Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Cultura Afecta La Prosperidad
Eduardo García Gaspar
25 marzo 2008
Sección: PROSPERIDAD, Sección: Análisis
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Existe una costumbre muy arraigada que es causa de pobreza y miseria. Es la costumbre de repetir, sin pensar seriamente, la idea de la distribución de la riqueza. Esa idea contiene un error fundamental que es la palabra “riqueza”, ella no debe ser distribuida, sino creada y para crearla, lo que hay que distribuir es el poder.

Sí, hay que distribuir no la riqueza, sino el poder que ha sido concentrado y acumulado en la autoridad política, con consecuencias negativas que elevan la pobreza.

Es posible ver, al menos en parte, la historia del siglo 20 como una en la que predominó un fenómeno que no ha recibido la atención que merece: la transferencia del poder del ciudadano al Estado. Los casos más notables, desde luego, fueron el nazismo y el comunismo; pero no hay que olvidar la popularidad de los sistemas dirigistas e intervencionistas.

Es razonable afirmar que muchas de las grandes decisiones de política, tomadas durante ese siglo, se refirieron, en su esencia, al reparto de poder entre el Estado y los miembros de la sociedad. Una ley sobre control de rentas, una reforma agraria, una ordenanza sobre prestaciones laborales, una disposición de tarifas para importaciones, un sistema de educación pública, un decreto de préstamos blandos a empresas, un sistema de salud pública; todas estas cuestiones, que ocuparon un importante lugar en el siglo 20, tienen un común denominador, que es el reparto del poder entre el Estado y la sociedad.

En este reparto, la consecuencia es obvia, a más poder del Estado menor poder del ciudadano. Si la autoridad política establece un control del precios, eso quita el poder de los ciudadanos para negociar entre ellos los precios; si se otorgan créditos subsidiados a empresas seleccionadas por el Estado, ello retira capital de las manos de los ciudadanos y poder para llegar a acuerdos de financiamiento privado; si se tiene un sistema de seguridad social obligatorio eso quita libertad al ciudadano para elegir opciones médicas; si se tiene un sistema de educación pública obligatoria, eso quita poder al ciudadano para educar a sus hijos como él desea.

El aumento del poder del Estado retira sin remedio capacidad de decisión del ciudadano; y, por ello, crea dependencia de la persona, que espera recibirlo todo del Estado y no de los acuerdos privados con sus conciudadanos.

Este retiro de poder del ciudadano debe entenderse, además, a la luz de la naturaleza del gobierno. A él se le otorga poder, por diseño, para aplicar las leyes que protegen los intereses de los ciudadanos, sus personas y sus propiedades; más aún, el Estado es la única institución autorizada para hacer uso de la coerción y la violencia, para hacer cumplir las leyes.

Esas funciones, adicionalmente, requieren ser financiadas y lo son por medio del pago obligatorio de impuestos. Es decir, incluso un gobierno “natural” tiene un poder considerable.

El Estado del siglo 20 añadió más poder a ese poder “natural”; tomó poder de la sociedad para dárselo a él mismo y se convirtió en la institución con enorme poder acumulado dentro de la sociedad, un poder desequilibrado.

El Estado aprovechó todo género de oportunidades para acumular poder; vio como un problema la educación y la tomó para sí, consideró un problema el comercio internacional y tomó en sus manos su regulación, creó inflación y tomó medidas para el control de precios, vio el problema de la pobreza y se erigió en distribuidor de la riqueza.

En esto jugaron un papel preponderante las tesis centralistas del poder, como el marxismo, el nazismo, el socialismo y el intervencionismo, que penetraron en las mentes de los ciudadanos creando una actitud de aceptación a la acumulación exagerada de poder en el gobierno.

El Estado fue convertido en el mesías salvador de las causas sociales; si se percibía un nivel bajo de salarios, la autoridad entraba para remediarlo con decretos de salarios mínimos cuyos niveles mueve según su antojo.

Se creó la idea de que el Estado podía hacer mejor las cosas que el ciudadano, la que fue universalmente aceptada, incluyendo notablemente las corrientes principales de pensamiento económico que hicieron de lado el papel de la persona individual.

Sin duda, esta acumulación del poder en el Estado tuvo efectos en el ciudadano que dejó de hacer caridad, dejó de actuar por sí mismo, dejó de aceptar las consecuencias de sus actos, porque en todo esto entró el Estado a regular limitando el poder del ciudadano para tomar él mismo decisiones.

