Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Milagrosa Lata de Jugo
Eduardo García Gaspar
30 enero 2008
Sección: ECONOMIA, Sección: Análisis
Catalogado en:


¿Cuánto por el kilo de tomate rojo? ¿A cómo me da la papa? ¿Cuánto te costó?

Son ésas preguntas de todos los días en todos los mercados —en todas partes y desde que existen intercambios: ellas disfrazan con simplicidad uno de los mecanismos naturales de nuestra convivencia y bienestar.

¿Cuánto aceptaré de sueldo? ¿Cuánto pagaré al cocinero? ¿Por qué cuestan tanto las golosinas en los cines? ¿Qué es lo que hace subir el precio del pescado en Cuaresma?

Los precios están allí, desde tiempos inmemoriales —ellos se mueven, suben y descienden; cosas valiosas tienen precios bajos al mismo tiempo que cosas sin las que podría vivirse tienen precios altos. La misma casa con el mismo precio de construcción vale más en la capital de México que en Linares, Nuevo León. Los precios se viven a diario y a ellos se está acostumbrado, pero comprenderlos en otra cosa —su simplicidad es una belleza poco entendida y escasamente valorada, especialmente en los reclamos que desean precios justos.

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Desde luego, lo que es sabido de sobra es que los precios se mueven —no permanecen estáticos y en esto es posible adivinar una característica de los precios, intuida por siglos: la abundancia de un bien provoca precios en descenso, y lo opuesto, la escasez de un bien produce precios al alza. Esto ha sido notado por siglos y tiene sentido: en las épocas en las que abunda algún producto, quizá la naranja o el tomate, los precios son bajos; pero cuando no es su temporada, los precios se elevan.

Cualquier comerciante, además, sabe otra cosa básica —el precio de lo que vende está directamente asociado con la cantidad que vende: si desea vender más anuncia rebajas, lo que añade al precio una cualidad natural.

El precio es una información necesaria para tomar decisiones de compra y de venta —los precios contienen información para la toma de decisiones: depende del precio lo que el comprador adquirirá y lo que el vendedor ofrecerá. Y esto es una maravilla, ya que indica que dentro del movimiento de los precios hay orden y que, por eso, pueden ser estudiados —no son aleatorios los precios, no son caóticos, al contrario siguen patrones posibles de descubrir.

El comerciante sabe que si reduce sus precios venderá más y viceversa —sabe también que el pescado será más demandado en Cuaresma, y los regalos en ciertas fechas, como Navidad, y los viajes de turismo en verano. Otra vez: esto es información para tomar decisiones, como comprar más pescado en Cuaresma para venderlo en la tienda. Es como una especie de lógica de comercio —el comerciante sabe que puede vender más caro y ganar más si no tiene competidores y que si los tiene deberá bajar los precios si quiere conservar a los clientes.

El comerciante se ha dado cuenta de que puede poner un precio, el que él quiere, pero no puede al mismo tiempo decidir la cantidad que vende —no tiene control sobre el precio y la cantidad, sino sobre uno de ellos solamente.

Pero también hay lógica de comercio en el comprador —si los precios son bajos, sabe que puede comprar más y tal vez hacer conservas de naranja cuando la fruta es abundante y barata. Sabe que cuando sube el precio del tomate comprará menos y lo usará más cuidadosamente que si sucede lo contrario. Sabe que hay sustitutos y que si el pollo sube de precio hay otros comestibles que lo pueden reemplazar.

Ninguno de estos personajes tienen necesidad de análisis complicados, ni libros de texto —son gente con la intuición suficiente como para tener un buen desempeño en sus labores de compra y venta. No necesitan saber los precios de los fertilizantes si es que sólo compran tomates —es decir, requieren conocimientos limitados nada más. La más impreparada de las personas puede moverse con tranquilidad en un mercado porque intuye su funcionamiento.

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Esto manda a ver otra cualidad en los precios —ellos son espontáneos: nadie los fija, nadie domina sus movimientos, la influencia de cada persona funciona en un proceso que es anárquico y al mismo tiempo ordenado. La única posibilidad de dar al traste con esa espontaneidad es la intrusión de un agente con fuerza coercitiva que impida el movimiento de los precios —como una autoridad que obligue a que algunas mercancías tengan un precio fijado por ella, no por las personas libres.

