bajo la Igualación del Reglas a todos se les reconoce el derecho a obtener un título educativo, a nadie se le niega eso, pero ello no quiere decir que todos lo tendrán. Por su lado, lo que intenta la Igualación de Resultados es ir más allá de ese derecho optativo de educación para hacerlo una realidad material que haga que efectivamente todos entren a una universidad; lo que se piensa que esto logra es igualar las probabilidades de alcanzar los mismos resultados finales en las dimensión es materiales.

Dentro de un sistema de Equilibrio del Poder, es aplicada la Igualación de Reglas, lo que va a repercutir en una apertura de la educación para quien lo desee, pueda hacerlo y cumpla con las condiciones necesarias para realizarla. Van a entrar en juego las habilidades del individuo, sus capacidades y sus condiciones personales, incluyendo su disponibilidad de recursos para pagar esa educación. En cambio, bajo la Igualación de Resultados, van a manejarse las condiciones educativas de manera que ella se encuentre de hecho abierta a todos y, por ejemplo, pueden disminuirse los estándares de admisión a las universidades y anularse los exámenes como requisito de continuación (Lewis, C.S., El diablo propone un brindis, Ediciones RIALP, 1995, p. 46).

El problema de las apariencias

La Igualación de Reglas provocará la impresión de un tratamiento que fomenta las diferencias entre los ciudadanos. Lo contrario va a suceder con la Igualación de Resultados, que dará la impresión de un tratamiento más humano y compasivo por su interés en crear más condiciones de igualdad.

Por ejemplo, el caso de un estudiante que es admitido a una carrera universitaria sin poseer los antecedentes académicos necesarios; una impresión inicial será la de ver con agrado la apertura de la carrera, que da oportunidades iguales a todos, pero el hecho es que sin la preparación previa necesaria, el estudiante no tiene posibilidades de aprovechar esa oportunidad y lastima a los demás por su bajo nivel. En aras de la igualdad, el estudiante es dañado y lastimará a la sociedad que lo emplee al carecer de los conocimientos que su profesión requiere.

No importa que mil veces sea demostrado con los más fuertes y contundentes argumentos que la Igualación de Reglas produce mejores resultados netos de bienestar que su contrapartida. La Igualación de Resultados será intentada insistentemente por su fuerza emocional y por su apariencia humanista. Esas son cualidades importantes de la Igualación de Resultados que harán que ella sea implantada una y otra vez con la consecuente pérdida de niveles de bienestar.

Imaginemos el discurso de algún político que indignado se rasga las vestiduras por la injusticia que presenta en el caso de dos niños pequeños, uno nacido de una familia de escasos recursos y otro de una familia acaudalada. Casi con lágrimas en los ojos, ese político contará las penurias del niño pobre, pasando hambre, con escasas probabilidades de estudiar siquiera la primaria, mientras el otro niño come en manteles y seguramente estudiará una maestría y un doctorado.

Usando ese cuadro de diferencias, podrá el político proponer las más radicales medidas igualitarias, la anulación de las herencias, la educación gratuita, los impuestos confiscatorios, la expropiación de los medios de producción. Hará sus propuestas sin molestarse en analizar siquiera un poco las causas de la miseria de uno y de la riqueza del otro. Quizá esa miseria ante la que se indigna sea producto de la imprevisión paterna, del cierre de una fábrica por exceso de impuestos, de la mala educación pública, o de cualquier otra de un millón de posibles causas.

Lo que sucede en la mente de nuestro político es que con un análisis inocente cree que la riqueza de uno es la causa de la pobreza del otro y, por ejemplo, quizá quiera emitir leyes laborales que parten de una total ignorancia económica deseando remediar la explotación (Mises, Ludwig von, Socialism, an economic and sociological analysis, Liberty Classics, Indianapol is, 1981, pp. 424-429).

Un sólo camino

Nada más allá de la Igualación de las Reglas del arreglo social puede intentarse sin desequilibrar el poder. Las afirmaciones contrarias a esta idea pueden explicarse con base en la ignorancia de las interrelaciones ciudadanas, la autonomía personal de decisión, las diferencias individuales y las variables aleatorias.

Dos personas bajo condiciones similares de oportunidad muy difícilmente tendrán los mismos resultados, lo que puede probarse cotidianamente, en las escuelas, observando las trayectorias individuales de cada alumno, los resultados de sus capacidades y de sus decisiones autónomas. Sin olvidar, desde luego, las variables fuera del control personal.

Un postulado central de la tesis del Equilibrio del Poder es precisamente que la Igualación de Reglas termina causando un nivel de igualdad, bienestar y felicidad entre los ciudadanos mayor al provocado por la Igualación de Resultados. La razón es sencilla, la Igualación de Resultados desequilibra la distribución del poder y retira incentivos a las contribuciones y esfuerzos personales, lo que altera negativamente el bien común y los niveles de felicidad personal.