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Dicho de otra manera, el retiro de poder del ciudadano produce una actitud de creciente pasividad en la persona: ya no tiene que dar caridad, ya no tiene que decidir la educación de sus hijos, ya no tiene que negociar sus ingresos, ya no tiene que buscar casa ni cuidarla, ya no tiene que buscar empleo, ya no tiene que prever su jubilación; todo eso lo hace el Estado en sustitución de ese ciudadano.

Incluso, ya ni siquiera el ciudadano tiene que aceptar la responsabilidad personal de actos que dañan su salud, pues puede recurrir a demandas en contra de empresas.

Esta realidad no deja de ser curiosa esta situación porque al mismo tiempo que existe evidencia notable que muestra al Estado como un mal administrador, muchas personas han aceptado la idea de que ese Estado puede hacerse cargo de su salud, de la educación de sus hijos y de los libros en los que estudian, de su jubilación, de sus ingresos, del financiamiento de su casa.

¿Cómo podemos afirmar que estamos tenemos un Estado demasiado poderoso? Hay varios indicios que nos son de ayuda para saber si vivimos dentro de un régimen de poder concentrado en el Estado.

Quizá el más claro de ellos es el tener a un poder ejecutivo muy poderoso, visto como el gran sacerdote cuyas decisiones son capaces de salvar o hundir al país, y con un aparato burocrático muy grande sin cuya autorización es imposible trabajar; si para montar y operar una empresa se tiene que viajar a la capital con frecuencia, ése es un síntoma de demasiada acumulación del poder en el gobierno.

El tamaño de la burocracia es otro indicio de demasiada concentración de poder en el Estado.

Más sutiles son otros síntomas, como la elevación de la pobreza a un altar de adoración con el Estado asignándose la responsabilidad de su solución; o como la exaltación de la soberanía nacional como justificación de regulaciones y leyes para la inversión extranjera y la conservación de industrias en manos gubernamentales.

Los cuantiosos burócratas y pobres dan su apoyo a quien ven como fuente de favores y concesiones. Igualmente, la debilidad de las entidades federales ante el gobierno central es un indicio claro de demasiada acumulación del poder en el Estado.

Otro síntoma, que pasa fácilmente desapercibido, es la existencia de grandes segmentos de la población que hacen reclamos al Estado exigiéndole la solución de sus problemas. Al Estado se dirigen esas personas que solicitan la intervención estatal para que se les den casas, medicinas, préstamos, terrenos, tratamientos fiscales preferenciales, electricidad gratuita y otros favores especiales; estos ciudadanos crean así hábitos de dependencia. Estas personas, desde luego, son convertidos en clientes electorales.

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¿Qué es lo que causa y facilita esa acumulación de poder en el Estado? No hay otra respuesta más razonable que las ideas prevalecientes en la sociedad, incluyendo sus gobernantes.

Estas ideas son parte de la cultura o bien nacen de intelectuales cuyas tesis son popularizadas más tarde. Ha sido dicho que las ideas de Hitler fueron una popularización de las ideas de Hegel; igualmente, las ideas del mismo Hegel fueron transformadas por Marx y popularizadas por Lenin y sus seguidores; las ideas de Keynes fueron difundidas por Prebisch en América Latina.

El común denominador de esas ideas es la acumulación del poder en el Estado; esto sucede, por ejemplo, con las regulaciones ecológicas que demasiadas veces son tomadas como verdades reveladas sin que existan evidencias duras. Pero también, y esto no ha sido muy notado, existen condiciones culturales que pueden ser propicias a esa acumulación.

Ese medio ambiente de ideas, sean tesis políticas o costumbres sociales, crea circunstancias en las que se facilita la acumulación del poder en el Estado con la aprobación explícita o tácita del ciudadano. O bien, sucede lo contrario, las ideas prevalecientes en una sociedad pueden ser contrarias a la acumulación de poder en el Estado.

Es decir, la cultura o forma de pensar de una sociedad en un momento dado es freno o incentivo a la concentración del poder; y como la cultura o forma de pensar está formada por conceptos subyacentes de los que poco tenemos conciencia, es un hecho que la razón misma de la pobreza pueda radicar en las ideas que predominan en una nación en un momento dado.

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Para explorar este tema, conviene ahora reconocer el efecto de algunos rasgos culturales y cómo ellos tienen influencia en la acumulación del poder en ciertos segmentos de la población.

Por ejemplo, una costumbre como el machismo tiene consecuencias en el logro del bienestar, pues así se hacen difíciles o imposibles las contribuciones de las mujeres a la sociedad; si todo lo demás permaneciera constante, la sociedad machista progresaría menos que otra sociedad en la que la mujer fuera considerada igual al hombre, sencillamente por el hecho de que la suma de las aportaciones individuales sería mayor allí donde a la mujer se le da poder.