¿Fijan los vendedores el precio? La percepción de muchos es que sí, que efectivamente las empresas, los comerciantes, los vendedores dominan el mercado y venden todo lo que quieren al precio que ellos quieren —quien eso piensa hará bien en realizar un pequeño experimento: tome su coche, tal vez un Tsuru 1999, y trate de venderlo al precio que él desea, 100,000 dólares; según su teoría de que el vendedor fija el precio, venderá su automóvil sin problemas en la cifra que él decidió.

Esa percepción es falsa, lo que no obsta para ser creída a pie juntillas por muchos —allá ellos, yo no puedo hacer más que mostrar la realidad. La preciosa casa que alguien quiere vender y que supone vale un dineral, no podrá ser vendida en la estimación hecha por el vendedor —por otra cualidad de los precios, ellos reflejan el valor que las personas asignan a las cosas: el valor asignado por el vendedor no corresponderá seguramente con el del comprador, al menos en el caso del coche y de la casa. Ambos van a tener que llegar a un arreglo.

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Ese arreglo es un precio negociado entre ambos y que tiene otra cualidad maravillosa —es un precio en el que ambas partes salen ganando: el vendedor prefiere tener los 20,000 pesos que el Tsuru y el comprador prefiere tener el Tsuru que los 20,000 pesos. Es un intercambio con ganancia mutua y las dos personas terminan en una situación mejor que la anterior.

Los dos han ganado —los dos han elevado su bienestar y esto es un portento que de tan común y cotidiano pocos notan. Exactamente lo mismo sucede en otras ocasiones, como cuando una persona acude a un supermercado y compra bienes —esta compra está regulada por un sistema sencillo: caminando por los pasillos de la tienda, el comprador ve los precios de los artículos y toma decisiones. Compra o no compra y qué cantidad compra. No hay una negociación con la tienda, simplemente se acepta o no el precio —pero hay algo más: ya que hay varias tiendas y varios bienes, el comprador domina, pues si cree que obtiene un beneficio mayor en otra parte con otro producto, tiene esa opción.

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Es decir, la competencia es al final de cuentas una negociación por otros medios. La negociación de la venta del Tsuru se da cara a cara entre dos personas —pero la negociación con los comercios y tiendas se da no cara a cara, sino entre opciones de comercios y productos. La competencia actúa como un yugo sobre el vendedor que se pone en manos del comprador y entiende que al final de cuentas si quiere vender su egoísmo le mandará a tratar de complacer al comprador y sin quererlo ese egoísmo se convierte en complacer al cliente.

Esta cualidad del mecanismo de los precios es genial —gracias a la competencia el egoísmo del vendedor se convierte en favores al comprador. De nuevo, la lógica intuitiva del comercio: si el comerciante desea tener un negocio redituable dentro de una situación competitiva, aunque no lo quiera tiene que atraer con buenos productos al cliente. Pero esto sucede sólo si existe competencia. Si la competencia es limitada o anulada, el egoísmo del vendedor lastimará al comprador en la medida en la que su producto no tenga sustitutos.

Si el Tsuru 1999 fuese el único auto que existiera, si su dueño fuese el único vendedor de autos —entonces, los 100,000 dólares serían una ganga. Pero resulta que hay más vendedores de coches, nuevos y usados, y eso cambia las cosas de manera total: ahora el que manda es el comprador y si el vendedor quiere que su mercancía se venda debe complacer al consumidor.

Lo anterior lleva a otra cualidad de los precios, la de su ajuste, es decir, su acomodo a las diferentes circunstancias que se tienen y que en dependen de la escasez o abundancia de vendedores y compradores:

  • Muchos vendedores y pocos compradores: los precios tenderán a bajar haciendo poco atractivo el dedicarse a la venta/producción del bien y llegando a reducirse la cantidad ofertada.
  • Pocos vendedores y muchos compradores: los precios tenderán a subir haciendo atractivo el dedicarse a la venta/producción del bien y llegando a elevar la cantidad ofertada.