Gran cuidado debe ejercerse para no confundir entre eso que es muy deseable y eso que es un derecho. Hay que preguntarse sobre quién en concreto recae la contrapartida de cada derecho. Si existe en nosotros el derecho a vivir, sobre cada uno del resto de los seres humanos recae la obligación de no lastimarnos. Pero, ¿sobre quién recae el derecho al descanso, o el derecho a la educación? No hay una respuesta razonable. Ni siquiera puede decirse que esa obligación recae sobre el gobierno, pues ello haría acumular demasiado poder en el gobierno, quien quizá algún día retire esa obligación suya para todos.

Como es fácil suponer, el Equilibrio del Poder es partidario de la Igualación de Reglas, es decir, de considerar que las personas todas somos iguales en nuestros derechos naturales, pero que por nuestras decisiones, gustos, inclinaciones, habilidades y talentos somos diferentes. No busca otra igualdad que la igualdad ante la ley, algo como las reglas de cualquier deporte, donde esas reglas son iguales para todos los contendientes, independientemente de las capacidades de ellos (Mises Ludwig von, Socialism, Liberty Classics, 1981, p. 66).

Allí no se intenta igualar a los jugadores, sino hacer que ellos participen bajo igualdad de condiciones, bajo las mismas normas. De la misma manera en una sociedad, la Igualación de Resultados es una tarea imposible pues somos demasiado diferentes, nunca somos sujetos de las mismas circunstancias y tenemos libertad para tomar nuestras propias decisiones. Es un absurdo igualar las consecuencias finales de un millar de variables distintas, voluntarias, o ajenas a la voluntad.

En un partido de fútbol todos los jugadores se sujetan a las mismas reglas, sean altos o bajos, ligeros o pesados, blancos o negros, listos o tontos, lampiños o velludos, protestantes o católicos, solteros o casados. Eso mismo pasa dentro de un arreglo social basado en la tesis del Equilibrio del Poder: todos los ciudadanos están sujetos a las mismas leyes independientemente de si son ricos o pobres, hombres o mujeres, jóvenes o viejos, ilustrados o iletrados, gordos o flacos.

Dentro de ese arreglo social, los ciudadanos entran bajo las mismas reglas, pero con sus diferencias personales. Resulta obvio que no todos van a alcanzar los mismos resultados dentro de este arreglo. La felicidad personal de cada uno tendrá diferentes niveles de logro. En estos niveles habrán influido un cúmulo de variables personales, la acción de otras personas y, desde luego, factores circunstanciales sobre los que se tiene escaso o nulo control. La institución social responsable de la importante tarea de determinar la Igualación de Reglas es el gobierno al establecer y aplicar leyes que cuidan a los ciudadanos de los ataques que sufran en sus personas y bienes.

De intentarse la Igualación de los Resultados, la única institución capaz de lograrla sería el gobierno y la sola forma de hacerlo sería acumular en esa autoridad tal cantidad de poder que se violaría el principio del Equilibrio del Poder.

Pensemos, por ejemplo, en el idealista derecho a la educación, que puede llevar a disposiciones obligatorias como la aceptación sin examen de admisión de todo solicitante a la carrera de su elección y que en la práctica necesariamente llevaría a la cancelación de exámenes de conocimientos, pues con ellos podrían reprobar materias algunos de los alumnos y verse obligados a dejar de estudiar. ¿Tendrían las empresas la obligación de aceptar empleados independientemente de sus calificaciones?

Pensemos en eso que llaman derecho al trabajo. ¿Significa que una empresa que fabrica artículos obsoletos, que el consumidor ya no demanda, debe seguir existiendo para preservar esa fuente de empleos? ¿Quién pagará los sueldos de esos trabajadores que producen artículos que nadie quiere? La única posibilidad es que lo haga la autoridad, con lo que acumularía un excesivo poder en ella con todos los efectos y defectos que ello tiene. Peor aún, este tipo de acciones que persiguen la igualdad en realidad crea desigualdades, pues da privilegios a algunos en perjuicio de otros.

Felicidad personal y bien común, muy complicado

El bien común ha sido definido como la existencia y disponibilidad de satisfactores, bienes, condiciones y servicios de todos tipos que usamos para satisfacer nuestras necesidades. Hemos llamado felicidad personal al nivel de satisfacción de esa serie de necesidades que cada persona tiene.

Otras personas han hablado también de felicidad personal, por ejemplo, quien dice que la felicidad es bastante más abstracta de lo aquí propuesto, pues es “un estado de gozo no contradictorio” al que se tiene la obligación de aspirar y cuyo fin último es la vida. Yo no he ido tan lejos como para afirmar que las diversas necesidades aspiraciones tiene una justificación en alguna causa o razón última (Den Uyl, Douglas J. y Rasmunssen, Douglas B. Life, Teleology and Eudaimonia in the Ethics of Ayn Rand, The Philosophic Thought of Ayn Rand, Den Uyl, Douglas J. y Rasmunssen, Douglas B, editores, University of Illinois Press, 1984, p. 75.).