Este ejemplo ayuda a entender la razón por la que un sistema social de libertad produce más bienestar que un sistema que la limita: en él hay más contribuciones personales.

Digamos que la mitad de una nación de 100 personas adultas son mujeres; la otra mitad son hombres. Bajo una condición machista, el hombre acumula todo el poder e impide el trabajo y demás contribuciones de la mitad de la población. Una sociedad idéntica, pero sin machismo, cuenta con el trabajo y las contribuciones de 100 hombres y mujeres, no solo de 50 hombres. Esto, desde luego, es un ejemplo de la acumulación de poder en el segmento masculino.

Otro ejemplo ayudará a entender cómo un gobierno puede acumular poder debido a creencias populares en su población.

Supongamos una sociedad en la que predomina la creencia de que los acontecimientos del mundo son obras de fuerzas desconocidas que no están bajo el control humano; en ese país se piensa que la suerte es un factor de éxito y que ella es impredecible pero que puede invocarse con ceremonias y ritos como la lectura de las estrellas; se cree que la predestinación es real.

En fin, allí la idea predominante esencial es la de un ser humano débil sujeto a fuerzas indescifrables. Es natural que el poder de tal sociedad se acumule en quienes han convencido a los demás que tienen la clave de las fuerzas que rigen el universo; el resto de las personas estarán dispuestas a dejar sus destinos en manos de esos que dicen entender el fondo de las cosas.

Tomemos ahora el ejemplo de una sociedad en la que predominan ideas contrarias. Allí se cree en el poder de la persona para entender y estudiar las fuerzas de la naturaleza; se piensa que es posible dominarla y aprovecharla, y que el humano es capaz de forjar su propio destino.

En esta sociedad se tiene, por tanto, la creencia de un ser humano poderoso que es capaz de cambiar las cosas. Es natural que en esta sociedad sea mucho menos probable la erección de un Estado de poder exagerado que argumente ser la única guía posible para conducir a la sociedad al bienestar.

De esas dos sociedades, ¿cuál será la más capaz de generar bienestar para sus ciudadanos? Donde se dio ocasión a la creación de un Estado de poder concentrado es obvio que el talento de sus ciudadanos será desperdiciado, pues las decisiones serán tomadas por los gobernantes. Igual que en el caso del machismo por el que se desperdician las contribuciones potenciales de las mujeres, en este caso el estatismo desaprovecha el talento de los ciudadanos.

Y, sin talento en uso, es obvio que no puede crearse bienestar; en oposición, es natural que desarrolle gran bienestar la sociedad que deja en libertad el talento de sus ciudadanos para realizar las actividades que ellos piensan son las mejores para el uso de los recursos.

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La conclusión es clara. Las formas de pensar tienen un impacto fuerte en las posibilidades de crear bienestar, es decir, la cultura de las naciones afecta el potencial de ese país para crear riqueza. Si esas ideas producen vacíos de poder que llena el Estado, esa nación progresará menos; y viceversa, si esas ideas otorgan poder al ciudadano común sin que vaya ese poder al gobierno, ese país progresará en mayor proporción.

La razón es lógica. Cuando el Estado retira poder del ciudadano, no sólo retira poder, también quita la contribución potencial del ciudadano, las iniciativas de las personas se hacen imposibles o muy difíciles. Esto significa la disminución real del potencial de bienestar por la anulación de la posibilidad de creación de capital.

En otras palabras, cuanto mayor poder posea el Estado menor posibilidad existe para crear capital y sin capital el progreso es una imposibilidad. Nunca será posible remediar el problema de la pobreza imposibilitando la producción de capital.

Lo que argumenta este escrito, por tanto, es que existen países y comunidades en los que el progreso es más fácil de lograr que en otros y que esa variación en el potencial de progreso se debe en buena parte a las ideas predominantes. Las ideas que más obstaculizan la creación de bienestar son ésas que facilitan la concentración del poder en el Estado.

Esa concentración obstruye las aportaciones de los talentos de los ciudadanos y, con ello, frena la creación de capital. Sin capital no hay manera real de elevar los ingresos de las personas y, desde luego, el remedio de la miseria es imposible.

Tomemos como ejemplo los rasgos culturales que dan confianza razonable en el futuro de las personas. Donde las personas siguen y respetan mayoritariamente un código de conducta que minimiza engaños, fraudes y mentiras en los tratos de negocios, el progreso es más sencillo que en los lugares en los que esos principios morales no son respetados.