Desde luego, ahora queda por aclarar qué es eso de “muchos” y de “pocos” —es algo que nadie sabe con exactitud hasta que no sucede: ninguna certeza existe al respecto. El que abre una tienda, o produce un bien siempre hace un cálculo, por primario que sea su razonamiento. ¿Cuánto venderé? Y con sentido común intentará calcular sus ventas sabiendo que si muchos ofrecen lo mismo su negocio tiene poco atractivo, pero que si hay pocos entonces el negocio se vuelve más atractivo siempre que ofrezca algo que el cliente quiera.

También con sentido común tratará de calcular cuántas personas hay que sean sus clientes potenciales y qué es lo que quieren —si hay pocos, su negocio no será atractivo como sí lo será si hay muchos.

Es decir, ese “muchos” y ese “pocos” es el cálculo de cada persona y no tiene una cifra que pueda calcularse por parte de un tercero con un computador. Y la historia se complica por otra razón —no todos los productos son necesariamente iguales e intercambiables de manera total. El consumidor de Coca-Cola preferirá esta bebida a otras, incluso de gran parecido —pero si los precios de esa marca se elevasen demasiado, sus clientes podrán emigrar a productos sustitutos: con “demasiado” siendo un cálculo personal de cada cliente.

El lector que quiera adquirir un libro de Cortázar no lo podrá sustituir con uno de Harry Potter —es decir, los maravillosos precios expresan valores percibidos por las personas acerca de productos diferentes. Los productos perfectamente homogéneos intercambiables unos por otros y conocidos como commodities sí pueden tener un precio igual independientemente de quién los produce —pero una enorme cantidad de productos no son commodities ni pueden tener el mismo precio exacto porque su valor se percibe como diferente.

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Esto requiere una explicación: un monopolio es una idea que todos entienden en su esencia, la situación en la que solamente existe un vendedor de un cierto producto, lo que puede ser de nulas consecuencias si se trata de un producto como cestos de basura, pues muchos otros productos podrían ser usados como cestos.

Pero si el producto no tiene un sustituto, entonces el monopolio sí tiene consecuencias provenientes de la falta de competencia —un caso claro es PEMEX, el monopolio petrolero propiedad del gobierno mexicano y único proveedor de gasolina en este país.

Las consecuencias de un monopolio, por lo anterior, dependen del grado de sustitución posible de su producto —tener el monopolio de sal es muy diferente a tener el monopolio de toallas cuadradas. Los precios reflejarán eso: un monopolio de un bien sin sustitutos y necesario estará en una situación que le permita tener más ingresos que en caso de enfrentar competencia. Pero también, lo anterior abre la puerta a otra situación, a la que llamaré minipolios.

Coca-Cola es un minipolio, igual que lo es Pepsi-Cola, MacDonalds y Stephen King —todos ellos tienen un monopolio sobre sus productos: nadie puede usar esas marcas o formulaciones sino las empresas; Juan López puede vender hamburguesas, escribir libros y producir refrescos, que son su minipolio y compiten con los minipolios de otros.

El minipolio es al final de cuentas la propiedad privada de lo que sea: la casa de King es su minopolio en el sentido de que nadie más la pueda usar. Apple tiene el minipolio de iPods, son su propiedad y la venta de esos bienes hace posible que la propiedad de Apple pueda ser compartida en su uso —pero sin que nadie más pueda adueñarse de ella.

El Tsuru que se quiere vender en 100,000 pesos es también un minipolio porque nadie más puede usarlo sin el permiso de su dueño —pero esa propiedad exclusiva y de cierta manera monopólica no tiene impacto en los precios porque hay bienes sustitutos: otros Tsurus y otras marcas y otras formas de transportación.

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Los precios cuando son dejados libres se ajustan por sí solos, se mueven hacia arriba o hacia abajo como resultado de las decisiones de compradores y vendedores —cada uno de ellos toma sus decisiones y el resultado agregado de todas esas decisiones es un precio en un cierto momento. Y eso puede verse gráficamente con las curvas de oferta y de demanda, que son opuestas:

  • La de la oferta está basada en el cálculo del vendedor: cuanto mayor es el precio más bienes quiere vender —la curva de oferta revela el ideal del vendedor, que es vender mucho a precios muy altos.
  • La de la demanda está basada en el cálculo del comprador: cuanto mayor es el precio menos bienes desea comprar —la curva de demanda muestra el sueño del comprador: comprar mucho a precios muy bajos.