Por su parte, hay quien toma las categorías de necesidades de otro autor y las usa para desarrollar facetas posibles de la felicidad personal: recursos materiales, seguridad, respeto propio y gozo, que es algo más parecido a lo que yo he propuesto (Murray Charles, In Pursuit of Happiness and Good Government, Simon and Schuster, 1988, p. 53).

Desde luego, es posible crear tipos o clases de necesidades. Por ejemplo, podemos entender que se haya creado una categoría de necesidades básicas, como las de comer, beber, vestir y dormir, siempre que entendamos que ellas pueden ser satisfechas en diferentes niveles de refinamiento. Hablo del refugio que da cualquier cueva hasta la casa computarizada, del pedazo de carne cruda hasta el filete Wellington, del agua de cualquier sucio arroyo hasta Perrier. Hay que señalar simplemente que esas necesidades básicas pueden tener satisfactores que están lejos de ser básicos.

También existe otra posible categoría de necesidades, donde podemos incluir situaciones negativas que buscamos corregir, como la enfermedad de algún hijo que buscamos remediar con satisfactores como medicinas y los servicios de médicos y hospitales. Podemos pensar en otra categoría, la de necesidades de sociedad como calles organizadas y señalizadas, servicio de policía, protección de las fronteras, luz nocturna en las calles, servicios judiciales, leyes y reglamentos y derechos iguales para todos los miembros de la sociedad.

También, si nos lo proponemos, es posible crear más categorías o grupos de necesidades. Por ejemplo, pensar en las necesidades que imponen las inclinaciones personales, como el fundar una empresa, ser ministro religioso, contraer matrimonio, estudiar ingeniería, vivir en otra ciudad, tocar guitarra, escribir un libro, visitar París, ir a un concierto de Mozart, o acudir a misa.

En fin, podemos hablar de la felicidad personal con cuestiones como la auto estima, la satisfacción en el trabajo y del sentimiento de logros personales. ¿No soy acaso un poco más feliz cuando puedo sentarme a leer algún libro mientras oigo alguna obra de Mozart sabiendo que en unos momentos podrá sentarme a comer en familia algún platillo que a todos gusta? ¿No es un aumento a nuestra felicidad personal el sentir la satisfacción de haber ayudado a algún amigo en un problema que él sufre?

Es absolutamente necesario reafirmar la idea de la extrema complejidad del concepto de felicidad personal, pues en ella hay billones de posibles combinaciones para cada individuo, producto de la gran cantidad de necesidades que siente, del monto de satisfactores disponibles, de las circunstancias particulares de cada individuo. Tal es la complejidad de la felicidad personal que es imposible calcular la mejor combinación de satisfactores y necesidades y mucho menos ponerla en palabras inequívocas por parte de quien la busca. Resultará, por tanto, pueril e ingenuo intentar el logro de la felicidad personal por parte de terceros, a menos que se imponga sobre todos una definición arbitraria de la felicidad personal.

A lo único que puede aspirarse es a hacer disponibles esos satisfactores que las personas necesitan para que ellas seleccionen los que más convienen a su felicidad. La mejor solución al problema de la consecución de la felicidad personal es la creación de un arreglo social propicio a la producción de satisfactores abundantes y accesibles por medio de mercados y sistemas libres para el intercambio de satisfactores de todos tipos y son las empresas las encargadas de producir y ofrecer esos satisfactores.

Interés colectivo, algo terco y muy falso

Lo anterior obliga a tratar un tema conocido. ¿Hay conflicto y oposición entre los fines personales y los fines colectivos dentro de una sociedad? Quienes creyesen que en efecto sí existe esa oposición entre el interés personal y el interés de la comunidad, resultará natural que concluyan que el mayor de los bienes es el que debe prevalecer. Por tanto, se diría que los intereses personales deben ser sacrificados ante los intereses sociales.

Esta manera de pensar no es de naturaleza económica, sino moral, por lo que acarrearía necesariamente la conclusión de rechazar un modelo social independientemente de su capacidad de producción de bienes si es que el modelo sacrifica el bienestar colectivo.

Pero asalta la duda. ¿Hay en verdad oposición entre los intereses de cada persona y los intereses de la sociedad? No hay posibilidad de dar la razón a quienes dicen que sí existe esa oposición. Por ejemplo, si los ciudadanos de cierto país deben renunciar a ser felices, es decir, sacrificarse ellos por el bienestar de la comunidad, resulta obvio que esos ciudadanos no van a ser felices, lo que choca contra la idea del derecho humano a lograr el bienestar propio.