Es más probable la formación de grandes empresas con enormes inversiones en los lugares en los que hay honestidad de los ciudadanos y los tribunales son confiables y objetivos. Donde las personas mientan con facilidad y los tribunales sean presa de la corrupción, las empresas serán más pequeñas y menos eficientes, lo que significa menores ingresos para todos.

El riesgo percibido para el disfrute futuro del trabajo es la variable a considerar en este ejemplo. Si se teme que algún decreto gubernamental caprichoso pueda anular los frutos del esfuerzo personal, allí el pensamiento de corto plazo prevalecerá y habrá nulas o escasas inversiones, con su correspondiente problema de miseria; pero si existe una confianza razonable en la estabilidad futura, abundarán las inversiones y crecerá la productividad con el consiguiente incremento en los ingresos.

Si en el ambiente cultural e intelectual de un país predomina el concepto de la distribución de la riqueza, ese país tendrá un serio obstáculo para su progreso. El concepto de distribuir riqueza, por diseño, implica la existencia de un distribuidor, alguien que quite a unos para dar a otros.

La única institución social que tiene poder para hacer eso es el Estado que retira recursos a quien los tiene y con ello quita poder a unos ciudadanos para dar esos recursos a otros sin que ello signifique devolver poder a la sociedad, pues el Estado mantiene el poder de dar a quien él quiera lo que quiera en el momento que lo quiera y en el monto que quiera.

Además, curiosamente, la idea de la distribución de la riqueza parte del supuesto erróneo de que en la economía existen actividades distributivas cuando la verdad es que en la economía sólo existen intercambios sin distribuciones; no puede ser injusta la distribución de la riqueza cuando ella no existe.

Una parte importante del medio ambiente cultural, como se dijo, son las ideas prevalecientes, es decir, las nociones políticas aprobadas por la población en general. Estas nociones políticas no requieren del conocimiento experto de alguna tesis económica o política, sino simplemente de la aprobación de una frase o concepto en extremo simple, pero que es tomado como una verdad; como el ejemplo anterior de la distribución de la riqueza, una idea que es repetida incansablemente y tomada como una verdad absoluta sin ser analizada ni justificada.

Igual que las costumbres, como el machismo o la creencia en fuerzas impredecibles de la vida, existen ideas que favorecen la creación de riqueza o que la impiden.

Si en una sociedad predomina la noción de, por ejemplo, la libertad individual, ella tenderá a tener un gobierno más reducido que una sociedad igual en la que esa noción no predomine. No importa si esa noción está razonada y justificada en la mente del ciudadano común, basta que él la acepte, dé como buena y actúe en consecuencia.

Es decir, hay ideas políticas y económicas que tienen un impacto en las posibilidades de crear riqueza. Si esas nociones fomentan el retiro del poder del ciudadano para llevarlo al gobierno, entonces esas ideas son un obstáculo para el progreso; y viceversa, si esas nociones impiden la acumulación del poder en el gobierno, las posibilidades de progreso se elevan.

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La conclusión es obvia: tesis políticas como el comunismo, el fascismo y el socialismo con sus variantes, promueven la acumulación de poder en el Estado y son ellas causa y efecto de un medio ambiente intelectual que impide el progreso.

Durante una conferencia, el autor enfrentó un caso de estos, cuando se argumentaba a favor y en contra de la propiedad estatal del petróleo en el caso mexicano. Uno de los asistentes defendió la propiedad estatal de ese recurso diciendo que el petróleo era un campo estratégico que no podía estar en manos particulares porque pertenecía a todos los mexicanos.

Este tipo de respuestas es lo que se han llamado nociones, es decir, la repetición y aceptación de ideas sin necesidad de ser razonadas y que son defendidas con recelo a pesar de fuertes evidencias al contrario. Desde luego, esa misma repetición y aceptación puede suceder con ideas que propician el progreso y que son nociones simplemente porque no son razonadas, sino creídas sin cuestionamientos por la población en general o por algunos segmentos.

En la medida que predominen nociones facilitadoras de la concentración del poder en el Estado, la sociedad progresará menos porque esa acumulación será facilitada e incluso solicitada.

Esto es muy curioso pues se da incluso en los casos en los que la intervención estatal tendría una dudosa contribución, como en el caso de los deportes, cuyo fomento y organización ha sido tomado por gobiernos que intentan convertir a sus países en potencias olímpicas sin resultados siquiera aceptables; para la realización de esto, el Estado cobra impuestos resultando así que el ciudadano se ve sin remedio obligado a pagar los gastos de deportes y deportistas que ni conoce ni le interesan, y que no financiaría voluntariamente.

