Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Tristeza Química
Leonardo Girondella Mora
25 febrero 2008
Sección: CIENCIA, Sección: Asuntos
Catalogado en:


Las celebraciones del día de la amistad, el 14 de febrero no tan pasado, permitieron a las audiencias de medios conocer algunas de las teorías científicas que explican el amor o que pretenden hacerlo —y en lo que a mí toca, leí varias de esas noticias que en común tenían los siguientes comunes denominadores:

  • El amor es un estado del cuerpo humano, muy relacionado con la propia química de la persona. En algunas notas llegué a leer calificativos del amor como un estado de enloquecimiento, de demencia y locura, que es originado por sustancias químicas cerebrales. Se hablaba también de obsesión.
  • También era todo lo anterior traducido al amor como un estado transitorio, imposible de durar más allá de cierto tiempo —muchos meses en algunos casos o quizá unos pocos años, lo suficiente como para tener descendientes y cuidarlos en su temprana infancia.
  • De las dos cosas anteriores, por supuesto, no podía dejarse de sacar la conclusión más aparente: el amor eterno es una ilusión tonta y no debe ser parte esperada de la naturaleza humana pues el mismo cuerpo la rechaza por sus químicos.

Es mi creencia que tales análisis, que son enteramente físicos, resultan parciales —según ellos, tendríamos que aceptar que somos nada, absolutamente nada: unas tontas criaturas incapaces de ser libres y que siguen los dictados de sustancias incontrolables. Aceptar eso, sin embargo, tiene un problema insoluble, que es el explicar cómo una serie de sustancias químicas que se mezclan sin control son capaces de escribir El Quijote, o pintar Las Meninas, o razonar Los Dos Tratados de Gobierno… o hacer chistes de gallegos.

Esa Visión Química de la naturaleza humana es pesimista por su parcialidad —coloca a las personas como robots que reaccionan ante fuerzas químicas y sin más nada, explican al ser humano. La parcialidad de ese tamaño es, en el mejor de los casos, una equivocación extraordinaria cuando se toma como base para justificar partes indeseables de la realidad: si alguien es infiel a su esposa, eso está justificado por sus químicos, así es, no hay culpa y todo es natural.

Es más prometedora la otra visión, la más completa y que entiende al ser humano con poder para pensar, razonar, prever consecuencias y actuar con prudencia y con libertad. ¿Influye el cuerpo en esa conducta? No tengo duda de que sí, como también influyen las circunstancias, pero abandonar al ser humano como una víctima de reacciones químicas irremediables es pesimista y triste. Trataría de convencer a las personas de que son impotentes e indefensas, de que todo lo que pueden hacer es abandonarse ante lo que no pueden dominar.

No afirmo que deje de investigarse el cuerpo humano y su química —pero lo que sí afirmo es que mal interpretados, esos hallazgos pueden ser fuentes de tristeza y desesperación. Creo que, al término de las cosas, existen dos visiones del ser humano, la de la tristeza y la de la alegría.

Por mi parte, sin dudarlo, soy un optimista —creo que el ser humano es capaz de superar esas reacciones químicas del enamoramiento que sí tiene dosis de obsesión y que al mismo tiempo puede entender algo que no es químico, sino meramente humano, la comprensión de que el amor no es una reacción química, sino una decisión personal, consciente y voluntaria.

Incluso quienes no son religiosos comprenderán la diferencia que permite establecer el mandato cristiano de amarse unos a otros —cuando en los evangelios se habla de amarse unos a otros, es muy claro que se trata de un mandato: Jesucristo no manda a las personas ordenando que nuestras sustancias químicas se mezclen de tal manera que sin quererlo la persona ame sin remedio al resto. La moral y la ética no son ciencias que estudien reacciones químicas y sus consecuencias en la conducta.

Nota del Editor

Hay una excelente continuación del tema en el resumen de la idea de C. S. Lewis, Son Muy Diferentes.


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