Si hubiera una sociedad en la que el bienestar personal fuese siempre sacrificado ante el bienestar colectivo, sus miembros intentarían emigrar a otras sociedades donde no se exigiera ese sacrificio, o donde él fuese menor. La sociedad es un instrumento al servicio del hombre y no al revés, cosa que está en contraposición total con eso de sacrificar el interés personal en aras del colectivo. Más aún, al llevar esa manera de pensar a su extremo, quien dice que los bienestares personales deben ser sacrificados ante el bienestar de la colectividad, en la realidad está diciendo que conviene más al hombre vivir en soledad y no en sociedad.

Además, ¿qué es exactamente el bienestar colectivo? No existe una definición clara, que convenza para en realidad sacrificarnos en bien de algo concreto y específico. ¿Quiénes son los beneficiarios concretos de los sacrificios de los demás? ¿Por qué debo yo ser sacrificado en beneficio de otros? ¿Tienen acaso ellos mayores derechos a los míos? Ante cosas tan vagas y mal definidas, ante preguntas sin respuestas satisfactorias, el hombre razonable se rebela y llega a sospechar de oscuras intenciones en los proponentes de tales ideas. Porque ellos son infantiles criaturas que no han pensado suficientemente las cosas, o son lobos arropados en pieles de ovejas que acechan a la sociedad para sacrificarla en beneficio de sus personas.

Quien es creen en el conflicto de intereses entre lo individual y lo colectivo, proponen un arreglo social centralizado, dependiente de un gobierno fuerte con gran cantidad de funciones que es el gran armonizador de intereses, el repartidor de beneficios y de sacrificios. Por tanto, el gran peligro de la idea de que debe sacrificarse lo individual en los altares de lo colectivo es la creación de un régimen déspota y totalitario que cause mil y un daños en la vida de las personas sin lograr otro beneficio que el del dictador.

¿Colaborar o pelear?

Intelectualmente tampoco convence la idea del conflicto y la oposición como la esencia de la sociedad. Más convence que esa esencia es la de la cooperación y colaboración y no la de la lucha. ¿Qué es lo que produce el progreso y los adelantos? ¿La pelea, la violencia y la pugna, o la colaboración, la reciprocidad y la participación? El progreso es producido por la colaboración y no por el conflicto. Colaboración implica construcción, conflicto implica destrucción. Si el principio del conflicto de intereses fuera cierto, sería imposible todo tipo de colaboración entre miembros de la sociedad (Mises Ludwig von, Socialism, Liberty Press, 1981, p. 55).

En pocas palabras, la pregunta sobre cuál interés debe prevalecer, si el particular o el colectivo, es un pésimo planteamiento para el análisis social, pues su única respuesta es una que lleva a la acumulación de poder en el gobierno.

Veamos ahora que las personas realizan acciones cuyo propósito es la consecución de su felicidad individual. Ante nosotros se presentan dos caminos posibles para ser felices, siendo uno de ellos la vía de la violencia y el conflicto, y el otro el de la colaboración. Por la violencia nos apropiamos de los bienes que deseamos, sin considerar el efecto negativo que en otros producimos. Por esta vía, es obvio, siempre afectaremos al débil, pues no resulta razonable que vayamos con los más fuertes a quitarles sus bienes (Friedman, David, Hidden Order, the economics of everyday life, Harper Business, 1996, chapter 20, pp 298-313).

Un arreglo social en el que la violencia fuera tolerada produciría necesariamente algún tipo de asociaciones en las que los débiles buscarán la protección de los fuertes, dando a cambio algo, quizá sumisión, obediencia y trabajo. En este arreglo social, el aumento de la felicidad de una persona significaría casi siempre la disminución de la felicidad de otra.

Pero hay otro camino, y que es el camino de la colaboración, de los intercambios voluntarios. Es la vía de la paz y no de la violencia. Pongo a la disposición de los demás los recursos con los que yo cuento, esperando que a alguien le sirvan y ese alguien, a su vez, me ofrece algo que yo requiero para mi felicidad. ¿Qué resultado tienen los intercambios? El esperado y lógico, que es el aumento de la felicidad de las partes que han realizado el intercambio. Todos ganan, pues terminan mejor de lo que empezaron, ya que de lo contrario el intercambio no se hubiera realizado.

La consecuencia de los intercambios es ésa, pero hay otra sobre la que debo llamar la atención. Me refiero a la creación de dependencias entre las personas, lo que significa colaboración y ayuda. La felicidad de unos va a depender de los trabajos de otros dentro de un sistema de relaciones en el que todos dependen de todos. Cuando todos dependen de todos, existe Equilibrio de Poder, pues nadie es lo suficientemente poderoso como para dañar a otros sin castigo o corrección. Así se forma un proceso espontáneo que no es dominado por nadie, ni preconcebido, ni premeditado.

Bien por las diferencias

Al hablar de la igualdad se han mencionado las enormes diferencias que existen entre los humanos. Ahora se añade que esas diferencias son bienvenidas, porque ellas son el origen de los intercambios y, por tanto, de la felicidad personal. Nuestras diferencias producen especialidades y ellas originan la posibilidad de los intercambios. ¿Quién vestiría a los miembros de una sociedad en la que todos fueran zapateros? ¿Quién los alimentaría si todos fueran escritores?

