Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Libertad y Competencia
Selección de ContraPeso.info
25 julio 2008
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta una idea (PDF) de Frédéric Bastiat. Agradecemos a HACER el amable permiso de publicación. Frederic Bastiat (1801—1850), economista francés, fue Director del “Journal des économistes”. Este artículo pertenece a su libro “Armonías Económicas“, publicado en el año 1849. La idea central del escrito es examinar un concepto muy criticado, el de la competencia. Bastiat lo hace terminando por concluir que sin competencia no existiría libertad y sin ella el ser humano sería destruido. El texto ha sido editado para mayor brevedad y los énfasis son del editor.

En todo el léxico de la economía política no hay otra palabra que haya provocado más la ira de los modernos reformadores del mundo que: la competencia, o como se la suele determinar con mayor precisión para hacerla más odiosa, la competencia anárquica…

Si me dejan mi libertad, sigue en pie la competencia. Si me la quitan, no soy más que su esclavo. La asociación, dicen, será libre y voluntaria. ¡Magnífico! — pero entonces cada asociación guardará con las demás la misma relación que hoy guardan los individuos entre sí, y seguiremos teniendo la competencia…

No, la competencia sólo consiste en la ausencia de la opresión. En todo lo que me concierne, quiero elegir por mí mismo, y no quiero dejar a nadie elegir por mí y contra mi voluntad; y si alguien quiere poner su juicio en lugar del mío en mis propios asuntos, yo también me arrogaré el derecho inverso. ¿Tenemos alguna garantía de que entonces las cosas irán mejor?

Está claro, la competencia es la libertad. El que destruye la libertad de obrar, destruye la posibilidad y la capacidad de elegir, de juzgar, de comparar, mata la inteligencia, el pensamiento, en una palabra, mata al hombre.

En eso acaban los planes de nuestros modernos reformadores del mundo; para mejorar la sociedad empiezan destruyendo al individuo, con el pretexto de que de él proceden todos los males, ¡como si él no fuera también el origen de todo lo bueno!

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… En el fondo, cada uno de nosotros tiene en este mundo la responsabilidad de proveer mediante su esfuerzo sus necesidades. Así, si una persona nos ahorra un trabajo, nosotros, a nuestra vez, también debemos ahorrarle uno: nos entrega un bien que es el resultado de su esfuerzo; por tanto nosotros debemos obrar con ella de la misma manera.

¿Pero quién debe hace el el ajuste? Ya que entre estos mutuos esfuerzos, trabajos y prestaciones debe haber necesariamente un ajuste a fin de llegar a la equidad y la justicia — a menos que queramos estatuir como regla la injusticia, la desigualdad, el azar; o sea, cualquier cosa menos el juicio humano. ¿Quién debe ser, pues, el juez?

¿No es natural que en cada caso particular las necesidades sean juzgadas por los que las sienten, los medios para su satisfacción, por los que los buscan, los esfuerzos, por los que los intercambian? O de verdad propone alguien en serio poner en lugar de esta vigilancia general de las personas afectadas una autoridad social — acaso la del propio reformador del mundo — que tendría entonces que fijar las condiciones infinitamente delicadas de los incontables cambios que acaecieran en todos los puntos de la tierra.

¿Es tan difícil de comprender que esto significaría crear el más falible, más universal y más intolerante de los despotismos; uno que tocaría en lo más vivo y se entrometería en todo, pero que sería también, felizmente, el más imposible de todos, comparable sólo al que alguna vez pudo engendrar la mente de un bajá o un muftí?

Pero si la competencia no consiste en otra cosa que en la ausencia de una autoridad arbitraria que tuviera que decidir en los cambios en lugar de los permutantes, podemos ya concluir sin lugar a duda que ella es indestructible. También es verdad que el poder abusivo puede limitar e impedir la permutabilidad del mismo modo que la libertad de andar, pero no puede destruir ni la una ni la otra sin destruir al hombre.

