Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Lenguaje “Social”
Leonardo Girondella Mora
21 agosto 2008
Sección: EDUCACION, Sección: Asuntos
Catalogado en:


Hace ya varios años se decía que cuando el nombre oficial de un país contenía la palabra “democrática” eso quería decir que ese país no era democrático —la Alemania del Este era el ejemplo favorito. Es un buen ejemplo de la degradación del lenguaje: las cosas no son lo que las palabras denotan.

La obra 1984 trata ese tema —en el relato de Orwell el ministerio de guerra es llamado el ministerio de paz. Otro libro del mismo autor menciona una pared en la que se había escrito “todos son iguales” y a la que tiempo después se agregó “pero hay algunos que son más iguales que otros”.

La expresión tan de moda, “justicia social”, si se examina bien resulta no ser ni justicia ni social, lo mismo que “comercio justo” —todo lo que en conjunto ha servido para señalar una degradación del lenguaje y que ha sido comparada con la devaluación de la moneda: hay menos valor en las dos y eso es dañino.

La adición del calificativo social a cualquier otra palabra acarrea en automático una aprobación general — el turismo social debe ser bueno y mejor que el turismo sin calificativos. Lo mismo sucede con democracia social, economía social de mercado y otras expresiones que pretenden ser mejores con la simple adición de palabras que suenan bien.

Por esta razón los terroristas suelen llamarse fuerzas de liberación y cosas similares —lo que lleva a pensar en otras posibilidades como “secuestro social” o “tortura social”. Un gobernante diestro en sus lides sabe muy bien que sus programas tienen que ser sociales, sean los que sean.

Puede hacerse un experimento sencillo: si acaso una columna como ésta hablase de la economía de mercado defendiéndola, ella no recibirá tanta aprobación como otra con el mismo contenido pero que haya usado “economía social de mercado”. Igualmente, la globalización ha querido ser llamada “mundialización” con el objeto de evitar connotaciones negativas.

El énfasis en el uso de las palabras para manipular el significado de las cosas produce un efecto indeseable: impide los juicios y los exámenes del contenido. Puede pensarse en una posibilidad —una mesa puede ser examinada y analizada para determinar usos, tamaños, estabilidad, materiales y demás; pero una “mesa social” ya no lo permite: adquiere sin mérito un halo de aprobación que hará a cualquier crítico un enemigo de la humanidad.

Con expresiones vagas y de connotación positiva emocional, la razón pierde su lugar y cada quien piensa lo que le venga en gana, que es lo mismo que sucede con las obras de escritores incomprensibles que, por eso mismo, son juzgados como elevados. Se pierde la obligación de quien comunica algo a otros: ya no debe ser claro y comprensible, al contrario, debe usar lenguajes complejos y emocionales. La capacidad de reflexión y análisis, por tanto, se atrofia.

¿Cómo atreverse a criticar un programa de educación social, o una consulta social, o una economía social? ¿Cómo atreverse a decir que la responsabilidad social de las empresas es basura? Solamente hay una manera de hacerlo, devolviendo al lenguaje su valor real, revaluándolo para tener de nuevo significado en las palabras.


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