Mi felicidad depende del resto y la felicidad del resto depende en algún monto de mí. La sociedad vista así se torna un medio y no un fin para el aumento de las felicidades personales de quienes la forman. Todo lo que las personas deben hacer para lograr satisfacer la serie de necesidades que forman su felicidad personal, es buscar maneras de ayudar a otros a elevar la felicidad de ellos. Cuanta más felicidad provoque yo en los demás, más feliz seré.

El medio físico por el que esa felicidad mutua es alcanzada es el intercambio que realizan los ciudadanos. Uno ofrece algo que es de su propiedad a cambio de algo que es propiedad de otro. Sin propiedad personal no pueden realizarse intercambios voluntarios y la felicidad personal no puede ser alcanzada. Si yo sé que alguna gente necesita los panes que yo hago, se los ofrezco a cambio de algo que ella tiene y me sirve. Y tengo una gran ventaja, puedo especializarme en hacer panes: hacerlos muy bien me conviene porque la gente me preferirá a mí sobre el resto de los que también hacen panes. Con lo que yo gane voy a aumentar mi felicidad personal.

Gracias a que existen otras personas que hacen zapatos, yo tengo tiempo para hacer panes y no me veo obligado a hacer mis propios zapatos, mi propia ropa, ni tengo que cultivar las verduras que necesito, ni escribir los libros que leo, ni enseñarles geografía a mis hijos. La división del trabajo ha hecho posible que otros realicen esas actividades y que yo me beneficie de ellos. Esta es la gran clave del Equilibrio del Poder: hacer depender la felicidad personal de las contribuciones a la felicidad de otros, por medio de intercambios libres y colaboración mutua. Quien haga más de dichas contribuciones tendrá mayores recompensas personales.

Pobreza, una explicación

Pero las personas que menos ayuden a realizar intercambios, tendrán menos posibilidades de ser felices. Quien produzca lo que los demás no quieren, quien haga mal lo que otros hacen bien, quien no trabaje, ése será menos feliz, o al menos tendrá menos oportunidades de serlo. Si los hombres no son iguales en sus capacidades, habilidades, voluntades e inclinaciones, la conclusión es necesariamente la de una distribución desigual de beneficios personales, sin nada que pueda evitarlo y sin que nadie sea el autor directo de ella.

La mayor inteligencia de una persona posiblemente le dará mayores probabilidades de éxito que otra de menor capacidad intelectual. La indolencia de un individuo le causará una felicidad menor a la de una persona laboriosa. Quienes poseen más capacidades, más habilidades, más inteligencia y más recursos materiales, es obvio, pueden ofrecer más que quienes cuentan con menos preparación, menos laboriosidad, menos especialización y menos recursos. Esos en mejores condiciones están haciendo mayores contribuciones al bien común y los de menores recursos hacen menores contribuciones al bien común.

Los beneficios recibidos por las personas, dentro de un sistema de intercambios libres, serán proporcionales a los beneficios que ella haya dado a los demás. Quien poco ha aportado, poco recibe, lo que constituye el problema de la pobreza. Es decir, los pobres que viven una existencia miserable no son un problema por causa única de carecer de bienes e ingresos, sino también por su escasa o nula capacidad de ofrecer a otros bienes que pueden ser intercambiados. La pobreza es el efecto y la causa es la imposibilidad de dar a otros lo que se necesita.

Si esto es cierto, la pobreza se remedia por la vía de hacer a esas personas capaces de ofrecer bienes y servicios que contribuyan a las felicidades personales de los demás. Cuando existan en una sociedad grupos marginados y de extrema miseria ello debe ser interpretado como un problema de contribución al bien común: esos grupos son pobres porque no realizan actividades que ayudan el bienestar de la sociedad. El remedio está en volverlos capaces de contribuir a la felicidad de los demás y así remediar su miseria. Ese problema se resolvería facilitando la producción de satisfactores por parte de ese grupo.

¿Qué puede hacer por sí mismo un jardinero que ofrece iguales servicios que otros diez sino contentarse con un ingreso menor? ¿Qué sucede con la persona que ha ideado un nuevo producto pero no puede abrir su empresa por el exceso de regulaciones, sino resignarse a un ingreso menor y ver cómo la sociedad podría haber sido mejor con su producto? La pobreza debe conmovernos a tal grado que además de ayudar con caridad en lo que podamos según nuestra conciencia, deberemos ayudar con hacer posible que los pobres produzcan bienes y servicios que los demás valoren. Y ésta última será nuestra contribución mayor, mucho mayor a la del simple dar una limosna.