Todo grupo social, comunidad o nación, posee un medio ambiente cultural formado por ideas, concepciones, nociones, que se toman como dadas y sin grandes cuestionamientos.

Este ambiente cultural es necesario, pues él es el que da sentido a la vida de los integrantes de ese grupo y da formas de comportamiento esperado. Las ideas subyacentes a ese medio cultural, desde luego, están profundamente arraigadas en la población en general y su cambio o modificación no puede hacerse, por tanto, con rapidez.

Es posible decretar de un día para otro un aumento en el salario mínimo general de una nación; pero no es realista decretar la anulación de las costumbres machistas con la misma velocidad. Igualmente, no será posible cambiar con celeridad la forma de pensar que hace querer tener a un Estado distribuidor de la riqueza.

Es decir, el cambio de las maneras de pensar, de las ideas aceptadas, va a tomar tiempo y ésa es una muy mala noticia para los países que sufren pobreza por estas causas. Podrán ellos intentar soluciones expeditas congruentes con su forma de entender la realidad, como establecer regímenes fiscales destinados a la redistribución de la riqueza; podrán ellos reclamar soluciones inmediatas como la cancelación de la deuda externa; podrán tratar soluciones de corto plazo, que pocas o ninguna de ellas tendrán un efecto fundamental en su situación.

Seguirán siendo pobres porque sus tesis, sus ideas, su forma de entender la realidad, parten de supuestos equivocados.

Esos países creen que la solución de sus problemas está en la acumulación del poder en el Estado y no se dan cuenta de que eso equivale a retirar poder de iniciativa de los ciudadanos. Y sin la contribución libre de los ciudadanos en la sociedad, es difícil la creación de capital; y sin capital no hay posibilidad de remediar la pobreza.

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Las consideraciones de este escrito tienen un efecto directo en las actividades educativas de un país. En específico, significan que no necesariamente el remedio a la pobreza está en la educación indiscriminada de la población; y esto merece una siquiera breve ampliación con un ejemplo exagerado que así permita dejar claro el punto.

Supongamos un país con una sola universidad y una sola carrera, la de Licenciado en Historia Nacional; cada año se gradúan todos los jóvenes de ese país de esa profesión y ellos buscarán empleo, que no podrán encontrar en actividades productivas de plantas manufactureras porque no tienen la preparación necesaria.

Es razonable suponer que esos graduados terminen en trabajos no relacionados con su carrera, frustrados, mal pagados y que una buena parte de ellos acaben dentro de la burocracia, haciéndola mayor a lo necesario y con nociones de resentimiento hacia las empresas en las que no pudieron contratarse.

Haga el lector menos exagerado el ejemplo, con algún ejercicio mental propio, y llegará a la misma conclusión: hay diversos tipos de educación, algunos de ellos más propicios que otros para el logro del bienestar.

Se hacen con frecuencia grandes llamados a la solución de la pobreza, proponiéndose remedios y soluciones llamativas y urgentes, como la anulación de la deuda externa y la implantación de programas de ayuda internacional.

Es cierto que la cancelación de la deuda externa de un país remediaría muchos de sus problemas económicos de corto plazo, pero no son soluciones de fondo. Al cabo del tiempo, ese país cuya deuda externa fue cancelada seguirá igual de pobre si en él no se hacen cambios que promuevan la creación de capital, es decir, que permitan la contribución libre del trabajo y las iniciativas de sus ciudadanos o del extranjero que a ese país acuda.

Muchos de esos cambios tienen que ver con el medio ambiente cultural y las ideas predominantes entre sus ciudadanos y gobernantes. Si ese medio ambiente cultural y esas ideas siguen apuntando a la acumulación de poder en un Estado para la distribución de la riqueza, el país se mantendrá en la pobreza; pero si se logra modificar el medio ambiente cultural y las ideas prevalecientes para la distribución del poder entre sus habitantes, ese país tendrá una promesa real de bienestar y progreso.

Bibliografía

Para la escritura de este artículo el autor recurrió al archivo histórico de Ama-Yi®, en www.amayi.com, un servicio sin costo de resúmenes de grandes ideas políticas y económicas. Fueron consultados los siguientes resúmenes

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ContraPeso.info fue lanzado en enero de 2005 y es un proveedor de ideas e información para lectores que buscan explicaciones.





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