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De lo que se trata es, pues, sólo de si la competencia contribuye a la felicidad o a la infelicidad de la humanidad, o dicho de otra manera, si la humanidad progresa naturalmente o retrocede. La competencia, que con mucha razón podríamos llamar pura y simplemente “libertad”, es, a pesar de la hostilidad que soporta día a día, efectivamente la ley propiamente democrática.

De todas las fuerzas que impulsan el progreso de la humanidad, ella es la más eficaz, la que más hace por nivelar las diferencias en la sociedad, la que antes que ninguna otra da origen a una verdadera comunidad en el seno de la misma. Ella generaliza paulatinamente el consumo de todos los bienes que la naturaleza parecía haber concedido gratuitamente sólo a ciertas regiones.

Ella convierte en bien común todas las conquistas del espíritu que en cada siglo vienen a aumentar la riqueza de la humanidad, dejando para el intercambio sólo los trabajos adicionales, sin que éstos lleguen, como quisieran, a hacerse pagar también por la cooperación de las fuerzas naturales; y cuando estos trabajos, como siempre ocurre al principio, tienen un precio demasiado elevado en proporción a su valor intrínseco, es de nuevo la competencia la que con su acción imperceptible pero incesante establece un equilibrio justo y más exacto que el que nunca podría conseguir ninguna agencia gubernamental.

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Mientras se acusa a la competencia de fomentar la desigualdad entre los hombres, cabe afirmar, al contrario, que tales desigualdades artificiales surgen sólo allí donde no se la admite; si, por ejemplo, la diferencia entre un gran lama y un paria es infinitivamente mayor que la que existe entre el presidente y un obrero de los Estados Unidos de Norteamérica, ello se debe a que la competencia (o la libertad) está reprimida en Asia, y en Norteamérica no lo está.

Por eso, mientras los socialistas ven en la competencia la causa de todos los males, nosotros, a la inversa, debemos buscar en las perturbaciones de la misma el impedimento principal de toda clase de prosperidad. Aunque esta gran ley natural sea desconocida por los socialistas y sus partidarios, aunque su acción parezca a menudo funesta, lo cierto es que no hay ninguna otra que fomente tanto como ella la armonía en la sociedad humana, ninguna tan rica en consecuencias benefactoras, y ninguna que demuestre de forma tan irrefutable la infinita superioridad del orden de las cosas frente a los vanos e insensatos intentos de corregirlo de los seres humanos.

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Debo insistir aquí en aquel extraño, pero innegable, resultado del orden social, sobre el cual ya he llamado la atención del lector y que la fuerza de la costumbre esconde demasiado a menudo a nuestra observación; a saber, el hecho de que la suma de las satisfacciones que corresponde a cada uno de los miembros de la sociedad, es mucho mayor que la que cada uno podría procurarse por sí solo.

Dicho de otro modo: nuestro disfrute es, evidentemente, excesivo en comparación con nuestro trabajo. Este fenómeno, que cualquiera puede comprobar fácilmente en sí mismo, debería llenarnos de gratitud hacia la sociedad, a la que tanto debemos. Desnudos de todo venimos a la tierra, con necesidades sin cuento, y sólo débiles fuerzas para satisfacerlas.

De entrada pareciera que sólo podemos reclamar tanta satisfacción como la que somos capaces de procurarnos mediante nuestro trabajo. Si nos toca en suerte muchísimo más, ¿a quién debemos este excedente? —precisamente a esa organización natural contra la que arremetemos incesantemente.

Considerado en sí mismo, este fenómeno es extraordinario. Que algunos individuos disfruten más de lo que producen sería muy fácil de explicar admitiendo que, de un modo u otro, usurpan la propiedad de otros, al recibir servicios sin otorgar contrapartida. ¿Pero cómo puede ocurrir esto con todos los hombres al mismo tiempo? ¿Cómo es posible que todo individuo, cuando, sin coacción ni robo, cambia sus servicios por los de otro, pueda decir con toda la verdad del mundo: consumo en un día más de los que podría crear en un siglo?