Es necesario ver, además, el otro lado de los intercambios voluntarios. Es gracias a ellos que las personas todas de la sociedad son beneficiadas de los talentos de cada individuo. Los intercambios voluntarios hacen posible el acceso a los frutos de las habilidades de los demás. Por eso es que es posible tener a la mano, con escaso esfuerzo, una enorme lista de satisfactores que jamás podrían ser creados por una persona sola. Gracias a la división del trabajo y de los intercambios, podemos hoy acudir a una tienda y comprar, por ejemplo, el libro que nos agrada, o el alimento que deseamos, sin siquiera pensar en las miles de personas que su oferta requirió.

El más simple de los alimentos, si hubiésemos querido producirlo nosotros, habría comenzado con nuestra tarea de plantar ese árbol que diera el durazno que queremos. No lo hacemos porque los talentos y el trabajo de otros han sido puestos a nuestro servicio, igual que ponemos nosotros nuestras habilidades al servicio de los demás. Esta es una admirable forma de distribución de beneficios, tan admirable y tan obvia que escapa a demasiados.

Intercambio o decisiones de un ser libre

En una situación de intercambios voluntarios irremediablemente existen las más diversas opciones de bienes y servicios. Eso significa que podremos seleccionar entre varias alternativas la que más nos convenga según nuestros deseos. Podremos, por ejemplo, elegir entre quedarnos en casa a ver la televisión e ir la cine, entre cenar en un restaurante mexicano y uno italiano, entre oír rock y escuchar a Rachmaninoff.

Sin quererlo expresamente, esta situación de selecciones voluntarias, impone una carga en quienes ofrecen esos satisfactores, pues deben ellos, si quieren obtener ingresos, ofrecer cosas que atraigan a los clientes. El que quiere que nosotros compremos su pasta dental, o sus tacos de carne asada, deberá darnos el bien que nosotros prefiramos, pues de lo contrario iremos con otro oferente.

Cuando todos están preocupados por eso, sin mayor voluntad expresa de nadie, resulta que los recursos de esa sociedad están mejor aprovechados, pues ellos se usan para hacer bienes y servicios que atraen a la gente. Tan bien empleados se encuentran los bienes de esa sociedad que puede decirse que los dueños reales de ellos no son sus propietarios legales, sino los clientes y consumidores, pues los dueños usan sus recursos para complacer a los clientes y no para darse gusto a ellos mismos (Mises Ludwig von, Socialism, Liberty Classics, 1981, pp 27-32).

Recordemos que el bien común es la existencia de bienes y satisfactores disponibles en la sociedad para uso, gozo y consumo de los ciudadanos. Gracias a que los intercambios voluntarios hacen depender mutuamente a la felicidad personal de los ciudadanos, dentro de una situación de competencia, se tiene el efecto espontáneo de lograr una existencia abundante de satisfactores. Si el resorte que me mueve es el ser feliz en esta tierra sólo puedo activarlo dando a los demás bienes y servicios que yo produzco, y que los demás pueden o no adquirir, es natural que me esfuerce en dar lo mejor que pueda a los otros.

Cuando el ciudadano común entiende sin refinamientos innecesarios esta relación causal, la sociedad no podrá sino elevar el bien común y, por tanto, sus niveles de felicidad personal. Ese bien común, desde luego, incluirá todo tipo de satisfactores materiales, políticos, formativos, informativos y espirituales, de cualquier naturaleza, a los costos más bajos posibles.

Otra vez las apariencias que engañan

Los intercambios producirán resultados diferentes en cada persona, ya que quien más contribuciones haga al bien común mejores beneficios logrará. Esto lleva a hacer una aclaración pertinente, pues demasiadas veces existen quejas sobre la injusta distribución de la riqueza. Hemos visto que en cada intercambio ambas partes ganan, pero visto de manera acumulada, quien realiza más intercambios es quien más se beneficia.

Concretamente, ése que ofrece mejores productos y por eso realiza más intercambios con clientes, obtendrá mayores ganancias. Por eso es que vemos productores exitosos, con grandes utilidades y que tanta envidia causan en los ignorantes. Por ejemplo, si en una panadería su dueño es capaz de lograr la preferencia, en su inicio, de sólo mil personas, veremos en el panadero la acumulación del beneficio de los intercambios de esas mil personas y en cada una de las mil personas veremos milésimas casi invisibles de esos beneficios.

Obviamente es más visible la acumulación del beneficio en una persona que en mil. Si su clientela crece en gran proporción y, con sucursales, ese panadero logra satisfacer a un millón de clientes, su visibilidad crecerá. Veremos con gran facilidad un panadero muy exitoso, pero más trabajo costará percibir la existencia de un millón de personas que en cierta proporción son ahora un poco más felices que antes gracias a los intercambios voluntarios con ese panadero.

Parte natural de los intercambios voluntarios es una economía en continuo movimiento y renovación. Es natural que la innovación en la producción de bienes y servicios debe aparecer sin siquiera quererlo, pues los adelantos significan ventajas competitivas que pueden atraer nuevos clientes. Como en toda renovación, van a existir desechos y rechazos, quiebras de empresas que ofrecen lo que ya nadie quiere. Lo mismo, van a darse por necesidad obvia fundaciones de nuevas empresas y renovaciones constantes de las existentes.