Cada uno tiene intereses opuestos, opuestos totalmente —pero esas curvas pueden tener una intersección y ella muestra un punto de acuerdo: ese cierto precio acordado por las dos partes se equiparan las cantidades que uno quiere vender y que el otro desea comprar. Y en todo esto entra en juego la situación específica y concreta: competencia, circunstancias, lugar, todo lo que hace específica la situación. Tan específica que todo llega a ser personal y momentáneo.

Tan específico y circunstancial que no puede decirse que existe un precio único para un bien determinado —el mismo bien exacto puede tener dos o más precios simultáneos y eso lo sabe todo comprador que busca rebajas en los comercios y acude a comprar el mismo Bacardi blanco a la tienda que ofrece una rebaja; a lo que debe añadirse otra cualidad del precio, el ir más allá de la simple expresión monetaria, pues incluye también un costo: el de las molestias y dificultades del comprador. La botella de Bacardi puede tener un precio 20% más bajo en alguna tienda, que el consumidor perciba como demasiado alejada quizá y decida comprarla sin ese descuento en algún comercio cercano a su casa.

Aunque se hable de un precio para un bien, la realidad es que hay muchos precios para cada bien, siempre cambiantes —los que pueden ser expresados en un precio con el que trabajen los economistas, por ejemplo, para determinar índices de inflación. Cambiantes, personales, circunstanciales, pero al mismo tiempo ordenados, los precios siguen principios claros, los de la ley de la oferta y demanda —que no puede ser ignorada.

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Esa ley es la que establece la dirección de los sucesos futuros —como la elevación de los precios del café en caso de que los principales cultivadores pierdan partes importantes de sus cultivos por causa de heladas o sequías; o como la reducción de los precios cuando las cosechas sean abundantes. Esa ley beneficia el conocimiento que es necesario para la buena toma de decisiones de ambas partes, compradores y vendedores.

Si ambas partes toman decisiones, eso significa que compradores y vendedores establecen los precios por una acción conjunta y no independiente —para ambos los precios contienen información para tomar decisiones y no puede decirse, como algunos creen, que los precios son sólo la voluntad del vendedor que se aprovecha del cándido comprador para venderle las cantidades que quiere al precio que sea.

Reconocer que los precios contienen información y que se mueven de acuerdo a ciertos principios conocidos es en extremo útil para saber lo que sucederá en el futuro si se altera alguna de las variables en un mercado —si, por ejemplo, un gobierno incluye un impuesto especial a productos de lujo, como autos deportivos, es posible prever lo que acontecerá: una disminución de las ventas de ese tipo de coche porque su precio se ha elevado por causa del impuesto.

La disminución de las ventas podrá ser mayor o menor a la proporción en el cambio del precio —la elasticidad de la demanda y que en este caso seguramente es elástica, es decir, las ventas disminuirán en mayor proporción al aumento del precio. El poder predecir con cierto margen los sucesos futuros de acuerdo a la ley de oferta y demanda es de gran ayuda para evaluar efectos de medidas de apariencia positiva que pueden tener efectos contraproducentes —como la elevación del salario mínimo, lo que bajo ciertas circunstancias podrá lastimar a los trabajadores que menos ganan al reducir la oferta de empleo.

Los precios y sus ajustes son el resultado de las acciones de las personas que toman la información contenida en esos precios y realizan acciones que creen justificadas —no son el resultado de las acciones de un gobierno, sino consecuencia de acciones personales como bien lo demuestra la existencia de mercados ocultos cuando la autoridad interviene: durante el proteccionismo mexicano, por ejemplo, la prohibición de importaciones fue sustituida por un mercado espontáneo de contrabando regido por precios que eran resultados de oferta y demanda.

Los precios presentes, además, están más afectados por el futuro que por el pasado —es decir, los precios de este momento son el resultado de la consideración de experiencias pasadas que las personas hacen, pero más aún son la consecuencia de lo que las personas creen que sucederá en el futuro. Si alguien imagina que en el futuro se elevará la demanda de algún bien, podrá decidir entrar a ese negocio y tener éxito; y si un consumidor imagina que los precios subirán pronto, podrá decidir comprar ahora a precios más bajos.