El lector comprende que las fuerzas naturales, que cooperan en la producción en mucho mayor grado, explican este problema. Sin cesar se transforma el producto de esta actividad gratuita en bien común: el calor, el frío, la luz, la gravedad, la elasticidad, etc., multiplican indefinidamente el producto del trabajo humano, y disminuyen el valor de los servicios, haciéndolos más fáciles.

Tendría que haber explicado muy mal la teoría del valor para que el lector pensara que éste debe bajar directamente y por sí solo como consecuencia de la mera cooperación de una fuerza natural que viene a ocupar el lugar del trabajo humano. Esto no es así; si no, tendrían razón los economistas de la escuela inglesa cuando dicen: el valor está en relación directa al trabajo.

Quien se procura el auxilio gratuito de una fuerza natural, hace más fáciles sus servicios; pero no por eso renuncia ya a parte alguna de su remuneración acostumbrada. Para inducirlo a que lo haga, hace falta una fuerza externa, severa, pero no injusta; esta fuerza es la competencia.

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Mientras [la competenciaa] no se interponga, mientras quienquiera que haya conseguido sacar ventaja de una fuerza natural siga siendo dueño de su secreto, dicha fuerza natural seguirá obrando gratuitamente, pero de ningún modo para beneficio de todos; el espíritu humano ha realizado una conquista, pero por de pronto sólo para provecho de una sola persona, o de una sola clase; aún no redunda en beneficio de toda la humanidad: para ésta, lo único que ha cambiado es que cierta clase de servicio puede obtenerse con menor dificultad, aunque su precio sigue siendo tan caro como antes.

Por un lado, pues, una persona exige a los demás el mismo trabajo que antes, aunque ella, por su parte, no les devuelve en la misma proporción; por otro lado, la humanidad en general se ve obligada a invertir la misma cantidad de tiempo y trabajo en un producto que, de ahora en adelante, es creado en parte por la naturaleza.

Si las cosas quedaran así para siempre, cada nueva invención sentaría las bases de una nueva e infinita desigualdad. No sólo no podría decirse: el valor está en relación directa al trabajo, sino que ya ni siquiera podría decirse: el valor tiende a ponerse en relación al trabajo. Todo lo que hemos dicho más arriba de la utilidad gratuita y del progresivo desarrollo de la comunidad, sería falso; no sería cierto, entonces, que los servicios se cambian por servicios de tal suerte que en cada transacción pasan además de mano en mano los dones de la naturaleza, hasta llegar a su destino final; a saber, el consumidor.

Cada uno se haría pagar siempre, además de su trabajo, la parte de las fuerzas naturales que alguna vez hubiera conseguido explotar; en una palabra, la humanidad se basaría en el principio del monopolio general, y no en el de progresiva comunidad. Pero esto no es así.

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Así como el calor, la luz, la gravedad, el aire, el agua, la electricidad y los otros incontables beneficios de la naturaleza están predestinados para todas las criaturas, así como todo individuo es empujado por la senda del progreso por el interés personal, así actúa también en el seno del orden social otro resorte que tiende a preservar el destino original de esos beneficios, su gratuidad y común disfrute.

Este resorte es la competencia. El interés personal es esa fuerza invencible del individuo que lo impulsa a moverse de progreso en progreso, pero también a explotarlos sólo para sí. La competencia, en cambio, es aquella otra fuerza, no menos indestructible, que se apodera de todo progreso, arrancándolo de la propiedad individual para convertirlo en bien común de la humanidad.

Cada una de estas fuerzas, por separado, puede ser objeto de crítica, pero de la interacción de ambas resulta la armonía de la sociedad.

Dicho sea de paso: no es de extrañar, desde luego, que el interés del individuo particular, siempre que éste sea productor, nunca deje de rebelarse contra la competencia, la censure y busque destruirla a fuerza de engaños, privilegios, falacias, monopolios, restricciones, proteccionismos, etc.

La moralidad de estos medios no admite dudas acerca de la moralidad del fin. Pero es triste que la llamada ciencia, en nombre del altruismo, la igualdad y la fraternidad, haya hecho suya en su forma más mezquina la causa del interés particular, que la humanidad, en cambio, ha abandonado.


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