Nadie puede estar quieto dentro de un sistema de intercambios voluntarios, pues somos por necesidad personas que reaccionan ante los que otros hacen y los demás reaccionan ante lo que nosotros hacemos, sin que este movimiento pueda jamás detenerse. Esto significa, de nuevo, que sin quererlo expresamente, siempre habrá preocupación y esmero por usar de la mejor manera los recursos disponibles, lo que es de gran beneficio para todos.

La competencia interna

Poseemos cada uno de nosotros una larga lista de necesidades de los más variados tipos y que es natural que no puedan ser todas satisfechas. Peor aún, tenemos una disponibilidad limitada de recursos a nuestro alcance. Es natural y lógico, por tanto, que busquemos una jerarquía en esas necesidades. Uno de los ejemplos más obvios es el de una ama de casa que debe decidir la comida que servirá a su familia.

Ella tomará esa decisión en consideración los recursos de los que dispone, la accesibilidad de los satisfactores, las condiciones concretas de la situación que enfrenta y sus inclinaciones y gustos. Decidirá sus compras dependiendo de los precios, las promociones, la cantidad de dinero en la bolsa, la tienda, sus gustos, los de su familia, sus conocimientos, proyectos futuros y demás.

Pero no sólo hay adquisiciones de bienes económicos para la satisfacción de necesidades materiales, también existen necesidades políticas, formativas, informativas, culturales y espirituales que son parte de la felicidad personal. Votar por un cierto candidato es una decisión que el individuo confronta, aunque el nivel de importancia de este acto varíe entre personas. Igualmente, hay decisiones que deben ser tomadas por las personas en cada acto que realizan: quien lee una revista, ve una estación de televisión, compra un disco, va a un templo, funda una empresa, organiza una fundación cultural, forma parte de un equipo de fútbol, juega póquer, selecciona una escuela para sus hijos, hace una oración, o cambia de trabajo, está tomando una decisión. Son decisiones encaminadas a la felicidad personal en diferentes terrenos y con diferentes intensidades.

Externamente esas decisiones podrán ser juzgadas extrañas, sin sentido, adecuadas, loables, reprobables, o poco importantes, pero es obvio que son actos voluntarios de las personas bajo las circunstancias en que ellas están. Entre todos esos actos y decisiones existe competencia ya que se presupone una escasez de recursos. No todas las dimensiones de la felicidad van a ser satisfechas en su totalidad. No es una cuestión de dinero, sino también de tiempo y de circunstancias fortuitas.

El que decide ver un partido de béisbol ha renunciado en ese momento a la realización de otras actividades que pueden ser parte de su felicidad, como ir de día de campo, visitar a sus padres, o dormir una siesta. El que decide comprar un coche quizá ya no pueda comprar una televisión, o al menos tendrá que posponer esa adquisición. Esta competencia entre las necesidades de cada persona significa que los individuos incluyen en sus decisiones muchos aspectos, donde entran en juego dimensiones totalizadoras. La compra de un cierto satisfactor compite con la posible compra de otro dentro de limitaciones impuestas por percepción de deberes y de valores. El quedarse en casa de perezoso compite con el deber de asistencia dominical a misa, la posibilidad de ir al cine compite con la obligación de ir a votar, la compra de una televisión compite con la necesidad de ahorrar para imprevistos.

¿Egoísmo? ¿Altruismo?

¿No son acaso todas esas decisiones conductas egoístas que persiguen el bien personal sin hacer caso de las necesidades de los demás? La pregunta nos lleva a varias consideraciones.

Primero, si la acción que alguien hace para procurarse bienestar daña a un tercero en sus derechos, entonces esa es una acción delictiva que merecerá la intervención del gobierno. No nos interesa ver más profundamente este tipo de acciones aquí, pues lo que deseamos ver ahora es si las acciones dentro de la ley y que procuran el bienestar de las personas, son conductas egoístas.

Segundo, si la acción realizada por una persona no daña a nadie en sus derechos y busca la felicidad personal, esa acción es válida y no hay razón para prohibirla, ni castigarla de manera alguna. Pero, puede alguien argumentar que esa acción puede ser carente de caridad y de amor por los demás, ya que puede ser la falta de ayuda de los hijos ante los padres que se encuentran en la ruina y no tienen para comer, o bien la falta de caridad que muestra una persona al negarse a dar donativos a pesar de tener una cuantiosa fortuna, e incluso el caso de quien coloca toda su felicidad en la compra y uso de bienes materiales. No hay duda, esas conductas muy bien pueden ser juzgadas como egoístas e indeseables, aunque no pueda nadie intervenir con coerción para evitarlas pues pertenecen al fuero interno de la persona.