Esas acciones, que persiguen el bienestar personal, son sólo posibles cuando los precios contienen información acerca de lo que realmente sucede —ante lo compradores y vendedores toman decisiones que producen nuevos ajustes.

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Sin embargo, pues acontecer que alguien fuerce los precios a su manera, con el gobierno siendo el caso más claro. Pueden las autoridades ver, por ejemplo, que las rentas de departamentos se elevan y ordenar un cierto precio más allá del cual esos alquileres no puedan elevarse —la buena intención de la autoridad, sin embargo, establece un precio que no es real y que por tanto, no lleva al ajuste correcto de la situación que sería la construcción de más edificios de departamentos: lleva exactamente a lo opuesto y eso agrava el problema.

Con la información que los precios contienen puede entenderse que ellos tienen una cualidad adicional, la de convertirse en incentivos o estímulos para ciertas acciones —el comprador sabiendo el precio decidirá hacer algo, lo que él crea más conveniente según sus criterios y lo mismo hará el vendedor, lo que tiene un efecto maravilloso: se realizarán acciones que en su conjunto beneficiarán a todos sin que sea ése realmente su objetivo. Todo gracias a un rasgo humano muy natural, su tendencia a comerciar e intercambiar.

Esos estímulos son valiosos al máximo —el vendedor desea intercambiar con otros las mercancías que él ofrece y lo quiere porque también es comprador y desea intercambiar con otros. Es decir, todos son al mismo tiempo compradores y vendedores y su conducta de venta sólo se explica por su acción de compra: el querer comprar obliga a vender y en un mercado libre eso puede lograrse mediante la satisfacción de necesidades de otros. Para vivir mejor, la persona se ve obligada a atender las necesidades de otros.

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Los precios tienen la cualidad de poder brindar explicaciones muy valiosas —pueden ellos explicar la riqueza de las personas, las que han sido exitosas vendiendo algo y amasado fortunas considerables. Lo que ellas han hecho es satisfacer necesidades de otros, de muchos otros elevando su bienestar en un juego de suma positiva.

Y los precios, por ende, también pueden explicar lo opuesto, la pobreza —cuando alguien es pobre, eso se debe a que la persona no puede por alguna razón ofrecer a los demás bienes con valor. Puede ser que se deba a escasa educación, a falta de capital, a obstrucciones gubernamentales, a inestabilidad política, lo que sea. Los precios, por tanto, ayudan a entender la pobreza, la riqueza, y con ello se convierten en fuente de inspiración para la solución de problemas.

¿El mecanismo de los precios es perfecto? No, aunque es lo mejor que tenemos para crear prosperidad si se respetan sus principios. La competencia no es perfecta, ni lo son los bienes, ni las decisiones de las personas —hay interferencias indebidas de gobierno, hay acciones indebidas de productores y compradores. Si los humanos son imperfectos, el mecanismo de los precios que es su creación tampoco puede serlo.

Es la imperfección del mecanismo de precios lo que mueve a intentar corregir sus fallas y esta intención es admirable —aunque no lo es la crudeza con la que suele intentarse, con medidas miopes que alteran la información contenida en los precios y provocan errores de decisión que dañan el bienestar de las personas.

Pocas cosas tan maravillosas puede haber para comprender el maravilloso mecanismo de los precios como el entrar a un supermercado o una tienda de departamentos —y contemplar los miles de artículos que allí hay en competencia por la preferencia del cliente. Y comprar una lata de jugo de manzana, o de naranja, viendo diferentes marcas, tamaños, envases.

Tomar en la mano una lata envasada con jugo de naranja y pensar en todo lo que se ha necesitado para que ella llegue hasta allí: se requirió dinamita tal vez para obtener el metal en una mina, universidades para preparar a los ingenieros que manejaron las máquinas en las que se imprimieron las etiquetas, gasolina para transportar las naranjas hasta la planta… el ciclo es interminable. Y allí en una lata de jugo está todo el esfuerzo de millares de personas.

Cada producto que existe es un pequeño milagro del que poco parece darse cuenta la persona que considera con indiferencia si lo compra o no. Da todo como un hecho gratuito y así puede comprar tal vez una cerveza holandesa para satisfacer una necesidad sin pensar la gran maravilla que es poder tenerla en su mano.


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