La felicidad personal es un complicado sistema de necesidades de todos tipos, que son jerarquizadas de alguna manera por las personas dependiendo de circunstancias, ocasiones y creencias. Ese complicado sistema de necesidades origina acciones concretas en momentos específicos.

No hay nada que indique que en esa felicidad personal no se sientan necesidades de conductas altruistas, como el hábito de dar donativos a instituciones de beneficencia, o la visita al hospital con el amigo enfermo. Quien realiza esos actos, que a la luz pública se ven como acciones generosas y desinteresadas, está de alguna manera satisfaciendo alguna necesidad personal y es, con ese acto, algo más feliz de lo que era. El más puro de los actos altruistas es en el fondo una acción que genera felicidad personal en quien la realiza. ¿No nos sentimos mejor después de dar nuestro tiempo, por ejemplo, a la instrucción de los ignorantes y después de dar apoyo y consejo a alguno de nuestros amigos que necesitaba desesperadamente oír una voz amiga?

Puede existir crítica por pensar que los más filantrópicos de los actos humanos en realidad elevan la felicidad de quien los realiza, pero hasta ahora no he encontrado una mejor manera de entender estas cuestiones. Lo que sucede es que veo a la felicidad personal de algunas personas como un sistema en el que ellas han jerarquizado muy por encima del resto de sus necesidades a la ayuda a los demás. Las vidas ejemplares de tantos santos, hombres y mujeres, que han sacrificado sus existencias viviendo en situaciones de extrema pobreza con tal de ayudar al prójimo, son casos excepcionales de personas que han colocado por encima de otras necesidades a las que ellos sienten de brindar consuelo a los demás.

Quien libremente acepta una vida de privación realizando tareas de ayuda a enfermos pobres en medio de la selva es feliz de acuerdo a su propia y personal concepción de la felicidad. Esas personas no se cambiaban por las vidas de las más famosas y ricas personalidades del mundo, pues ellas son felices en la manera como ellas lo desean, igual que quien siente enorme felicidad al dedicarse a la investigación zoológica que es la pasión de su vida.

Las virtudes del amor, la caridad y la convivencia ocupan una parte de la felicidad personal, de manera que consideramos parte de nuestra felicidad comportarnos con otros como quisiéramos que ellos se comportaran con nosotros. Dentro de la felicidad personal son parte componentes que manifiestan deberes, obligaciones, valores, principios, creencias y convicciones que producen acciones concretas que son magnánimas. No se espera en estas acciones intercambios de bienes, porque son simplemente actos que implican dar algo a cambio de ninguna esperanza de compensación.

Más aún, esos valores, ideales y deberes que están dentro de la felicidad personal actúan también como limitantes a nuestras acciones posibles. Por ellos entendemos que si bien podemos realizar algún acto o dejarlo de hacer, sin temor a castigos penales, es conveniente actuar de cierta manera diferente y que es congruente con esas creencias. Dentro de la felicidad personal, existen necesidades de naturaleza altruista y moral, cuya satisfacción produce bienestar en el ciudadano, dimensiones que enfatizan principios loables de austeridad, buena educación, ahorro, disciplina, respeto, orden, paz, laboriosidad, dignidad, justicia, libertad, racionalidad y amor. Cumplir con cada uno de estos principios equivale a una satisfacción.

Ahora hay que plantear una pregunta, ¿podemos darnos el lujo de hacer depender la felicidad de las personas de la jerarquía que den ellas a sus más loables motivos? ¿Es razonable esperar que la felicidad de nosotros dependa por entero de los altruistas motivos de otro? No, excepto en la más alocada utopía puede esperarse que todos los ciudadanos posean una jerarquía de los más altos valores éticos y se sientan siempre movidos por sus necesidades de ayuda hacia los demás.

Mejor hacemos en tornarnos realistas y, con los pies en la tierra, suponer que una buena cantidad de actos nuestros van a perseguir nuestra propia felicidad, sin dañar a otros, pero tampoco sin correr a brindar toda la ayuda que se necesita. Pero, gracias a los intercambios voluntarios, podemos hacer que ese deseo de ser feliz en lo personal se convierta en un incentivo que haga de nosotros una fuerza que colabore a la felicidad de los demás.

Lo que quiero dejar en claro es que la felicidad personal no es por definición un concepto que implique egoísmo, pues en ella bien existen motivos loables y conductas magnánimas. Quien tiene principios y actúa en contra de ellos disminuye su felicidad de alguna manera. El problema está en lograr que quien no tiene valores los tenga y que los jerarquice de tal manera que al menos no haga a otros lo que no desee que le hagan a él.


ContraPeso.info fue lanzado en enero de 2005 y es un proveedor de ideas e información  para lectores que buscan explicaciones.



No hay comentarios en “Igualdad, Desigual y Variable”
  1. consuelo Dijo:

    geneticamente podremos ser diferentes, pero todos somos parecidos en diferente circunstancias





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